Capítulo 7
El camino que desaparece
La campana sigue sonando sobre el acantilado.
Después pierde la cuenta por mí.
El sonido cae desde la Casa del Sueño Profundo con una solemnidad casi religiosa, atravesando la lluvia, el viento y el estruendo del mar.
No parece una alarma. Eso sería demasiado honrado.
Una alarma advierte, despierta, reclama movimiento.
Aquello suena distinto. Más antiguo. Más ceremonioso.
Como si en algún lugar de la casa alguien hubiera considerado apropiado marcar el instante exacto en que una vida se parte en dos y ninguna de las mitades quiere quedarse con el nombre.
El cuerpo flota entre las rocas.
La corrección mental llega tarde y sin convicción.
Un hombre boca abajo, vestido con un abrigo idéntico al mío, con mi documento de identidad en la cartera y la palabra TICHÉ marcada en la mano.
Un hombre que el mar empuja y retira con una delicadeza casi cruel, como si jugara con una prueba antes de decidir si entregarla a la investigación o a los peces.
Mikel me sujeta por el brazo.
—Tenemos que subir.
No puedo apartar la vista.
La cara está hinchada, deformada por el agua y los golpes contra la piedra, pero hay rasgos que mi cerebro intenta completar con una eficacia cruel.
La línea de la mandíbula. La frente. El pelo oscuro pegado al cráneo.
El documento en la cartera hace el resto.
La identidad, al parecer, puede ser una fotografía plastificada mojándose bajo la lluvia.
—¿Quién es? —pregunto otra vez.
Mikel aprieta los dedos alrededor de mi brazo.
—No lo sé.
—Miente.
—No lo sé.
—Mírelo.
—Ya lo he visto.
—Mírelo bien.
—No.
La negativa no suena a miedo. Suena a decisión.
Me suelto de un tirón y doy un paso hacia las rocas. El mar sube de golpe, una ola rompe contra el saliente y me empapa hasta la cintura. Resbalo. Durante un segundo pierdo pie. Siento cómo el agua me chupa hacia abajo, cómo la piedra se vuelve jabón bajo mis zapatos.
Mikel me agarra por la espalda y tira de mí con una fuerza brutal.
Caemos los dos contra la roca.
El golpe me saca el aire.
—¿Quiere morirse? —grita.
No sé si la pregunta es médica, retórica o estadísticamente razonable.
Me incorporo a medias, tosiendo agua y rabia.
—Quiero saber quién es.
—Desde ahí no va a saberlo. Desde ahí solo va a acabar a su lado.
A su lado.
La expresión me atraviesa.
Me vuelvo hacia el cuerpo.
La cartera sigue abierta. Mi documento brilla entre el agua y la espuma. Es imposible verlo bien desde aquí, pero lo he visto. Sé lo que he visto.
Doctor Adrián Valtierra.
La campana deja de sonar.
El silencio posterior queda lleno de mar.
—Hay que avisar a la Guardia Civil —digo.
Me vuelvo hacia él.
—Hay un cadáver.
—Lo sé.
—Con mi identificación.
—Lo sé.
—Entonces hay que avisar.
—La radio no entra con este temporal.
—Subimos y llamamos desde la casa.
—No hay línea exterior estable.
Suelto una risa seca.
—Claro. Naturalmente. La casa puede emitir voces de ancianas sedadas por una radio, pero llamar a la Guardia Civil supera sus capacidades técnicas.
Mikel no se defiende.
—Tiene que subir —dice.
—No me voy a mover hasta que alguien saque ese cuerpo.
—No podemos sacarlo ahora.
—¿Por qué?
Una ola golpea el cadáver contra la roca.
La cabeza se mueve de nuevo.
Esta vez sí parece mirarme.
Mikel señala el agua.
—Por eso.
La zona es una trampa. Las rocas están cubiertas de algas, la marea está alta, las olas llegan de lado y rompen con una violencia irregular. Cualquier intento de acercarse sería una estupidez. Una estupidez heroica, quizá. Es decir, la peor clase.
—Cuando baje la marea —digo.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Por la tarde, si el temporal no cambia los ciclos.
Otra vez la palabra.
Casi me río.
El mundo tiene una paciencia admirable para repetir las mismas bromas horribles.
—No me gusta esa palabra —digo.
—A mí tampoco.
Por primera vez, Mikel parece completamente sincero.
El viento le aplasta la ropa contra el cuerpo. Tiene la cara mojada, los ojos entornados por la lluvia. La venda de su mano derecha se ha empapado. Parece cansado, pero no sorprendido. No del todo. Y esa falta de sorpresa vuelve a abrirme una grieta por dentro.
—¿Ya ha pasado antes? —pregunto.
Mikel me mira.
—¿Qué?
—Esto.
—Adrián…
—No use ese tono.
—Está en shock.
—Estoy delante de un cadáver con mi documentación. Me parece un contexto bastante razonable para estarlo.
—Precisamente.
—¿Ya ha pasado antes?
Mikel no contesta.
La respuesta está ahí, en su mandíbula apretada, en la forma en que evita mirar al cuerpo, en el cansancio oscuro que se le ha instalado bajo los ojos.
—Dios mío —murmuro—. Ya ha pasado.
—No así.
Y cuando se le escapa, el miedo entra en su rostro.
No miedo de mí.
Miedo de haber dicho demasiado.
—¿No así cómo?
—Tenemos que subir.
—¿Cuántas veces?
—No.
—¿Cuántas veces he encontrado un cadáver en la playa?
—Ninguna.
—¿Cuántas veces he creído encontrarlo?
Mikel se queda inmóvil.
El mar responde por él, golpeando la roca.
—Suba —dice.
—No.
—Por favor.
Ese “por favor” otra vez.
Esa súplica enterrada bajo la obediencia.
Casi lo hace.
Entonces miro al cadáver y la compasión se me pudre.
—Quiero que lo vea Insausti.
—La doctora ya viene.
Miro hacia arriba.
En el sendero que baja desde la casa aparecen dos figuras.
Insausti, con un impermeable oscuro, y uno de los celadores.
Avanzan despacio por la pendiente resbaladiza.
Insausti no corre. Ni siquiera bajo la lluvia.
Hay personas que conservan la dignidad incluso en situaciones donde lo correcto sería perderla a gritos.
Cuando llega a la playa, el viento le arranca unos mechones grises del moño. Por primera vez parece de verdad una mujer de sesenta años y no una institución con piernas.
Mira el cuerpo.
No dice nada.
Su silencio no es sorpresa.
—Ahí lo tiene —digo.
Mi voz suena áspera—. Supongo que también forma parte del protocolo.
Insausti no aparta la vista del agua.
—Nadie debía bajar aquí.
—Qué pena. El cadáver no recibió la circular.
—Adrián.
—No. Ahora no.
Me acerco a Insausti.
—Quiero una explicación.
—No tengo una todavía.
—Miente.
—No.
—¿Quién es?
—No lo sé.
—Tiene mi documento.
—Eso habrá que confirmarlo.
—Lo he visto.
—Ha visto una cartera en condiciones de estrés extremo, bajo lluvia, a varios metros, con el mar moviendo el cuerpo.
—He visto mi nombre.
—Ha creído verlo.
Ha creído verlo.
La herramienta perfecta. La llave maestra de esta casa. Cualquier cosa que diga, cualquier cosa que vea, cualquier certeza que intente levantar con mis propias manos puede reducirse a eso: ha creído verlo.
—No se atreva —digo.
Insausti me mira.
—No estoy negando lo que ha vivido.
—Claro que sí.
—Estoy diciendo que necesitamos verificarlo.
—Pues verifíquelo.
—Cuando sea seguro.
—No, ahora.
—No voy a enviar a nadie a morir contra esas rocas.
—Entonces avise por radio.
—Ya lo he ordenado.
Mikel la mira.
No esperaba eso.
—¿A quién?
—Al puesto costero. Y al juzgado de guardia en cuanto haya comunicación exterior.
—¿Comunicación exterior? ¿No acaba de decir Mikel que no hay línea?
—He dicho en cuanto haya.
—Muy conveniente.
—Lo conveniente, doctor Valtierra, habría sido que no bajara corriendo por un acantilado durante un temporal después de leer documentación clínicamente desestabilizadora.
—Ahí lo tenemos. La culpa es mía.
—No. La imprudencia sí.
La lluvia cae entre los dos.
—Hay un cadáver con mi identificación.
—Hay un cadáver que todavía no hemos identificado.
—¿Y si soy yo?
No es retórica.
No del todo.
Mikel baja la vista.
Ella me mira con una atención súbita, profunda, clínica. Como si esa pregunta fuera más importante que el cadáver.
—¿A qué se refiere?
Me río, pero la risa se rompe a mitad.
—No juegue conmigo.
—No estoy jugando.
—¿Y si ese hombre es el verdadero Adrián Valtierra?
Mikel murmura algo, pero no lo entiendo.
Insausti permanece quieta.
—¿Y usted quién sería entonces?
Me quedo sin aire.
Porque no lo sé.
Hace veinticuatro horas habría respondido con una ironía, un gesto, un currículum entero. Doctor Adrián Valtierra. Psiquiatra forense. Viudo. Hombre racional, aunque a ratos insoportable. Autor de artículos largos y frases demasiado satisfechas de sí mismas.
Ahora tengo una marca en la mano, un expediente de paciente en el sótano, recuerdos contradictorios sobre la muerte de mi esposa y un cadáver con mi documentación golpeándose contra unas rocas.
Una pregunta tan breve no debería poder hacer tanto daño.
—Podría ser un paciente —digo—. Alguien que lo suplantó. Alguien a quien ustedes hicieron creer que era él.
Insausti tarda un poco en responder.
—Esa posibilidad ya ha aparecido en otros ciclos.
El viento parece detenerse.
Solo un instante.
Pero lo siento.
—Ha dicho ciclos.
Mikel cierra los ojos.
Insausti se da cuenta de su error, aunque lo disimula mejor.
—En otras crisis.
—No. Ha dicho ciclos.
—Doctor…
—¿Cuántas veces he pensado que no soy Adrián Valtierra?
Insausti mira el cadáver.
Luego me mira a mí.
—Varias.
Varias veces he dudado de mi nombre.
Varias veces he llegado a este punto.
Varias veces he preguntado quién soy.
La lluvia se vuelve más fría.
—¿Y qué decidieron? —pregunto.
—Que esa duda formaba parte de su defensa.
—Qué práctico. Si creo ser Adrián, deliro. Si creo no serlo, también. Han construido una jaula perfecta.
—No la construimos nosotros.
—¿Quién entonces?
Lo dice el mar.
Lo dice la casa.
Lo dice la fotografía de Elena en mi bolsillo, mojándose contra mi pecho.
Yo la construí.
No acepto esa respuesta.
Un golpe más fuerte del oleaje mueve el cadáver. La cartera se suelta del bolsillo y empieza a flotar, atrapada entre espuma y piedras.
—¡La cartera! —grito.
Doy un paso.
Mikel me agarra.
—No.
—¡Está ahí!
—No.
—¡Suélteme!
No llego a ninguna parte. Mikel me sujeta con una facilidad humillante. El celador se acerca, pero Insausti levanta una mano y lo detiene.