La casa del sueño profundo Capítulo 8
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Capítulo 8

Arozarena aparece

Mi cartera está sobre una roca.

No que esté ahí, a varios metros de la orilla, sobre una piedra negra barnizada por la lluvia y el salitre. No que haya desaparecido del bolsillo de un cadáver que ya no está. No que haya vuelto como vuelven las cosas en esta casa: sin explicación, sin vergüenza, con una cortesía casi burlona.

Lo peor es que está seca.

La lluvia cae sobre el mirador con violencia suficiente para borrar huellas, voluntades y pecados menores.

El mar escupe espuma contra las rocas. El viento dobla los arbustos bajos como si quisiera arrancarlos de la isla y lanzarlos contra Dios por mal diseñador. Todo está mojado. Empapado. Deshecho.

Todo menos mi cartera.

Desde el mirador la veo abierta, con el cuero oscuro apenas iluminado por la luz gris del temporal. Está colocada con una precisión insultante. No abandonada. No perdida. Colocada.

Como una invitación.

O una firma.

Mikel llega detrás de mí y se detiene.

No dice nada.

Es una decisión inteligente.

Insausti aparece unos segundos después. Viene con el impermeable abrochado hasta el cuello, el pelo gris pegado a las sienes, la respiración un poco más rápida de lo habitual. No corre nunca, pero el temporal la ha obligado al menos a negociar con su dignidad.

Mira hacia la playa.

Ve la cartera.

Su rostro no cambia.

Eso ya no me tranquiliza. Al contrario. Cada vez que Insausti consigue no reaccionar, siento que alguien añade una página nueva a un expediente que lleva mi nombre escrito desde antes de que yo supiera leer.

—¿La ve? —pregunto.

—Sí.

—¿También es una percepción mía?

—No he dicho eso.

—No. Usted prefiere decirlo con mejores zapatos.

Mikel se adelanta hasta la barandilla del mirador.

—No puede bajar.

—Qué interesante que lo primero que diga no sea “vamos a recuperarla”.

—Porque no puede bajar.

—La roca está a menos de veinte metros.

—Y entre usted y esa roca hay agua, algas, corriente lateral y ganas de morir.

—Mis ganas son fluctuantes.

—No bromee con eso.

Él no aparta los ojos del mar.

Hay algo en su rostro que me impide replicar de inmediato. No miedo. No enfado. Dolor. El tipo de dolor que no se fabrica para una discusión. El que queda después.

Insausti se coloca a mi lado.

—Mandaremos a alguien cuando sea seguro.

—¿Y si desaparece?

—Entonces habrá desaparecido.

La sencillez de la respuesta me enfurece.

—Tiene usted un talento admirable para convertir lo inadmisible en logística.

—Y usted para confundir indignación con control.

Me giro hacia ella.

—Ahí abajo había un cadáver.

—Usted lo vio.

—Mikel también.

—No me hagan esto —digo.

No me hagan esto.

Insausti deja de ser la directora del sanatorio, la guardiana de los protocolos, la mujer que distribuye verdades en dosis homeopáticas.

Durante un segundo parece cansada de verdad.

Triste, incluso. Pero la tristeza en ella dura poco.

La recoge enseguida, como quien recoge un instrumento peligroso dejado al alcance de un niño.

—Vuelva dentro —dice.

—No.

—Doctor Valtierra…

—No voy a apartarme de aquí hasta que esa cartera esté en mis manos.

—No está en condiciones de decidir.

Me río sin ganas.

—Ahí está. Por fin hemos llegado a la frase favorita de toda institución cerrada.

Mikel se vuelve.

—Adrián.

—¿Qué?

—Mire.

Señala hacia la playa.

La cartera ya no está abierta.

No la he visto moverse.

No he parpadeado.

No he apartado la vista.

Y, sin embargo, ahora está cerrada.

Sobre la misma roca.

Siento que algo pequeño y fundamental se descuelga dentro de mí.

—No —murmuro.

El mar golpea la base del acantilado.

La cartera se abre de nuevo.

No por el viento.

El viento no abre una cartera hacia el lado contrario. El viento no elige. El viento no tiene dedos.

De su interior se levanta algo blanco.

Una fotografía quizá.

El objeto se queda de pie un instante imposible, sostenido por nada, y luego cae hacia delante, sobre la roca. Desde la distancia no puedo leerlo. No puedo distinguirlo. Pero sé, con una certeza que no nace de la vista, que es para mí.

—Voy a bajar —digo.

Mikel me agarra antes incluso de que termine la frase.

—No.

—Suélteme.

—No.

No llego ni a media victoria. Mikel me sujeta por ambos brazos y, esta vez, no hay suavidad. Hay técnica. Experiencia. Cuerpo contra cuerpo. Me inmoviliza con una facilidad humillante mientras Insausti se acerca por el otro lado.

—¡Suélteme!

—No va a bajar —dice Mikel.

—¡Está ahí!

—Sí.

—¡Es mío!

—Eso no significa que tenga que obedecerlo.

No “recuperarlo”. No “cogerlo”.

Me quedo quieto.

Mikel nota el cambio y afloja apenas la presión.

—¿Obedecerlo? —pregunto.

—Todo en esta casa está intentando dirigirle hacia algún lugar, doctor. Incluida su propia desesperación.

—Qué cómodo. Ahora mi cartera también es terapeuta.

—No. Es cebo.

Miro la roca.

La cartera sigue allí. El papel blanco asoma de su interior como una lengua.

Y eso me enfurece más que si no lo tuviera.

—¿De Arozarena? —pregunto.

Insausti mira hacia la playa.

—Probablemente.

—Hace dos años que no saben dónde está, pero él sigue dejando carteras secas en rocas durante temporales. Muy activo para un desaparecido.

—Lucas no necesitaba estar presente para provocar movimientos.

—No estamos hablando de una idea. Estamos hablando de un objeto.

—A veces la diferencia llega tarde.

No sé si quiero gritarle o tomar notas.

Tal vez ambas cosas.

La radio de Mikel chisporrotea.

—Control a doctora Insausti.

—Adelante.

La voz llega entre interferencias.

—Movimiento en ala infantil.

Insausti se tensa.

—Repita.

—Sensor de acceso en ala infantil. Puerta oeste. Código antiguo.

Mikel mira a Insausti.

—No puede ser.

Ella le arranca la radio prácticamente de la mano.

—¿Qué código?

Un silencio lleno de estática.

Luego la voz:

—Catorce.

El número entra en mí como una aguja.

Habitación 14.

Insausti cierra los ojos un segundo.

Cuando los abre, ya ha tomado una decisión.

—Cierre parcial del ala norte. Nadie entra solo. Mikel, conmigo. Doctor Valtierra, usted vuelve a enfermería.

—Ni hablar.

—No era una invitación.

—Si cree que voy a dejar que investiguen sin mí después de esto, subestima mucho mi capacidad para convertirme en problema administrativo.

—Ya la hemos evaluado con holgura.

—Entonces sabrá que no exagero.

Insausti me mira.

Podría ordenar a Mikel que me retenga. Podría hacerlo. Lo sé. Él también. Pero el tiempo se mueve en su contra. Ala infantil. Código catorce. Arozarena, quizá. La cartera abajo. La casa abriendo puertas donde no toca.

Demasiada realidad, incluso para una institución tan aficionada a repartirla.

—Vendrá detrás de nosotros —dice al fin—. No hablará con nadie. No tocará nada. No se separará.

—Maravilloso. ¿También puedo respirar o necesita firmarme un consentimiento?

—Eso aún lo estamos valorando.

Esta vez Mikel sí sonríe.

Un gesto mínimo.

En otro lugar, bajo otro cielo, casi podría caerme bien.

Dejamos el mirador.

Al volver hacia la casa miro una última vez la playa. La cartera sigue sobre la roca. El papel blanco se agita un poco. No vuela. No se moja. No cae al mar.

Como todo aquí.

El ala infantil está en la parte más antigua del edificio.

Se nota en el modo en que los pasillos se estrechan, en cómo las paredes pierden la compostura administrativa y dejan aparecer cicatrices de piedra antigua bajo la pintura, en los suelos de madera que crujen con un sonido demasiado humano.

Allí no huele tanto a desinfectante. Huele a polvo, humedad cerrada y algo dulzón, casi podrido, que en otro contexto podría confundirse con juguetes guardados durante demasiados años.

—Creía que no había niños —digo.

Mikel va delante, con una linterna y una llave maestra. Insausti camina junto a él. Yo voy detrás, oficialmente supervisado y extraoficialmente furioso.

—No los hay —responde ella.

—Entonces el ala infantil es un homenaje arquitectónico al mal gusto.

—El edificio fue orfanato durante varias décadas.

—Por supuesto.

—Después se utilizó como unidad de menores hasta los años ochenta.

—¿Y ahora?

—Cerrada.

—Las alas cerradas de los sanatorios siempre funcionan de maravilla. Nunca pasa nada en ellas.

Mikel me mira por encima del hombro.

—¿Puede no hacer eso?

—¿Qué?

—Hablar como si pudiera ironizar la puerta hasta que se abra.

—Es mi única arma.

—No. Su única arma es escuchar.

Porque la frase no es mala.

Y porque el pasillo se ha vuelto más frío.

Las luces aquí no están encendidas. Mikel avanza con la linterna. El haz revela puertas pequeñas, algunas pintadas de colores apagados. Azul claro. Amarillo. Verde. Colores pensados para tranquilizar a niños y que, abandonados durante años, han adquirido la tristeza de las sonrisas en fotos viejas.

En una pared hay un mural desconchado.

Una casa con chimenea.

Niños cogidos de la mano.

Alguien ha raspado las caras.

—Encantador —murmuro.

Insausti se detiene ante una puerta con un cartel torcido:

AULA 3.

Mikel prueba el pomo.

—El sensor saltó más adelante —dice.

El suelo cruje bajo nuestros pasos. En algún punto del ala se oye un golpeteo suave. Tac. Tac. Tac. Como una pelota botando despacio.

Mikel se detiene.

El sonido continúa.

—No hay nadie aquí —dice, más para sí que para nosotros.

—La frase favorita de los lugares donde hay alguien —respondo.

Insausti levanta una mano.

El golpeteo cesa.

Por unos segundos solo oímos la lluvia contra los ventanales altos y el viento colándose por grietas invisibles. Luego, desde una habitación cercana, llega una voz infantil.

—¿Quién pierde?

Se me queda el cuerpo rígido.

Mikel cierra la mano alrededor de la linterna.

Insausti no se mueve.

—¿Habéis oído eso? —pregunto.

Mikel asiente una sola vez.

Gracias por no convertirlo en mi jaqueca.

La voz vuelve.

—Si no dices tu nombre, pierdes.

No es una niña.

Hay algo trabajado en la voz. Algo demasiado consciente. Como un adulto imitando a un niño sin exagerar del todo.

—Lucas.

El nombre no cae. Se arrastra.