La casa del sueño profundo Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Mikel va hacia la puerta.

—Descanse.

—No me encierre.

—No iba a hacerlo.

—¿Lo ha hecho antes?

—Claro.

—Adrián…

—No. Váyase.

Por un momento parece que quiere decir algo más. Luego decide no hacerlo. Sale y cierra la puerta.

No echa llave.

Me levanto y pruebo el pomo.

No estoy encerrado.

Cierro de nuevo.

Esta vez sí paso el pestillo.

Luego saco el fragmento de espejo del bolsillo.

La sangre ha manchado un poco el esparadrapo de los bordes. La superficie triangular refleja una parte de la lámpara, mi barbilla, un trozo de techo. Un mundo reducido a pedazos.

Me siento en el suelo, junto a la cama.

ahí.

Quizá porque la silla pertenece al escritorio, el escritorio a las notas, las notas a mi letra, y mi letra ya no es un lugar seguro. El suelo, al menos, no pretende ser otra cosa.

Coloco el espejo sobre mis rodillas.

—Vamos —murmuro.

Solo mi ojo fragmentado.

La habitación detrás.

No mi reflejo sonriendo por su cuenta.

Me siento ridículo.

Un hombre adulto mirando un cristal roto como si fuera una bola de adivinación barata comprada en una feria de pueblo. Pero el ridículo tiene poca fuerza cuando ya has visto tu cartera seca en una roca y una palabra griega tatuada en tu piel durante la noche.

Inclino el espejo.

La habitación se desplaza.

Mi mano marcada.

TICHÉ.

La palabra parece escrita más hondo que antes. No sobre la piel, sino debajo de ella. Como si no fuera tinta, sino algo que ha subido a la superficie.

Azar. Destino. Fortuna.

Lucas decía que la libertad era una ficción retrospectiva.

Quizá por eso la palabra me irrita tanto. Porque uno necesita creer que eligió, aunque eligiera mal. Incluso la culpa pide libre albedrío para sentirse importante.

Sigo moviendo el espejo.

Entonces aparece algo.

No en la habitación.

En el fragmento.

Una luz blanca.

Me quedo inmóvil.

El espejo ya no refleja el dormitorio.

Refleja una carretera de noche.

Mi respiración se detiene.

No cierro los ojos.

No esta vez.

El fragmento muestra el interior de un coche. Volante. Mis manos sobre él. Una alianza en el dedo. La radio encendida sin sonido. Elena a mi lado, de perfil, mirando por la ventanilla. Tiene los brazos cruzados. Está enfadada.

Tan viva que duele.

—No puedes hacer esto cada vez —dice.

Su voz sale del espejo y del centro de mi cabeza al mismo tiempo.

—No estoy haciendo nada.

La del recuerdo.

Más joven. Más pastosa.

—Has bebido.

—Dos copas.

—Tres.

—No empieces.

—Adrián, para.

—No voy rápido.

—Para el coche.

—Estamos a diez minutos de casa.

—Para el coche.

En el espejo, mis manos aprietan el volante.

Elena se quita el cinturón.

—¿Qué haces?

—Bajarme si no paras.

—No seas absurda.

—Para.

La carretera se curva.

Los faros de un camión aparecen a lo lejos.

No demasiado cerca.

Elena toca mi brazo.

No con violencia.

—Adrián, por favor.

El yo del espejo gira hacia ella.

Durante un segundo no mira la carretera.

La mira a ella.

Hay rabia en mi rostro.

No una rabia enorme. No una de esas rabias cinematográficas que justifican luego titulares, sentencias y psicólogos opinando en televisión. Una rabia pequeña. De marido ofendido. De hombre herido en su orgullo. De idiota con dos copas de más y una vida demasiado segura entre las manos.

Elena dice algo.

No lo oigo.

El camión pita.

La luz lo llena todo.

El espejo se vuelve blanco.

Respiro de golpe.

La habitación está otra vez ahí.

Mi mano vendada.

Me inclino hacia delante, con náuseas.

Fue un accidente.

Ella quiso que parara.

Eso ya es suficiente culpa para destruir a un hombre. No hace falta una bañera. No hace falta inventar monstruos adicionales cuando uno ya fue bastante imbécil al volante.

Me agarro a esa versión como quien agarra una barandilla en una escalera que se derrumba.

Fue el coche.

Fue la lluvia.

Fue el orgullo.

No fue la bañera.

El espejo se empaña entre mis dedos.

No por mi aliento.

Sobre el vaho aparece una línea.

Una palabra escrita por un dedo invisible:

DESPUÉS.

No quiero seguir.

Mi cuerpo lo decide antes que yo. Aparto el espejo y lo dejo boca abajo sobre la alfombra.

—No.

El espejo no se mueve.

Me levanto, camino hasta la ventana, apoyo ambas manos en el marco sellado. Afuera el mar parece masticar la isla. El faro gira lentamente, iluminando la niebla en intervalos. Cada vuelta de la luz divide el mundo en apariciones breves: roca, espuma, lluvia, oscuridad.

¿Qué significa después?

Después del accidente.

Después de Elena.

Después de no recordar.

El problema de la memoria no es que vuelva. Es que nunca vuelve sola. Trae barro en los zapatos. Entra en casa, se sienta en tu cama y exige que le prepares un sitio a todo lo que habías conseguido no mirar.

Recojo el espejo.

Lo hago con rabia.

—Vale —digo—. Vale.

Al principio no muestra nada.

El corazón se me detiene de una forma que no es poética.

La escena aparece fragmentada, como si el espejo no tuviera espacio para sostenerla entera. Azulejos blancos. Vapor. Una toalla en el suelo. Mi mano sujetando el borde de la bañera. La manga de mi camisa empapada hasta el codo.

Elena está dentro.

Pero no lucha.

No como en el sueño.

Su cabeza descansa contra el borde. El pelo flota alrededor de su rostro. Sus ojos están cerrados.

Marrones, pienso absurdamente, aunque no los veo.

Hay sangre en mi labio.

No sé de quién.

Mi yo del espejo tiembla. No de frío. De pánico.

—Elena —dice.

Mi voz se rompe.

—Elena.

La saco del agua.

No la empujo.

No la sujeto hacia abajo.

El espejo tiembla en mi mano.

La imagen se desplaza: estoy en el suelo del baño, intentando reanimarla. Compresiones torpes. Respiración. Llanto. Agua por todas partes. Una copa rota junto al lavabo. Pastillas en el suelo. El frasco abierto.

Elena no responde.

—No —murmura mi yo del espejo—. No, no, no, no.

La escena se corta.

Vuelve el blanco.

Luego una imagen distinta.

Elena de pie en la puerta del baño, viva, empapada, mirándome con terror.

Yo frente a ella.

Mis manos extendidas.

No sé si para ayudar.

No sé si para impedirle pasar.

—No me toques.

Y el espejo se queda negro.

Esta vez no cae sobre la alfombra.

Cae sobre mi muslo, resbala y se clava en la palma vendada.

El dolor es inmediato.

La venda se abre.

La herida del corte anterior vuelve a sangrar, más fuerte. Un hilo rojo baja entre mis dedos y cae sobre el suelo.

La miro como si fuera una respuesta.

No lo es.

Pero me devuelve al cuerpo.

Estoy en mi habitación.

Soy real. Estoy aquí. Estoy investigando.

La repito en voz baja.

—Soy real. Estoy aquí. Estoy investigando.

La sangre cae sobre el fragmento de espejo.

La superficie refleja mi cara rota en tres ángulos distintos.

En una, parezco culpable.

En otra, perdido.

En la tercera, durante un instante, sonrío.

Aparto el espejo de golpe.

No quiero saber si esa sonrisa era mía.

Voy al baño, abro el grifo, limpio la herida. La venda se empapa. El corte no es grave, pero sangra bastante. Me sujeto una toalla contra la palma y apoyo la frente en el espejo del lavabo.

Mi reflejo me mira.

—¿Qué hiciste? —le pregunto.

Vuelvo al dormitorio con la mano envuelta en una toalla.

Cuando la mente se vuelve un cuarto lleno de muebles volcados, uno empieza por recoger una silla. No para resolver nada. Solo para no pisarse la dignidad descalzo.

Abro el bloc.

La frase ENTÓN CES CONFÍA EN TU CULPA sigue ahí, aunque la tinta parece más débil. O quizá la veo peor. Escribo debajo, con dificultad por la mano herida:

1. Accidente de coche. Yo conducía. Alcohol. Ella pidió parar. Camión. Culpa por imprudencia.

2. Bañera. Elena inconsciente / posible intento autolítico / pastillas / yo la saco del agua. Culpa por no llegar a tiempo.

3. Bañera. Elena viva, empapada, me dice: “No me toques”. Posible agresión previa / discusión / bloqueo.

4. Elena muerta hablándome. No fiable.

5. Elena viva en algún lugar. No descartar. No aceptar sin pruebas.

Miro la lista.

Cinco versiones de una mujer.

Ninguna me absuelve.

Ninguna la devuelve.

La puerta de la habitación parece mirarme desde el otro lado del escritorio.

Insausti quiere que descanse.

Mikel quiere que no me rompa.

Clara quiere que recuerde.

Lucas quiere que despierte.

Elena quiere que abra.

La casa quiere algo más.

Y yo, por primera vez desde que llegué, entiendo que pelear contra todos a la vez solo me convierte en el paciente que esperan. El hombre alterado. El hombre que corre hacia la playa. El hombre que ve cadáveres, roba llaves, grita en salas infantiles y sangra sobre espejos.

Si sigo así, me encerrarán.

Y quizá tendrán razón.

La idea me duele más que la mano.

Me siento en la cama.

Hay una forma de sobrevivir en instituciones cerradas que aprendí como médico antes de olvidar, o antes de ser obligado a olvidar, o antes de convertirme en el hombre que ahora intenta recordar su propio nombre: no desafiar siempre la puerta principal.

A veces conviene pedir permiso para entrar por ella.

Sonreír. Tomar notas. Asentir. Dejar que crean que recuperan el control.

Seguir el juego.

No porque aceptes las reglas.

Sino porque necesitas ver quién las escribió.

Cojo el fragmento de espejo y lo envuelvo en un pañuelo. Lo escondo dentro del forro interior de mi maletín, en una pequeña rasgadura junto a la costura. No es un gran escondite. Pero esta casa parece menos interesada en encontrar objetos que en hacerme creer que los pierdo.

Después limpio la sangre del suelo.

Cambio la toalla.

Me lavo la cara.

Me pongo una chaqueta seca.

Cuando vuelvo al escritorio, el bloc está abierto.

No recuerdo haberlo dejado cerrado.

Ya no importa cada pequeña guerra.

Lo miro con cuidado.

Debajo de mi lista no hay frases nuevas.

Escribo una más:

Pedir observar una sesión de Inmersión Profunda. Ver el método. Ver quién controla el relato. Ver qué ocurre cuando un paciente recuerda.

La casa cruje.

La lluvia golpea el cristal sellado.

Alguien llama a la puerta.

—Doctor Valtierra —dice Insausti desde el pasillo.

Guardo el bloc en el cajón.

No lo cierro con llave.

Si quieren leerlo, que lo lean.

También eso puede ser útil.

Abro la puerta.

Insausti está sola.

Me mira la mano envuelta en una venda improvisada. No pregunta. Sus ojos pasan por mi rostro, por la habitación, por la mesa. Calcula. Siempre calcula.

—Mikel me ha dicho que se cortó.

—Mikel tiene una relación apasionada con los informes verbales.

—¿Necesita sutura?

—No.

—¿Puedo verlo?

Le tiendo la mano.

Ella retira la toalla con cuidado.

El corte se ha abierto, pero no demasiado. La sangre ya coagula. Insausti lo examina sin teatralidad. Sus dedos son fríos. Precisión médica. Nada más.

—No necesita sutura —dice.

—Qué decepción. Ya estaba preparando una frase amarga sobre coser lo que ustedes rompen.

—¿Está más tranquilo?

Todas lo son.

—No.

—Pero estoy más útil.

Su mirada cambia.

Lo suficiente para saber que he hecho bien.

—¿Qué significa eso?

—Significa que gritar, correr hacia acantilados y discutir con reflejos no está dando los resultados que esperaba.

—Una evaluación razonable.

—No se acostumbre.

—Intentaré contener el entusiasmo.

—Quiero entender el protocolo —digo.

—Ya lo ha visto.

—He visto el sótano, una habitación acolchada y una versión de mi expediente diseñada para hacerme perder el equilibrio.

—No estaba diseñada para eso.

—Entonces felicite al azar. Muy buen trabajo.

—Quiero ver una sesión real de Inmersión Profunda.

La petición la sorprende.

No esperaba eso.

—No es recomendable.

—Nada de lo que ocurre aquí parece serlo.

—No está en condiciones de observar a otro paciente.

—Precisamente por eso necesito hacerlo.

—No veo la lógica.

—Claro que sí.

Me apoyo en el marco de la puerta. Procuro parecer cansado, no desafiante. Es fácil. Estoy cansado.

—Si soy paciente, como usted sostiene, necesito entender la estructura que, según usted, me contiene. Si soy médico, como yo todavía sostengo al menos en horario reducido, necesito ver el procedimiento que ha producido este desastre. En ambos casos, observar una sesión es lo más razonable.

Insausti me estudia.

—Está intentando negociar desde dos identidades incompatibles.

—Aprovecho los recursos disponibles.

—Y busca acceso.

—Por supuesto.

—Al método.

—A la verdad.

—No son lo mismo.

—En esta casa nada lo es.

La directora mira hacia el pasillo. Luego vuelve a mí.

—Hay una sesión programada esta tarde.

—¿Con quién?

—Un paciente del pabellón B.

—¿Diagnóstico?

—No voy a darle datos clínicos completos.

—Entonces un resumen.

—Disociación traumática. Homicidio intrafamiliar. Realidad asistida estable desde hace seis meses.

—¿Sabe que está en tratamiento?

—A ratos.

—Qué cómodo.

—Qué necesario.

Me aparto de la puerta.

—Quiero verlo.

—Bajo mis condiciones.

—Naturalmente.

—No intervendrá.

—No.

—No hablará con el paciente.

—No.

—No cuestionará la sesión delante del equipo.

—No.

—Y después pasará por enfermería para una evaluación.

—Ahí estaba la letra pequeña.

—No es negociable.

—Todo es negociable. Pero acepto.

Insausti se queda un segundo en silencio.

—¿Por qué este cambio?

—Porque puede que tenga razón —digo.

Su rostro no se mueve, pero sus ojos sí.

—¿Sobre qué?

—Sobre mí.

Decirlo me cuesta.

Más de lo esperado.

Insausti no parece triunfar.

—No busco tener razón, Adrián.

Esta vez no la corrijo.

Le dejo ver eso también.

—Busco que sobreviva a lo que recuerde.

Mi mano marcada asoma bajo la venda.

TICHÉ.

—Entonces enséñeme cómo se fabrica un recuerdo —digo.

Insausti se queda inmóvil.

No sé cuál.

—A las cuatro —responde.

—Allí estaré.

—Vendrán a buscarle.

—Seguro que sí.

Cierro la puerta.

No echo el pestillo.

Me apoyo contra la madera y cierro los ojos.

Durante unos segundos no hago nada.

Luego voy al escritorio, abro el cajón y saco el bloc.

Debajo de mi última anotación, hay una línea nueva.

Pero esta vez no me asusto.

La leo despacio.

NO DEJES QUE TE ENSEÑEN AL PACIENTE EQUIVOCADO.

Siento un frío lento subir por la espalda.

No tacho la frase.

No llamo a nadie.

Solo la observo.

Después, con el mismo bolígrafo, escribo debajo:

Entonces miraré al médico.