Capítulo 9
La memoria en fragmentos
Elena está en el espejo.
No delante de mí.
En el espejo.
Esa diferencia, que debería parecer mínima, me sostiene durante un segundo.
Quizá dos. El tiempo suficiente para no gritar.
El tiempo suficiente para no abalanzarme hacia la puerta de la sala de juegos, donde su reflejo la muestra de pie, empapada, con el vestido claro pegado al cuerpo y los ojos marrones abiertos de una manera que ningún muerto debería conservar.
El color de sus ojos vuelve a mí con una claridad cruel.
No eran verdes. No eran miel. No cambiaban con la luz.
Eran marrones. Marrones hondos, cálidos, casi dorados cuando se reía en la cocina por la mañana.
Marrones oscuros cuando se enfadaba y se quedaba callada, que era bastante peor que cuando discutía.
Marrones en la última fotografía. Marrones en el agua.
Elena tiene los ojos marrones.
Y ahora me mira desde un fragmento de espejo roto.
—Adrián.
La voz de Insausti llega desde lejos, como si estuviera hablando desde la otra punta de una casa sumergida.
No la miro.
Si aparto los ojos del espejo, Elena puede desaparecer.
Si no los aparto, quizá no sea yo quien desaparezca.
Una de las dos cosas va a ocurrir.
—Adrián, míreme.
La mano de Insausti aprieta mi hombro.
O al menos ejerce presión.
Últimamente mi criterio de realidad se ha vuelto bastante modesto: si pesa, si duele, si moja o si deja marca, le concedo un voto provisional. No más.
—Está ahí —digo.
Mi voz sale como si hubiera pasado la noche dentro de una caja.
—¿Quién?
Insausti lo pregunta con cuidado.
No con incredulidad.
Eso me enfurece. Lo preferiría. Preferiría que se burlara, que negara, que me redujera a un síntoma. Esa sería una posición clara contra la que empujar. Pero ese cuidado suyo, esa atención de cirujana ante una herida que ya conoce, me deja sin enemigo visible.
—Elena.
No sé si de verdad o solo dentro de mí.
La pizarra sigue ahí: nombres, círculos, líneas, BAÑERA escrito en tiza bajo todo lo demás. La peonza inmóvil sobre la mesa redonda. El caballito de madera cojo. Las sillas pequeñas. Los juguetes muertos. Y, en el fragmento, Elena.
Muevo un poco la mano.
La imagen se desplaza.
Ahora el espejo refleja solo la puerta vacía.
Elena ya no está.
Me quedo sin aire.
—No.
Inclino el fragmento de nuevo, buscando el ángulo exacto. La pizarra. La mesa. La puerta. Nada.
Una ausencia tan bien educada que casi parece preparada por administración.
—Estaba ahí —murmuro.
—Lo sé —dice Insausti.
La furia me ayuda a incorporarme.
—No lo sabe.
—Sé que la ha visto.
—Eso no es saber.
—A veces es todo lo que tenemos.
—No me hable como si estuviera sentado en su consulta.
—Ahora mismo lo está.
No porque sea dura.
Porque quizá es cierta.
Quizá todo este lugar es una consulta. Una sala de terapia multiplicada hasta adquirir forma de isla, de sanatorio, de acantilado, de tormenta. Quizá todos son médicos. O pacientes. O actores. O carceleros. O partes mías que han aprendido a caminar sin mí.
La idea me da náuseas.
—Quiero volver a mi habitación —digo.
—Antes debe pasar por enfermería.
—No.
—Se ha desvanecido.
—Me he arrodillado.
—No. Se ha desplomado.
Miro a mi alrededor.
No recuerdo caer.
—Estoy bien.
—No lo está.
—En esta casa esa frase carece de valor diagnóstico. Se la dicen a todo el mundo.
Por primera vez parece cansada de discutir conmigo.
—Mikel —llama.
Él aparece en la puerta de la sala de juegos casi al instante. Supongo que no estaba lejos. Supongo que nunca lo está. Lleva el rostro serio, la camisa manchada por la lluvia, las mangas remangadas. Mira primero a Insausti, luego a mí, luego al fragmento de espejo que sigo sujetando.
—¿Puede caminar?
—Puede contestarle él —digo.
Mikel no sonríe.
—¿Puede caminar?
Me levanto sin responder.
La sala se inclina un poco, pero no caigo. Pequeña victoria. Conviene celebrar las pequeñas victorias cuando las grandes ya han cambiado la cerradura.
Insausti extiende la mano hacia el fragmento.
—Eso se queda aquí.
Cierro los dedos.
El borde libre del espejo me corta la palma.
El dolor llega nítido, limpio, casi agradable por su simplicidad. El dolor tiene una virtud que la memoria no posee: no discute su origen. Está ahí. Punto.
Una gota de sangre cae al suelo.
Me aferro a ella.
—No.
Insausti mira mi mano.
—Se está haciendo daño.
—Al menos esto sé quién lo ha hecho.
Mikel da un paso, pero ella lo detiene.
—Quédese el fragmento —dice.
—Doctora.
—Ha dicho que quiere volver a su habitación. Que vuelva.
Mikel no entiende.
Insausti sostiene mi mirada.
—Pero no se encierre con él.
—No me encierro. Me preservo de su hospitalidad.
—Adrián.
—Doctor Valtierra.
La corrección sale automática.
Esta vez, sin embargo, me suena ridícula.
Como si el título fuera una manta.
Como si pudiera taparme con él y dejar de temblar.
Insausti no insiste.
—Mikel le acompañará.
—Qué sorpresa.
Salimos del ala infantil.
Antes de cruzar la puerta, miro otra vez la pizarra.
BAÑERA.
No menos peligrosa.
A veces las palabras son cuchillos precisamente porque caben en la boca.
El camino de vuelta es silencioso.
Mikel camina a mi lado, no delante. Eso es nuevo.
No sé si significa confianza o vigilancia mejor disimulada.
Podría preguntárselo, pero estoy cansado.
Además, sospecho que en esta casa las respuestas se reparten con el mismo criterio que los sedantes: dosis pequeñas, siempre tarde, nunca a quien más las necesita.
La sangre de mi palma resbala hacia la muñeca.
No es un corte profundo, pero cada latido empuja una gota. Mikel lo mira varias veces.
—Debería vendar eso.
—Me gustan las pruebas que no desaparecen.
—Las heridas también pueden infectarse.
—Lo añadiré a la lista de amenazas menos urgentes.
Atravesamos el corredor antiguo. Luego la escalera lateral. Luego la zona noble de la casa, donde la madera vuelve a fingir que la institución tiene alma. Al pasar junto a una ventana veo el mar. La marea sigue alta. El camino de piedras no existe. La cartera tampoco se ve desde aquí.
Quizá ya no esté.
Quizá nunca estuvo.
Quizá esta casa ha descubierto que basta con colocarme algo delante durante unos segundos para que yo haga el resto durante horas.
Mikel abre la puerta de mi habitación.
—Dentro.
—Tiene usted un don para que las órdenes suenen como cuidados.
—Y usted para que los cuidados parezcan insultos.
—Estamos construyendo una amistad preciosa.
Hay una sombra de cansancio en sus ojos, pero también otra cosa.
Una paciencia antigua. No la de Insausti, más intelectual, más peligrosa.
La de Mikel parece física, trabajada a fuerza de noches, sujeciones, crisis, cuerpos levantados del suelo y frases repetidas a personas que luego no recuerdan haberlas oído.
—Déjeme curarle la mano.
Voy a negarme.
Pero el corte escuece.
Y estoy agotado.
Y una parte humillante de mí quiere que alguien haga algo sencillo, concreto, no simbólico. Limpiar una herida. Poner una venda. No reconstruir mi identidad. No discutir si maté a mi esposa. No preguntarme si soy médico, paciente o cadáver administrativo. Solo tapar un corte.
—Vale.
Cierra la puerta, pero no con pestillo. Saca un pequeño botiquín del bolsillo lateral del uniforme. Eso también dice algo: aquí todo el mundo lleva encima lo necesario para recomponer superficies.
Me siento en la silla del escritorio.
Él se coloca frente a mí, se arrodilla un poco para quedar a la altura de mi mano y limpia el corte con una gasa.
El antiséptico escuece.
—Joder.
—Buena señal.
—¿Que duela?
—Que se queje.
—Ah. Creí que quejarme era parte de mi patología.
Mikel enrolla una venda fina alrededor de mi palma.
—No todo lo suyo es patología.
—Qué generoso.
—No era un cumplido.
—Me lo quedo igual.
Aprieta la venda lo justo.
Sus manos son grandes, pero sorprendentemente cuidadosas.
Manos de enfermero. Manos de hombre que sabe sujetar sin romper.
Me pregunto cuántas veces me habrán sujetado.
Cuántas veces habré despertado sin recordar sus dedos en mis muñecas.
Cuántas veces le habré odiado sin conservar la cortesía de saber por qué.
—¿He intentado irme antes? —pregunto.
Mikel no levanta la vista.
—Sí.
—¿Muchas veces?
—Algunas.
—Esa respuesta aquí significa muchas.
—Significa algunas.
—¿Y he encontrado cadáveres?
—No.
—¿He visto cadáveres?
—Ha visto muchas cosas.
—Mikel.
Ahora sí me mira.
—No elija justo ahora ser preciso.
Aprieta los labios.
—No habíamos encontrado un cuerpo en la playa.
—Pero yo podía haberlo imaginado.
—Sí.
—¿Y la cartera?
—La hemos visto todos.
—¿Eso la hace real?
—La hace compartida.
—Bonita diferencia.
—A veces es la única que importa.
Termina la venda y se levanta.
Le miro la mano derecha. La suya también está vendada.
—¿Qué le pasó?
Mikel la esconde un poco por reflejo.
—Nada.
—Aquí nada trabaja muchísimo. Ya se lo dije.
—Anoche, durante el apagón. Una paciente mordió.
—¿Uranga?
—No.
—¿Quién?
—No importa.
—Si ha aprendido algo de mí en tres años, debería saber que esa frase solo consigue que pregunte otra vez.
Mikel recoge las gasas usadas.
—Clara.
—¿Clara le mordió?
—Estaba intentando salir del ala de reposo.
—¿Por qué?
—Decía que tenía que devolverle algo.
Todas las cosas de esta casa parecen prestadas por alguien que luego se arrepiente.
—¿Por qué me ayuda? —pregunto.
Mikel se queda quieto.
—Porque es mi trabajo.
—No. Su trabajo sería sedarme, vigilarme, impedir que baje a la playa y hablarme con frases tranquilizadoras mientras otra persona decide qué debo recordar. Ayudarme es otra cosa.
Mikel deja el botiquín sobre el escritorio.
Durante unos segundos solo se oye la lluvia.
—No sé si le ayudo —dice al fin.
—Esa respuesta me gusta más.
—A veces creo que sí. A veces creo que solo ayudo a que todo vuelva a empezar sin que nadie se rompa demasiado por el camino.
—Qué optimismo tan robusto.
—No soy optimista.
—Ya me extrañaba.