La casa del sueño profundo Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

La escalera de la torre es de caracol, de piedra gastada, húmeda en algunos tramos. La barandilla de hierro está fría. Cada paso resuena hacia arriba y hacia abajo, multiplicándose en ecos que parecen pasos ajenos.

—¿Qué hay exactamente arriba? —pregunto.

—El faro antiguo —dice Insausti—. Y una sala de archivo audiovisual.

—Por supuesto. Todo sanatorio serio necesita un faro y pruebas incriminatorias en altura.

—El faro funcionó hasta 1978.

—Qué pena. Habría sido útil para avisar a barcos de que no se acerquen a la metáfora.

Mikel, detrás de mí, suelta una respiración que podría ser una risa mínima.

Insausti no se digna a premiarla.

La mano izquierda, la de TICHÉ, me arde. La derecha, vendada, late. Entre ambas, tengo la sensación de cargar dos versiones de mí: una marcada por el destino y otra por la resistencia inútil. Ninguna parece especialmente fiable.

Al llegar arriba, Insausti abre una puerta pesada.

La sala del faro es circular.

Las paredes son de piedra desnuda. En el centro, la antigua maquinaria oxidada permanece cubierta parcialmente por lonas.

Alrededor hay ventanas estrechas que dan al mar en todas direcciones.

La luz gris entra por ellas en franjas oblicuas.

En una pared han instalado un proyector, una pantalla enrollable y un armario metálico con equipos audiovisuales.

La modernidad, aquí arriba, parece culpable.

Insausti enciende una lámpara.

La sala se llena de una claridad amarilla.

—Siéntese —dice.

Hay una silla frente a la pantalla.

—Prefiero estar de pie.

—Como quiera.

Me quedo de pie.

Mikel se sitúa junto a la puerta.

Insausti abre el armario metálico y saca una carpeta rígida. Dentro hay varias unidades de memoria, discos etiquetados y una cinta antigua digitalizada. Selecciona una memoria pequeña.

Veo la etiqueta.

CICLO 7 — CONSENTIMIENTO / A.V.

El estómago se me cierra.

—¿Ciclo siete? —pregunto.

—El último completo.

—¿Antes de este?

—Sí.

—¿Y cómo terminó?

Insausti introduce la memoria en el reproductor.

—Mal.

—Su precisión emocional abruma.

—No hay una forma amable de decirlo.

—Inténtelo sin amabilidad.

Mikel responde desde la puerta:

—Intentó cruzar el camino de la marea de noche.

Miro hacia las ventanas.

El mar allá abajo.

—¿Y?

—Le encontramos en las rocas —dice.

—¿Vivo?

—Sí.

—Qué decepción para todos.

Mikel da un paso hacia mí.

—No diga eso.

La dureza de su voz me hace mirarlo.

Tiene los ojos brillantes.

No por la luz.

—No diga eso —repite.

Hay cosas que mi ironía no tiene derecho a tocar.

Todavía no sé cuáles, pero esa acaba de mostrar dientes.

Insausti apaga la lámpara.

La pantalla se ilumina.

Al principio solo hay una imagen fija, granulada: la misma sala del faro, pero de noche. La luz es más fría. En el centro de la imagen hay una mesa. Sobre la mesa, papeles. Una jarra de agua. Un vaso. Una pluma.

No el yo de ahora.

Más delgado. Barba más larga. Pelo revuelto. Ojeras profundas. Llevo ropa gris de interno, aunque encima tengo una chaqueta que no me pertenece, demasiado grande, como si alguien me hubiera cubierto con ella después de sacarme del agua.

Estoy sentado ante la mesa.

Miro a cámara.

No parezco sedado.

Una voz fuera de campo dice:

—Grabación de consentimiento. Terapia de Inmersión Profunda. Ciclo siete. Paciente Adrián Valtierra Arrieta. Fecha…

La fecha es de hace unos meses.

No de hace años.

Mi yo de la pantalla sonríe apenas.

—No diga paciente con esa voz, doctora. Parece que le dé vergüenza.

La voz fuera de campo es Insausti.

—¿Prefiere que diga doctor?

—Prefiero que diga mi nombre y deje que ambos finjamos menos.

Mi yo habla como yo.

No como una imitación.

No como un paciente construido por documentos.

Con mi ironía.

Mi forma de empujar el dolor hacia una frase.

En la grabación, Insausti pregunta:

—¿Sabe dónde está?

Mi yo mira alrededor.

—En la torre de la Casa del Sueño Profundo. Lo cual, admitámoslo, suena como el lugar donde una mala novela encerraría una confesión para no tener que trabajar demasiado el simbolismo.

Oigo a Mikel respirar detrás de mí.

No sé si en la grabación o en la sala.

Quizá en ambas.

—¿Sabe quién es? —pregunta Insausti.

Mi yo tarda en responder.

—Adrián Valtierra. Psiquiatra forense. Viudo. Paciente. Cobarde. Asesino, según el día. Superviviente, según Mikel cuando quiere que me tome la medicación. Elija una etiqueta. Todas aprietan.

La sala circular parece hundirse un poco.

Miro a Mikel.

Él no aparta la vista de la pantalla.

En la grabación, mi yo continúa:

—No estoy en condiciones de vivir fuera del relato. Ya lo hemos comprobado.

—¿Puede explicar a qué se refiere con “relato”? —pregunta Insausti.

—A la versión donde llego en ferry. Donde soy llamado para investigar la desaparición de Lucas Arozarena. Donde todavía puedo hacer preguntas como médico y no responderlas como marido.

Mi garganta se cierra.

Mi yo lo sabe.

Y aun así parece pedirlo.

—¿Comprende que esa identidad como consultor externo es una construcción terapéutica? —pregunta Insausti.

Mi yo mira directamente a la cámara.

Durante un instante tengo la sensación horrible de que me mira a mí.

—Sí.

—¿Comprende que, al iniciar el ciclo, no recordará este consentimiento?

—Eso espero.

—Necesito una respuesta verbal.

Mi yo suspira.

—Sí, comprendo que no lo recordaré.

—¿Comprende que puede experimentar confusión, miedo, falsas percepciones, recuerdos fragmentarios y resistencia extrema al protocolo?

—Doctora, experimento todo eso desayunando.

—Adrián.

Mi yo baja la mirada.

—Sí. Lo comprendo.

Insausti desliza un papel sobre la mesa.

—¿Autoriza el inicio del ciclo siete?

La imagen muestra mis manos.

Toman la pluma.

La firma es exacta.

No una copia.

No una falsificación.

Mi condena con buena caligrafía.

—Diga la frase completa —pide Insausti.

Mi yo levanta la vista.

Más que yo.

O quizá soy yo quien aún no ha llegado a ese cansancio.

—Autorizo la Terapia de Inmersión Profunda, ciclo siete.

Entiendo que mi identidad como doctor Valtierra, consultor externo convocado a la Casa del Sueño Profundo, será una construcción terapéutica destinada a contener material traumático que no puedo integrar de forma directa.

Entiendo que soy el Paciente 0 del protocolo.

Golpea otra vez.

Paciente 0.

Mi yo de la pantalla traga saliva.

—Y entiendo que, si vuelvo a encontrar el sótano antes de estar preparado, intentarán detenerme.

—¿Por qué? —pregunta Insausti.

Mi yo sonríe sin alegría.

—Porque siempre creo que la verdad me pertenece. Y luego la uso para hacerme daño.

La pantalla tiembla un poco. O tiemblo yo.

Mikel da un paso hacia mí, pero no me toca.

No sé qué es.

Insausti de la grabación pregunta:

—¿Qué ocurrió con Elena?

Mi yo se queda inmóvil.

Aquí arriba, el viento golpea una ventana.

En la pantalla, mi yo respira despacio.

—No lo sé entero.

—Diga lo que sabe.

—Sé que hubo un accidente de coche.

—Sí.

—Sé que Elena sobrevivió al accidente.

El suelo desaparece.

No sé cómo.

Pero algo dentro de mí sí.

Mi yo de la pantalla continúa:

—Sé que volvió a casa conmigo. Sé que yo estaba borracho, asustado, furioso y convencido de que ella iba a dejarme. Sé que discutimos. Sé que después hubo agua. Bañera. Pastillas. Sangre en mi labio. Sé que cuando llamé a emergencias ya era tarde.

—¿La mató usted?

Mi yo cierra los ojos.

La Insausti de la grabación insiste:

—Adrián, ¿mató usted a Elena?

Mi yo abre los ojos.

—No sé si la maté o si dejé que muriera mientras intentaba decidir qué versión de mí debía llamar a la ambulancia.

Una confesión, al menos, tiene forma.

Eso es una vida entera pudriéndose en el intervalo entre un acto y una omisión.

—No —digo.

Mi voz en la sala actual suena pequeña.

—No.

La grabación sigue.

Mi yo mira a cámara.

—Si estás viendo esto, significa que has vuelto a llegar demasiado lejos.

El aire se me corta.

El Adrián del ciclo siete.

—Vas a pensar que lo han fabricado. Que Insausti te manipula. Que Mikel te vigila. Que Clara quiere salvarte. Que Lucas sabe más que todos. Algunas cosas serán ciertas. No todas. Ese es el problema.

No puedo apartar la vista.

—No confíes del todo en Insausti —dice mi yo—. Pero tampoco confíes del todo en tu rebeldía. La rebeldía es una habitación más de la casa. Muy amplia. Muy cómoda. Con vistas al mar.

La pantalla parece respirar.

—No busques una versión donde seas inocente. No existe. Tampoco busques una donde seas monstruo. Esa es demasiado fácil. Busca la que te permita recordar sin inventar a Elena de nuevo.

Mi mano marcada arde.

TICHÉ.

Mi yo baja la mirada hacia su propia mano en la grabación.

No hay marca.

—Si aparece TICHÉ antes de la torre, el ciclo está contaminado. Si Clara te devuelve la llave, no la entregues. Si Lucas aparece, escúchale solo hasta la mitad. La otra mitad quiere compañía en el infierno.

Insausti, en la grabación, dice:

—Eso no forma parte del consentimiento.

Mi yo sonríe.

—No. Esto es para mí.

Miro a la Insausti real.

Ella no parece sorprendida.

Claro que no.

Ya lo ha visto.

Quizá muchas veces.

En la pantalla, mi yo se inclina hacia la cámara.

—Y si Elena te habla, no le preguntes si está muerta.

Hace una pausa.

—Pregúntale por qué volvió a casa después del accidente.

La grabación se corta.

La pantalla queda negra.

Durante unos segundos no hay nada.

Solo el viento.

Y el sonido de una parte de mí intentando no derrumbarse sobre el suelo de la torre.

La lámpara vuelve a encenderse.

Insausti se queda junto al reproductor.

Mikel, junto a la puerta.

Yo, en medio.

En medio de versiones que me reclaman.

—Está falsificado —digo.

No suena convincente.

Ni para mí.

Insausti no responde enseguida.

—Podría estarlo —dice.

—¿Qué?

—Podría estar manipulado. Como cualquier prueba audiovisual. Como cualquier recuerdo. Como cualquier confesión.

—No me ayude ahora.

—No intento ayudarle. Intento no mentirle.

La risa sale rota.

—Qué tarde se ha acordado.

—Lo sé.

La sencillez de la respuesta me golpea.