Capítulo 8 #2
Mikel mira hacia una puerta al fondo del corredor.
Una rendija de oscuridad.
Sobre la madera hay una placa vieja:
SALA DE JUEGOS.
—Quédese detrás —me dice Mikel.
—Por fin una instrucción novedosa.
Esta vez ni siquiera me mira.
El olor cambia de nuevo. Polvo. Moho. Y por debajo, el olor metálico de algo oxidado. No sangre. No exactamente. La sangre antigua y el óxido son primos cercanos; a veces se sientan juntos en la misma mesa y es difícil distinguir quién ha traído el vino.
Mikel empuja la puerta.
Se abre con un quejido largo.
La sala de juegos está casi vacía.
Hay estanterías bajas con juguetes rotos, una mesa redonda, sillas pequeñas, un caballito de madera sin una pata y una pizarra en la pared. El suelo está cubierto de polvo excepto por una franja limpia que cruza desde una puerta lateral hasta el centro de la habitación.
En la mesa redonda hay una peonza.
Nadie la toca.
Mikel entra primero. Insausti después. Yo me quedo en el umbral durante medio segundo, lo justo para preguntarme si mi vida ha llegado al punto en que seguir a una peonza en una sala infantil abandonada parece una decisión profesional razonable.
La pizarra tiene una frase escrita con tiza blanca:
EL QUE DESPIERTA, PIERDE.
Debajo hay varios nombres.
CARMEN.
CLARA.
MIKEL.
ELENA.
ADRIÁN.
Y al final:
LUCAS.
Cada nombre está rodeado por un círculo.
El mío y el de Lucas están unidos por una línea.
No me acerco.
No por prudencia.
Por miedo a que la tiza reconozca mi mano.
—Lucas —dice Insausti.
Su voz es muy distinta.
Ya no es la directora hablando con un interno. Tampoco la médica hablando con un paciente. Hay algo personal. Cansado. Viejo.
Desde la puerta lateral llega una risa baja.
—Doctora Insausti —responde una voz masculina—. Siempre tan puntual cuando ya es tarde.
Mikel levanta la linterna hacia la puerta.
—Salga despacio.
—¿Con las manos en alto? —pregunta la voz—. Qué decepción, Mikel. Tanto tiempo juntos y aún recurres a la liturgia policial.
Un hombre aparece en el umbral.
Lucas Arozarena es más delgado que en la fotografía.
Mucho más. El rostro se le ha afilado hasta dejar los huesos casi expuestos bajo la piel.
Lleva ropa gris de interno, pero encima se ha puesto una chaqueta infantil demasiado pequeña, azul, ridícula y perturbadora.
El pelo canoso le cae sobre la frente en mechones húmedos.
Las gafas redondas están torcidas. En la mano derecha sostiene una navaja oxidada.
No la levanta.
No amenaza con ella.
Sus ojos se posan en mí.
—Doctor Valtierra —dice—. O lo que queda de él.
Siento que la habitación se inclina.
Mikel da un paso.
—Suelte la navaja, Lucas.
Arozarena ni le mira.
—No es para vosotros.
—Entonces suéltela.
—Siempre tan literal. La literalidad es el refugio de los hombres buenos cuando tienen miedo de haber obedecido demasiado.
Mikel aprieta la mandíbula.
—Lucas, nadie quiere hacerte daño.
Una risa suave, casi elegante.
—Qué frase gastada, doctora. Debería retirarla del protocolo. Además, no es cierta. Todos quieren hacer daño. La diferencia es que algunos lo llaman tratamiento.
Su mirada vuelve a mí.
Tiene unos ojos extraordinariamente vivos. No locos. O no solo locos. O no locos de la manera tranquilizadora en que a veces necesitamos que lo estén los hombres peligrosos. Esos ojos observan, calculan, entienden demasiado.
—¿Ha visto ya al muerto? —me pregunta.
Insausti se tensa.
Yo no respondo.
Arozarena sonríe más.
—Claro que sí. Si no, no tendría esa cara.
—¿Quién era? —pregunto.
—Doctor, no…
—¿Quién era? —repito.
Arozarena baja la mirada a la navaja, como si la pregunta le diera ternura.
—La identidad es una cortesía que los vivos conceden a los cadáveres. El mar, en cambio, es más honrado. Él solo devuelve cuerpos.
—Tenía mi documentación.
—¿Y eso le preocupa?
—Debería preocuparme menos, supongo.
—Le preocupa porque aún cree que un documento dice quién es usted. Muy comprensible. Es la religión laica de los hombres que han perdido el alma: plastificar el nombre y meterlo en una cartera.
—¿Puso usted la cartera en la roca?
—¿Cuál de ellas?
—¿Qué significa eso?
Arozarena ladea la cabeza.
—Siempre hace preguntas con la esperanza de que alguien le responda desde fuera. Es curioso en un hombre que vive encerrado dentro de sí mismo.
—Lucas, suelte la navaja.
Arozarena alza por fin la mano.
No hacia nosotros.
Hacia su propio cuello.
Apoya la punta oxidada bajo la mandíbula.
Mikel se detiene.
—No —dice Insausti.
Por primera vez, su voz tiembla.
Lucas la mira con una afecto cruel.
—Doctora, no finja ahora que le ofende la libertad.
—Eso no es libertad.
—Lo sé. La libertad es la palabra que usan ustedes cuando el paciente elige lo que ustedes ya habían previsto.
La navaja presiona la piel. Aparece una gota de sangre.
La sala entera parece contener el aliento.
—Lucas —digo.
No sé por qué.
Su mirada vuelve a mí.
—Ah —dice—. Ahí está.
—¿Dónde?
—La voz del hombre que cree que puede negociar con una herida.
—No quiero negociar. Quiero entender.
—Mentira.
—Usted no quiere entender. Quiere absolverse con información. Cree que, si encuentra suficientes datos, el dolor se ordenará en una frase soportable. Pero la culpa no es un expediente, Adrián. La culpa no se archiva. La culpa aprende a abrir puertas.
Mi mano marcada arde.
TICHÉ.
—Usted y yo somos iguales —dice.
—No.
—Pero yo ya sé cuál es mi crimen. Usted todavía cree que es inocente.
No en voz alta.
Insausti me mira de reojo. Mikel también. Arozarena no. Arozarena no aparta sus ojos de mí.
—Yo no maté a Elena —digo.
lo digo.
No era la pregunta.
O quizá sí.
Lucas baja un poco la navaja.
—¿Cuál Elena?
Siento un agujero bajo los pies.
—No juegue conmigo.
—No juego. Pregunto. La Elena del coche. La Elena de la bañera. La Elena que le habla desde las puertas. La Elena que quizás salió andando de todo esto y aún espera que usted deje de inventarle muertes para no mirar la suya.
—Cállese.
—La Elena mártir. La Elena víctima. La Elena juez. La Elena coartada.
Doy un paso hacia él.
Mikel me sujeta por el pecho.
—No.
—Ahí está Mikel. El perro bueno de la casa. Siempre apartando cuerpos antes de que recuerden lo que saben hacer con las manos.
—Lucas —dice Insausti—, estás descompensado.
—No, doctora. Estoy aburrido. Son cosas muy distintas, aunque en esta casa las traten con la misma medicación.
—Si entregas la navaja, podremos hablar.
—Hemos hablado durante años.
—Entonces podremos seguir.
—No. Ahora habla él.
Todos me miran.
Yo no quería protagonismo.
Hace tiempo que no quiero nada que se parezca a protagonismo. Los protagonistas sufren con más iluminación.
—¿Qué quiere que diga? —pregunto.
Lucas me observa con una atención casi amable.
—La primera cosa que no haya sido colocada en su boca por ellos.
La sala se queda inmóvil.
Pienso en Insausti.
En el expediente.
En la fotografía de Elena.
En la cartera seca sobre la roca.
En el cadáver que desaparece.
En mi voz diciendo “no la maté” con demasiada prisa.
Abro la boca.
No sale nada.
Lucas asiente, satisfecho.
—Exacto.
—Eso no prueba nada.
—No. Pero muestra la cerradura.
Insausti avanza un paso.
—Lucas, basta.
—No, doctora. Basta fue hace mucho tiempo.
Basta fue cuando lo encerraron dentro de un relato y luego se sorprendieron de que empezara a decorarlo con fantasmas.
Basta fue cuando llamaron terapia a una obediencia muy compleja.
Basta fue cuando creyeron que se podía curar la culpa distribuyéndola entre personal cualificado.
Mira la pizarra.
—La culpa no se cura —dice—. Se reparte. Y cuando se reparte bien, todos pueden dormir un poco. De ahí el nombre, supongo.
Casa del Sueño Profundo.
Ya no parece poético.
Parece una amenaza.
—¿Qué sabe del Paciente 0? —pregunto.
Arozarena cierra los ojos un instante.
Como si saboreara la pregunta.
—Todo el mundo aquí sabe algo del Paciente 0. Nadie sabe lo mismo.
—¿Quién es?
—Eso depende del ciclo.
—Lucas.
La advertencia llega tarde.
—En uno es usted —continúa Arozarena—. En otro soy yo. En otro es ella. En otro es la casa. En el mejor de todos, Paciente 0 no es una persona. Es el primer momento en que alguien aceptó mentir por compasión.
—No le escuche.
—Eso es lo que dicen siempre los culpables secundarios —responde Lucas sin mirarle.
—¿Y la llave? —pregunto.
—Las llaves son ideas con dientes. Abren menos de lo que prometen y cierran más de lo que uno entiende.
—Tengo una.
—No. Tiene varias. Solo recuerda una.
Siento la fotografía de Elena en el bolsillo, pegada a la camisa húmeda.
—¿Dónde está la puerta?
—Debajo de lo que no quiere mirar.
La misma frase que Elena.
O la voz de Elena.
O lo que fuera.
—¿Qué hay en el sótano? —pregunto.
—Una versión administrativa de la verdad. Muy ordenada, muy sellada, muy inútil.
—Ya he visto mi expediente.
—No ese sótano.
Insausti se mueve.
Pero Lucas la ve.
—Ah —dice—. La doctora no le ha enseñado el otro.
Mikel parece sinceramente confundido.
Ella está furiosa.
—Lucas —dice—, si sigues por ahí, no podré ayudarte.
Él la mira con ternura.
—Doctora, usted lleva años sin poder ayudar a nadie. Lo que pasa es que ha convertido la impotencia en método y la culpa en organigrama.
El golpe verbal es tan preciso que hasta yo lo siento.
Lucas vuelve a mirarme.
—Quiere saber dónde estoy escondido, ¿verdad?
—Sí.
—En la parte de la casa que no aparece en los planos nuevos.
—¿El ala infantil?
—No. Esto es solo una sala de espera con juguetes muertos.
—Entonces ¿dónde?
Lucas baja la navaja.
La sostiene por la hoja, con cuidado, y la deja sobre la mesa redonda junto a la peonza, que ya no gira.
Mikel avanza de inmediato.
—Quieto —dice Lucas.
No lo amenaza.
Solo lo dice.
Y Mikel se detiene.
No por miedo a la navaja.
Por otra cosa.
Lucas mete la mano en el bolsillo de la chaqueta infantil. Saca un objeto pequeño envuelto en tela. Lo lanza hacia mí.
Lo atrapo por reflejo.
—No.
La tela está fría.
Dentro hay un fragmento de espejo.
Los bordes están envueltos con esparadrapo viejo para no cortar, aunque una punta queda libre y afilada. En la superficie veo una parte de mi cara: un ojo, media ceja, un trozo de boca. Un Adrián incompleto.
—¿Qué es esto? —pregunto.
Lucas se toca la herida del cuello con dos dedos. Se mira la sangre, como si le interesara poco.
—Una prueba.
—¿De qué?
—De que no todos los reflejos están de su lado.
Insausti se acerca.
—Démelo.
Cierro la mano alrededor del fragmento.
—No.
—Doctor Valtierra.
—Ha perdido mucho poder esa frase.
—Bien.
Mikel aprovecha el segundo. Se abalanza sobre él con rapidez sorprendente para un hombre tan grande.
Lucas no se resiste. Al contrario: abre los brazos como si estuviera esperando un abrazo.
Mikel lo inmoviliza contra la pared. La chaqueta infantil se rompe por una costura.
Dos celadores entran corriendo desde el pasillo.
Arozarena no grita.
Solo me mira por encima del hombro de Mikel.
—Cuando se mire, no busque su cara —dice—. Busque quién falta detrás.
Los celadores le sujetan los brazos. Mikel le quita la navaja de la mesa y la entrega a Insausti.
Lucas ríe suavemente.
—Tú y yo somos iguales, Adrián. La diferencia es que yo maté para despertar a los míos.
No quiero escucharlo.
No puedo dejar de escucharlo.
—Usted mató para seguir dormido.
Voy hacia él, pero Mikel me bloquea sin soltarlo.
—No.
Lucas sonríe, con la mejilla aplastada contra la pared.
—Ahí está. La mano. Siempre la mano antes que el recuerdo.
Miro mis manos.
No sé qué esperaba ver.
La garganta de Elena bajo mis dedos.
—Trasladadlo al pabellón C. Aislamiento completo. Sedación mínima. Quiero que pueda hablar después.
—Qué romántico —dice Lucas—. Siempre deja algo de conciencia para poder llamarlo consentimiento.
Uno de los celadores le coloca unas sujeciones. Lucas no aparta los ojos de mí.
—La cartera no era suya —dice.
Me quedo quieto.
—¿Qué?
—La de la roca. No era suya.
—Tenía mi documento.
—Eso no la hace suya. Ya debería haberlo aprendido.
—¿De quién era?
—Del hombre que llegó antes que usted.
Los celadores empiezan a sacarlo de la sala.
—¡Lucas!
Él gira la cabeza.
—¿Quién era el cadáver?
Arozarena me mira con algo que podría ser compasión.
Y eso me humilla más que su burla.
—El primer Adrián que intentó irse.
Después se lo llevan.
Sus pasos se pierden por el pasillo infantil, escoltados por Mikel y los celadores. Insausti se queda conmigo en la sala de juegos. La pizarra sigue mostrando nuestros nombres. La peonza permanece quieta. En mi mano, el fragmento de espejo pesa más de lo que debería.
No miro a Insausti.
—¿Es verdad?
—Lucas mezcla verdades y delirios.
—Qué frase útil. Sirve para todo.
—Precisamente por eso es peligroso.
—No. Es peligroso porque algunas partes encajan.
La doctora no responde.
Me acerco a la pizarra.
Leo los nombres.
CARMEN.
CLARA.
MIKEL.
ELENA.
ADRIÁN.
LUCAS.
—¿Por qué está Elena aquí?
—Lucas sabe que su nombre le afecta.
—No le he preguntado cómo funciona. Le he preguntado por qué está aquí.
—No lo sé.
—Miente.
—No lo sé con certeza.
—Eso ya es más honrado.
Levanto la mano hacia la pizarra, pero no llego a tocarla.
La línea entre mi nombre y el de Lucas parece recién trazada. La tiza no está corrida por la humedad. Debajo, casi escondida bajo el borde inferior, hay otra palabra escrita en letras más pequeñas.
Insausti también la ve.
Sé que la ve porque su respiración cambia.
BAÑERA.
Todo lo demás desaparece.
La sala infantil.
El fragmento de espejo.
Solo queda esa palabra blanca sobre la pizarra negra.
BAÑERA.
Y de pronto, durante un segundo brevísimo, no estoy allí.
Estoy arrodillado sobre azulejos.
Tengo las manos mojadas.
Elena no grita.
Solo me mira desde el agua, con los ojos abiertos.
Y por primera vez desde que empezó todo, consigo ver su color.
Entonces vuelvo a la sala de juegos.
Estoy de rodillas.
No recuerdo haber caído.
Insausti está a mi lado, sujetándome por los hombros.
—Adrián.
Su voz suena lejos.
—Adrián, míreme.
Pero yo no la miro.
Miro el fragmento de espejo que se me ha caído al suelo.
En él no se refleja mi rostro.
Se refleja la sala de juegos a mis espaldas.
Y una mujer de vestido claro, empapada, de pie junto a la puerta.
Elena.
Con los ojos marrones.