Capítulo 11 #3
—¿Soy el Paciente 0?
—Sí.
—¿Ingresé voluntariamente?
—Sí.
—¿Pedí esto?
—Sí.
—¿Y Elena sobrevivió al accidente?
Insausti tarda un segundo.
—Sí.
Miro a Mikel.
—¿Es verdad?
Él tiene los ojos enrojecidos.
—Sí.
—¿La bañera?
Mikel mira a Insausti.
—No lo sabemos entero —dice ella.
—¿La maté?
Insausti se acerca un paso.
—No hay certeza judicial.
—No le he preguntado eso.
—No hay certeza clínica.
—Tampoco le he preguntado eso.
—No hay certeza en usted.
El golpe es limpio.
Quizá por eso duele tanto.
No hay certeza en mí.
—Entonces ¿por qué estoy aquí?
Insausti baja la voz.
—Porque después de su muerte usted construyó versiones incompatibles.
En unas, Elena murió en el accidente. En otras, murió después por su culpa directa.
En otras, ella seguía viva y usted era quien había muerto.
En otras, usted era el médico que investigaba el caso de otro hombre para no mirar el suyo.
—Arozarena.
—Sí.
—¿Lucas desapareció hace dos años?
—Sí.
—¿Y ha aparecido hoy?
Insausti mira hacia la ventana.
El faro antiguo está apagado, pero una luz exterior gira desde algún mecanismo moderno. Por un instante ilumina su cara.
—Eso es lo que no encaja.
—Por fin.
—Lucas no debería poder moverse por la casa.
—¿Porque estaba encerrado?
Insausti vuelve a mirarme.
—Porque Lucas Arozarena murió hace dos años.
No después de todo.
Pero cuando entra, lo hace con una calma aterradora.
—No.
—Se suicidó en el pabellón C. Se ahorcó con una sábana durante la madrugada posterior a su última sesión.
—Lo he visto.
—Sí.
—Mikel lo ha visto.
—Clara lo ha visto.
—Sí.
—Entonces no está muerto.
—O algo que todos identificamos como Lucas está moviéndose por la casa.
—Eso no es mejor.
—No.
—¿La sesión de Rafael?
—Tampoco encaja.
—¿Mis notas en blanco?
—Eso sí.
Casi me río.
—Qué consuelo.
—Los episodios de escritura falsa o ausente se han repetido en varios ciclos.
—Pero Rafael repitió una frase de ellas.
—Sí.
—¿Y la cartera?
—No lo sé.
—¿El cadáver?
—No lo sé.
—¿Uranga?
—No lo sé.
Dichas por ella.
No como defensa.
Como rendición parcial.
La miro y entiendo algo que no quería entender: Insausti también está perdida. No tanto como yo. No en el mismo lugar. Pero la casa se le está yendo de las manos.
Me acerca a una idea mucho peor: que tal vez no hay nadie controlando del todo el relato.
—¿Quién reinició el ciclo? —pregunto.
Insausti tarda en responder.
—Yo.
—¿Siempre?
—Sí.
—¿Y este?
Mikel se mueve junto a la puerta.
Insausti no habla.
—¿Quién inició este ciclo? —repito.
—No lo sé.
Ahora la frase ya no es una puerta cerrada.
Es un agujero.
—¿Cómo que no lo sabe?
—Usted apareció en el ferry.
—Según usted, el ferry es parte del relato.
—El ferry existe.
—No empiece.
—Existe. Se usa como punto de inicio físico cuando el paciente está estabilizado y acepta el reinicio desde fuera del núcleo institucional. Pero usted no debía estar allí esta vez.
—¿Dónde debía estar?
—En reposo. Bajo supervisión.
—Desapareció durante treinta y seis horas.
Me vuelvo hacia él.
—¿Qué?
—Después del colapso del ciclo siete. No logramos encontrarle dentro de la casa.
—¿Y luego aparecí en el ferry?
—Sí.
—¿Cómo salí de la isla?
—La marea estaba alta —digo.
Insausti aprieta los labios.
—Sí.
—Entonces ¿cómo?
—No lo sabemos.
Me llevo las manos a la cara.
Me duele todo.
—¿Y aun así me dejaron entrar?
—No sabíamos en qué estado regresaba —dice Insausti—. No podía confrontarle en el muelle. Habría sido peligroso.
—Para mí.
—Para todos.
La risa me sale amarga.
—Siempre para todos.
—Sí, Adrián. Para todos. Usted no es el único atrapado aquí.
No por su dureza.
Por su verdad.
Mikel, Clara, Uranga, Rafael, Insausti, incluso Arozarena o lo que lleve su cara. Todos atrapados en alguna capa de esta casa. La diferencia es que algunos tienen llaves y otros solo tienen síntomas.
Me acerco a la ventana.
Abajo, el mar golpea las rocas. El camino de piedras sigue invisible. En la distancia, la niebla se abre un poco y deja ver una franja pálida de agua.
—Quiero ver el vídeo de Elena —digo.
—Hay uno, ¿verdad?
Su silencio es suficiente.
—Si sobrevivió al accidente, si hubo una investigación, si hay informes, entonces hay algo más que mi consentimiento.
—No está preparado.
—Esa frase ya no tiene valor.
—No está preparado —repite.
—Muéstremelo.
—No.
—Insausti.
—No.
Esta vez no cede.
Mikel mira al suelo.
—¿Por qué? —pregunto.
—Porque cada vez que ve ese material intenta matarse.
La sala queda inmóvil.
No hay ironía posible.
—¿Cada vez? —pregunto.
Insausti cierra los ojos.
—Sí.
Mikel habla muy bajo:
—Por eso la torre. Por eso nunca solo. Por eso testigos.
Miro mis manos.
TICHÉ.
Destino y corte.
Qué melodramático todo.
Qué insoportablemente mío.
—Entonces no me lo enseñe —digo.
Insausti parece no entender.
—¿Qué?
—Ha oído bien.
La decisión se forma mientras la digo.
Quizá no por valentía.
Quizá por estrategia.
Quizá porque por primera vez entiendo que la verdad puede ser una forma de obediencia si alguien decide cuándo y cómo dártela.
—No me lo enseñe ahora.
Insausti me estudia.
—¿Por qué?
—Porque lo está esperando.
—¿Quién?
Miro la pantalla negra.
En ella se refleja la sala.
Mikel.
Y solo uno, una cuarta silueta junto al armario metálico.
Con gafas redondas.
Lucas.
Cuando me giro, no hay nadie.
—La casa —digo.
Insausti no se burla.
El reproductor emite un pitido.
La pantalla se enciende sola.
No aparece la grabación anterior.
Aparece una imagen nueva.
Insausti se vuelve hacia el equipo.
—Yo no he puesto eso.
—Apágalo.
En la pantalla, la imagen tiembla, como grabada con una cámara doméstica o de seguridad mal colocada. Se ve el borde de la bañera. Agua en el suelo. Un frasco de pastillas abierto.
Y una voz.
La de Elena.
—Adrián, por favor. No vuelvas a entrar.
La pantalla se vuelve negra.
Después aparece una frase en letras blancas:
CICLO 8 — CONFESIÓN PENDIENTE
El proyector se apaga.
Nadie se mueve.
Nadie respira bien.
Entonces, desde el interior del armario metálico, alguien llama con los nudillos.
Como los de Mikel.
Pero Mikel está a mi lado.