Capítulo 11
La confesión de Insausti
No me vuelvo.
Esa es mi victoria.
Pequeña, absurda, casi ridícula. Pero mía.
El olor a lavanda se extiende por la habitación como una mano abierta.
Está detrás de mí, junto a la puerta. O creo que está.
La voz de Elena ha entrado antes que cualquier cuerpo, y mi cuerpo, traidor con memoria propia, quiere girarse.
Quiere verla. Quiere comprobar si sus ojos son marrones, si el vestido está mojado, si trae las manos vacías o llenas de agua.
No me vuelvo.
Miro el bloc en blanco.
Todas mis notas han desaparecido. No tachadas. No arrancadas. No mojadas. Desaparecidas. Papel limpio, intacto, impíamente blanco. El bolígrafo muerto descansa entre mis dedos como si también él se hubiera cansado de fingir utilidad.
—Ahora sí, Adrián —susurra Elena—. Ya podemos escribir la verdad.
Su voz está tan cerca que casi noto el calor de su aliento en la nuca.
Pero los muertos no tienen aliento.
O eso espero.
—No eres Elena —digo.
La voz se ríe muy bajito.
No es una carcajada. Es peor. Es una risa íntima, cansada, de matrimonio. La clase de risa que una mujer reserva para el hombre al que conoce lo bastante como para no tener que humillarlo en voz alta.
—Siempre empiezas por ahí.
No cierro los ojos.
Si los cierro, le cedo la habitación.
—No eres Elena.
—¿Y eso te tranquiliza?
No me tranquiliza.
El problema no es si la voz es Elena. El problema es que sabe sonar como ella. Sabe dónde poner las pausas. Sabe cómo pronunciar mi nombre no como una llamada, sino como un reproche envuelto en ternura. Sabe llegar a lugares donde ni Insausti, ni Mikel, ni Arozarena han conseguido entrar del todo.
O quizá sí.
Quizá todos han entrado y lo que queda de mí es solo una casa saqueada con las luces encendidas.
—Mírame —dice.
—No.
—Antes sí querías.
—Antes no sabía que mi cordura dependía de normas tan estúpidas como no hablar con reflejos ni mirar cadáveres administrativos.
Otra risa suave.
—Sigues haciendo chistes cuando tienes miedo.
—Y tú sigues utilizando verbos de viva.
El silencio posterior cambia.
O me lo parece.
Detrás de mí, la puerta cruje.
Un paso normal.
—Adrián —dice la voz—, ¿qué pasó después?
No fue el agua. Fue después.
Siento que la mano vendada empieza a dolerme con un pulso nuevo. La izquierda, marcada con TICHÉ, se apoya sobre la página blanca. Durante un instante espero que las letras aparezcan solas, que mi mano escriba sin mí, que la culpa decida dictar acta.
—No lo sé —digo.
—Sí lo sabes.
—No.
—Lo sabes desde antes de llegar.
—Cállate.
—Lo sabes desde antes de inventar el ferry.
El mundo se queda quieto.
Inventar el ferry.
No, el ferry fue real. El olor a gasóleo. La mujer del abrigo azul. El marinero fumando bajo el cartel. El guardacostas. La isla apareciendo entre la niebla. Todo eso fue real.
O fue demasiado literario.
Demasiado bien dispuesto.
Una llegada perfecta a una casa perfecta para perderse.
—No inventé nada.
—Entonces escribe.
El bolígrafo sigue muerto entre mis dedos.
—No funciona.
—Claro que funciona.
Miro la punta seca.
Presiono contra el papel.
—No.
—No con tinta.
La voz está ya a mi lado.
No puedo evitarlo.
Miro de reojo.
No veo a Elena.
Veo una manga gris.
Una mano arrugada, pálida, con venas azules.
La señora Uranga está junto a mí.
O lo que lleve su nombre.
Está descalza, con el camisón claro y el pelo blanco suelto sobre los hombros. No está mojada. No huele a mar. Huele a lavanda.
Sus ojos pequeños, de azul desteñido, me miran con una compasión insoportable.
—No era Elena —dice.
Su voz ya no imita a mi esposa.
Es la suya.
—Era usted —digo.
—A veces.
—¿Qué significa eso?
—Que esta casa nunca habla con una sola garganta.
Me levanto tan deprisa que la silla cae hacia atrás.
La anciana no se inmuta.
—¿Cómo ha entrado?
—Por la puerta.
—La puerta estaba cerrada.
—Las puertas aquí obedecen a quien recuerda para qué sirven.
—No estoy de humor para oráculos.
—Nunca lo está. Por eso le van tan mal.
Me acerco a la puerta.
No de par en par. Solo unos centímetros. El pasillo al otro lado está vacío.
No he oído el pomo.
No he oído pasos.
No he oído nada hasta la voz.
Vuelvo a mirar a Uranga.
—Mikel dijo que no podía caminar.
—Mikel dice muchas cosas para no decir la única que le duele.
—¿Cuál?
La anciana inclina la cabeza.
—Que le quiere.
No por ternura.
—¿Quién?
—Como se quiere a alguien que ya se ha roto demasiadas veces delante de uno.
—No necesito cariño.
—No. Usted necesita testigos. Es distinto.
Insausti la usó en el sótano.
Mikel debía ser testigo de mí.
—¿Testigos de qué?
Uranga mira el bloc.
—De la versión que sobreviva.
Antes de que pueda responder, se oyen pasos en el corredor.
La anciana cierra los ojos.
—Ya vienen.
—¿Quiénes?
—Los que llaman tratamiento al miedo de no saber qué hacer con usted.
La puerta se abre de golpe.
Mikel entra primero.
Y dos celadores.
El rostro de Mikel se queda blanco al ver a la anciana.
—Carmen.
Insausti no dice nada.
Pero en sus ojos hay una furia precisa, antigua.
Uranga le sonríe.
—Elena no ha venido, doctora. No se preocupe. Aún no.
—Llevadla a reposo —ordena Insausti.
Los celadores entran.
La anciana no se resiste. Levanta las manos como si aquello fuera un trámite aburrido.
Al pasar junto a mí, susurra:
—La torre no muestra la verdad. Muestra la versión que mejor encaja.
—¿Qué torre?
Pero ya se la llevan.
Mikel se queda en la habitación, mirándome como si acabara de encontrarme al borde de otro precipicio.
Insausti observa el bloc abierto.
—¿Ha hablado con ella? —pregunta.
—No. Hemos debatido sobre jardinería.
—¿Qué le ha dicho?
—Que la torre no muestra la verdad.
Mikel mira a Insausti.
Ese intercambio rápido, silencioso, donde los dos recuerdan algo que yo aún no tengo permiso para saber.
—Bien —dice Insausti.
—Qué respuesta tan inquietante.
—Vamos a adelantar una conversación.
—¿Eso significa que pensaba ocultármela un poco más?
—Sí.
La sinceridad me pilla por sorpresa.
Insausti no aparta la mirada.
—Sí, doctor. Pensaba ocultársela un poco más. Pensaba esperar a que descansara, a que sus constantes se estabilizaran, a que las intrusiones perceptivas disminuyeran y a que pudiéramos preparar un entorno menos agresivo. Pero la casa ya no está respetando los tiempos.
—¿La casa?
—El sistema.
—No ha dicho sistema.
—No.
—Ha dicho casa.
Insausti guarda silencio.
—Me gusta cuando se le escapan las palabras verdaderas —digo—. Pasa pocas veces, pero ilumina bastante.
—Debería cambiarse la venda.
—Debería hacer muchas cosas. La mayoría implican irme de aquí con una garrafa de gasolina y una vocación purificadora.
Uno de los celadores se tensa.
Mikel levanta una mano.
—Es una broma.
—No esté tan seguro —digo.
Insausti se acerca a la mesa.
—Quiero enseñarle algo.
—¿Otra sesión? ¿Otro espejo? ¿Otro muerto con mi documentación haciendo turismo costero?
—Un vídeo.
—¿De qué?
—De usted.
Porque una parte de mí ya lo sabe.
Paciente 0.
Todas las señales llevan hacia arriba o hacia abajo. Esa es la arquitectura moral de la casa: sótano para archivos, torre para revelaciones. Muy limpio. Muy simbólico. Muy manipulador.
—No quiero verlo —digo.
Y es verdad.
Quiero una cama limpia, un tren, una calle con cafeterías feas, una mañana cualquiera donde el mayor problema sea si el camarero entiende que un café solo no necesita espuma ni conversación. Quiero una vida anterior a esta casa, incluso si esa vida no existió.
Insausti lo sabe.
—Lo verá igualmente.
—¿Me obligará?
—No.
—Entonces no lo veré.
—Sí lo hará.
—Admiro su fe.
—No es fe. Es patrón.
Otra palabra con barro en los zapatos.
—Siempre acaba pidiéndolo —dice ella—. Aunque antes lo rechace.
—Qué cómodo saber mi futuro.
—No lo sé. Lo recuerdo.
El golpe limpio.
Me quedo mirando sus ojos grises.
No hay triunfo en ellos.
Y eso, me hace más daño.
—¿Cuántas veces? —pregunto.
—Siete.
La habitación se estrecha.
Siete versiones de mí abriendo las mismas puertas, escuchando las mismas frases, encontrando las mismas grietas y rompiéndose quizá en los mismos sitios.
—Mikel —dice Insausti.
Pero ya está dicho.
El número tiene cuerpo.
—¿Este es el octavo? —pregunto.
—Claro.
Miro el bloc blanco.
—¿Y mis notas?
—A veces desaparecen —dice Insausti.
—Qué explicación tan técnica.
—A veces las rompe. A veces las esconde. A veces las escribe con bolígrafos que no funcionan. A veces cree haber escrito cosas que solo ha pensado. A veces alguien interviene.
—¿Quién?
—No lo sabemos siempre.
—Qué bonito matiz.
Mikel se acerca a la silla caída y la levanta.
El gesto resulta doméstico, casi tierno.
—Vamos a la torre —dice Insausti.
—No.
Pero la palabra ya no tiene la fuerza de antes.
—Adrián —dice Mikel—, creo que debe verlo.
Mikel Aguirre, el perro bueno de la casa, como dijo Lucas. El hombre que me sujeta antes de caer, que me impide bajar a la playa, que me cura la mano, que ha participado en esto desde el principio y que, aun así, parece llevar cada mentira como una piedra en el bolsillo.
—¿Por qué?
Mikel traga saliva.
—Porque si no lo ve, irá a buscarlo solo.
Y tiene razón.
Le odio un poco por eso.
—Bien —digo.
—Sin celadores.
—Si voy a ver una supuesta verdad sobre mí, no quiero público.
—Mikel viene.
—Mikel siempre viene.
—Porque usted siempre vuelve.
No sé qué responder.
Salimos los tres.
La torre está más lejos de lo que parece desde fuera.
La casa obliga a llegar a ella por rodeos: un corredor estrecho, una escalera secundaria, un pasadizo cubierto que cruza sobre el patio interior y una puerta antigua con cerradura moderna.
Subimos en silencio. La tormenta ha aflojado, pero el viento sigue golpeando los cristales con ráfagas bruscas.
Desde las ventanas altas se ve el mar cubriendo la isla por completo, como si el mundo exterior hubiera decidido retirarnos la palabra.
A medida que ascendemos, el edificio cambia otra vez.