Capítulo 10 #2
En la pantalla de constantes, las líneas descienden.
—Eso no es solo narración —digo en voz baja.
Arriaga me mira.
—Es inducción contextual.
—Es hipnosis con vocabulario caro.
—No exactamente.
—No, claro. Si fuera exactamente, sería más fácil demandarlo.
Mikel murmura desde la puerta:
—Doctor.
—Luis le llama desde el comedor. Tiene algo en las manos. Usted no lo ve bien al principio. Baja un escalón. Luego otro. La madera cruje bajo sus pies.
Rafael frunce el ceño.
—No.
—Está bien. Solo mire desde la escalera.
—No hay escalera.
—Sí, Rafael. La hay.
—No.
Las constantes suben.
Arriaga se inclina hacia el monitor.
—Activación leve.
Insausti no cambia el tono.
—La escalera baja al comedor. Usted la conoce. La ha bajado muchas mañanas. Luis le espera abajo.
—Luis está en la cocina.
—Antes estaba en la cocina. Ahora está en el comedor.
Rafael gira la cabeza sobre la almohada.
—No. No. Él no entra al comedor con eso.
Insausti deja pasar un segundo.
—¿Con qué?
Una trampa delicada.
Rafael aprieta los dedos.
—No.
—Dígame qué lleva Luis en las manos.
—Nada.
—Mire.
—No quiero.
—Solo mire.
—No quiero.
Insausti guarda silencio.
Y en ese silencio, algo ocurre.
No en Rafael.
La auxiliar mira a Insausti con una expresión que no es profesional. Es dolor. Casi rechazo. Como si hubiera visto esa misma técnica demasiadas veces aplicada sobre heridas distintas.
Clara no cree en el método. O dejó de creer.
Insausti vuelve al micrófono.
—Luis lleva una cuerda.
No fuerte al principio. Más bien un sonido ahogado, arrancado desde abajo. Su cuerpo intenta incorporarse, pero las sujeciones lo impiden. Los músculos del cuello se tensan. La vía se mueve en su brazo.
—No.
—Está bien, Rafael.
—No estaba en sus manos.
Insausti se queda quieta.
No estaba en sus manos.
Arriaga mira el monitor.
—Frecuencia en ciento veinte.
—No estaba en sus manos —repite Rafael, llorando—. Estaba en las mías.
El aire de la sala de observación cambia.
Insausti no reacciona hacia fuera, pero sus dedos se detienen sobre la mesa.
El paciente ha encontrado el hecho real.
O parte de él.
—Muy bien —dice ella.
Casi con ternura.
—No —susurra Rafael—. No está bien.
—Puede mirarlo.
—No.
—Puede mirar sus manos.
Rafael forcejea contra las correas. No con violencia dirigida, sino con terror. Intenta esconder las manos, pero están sujetas.
—No son mías.
—Sí lo son.
—No. No. No.
—Rafael, la cuerda está en sus manos.
—¡No!
Las constantes suben más.
Arriaga prepara una jeringuilla.
Insausti levanta una mano.
Sigue inclinada hacia el micrófono.
—Luis le está mirando.
—Que no me mire.
—Le está mirando, pero no le odia.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Luis no le odia.
La voz de Insausti se vuelve aún más suave.
Y entonces introduce la frase.
—Luis sabe que usted no quería hacerlo.
Me quedo inmóvil.
No por Rafael.
No quería hacerlo.
La absolución como sedante.
La culpa reescrita no mediante negación, sino mediante intención.
No quería hacerlo.
Rafael deja de forcejear.
Su rostro cambia.
No se tranquiliza exactamente. Se vacía.
—No quería —dice.
—No —susurra Insausti—. Usted no quería.
—Él se rió.
—Lo sé.
—Dijo que era un inútil.
—Lo sé.
—Siempre lo decía.
—Ya no puede decírselo.
Rafael mira al techo.
—Yo no quería.
—No.
—Solo quería que parase.
—Sí.
Las líneas del monitor bajan.
Arriaga suelta aire con alivio.
Clara cierra los ojos.
Yo siento un frío lento en la espalda.
Porque acabo de ver cómo se hace.
No se borra el crimen.
Se desplaza el centro moral. Se conserva el acto, pero se ablanda la intención. Se introduce una versión soportable. No inocente. Soportable. El paciente sigue siendo culpable, pero ya no es monstruo. Puede respirar dentro de una frase nueva.
Y una frase nueva, si se repite bastante, parece un recuerdo.
—Esto no es integrar —digo en voz baja.
Insausti me oye, pero no responde.
Sigue con Rafael.
—Luis cae al suelo. Usted suelta la cuerda. Respira. Está asustado. Quiere llamar a alguien.
—Sí.
—Quiere ayudarle.
—Sí.
—Pero no puede moverse.
—No puedo.
—Porque tiene miedo.
—Tengo miedo.
—Y el miedo no es maldad.
Rafael llora en silencio.
El miedo no es maldad.
Qué útil para que un hombre sobreviva a sí mismo.
—Ahora Luis abre los ojos.
Rafael se queda helado.
—No.
—Abre los ojos.
—Está muerto.
—En la pensión no.
—Está muerto.
—En la pensión no.
—Está muerto.
La voz de Rafael cambia.
Ya no es el anciano medicado dentro del relato. Es otra cosa. Algo que empuja desde abajo.
—Está muerto y ella también.
Arriaga levanta la vista del monitor.
Clara abre los ojos.
Mikel se separa de la pared.
No estaba en el guion.
—¿Quién es ella? —pregunta Insausti.
Rafael gira la cabeza hacia el cristal.
No debería vernos.
Sus ojos, sin embargo, encuentran exactamente el lugar donde estoy.
—La del agua.
Mi cuerpo deja de ser mío.
Insausti corta el micrófono.
—Arriaga.
—Frecuencia subiendo.
—Baje estímulo.
Arriaga toca varios controles.
Pero Rafael sigue mirando hacia mí.
No hacia la sala.
—No se quedó en la carretera —dice.
Clara se lleva una mano a la boca.
—Sacadlo de aquí.
No sé si habla de Rafael o de mí.
Insausti vuelve a activar el micrófono, pero su voz ha perdido una fracción de control.
—Rafael, vuelva a la pensión.
—El doctor sabe dónde está la bañera.
El mundo se estrecha.
No me muevo.
No es su sonrisa. No puede ser su sonrisa. Es demasiado lúcida. Demasiado colocada en el sitio exacto donde duele.
—La dejó llena.
Arriaga inyecta algo por la vía.
Rafael se arquea.
—¡No! —grita Clara.
Todos la miran.
La auxiliar parece haber reaccionado antes de pensarlo.
Rafael sigue hablando, aunque la medicación empieza a arrastrarle hacia abajo.
—No miréis al paciente equivocado…
Miro a Insausti.
Ella está pálida.
Pálida de verdad.
—¿Cómo sabe eso? —pregunto.
Rafael gira la cabeza, cada vez más lento.
—El médico… —susurra—. Mirad al médico…
Sus ojos se cierran.
La sala blanca queda en silencio.
Las constantes bajan.
Arriaga respira con alivio profesional.
Clara llora sin sonido.
Mikel abre la puerta de la sala de observación.
—Fuera.
Esta vez no espero a que lo repita.
Salgo al corredor.
Que quede claro: camino.
Fingir cooperación tiene límites, y uno de ellos es no vomitar delante del equipo terapéutico.
Mikel viene detrás.
—Adrián.
—No.
—Pare.
—No.
—Pare.
Me agarra del brazo.
Me giro tan rápido que casi choco con él.
—¿Cómo sabía eso?
—No lo sé.
—Rafael Rueda, paciente del pabellón B, sedado, dentro de una sesión controlada, acaba de repetir una frase de mi bloc.
—Lo he oído.
—¿Quién ha leído mi bloc?
—¿Quién ha entrado en mi habitación?
—No lo sé.
—¡Deje de decir eso!
Mi voz retumba en el corredor.
Una enfermera aparece al fondo y se detiene.
Mikel baja la voz.
—No aquí.
—No. Aquí. Ahora. Delante de quien haga falta. ¿Quién lo ha leído?
Insausti sale de la sala de observación.
—Yo.
No se esconde.
—¿Qué?
—Leí sus notas.
Me quedo quieto.
—¿Cuándo?
—Cuando fue trasladado del ala infantil.
—Mi habitación estaba cerrada.
—Tenemos llaves.
—Claro. Qué tonto por mi parte. En una casa así hasta la intimidad tiene copia.
—Necesitaba saber si estaba en riesgo.
—¿Y decidió alimentar una sesión con una frase mía?
—No.
—Rafael la dijo.
—Sí.
—¿Cómo?
Insausti mira hacia la sala cerrada.
—No lo sé.
La misma frase.
Pero en ella suena distinta.
No a evasión.
A miedo real.
Arriaga aparece detrás.
—Puede haber contaminación auditiva. Algún comentario previo, alguna frase oída en el pasillo…
—No —dice Clara.
Todos la miramos.
La auxiliar se limpia la cara con rabia, como si llorar le pareciera una traición del cuerpo.
—Rafael no repite cosas así.
—Clara —advierte Insausti.
—No. Basta. Rafael no improvisa fuera del marco salvo cuando alguien le empuja desde otra capa.
—Eso no es terminología clínica.
—No, es experiencia.
El golpe es limpio.
Arriaga se calla.
Clara me mira.
—La sesión no era para Rafael.
Insausti da un paso hacia ella.
—No sigas.
—Era para usted.
El corredor entero parece escuchar.
Mikel cierra los ojos.
Yo siento una calma fría, peligrosa.
—Explíquese —digo.
Clara tiembla, pero sigue.
—A veces usan pacientes puente. Pacientes con relatos estables que pueden absorber material de otros. Se introduce una frase, una imagen, un objeto… y se observa cómo responde el paciente real desde fuera.
—¿Paciente real? —pregunto.
Pero ya lo sé.
Claro que lo sé.
Insausti no habla.
Arriaga parece ofendido, lo cual es una reacción muy pobre ante una monstruosidad.
—Rafael no era el centro de la sesión. Usted lo era.
Solo confirma algo que mi cuerpo ya había entendido.
—¿Me han usado como sujeto de prueba mientras me hacían creer que observaba? —pregunto.
—No exactamente.
Casi me río.
—No exactamente. La frase favorita de los culpables con estudios superiores.
—Queríamos comprobar su reacción ante un procedimiento controlado.
—¿Y la bañera? ¿También era controlada?
—¿Quién introdujo la bañera?
Arriaga mira sus papeles, incómodo.
—Nadie.
—Eso es imposible —dice él.
—No estaba en el guion.
—Los pacientes no generan material ajeno de la nada.
—En esta casa sí —responde Clara.
Su voz ya no tiembla.
Ha cruzado una línea y, como suele ocurrir al cruzar líneas, ahora da menos miedo seguir que volver.
—Auxiliar Sáenz, queda relevada de inmediato.
—Me da igual.
Mikel abre los ojos y la mira con tristeza.
—Clara.
Ella niega con la cabeza.
—No. Él tiene que saberlo.
—¿Saber qué? —pregunto.
Insausti se acerca.
—Nada que vaya a ayudarle ahora.
—Entonces seguro que me interesa.
Clara mira hacia las cámaras del corredor.
Luego hacia mí.
—No todos los ciclos empiezan en el ferry.
Insausti se queda inmóvil.
—Algunos empiezan en la sesión —continúa Clara—. Le hacen creer que observa a otro, pero en realidad están probando qué versión de usted responde.
No puedo respirar bien.
—¿Qué versión de mí?
Clara baja la voz.
—El doctor. El paciente. El marido. El culpable.
—¿Y cuál ha respondido hoy? —pregunto.
Clara no contesta.
La puerta de la sala blanca se abre detrás de nosotros. Rafael Rueda es sacado en una camilla por dos auxiliares. Va sedado. La boca entreabierta. Los ojos cerrados. Un hombre convertido en descanso químico.
Al pasar junto a mí, mueve los labios.
Nadie más parece verlo.
—¿Qué?
Rafael no abre los ojos.
—No fue el agua.
Se me enfría la sangre.
—¿Qué?
Mikel me agarra del hombro.
Rafael continúa, apenas audible:
—Fue después.
Rafael desaparece por el corredor.
Insausti me mira.
Ya no hay teatro posible. No completo.
—A mi despacho —dice.
—No.
—Tenemos que hablar.
—Eso dijeron antes de meterme en una sesión diseñada para abrirme la cabeza con un paciente ajeno.
—No fue…
—No exactamente. Sí. Lo sé.
Esta vez nadie me detiene.
Quizá porque todos entienden que, si lo hacen, la cooperación fingida se romperá del todo.
Subo a mi habitación.
No miro atrás.
No pienso en la bañera.
No pienso en después.
No pienso en Rafael diciendo que no fue el agua.
Al llegar, cierro la puerta.
No echo el pestillo.
Voy al escritorio.
El bloc sigue en el cajón.
Las notas están ahí. Las frases. La lista. La advertencia.
Cojo el bolígrafo y escribo:
La sesión era para mí.
Rafael dijo: “No fue el agua. Fue después”.
Clara confirma pacientes puente.
Insausti leyó mis notas.
Arriaga controla fármacos.
Mikel sabía parte, no todo.
Mirar al médico.
Escribo rápido. Demasiado rápido. La mano me duele. La tinta parece salir débil.
Cuando termino, dejo el bolígrafo sobre la mesa.
Entonces veo la punta.
La aprieto contra el papel.
Vuelvo a pasarla por encima de la última línea.
El bolígrafo no escribe.
No ha escrito en ningún momento.
Miro el bloc.
La página está en blanco.
No una hoja nueva.
Sin presión sobre el papel.
Saco las páginas anteriores.
Mis notas de la mañana.
Las frases que no escribí.
El bloc entero está vacío.
Me quedo sentado, con el bolígrafo muerto entre los dedos.
La puerta, a mi espalda, se abre despacio.
No me vuelvo.
El olor a lavanda ya ha entrado antes que ella.
Una voz de mujer susurra:
—Ahora sí, Adrián.
Elena añade, muy cerca de mi oído:
—Ya podemos escribir la verdad.