La casa del sueño profundo Capítulo 10
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Capítulo 10

La sesión de inmersión

A las cuatro menos diez descubro que fingir cordura exige más disciplina que estar cuerdo.

La cordura auténtica, si es que existe algo tan arrogante, suele permitirse descuidos.

Uno se enfada, duda, tropieza con una frase, olvida dónde ha dejado las llaves, pierde el hilo de una conversación y nadie llama a Mikel con una jeringuilla.

La cordura fingida, en cambio, es un teatro agotador.

Cada gesto debe ser medido. Cada silencio, limpio.

Cada pregunta, lo bastante inteligente para parecer útil y lo bastante dócil para no parecer peligrosa.

Estoy sentado en mi habitación, con el bloc abierto sobre las rodillas, ensayando una versión moderada de mí mismo.

No la más convincente.

La menos encerrable.

He comido algo, o lo he intentado. Una sopa tibia, pan, una manzana.

Comida de institución. Ni mala ni buena.

El tipo de comida que no pretende gustar, sino documentar que se ha cumplido con una obligación biológica.

Mikel la ha traído en una bandeja nueva y se ha quedado de pie en la puerta mientras yo daba tres cucharadas, como si comer fuera una prueba clínica.

No hemos hablado mucho.

La mano vendada late de vez en cuando. La otra, la marcada, descansa sobre el bloc. TICHÉ sigue allí, azul oscuro, insolente. He dejado de intentar ocultarla. Hay humillaciones que empeoran cuando uno finge que no existen.

En la página abierta leo mis propias notas.

Observar sesión de Inmersión Profunda.

No mirar solo al paciente. Mirar al médico.

No dejar que me enseñen al paciente equivocado.

La última frase no la escribí yo.

Ya no sé si esa distinción importa tanto como me gustaría.

Debajo he añadido una lista de objetivos:

1. Identificar quién dirige realmente la sesión.

2. Ver qué estímulos usan: fármacos, voz, luz, relatos, objetos.

3. Observar reacción del paciente cuando el relato se contradice.

4. Ver si Insausti improvisa o sigue guion.

5. Ver si Clara está presente.

6. Ver qué no quieren que vea.

La lista me tranquiliza.

Las listas son pequeñas dictaduras privadas. Ponen números donde hay abismos y nos permiten creer que el horror, si se ordena bien, cabe en una página.

A las cuatro en punto llaman a la puerta.

No son dos golpes.

Mikel.

—Doctor Valtierra.

Mikel está solo. Lleva el uniforme gris, la radio al hombro y una expresión que intenta no parecer vigilancia. Lo consigue poco, pero valoro el esfuerzo.

—La doctora le espera.

—Qué emoción. ¿Hay programa de mano?

—Hay normas.

—Naturalmente. Aquí sin normas no se cruza ni una pesadilla.

Mikel me mira de arriba abajo. Camisa limpia, chaqueta, bloc en la mano, rostro lo bastante sereno para engañar a alguien que no haya pasado los últimos tres años sujetando mis crisis. Es decir, no a él.

—¿Cómo está?

—Moderadamente funcional.

—Eso no es una respuesta.

—En esta casa es casi una heroicidad.

—Si se siente mal durante la sesión, me lo dice.

—¿Y si no me creo capacitado para distinguir sentirme mal de descubrir algo que ustedes preferirían que no descubra?

—También.

—Qué respuesta tan amplia.

—Me adapto.

Esta vez no me guía hacia la habitación 14 ni hacia el pabellón C.

Bajamos por la escalera principal hasta la planta baja y tomamos un corredor que no había recorrido.

Las paredes están pintadas de un verde pálido, desagradablemente sanitario, y las lámparas del techo emiten una luz demasiado blanca.

No hay cuadros. No hay madera noble. No hay intención de parecer casa.

Aquí la institución deja de fingir.

—¿Dónde es la sesión? —pregunto.

—Unidad de intervención.

—¿Eso significa habitación acolchada con mejor presupuesto?

—Significa que no haga bromas al entrar.

—Usted tiene una confianza muy pobre en mi instinto de conservación.

—He visto su instinto de conservación en la playa.

El corredor termina ante una puerta metálica con una ventanilla estrecha. Mikel pasa una tarjeta, teclea un código y espera. Al otro lado alguien desbloquea una segunda cerradura.

Me fijo en todo.

Siempre me he fijado en las puertas, pero antes era un hábito profesional. Ahora se ha convertido en una forma de respirar.

Entramos en una antesala.

Allí están Insausti, Clara Sáenz y otro hombre que no conozco. Cincuenta y tantos, calvo en la coronilla, gafas rectangulares, bata blanca. Tiene el aspecto de los médicos que han aprendido a esconder la falta de imaginación detrás de tecnicismos bien planchados.

Insausti me presenta:

—Doctor Valtierra, el doctor Arriaga. Neuropsiquiatría.

Arriaga me tiende la mano.

—Un placer.

Le miro la mano antes de estrecharla. Uñas cuidadas. Dedos secos. Ninguna marca.

—Eso está por verse —digo.

Insausti respira hondo, probablemente contando hasta diez en un idioma donde las personas problemáticas no existen.

—Arriaga supervisa la parte farmacológica del protocolo.

—Ah. El hombre de las llaves químicas.

—Entre otras cosas —dice él.

Su voz es neutra. No le gusta mi comentario, pero tampoco quiere entrar. Un hombre prudente. O cobarde. La prudencia y la cobardía, como la terapia y el castigo, a menudo comparten bata.

Clara está junto a una mesa auxiliar con carpetas y una bandeja de material médico. No me mira al principio. Luego sí. Sus ojos bajan a mi mano marcada y vuelven a subir.

También algo parecido a la advertencia.

—Auxiliar Sáenz —digo.

—Doctor.

Insausti interviene antes de que podamos convertir el saludo en una grieta.

—Observará desde la sala contigua. No tendrá contacto con el paciente. No hará preguntas durante la sesión. Al terminar, hablaremos.

—¿El paciente sabe que será observado?

—Dentro de su marco terapéutico, sí.

—Qué frase hermosa. Podría significar cualquier cosa.

—El paciente está informado según su capacidad de integración.

—Otra maravilla. ¿Las venden en lote?

Mikel me toca el brazo.

—De acuerdo —digo—. No intervendré.

Insausti me sostiene la mirada un segundo más.

No me cree.

—Entonces vamos.

Pasamos a la sala de observación.

Es más moderna que la habitación 14. Más clínica.

Menos teatral, lo cual la vuelve peor. Hay una ventana amplia de cristal unidireccional que da a una sala blanca.

Frente al cristal, una mesa con monitores, un sistema de audio, registros de constantes, tres sillas y una lámpara de lectura.

En una esquina, una cámara en trípode. En otra, un armario con cerradura.

Al otro lado del cristal está el paciente.

Un hombre calvo, de unos sesenta años, tumbado en una camilla. Tiene los brazos sujetos con correas acolchadas, no tensas pero visibles. También los tobillos. Lleva auriculares grandes, negros, y una vía en el brazo izquierdo. Su pecho sube y baja despacio. No parece dormido. Parece hundido.

—¿Nombre? —pregunto.

—Para usted, señor R. —dice Insausti.

—Qué discreción. Casi impúdica, teniendo en cuenta que le tienen atado a una camilla detrás de un cristal.

—Se llama Rafael Rueda —dice Clara.

Todos la miramos.

La joven se queda pálida, pero no se retracta.

Insausti no la reprende. Todavía.

—Rafael Rueda —repito—. Homicidio intrafamiliar.

—Mató a su hermano —dice Arriaga—. Aunque dentro del marco terapéutico cree que su hermano sigue vivo y que ambos administran una pensión en Laredo.

—¿Y eso es una mejora?

—Antes intentaba arrancarse la lengua cada vez que oía el nombre de su hermano.

Lo dice sin emoción.

Los médicos demasiado acostumbrados al horror empiezan a parecerse a los funcionarios demasiado acostumbrados al papeleo: no por falta de humanidad, sino por exceso de exposición a lo que la humanidad puede producir.

—¿Cuál es el objetivo de la sesión? —pregunto.

Insausti se sienta ante la mesa de audio.

—Integrar una contradicción menor.

—¿Traducción?

—Introducir un elemento del hecho real dentro de su ficción funcional y observar si puede sostenerlo sin desorganizarse.

—¿Qué elemento?

Arriaga revisa una hoja.

—Una cuerda.

Miro al paciente.

—¿Estranguló a su hermano?

—Sí —dice Clara.

Insausti la mira.

—Auxiliar Sáenz.

Clara baja la cabeza.

—Perdón.

Pero no parece arrepentida.

Mikel se coloca junto a la puerta, los brazos cruzados. No participa en el equipo clínico. No del todo. Es frontera, no método.

—¿Y le van a introducir una cuerda en su relato? —pregunto.

—No físicamente —dice Arriaga, como si hubiera dicho una estupidez.

—Perdone. Aquí los objetos aparecen y desaparecen con tanta libertad que prefiero preguntar.

Insausti pulsa un botón.

En los altavoces oímos la respiración del paciente.

Rafael Rueda abre los ojos.

No mira hacia nosotros. No puede vernos, supongo. Mira al techo de la sala blanca con una calma medicada.

Arriaga comprueba el monitor.

—Frecuencia estable. Sedación disociativa en rango bajo. Inicio autorizado.

Insausti se inclina hacia el micrófono.

Cuando habla, su voz cambia.

Lo suficiente para inquietarme.

Desaparece la directora. Desaparece la mujer de respuestas quirúrgicas. Aparece otra voz: cálida, grave, envolvente. Una voz pensada no para informar, sino para entrar.

—Rafael.

El hombre en la camilla parpadea.

—Rafael, está en la pensión. Es lunes por la mañana. Está lloviendo poco, pero no hace frío. Huele a café recién hecho.

El paciente mueve los dedos.

—Café —murmura.

—Sí. Su hermano Luis está abajo, colocando las mesas del comedor.

Una sonrisa pequeña.

—Siempre las coloca mal.

—Siempre las coloca mal —repite Insausti con suavidad—. Usted baja por la escalera y le dice que las servilletas van a la izquierda.

Una risa torpe, de niño viejo.

—No aprende.

—No. Luis nunca aprende.

Observo a Insausti.

No al paciente.

Ella no mira sus papeles. No lee. Sabe el relato. O lo recuerda. O lo ha contado tantas veces que ya forma parte de ella. Su voz no vacila. Introduce detalles domésticos con una precisión peligrosa: café, servilletas, lluvia, madera hinchada en una ventana, una radio vieja en la cocina.

Rafael se relaja.

Su respiración se hace más profunda.