Capítulo 7 #2
—Adrián —dice ella.
Esta vez no le corrijo el nombre.
Estoy demasiado ocupado viendo cómo la cartera se aleja.
El mar la toma.
Un remolino la gira una vez, dos, y luego una ola la arrastra hacia una grieta entre las rocas. Desaparece.
El cadáver queda de nuevo boca abajo.
Casi me derrumbo.
No de forma dramática. Las rodillas simplemente pierden interés por seguir colaborando. Mikel me sostiene antes de que caiga.
—Respire —dice.
Odio esa palabra.
Como si respirar fuese una elección y no una imposición biológica de pésimo gusto.
Insausti se acerca.
—Hay que volver a la casa.
—No.
—Sí.
—No sin el cuerpo.
—El cuerpo no se moverá de ahí hasta que baje la marea.
—¿Y si desaparece?
Nadie responde enseguida.
Ahí está el verdadero miedo.
—¿Y si desaparece? —repito.
Insausti mira a Mikel.
—Dejaremos vigilancia desde el mirador.
—¿Desde el mirador? No se ve nada con esta lluvia.
—Es lo único seguro.
—Seguro para ustedes.
—Para todos.
El cadáver golpea otra vez la roca.
De pronto me parece que su mano se mueve.
No por el oleaje.
—¿Lo ha visto?
—¿Qué? —pregunta Mikel.
—La mano.
La mano del cadáver flota entre espuma. TICHÉ aparece y desaparece bajo el agua.
Los dedos están quietos.
Claro que están muertos.
Entonces la cabeza gira un poco más.
El rostro desfigurado queda parcialmente visible.
No reconozco nada.
Una boca hinchada. Un párpado cerrado. La piel gris. Una mejilla abierta por la roca. El mar convierte a los muertos en caricaturas crueles de sí mismos; quizá por eso cuesta tanto identificarlos. No solo se llevan la vida. También el derecho a parecerse.
—Suba —dice Insausti.
Esta vez no tengo fuerza para negarme.
Mikel me guía por la pendiente. No me arrastra, pero casi. Subimos bajo la lluvia. Las piedras resbalan. El viento nos golpea de lado. En dos ocasiones estoy a punto de caer. En ninguna me importa demasiado.
A mitad del ascenso miro atrás.
El cuerpo ya no se ve.
Una ola más alta ha cubierto la zona.
O la niebla.
O mi cobardía.
Al llegar a la carretera, la Casa del Sueño Profundo nos espera arriba, negra, mojada, imponente. Sus ventanas parecen encendidas de forma irregular. En algunas hay luz. En otras, oscuridad. En la torre, una figura blanca se aparta del cristal justo cuando levanto la vista.
No digo nada.
No tengo energía para otra aparición.
Además, empiezo a entender el verdadero funcionamiento de esta casa: cada vez que dices en voz alta lo imposible, alguien se apresura a explicarte que lo imposible estaba dentro de ti. Es una forma muy sofisticada de hacerte callar.
Llegamos al patio.
Varios miembros del personal esperan bajo el porche. Clara está entre ellos. Cuando me ve, abre un poco la boca, como si quisiera preguntar algo. Insausti la mira y Clara se calla.
Incluso empapado, helado y quizá muerto en una playa, sigo encontrando interesante el miedo ajeno. Debe de ser deformación profesional. O simple miseria.
El calor del vestíbulo me provoca una náusea inmediata. Madera, cera, piedra, luz amarilla. La casa vuelve a cerrarse detrás de nosotros con ese golpe de puerta que ya conozco demasiado bien.
Mikel me quita el abrigo mojado.
—Puedo hacerlo yo.
—Lo sé.
Lo hace igualmente.
Insausti da órdenes rápidas al personal: vigilancia en el mirador, revisión de comunicaciones, registro de accesos, preparación de enfermería. Su voz recupera ese tono exacto de directora ante una crisis. No parece asustada. Pero ahora sé mirar mejor. Tiene una mano cerrada con demasiada fuerza.
Clara se acerca con una manta.
—Doctor…
—¿Sí?
Me coloca la manta sobre los hombros. Sus dedos rozan mi mano marcada.
TICHÉ.
Muy bajo, casi sin mover los labios, dice:
—¿Lo ha visto?
—¿Al cadáver?
—No.
—¿Entonces?
Sus ojos se llenan de lágrimas.
—El camino.
O no quiero.
—¿Qué camino?
Clara traga saliva.
—El que no se ve cuando uno está despierto.
Insausti aparece detrás de ella.
—Auxiliar Sáenz.
Clara se aparta como si la hubieran sorprendido robando medicación.
—Lo siento.
—Vuelva a enfermería.
—Sí, doctora.
Clara se marcha.
Yo me quedo mirando a Insausti.
—¿También forma parte de mi defensa?
—Clara está sometida a mucha presión.
—Qué contagiosa es la presión en esta casa.
—Y usted tiene hipotermia leve. Vamos a revisarle.
—No.
—No era una sugerencia.
—No voy a enfermería.
—Entonces a mi despacho.
—Tampoco.
Mikel se acerca.
No necesito que me toque para saber que no ganaré si deciden trasladarme.
Así que elijo una tercera opción.
—Quiero ver la sala de comunicaciones.
—¿Para qué?
—Para comprobar si ha avisado a alguien.
—No está en condiciones.
—Estoy en condiciones suficientes para saber que, si me encierran en una habitación, empezaré a romper muebles o argumentos. Lo segundo suele llevar más tiempo.
—Doctora.
Insausti lo mira.
Hay una conversación silenciosa entre ellos. Una vieja. Una con desgaste. Al final, ella cede.
—Cinco minutos.
—Su unidad temporal favorita.
—Y después se cambiará de ropa y pasará por enfermería.
—Veremos.
—No. Lo hará.
La sigo por un corredor lateral hasta una sala pequeña detrás de administración. Hay una radio de largo alcance, un panel telefónico, un ordenador antiguo y varios mapas de mareas. Un hombre de pelo canoso, con auriculares al cuello, manipula los controles de la radio.
—¿Alguna respuesta? —pregunta Insausti.
—Interferencias. El puesto costero recibe señal, pero no voz clara. La línea fija entra y sale.
—Siga intentando.
El hombre asiente.
Yo me acerco al registro de llamadas situado junto al teléfono.
Insausti nota mi intención.
—Doctor.
La última llamada exterior registrada fue ayer a las 03:17.
Duración: cuatro minutos y doce segundos.
La misma llamada que figura en mi móvil.
Pero no desde fuera hacia mí.
Desde la Casa del Sueño Profundo hacia mi número.
Me vuelvo hacia Insausti.
—Usted me llamó.
—Sí.
—Desde aquí.
—Sí.
—Me dijo que viniera a investigar la desaparición de Arozarena.
—Sí.
—Pero según usted, yo ya estaba aquí.
El operador deja de tocar la radio.
Mikel, en la puerta, baja la mirada.
—¿Cómo recibí una llamada desde esta casa si, según usted, yo era un paciente ingresado en esta casa?
Por primera vez desde que llegué, siento que he encontrado algo que no encaja en su versión.
No en la mía.
En la suya.
Insausti se acerca al registro.
No parece fingir sorpresa.
—Ese dato no debería estar ahí —dice.
—No me diga.
—El registro se revisó.
—¿Por quién?
—Por mí.
—Entonces o miente o alguien ha modificado el registro.
—Sí.
—¿Cuál de las dos prefiere?
Insausti me mira.
Y en sus ojos veo algo nuevo.
—La segunda —dice.
Mikel entra en la sala.
—Doctora.
—Ahora no.
—Sí. Ahora.
Le entrega una hoja plastificada, mojada en los bordes.
—La han encontrado en la puerta del pabellón C.
Insausti la lee.
Su rostro se queda sin expresión.
Luego me la da.
Es una copia de la norma del muelle.
No abandonar el sendero de piedra durante la bajamar.
No cruzar si hay niebla cerrada.
No cruzar después del aviso sonoro.
No detenerse en el tramo central.
No intentar recuperar objetos caídos al agua.
No responder a llamadas procedentes del mar.
Debajo, alguien ha añadido una séptima norma a mano.
No regresar con el muerto.
—No he escrito esto.
Nadie dice nada.
En la radio, entre la estática, surge de pronto una voz.
Una voz masculina.
—Casa del Sueño Profundo, aquí puesto costero. Repitan aviso. No consta ningún cuerpo en la playa desde el mirador. Repito: no vemos ningún cuerpo.
Miro a Mikel.
Luego a Insausti.
No sé hacia dónde al principio. Solo corro fuera de la sala, cruzo administración, atravieso el vestíbulo, empujo la puerta principal y salgo otra vez al patio bajo la lluvia.
Oigo gritos detrás.
Cruzo hasta el mirador.
El viento casi me tira.
Desde allí se ve la playa.
La zona de rocas.
El punto exacto.
No hay cadáver.
No hay abrigo.
No hay mano marcada.
Solo mar, espuma y piedras negras.
El camino sigue cubierto por la marea.
Y, aun así, sobre una de las rocas que antes estaban bajo el agua, alguien ha dejado mi cartera.