La casa del sueño profundo Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—Es la real.

—Puede ser.

—¿Puede?

—Sí.

—¿Y la bañera?

Insausti se queda inmóvil.

El aire del sótano cae varios grados.

—¿Qué ha recordado? —pregunta ella.

No debería haberlo dicho.

Manos golpeando mis muñecas.

—Nada.

—Adrián.

—Nada.

—Ha dicho bañera.

—Porque ustedes lo han metido en mi cabeza.

—Yo no he mencionado una bañera.

Lo sé en cuanto lo dice.

Y ese saber me abre por dentro.

Me agarro al borde de la mesa.

La mano marcada se apoya sobre un documento. TICHÉ queda sobre mi nombre, como una firma encima de otra firma.

—Quiero salir de aquí —digo.

—Ahora no puede.

—No me refiero del archivo.

Insausti respira despacio.

—La marea está alta. Y el temporal no permite salida.

—Qué conveniente.

—Es el mar, no una conspiración.

—En esta casa, hasta el mar parece contratado por administración.

Mikel da un paso hacia mí.

—Podemos subir. Tomar aire. Comer algo.

—¿Cuánto tiempo lleva usted conociéndome?

Quiero que le duela a alguien más.

—Tres años —dice.

—¿Ha participado en esto desde el principio?

—Sí.

—¿Me ha llamado doctor todo este tiempo?

—Cuando lo necesitaba.

—¿Y cuando no?

Mikel aprieta la mandíbula.

—Adrián.

Una risa breve, horrible.

—Qué cuidado tan exquisito. Alternar títulos como quien ajusta dosis.

—Mikel ha evitado que se hiciera daño más veces de las que recuerda.

—Ese parece ser el eslogan de la casa: “más veces de las que recuerda”.

Miro otra vez la caja.

La pulsera hospitalaria.

Cojo una sin pensar.

Elena.

Está sentada en una terraza, con una taza entre las manos, el pelo recogido deprisa, con varios mechones escapándose y una sonrisa que no mira a cámara, sino a la persona que la fotografía.

A mí, supongo. Sus ojos son marrones. O verdes.

La luz cae sobre ellos y vuelve a traicionarme. No consigo fijarlos.

Detrás de la foto hay una frase escrita.

Elena, julio. Antes de que todo aprendiera a hundirse.

No recuerdo haberla escrito.

No recuerdo haber tomado la foto.

Pero el dolor que me produce sí me reconoce.

Meto la fotografía en el bolsillo.

Insausti lo ve.

No me lo impide.

—¿Qué esperan de mí? —pregunto.

—Que suba. Que descanse. Que podamos continuar con calma.

—No.

—Ha leído demasiado.

—He leído lo justo para saber que aquí todos creen saber quién soy menos yo.

—No creemos. Lo hemos observado.

—Entonces obsérvenme salir.

Me dirijo a la puerta.

Mikel se interpone.

Esta vez sí.

No con violencia. Con decisión.

—No puede irse así.

—Apártese.

—No.

—Mikel.

—No.

Su voz no cambia.

Hay un segundo en el que podría empujarle. Sé que perdería. Él también. Pero hay formas de derrota que al menos permiten conservar una ilusión de iniciativa.

—Déjele.

Mikel no se mueve.

—Doctora.

—Déjele.

El enfermero se aparta lentamente.

Paso junto a él.

No sé adónde voy.

Solo sé que no puedo seguir respirando en una habitación donde mi vida está archivada por carpetas.

Salgo al pasillo abovedado. La luz de los fluorescentes me hace daño. Camino rápido, sin mirar atrás. Oigo los pasos de Insausti y Mikel detrás, pero no me detienen. Quizá porque confían en las puertas. En la marea. En la casa. En todas las cosas que me rodean sin necesidad de tocarme.

Llego a la escalera.

Cada peldaño parece más alto que el anterior. El cuerpo me pesa. La cabeza me late. En algún momento apoyo la mano marcada en la pared y dejo una huella húmeda que no debería existir.

TICHÉ.

Azar. Destino. Fortuna.

Qué palabra cruel para un lugar donde todo parece haber ocurrido ya.

Salgo al pasillo administrativo.

La casa vuelve a recibirme con su olor a cera y madera. Qué educada. Qué profundamente enferma.

No voy a mi habitación.

No voy al despacho de Insausti.

Voy al vestíbulo.

Necesito la puerta principal.

Necesito ver el mar.

Necesito comprobar que hay un afuera, aunque no pueda alcanzarlo.

Cruzo el vestíbulo con pasos rápidos. Una enfermera intenta decirme algo. La ignoro. Abro la puerta principal.

El viento me golpea con tanta fuerza que casi me arranca el aliento.

La tormenta sigue.

El patio está empapado. La fuente seca ya no está seca; el agua de lluvia se acumula en el fondo, oscura, llena de hojas. Más allá de la verja, la carretera baja hacia el acantilado. Y abajo, invisible pero atronador, el mar.

No sé por qué.

Corro porque caminar parecería aceptar.

Bajo por la carretera estrecha, resbalando varias veces, con el abrigo abierto y la lluvia metiéndose bajo la camisa. Oigo voces detrás de mí. Mikel, quizá. Insausti. No me vuelvo.

La verja está abierta.

Claro que está abierta.

La casa no necesita cerrar lo que la marea cierra mejor.

Llego a la pendiente de roca que baja hacia la playa. El viento es brutal. La lluvia cae de lado. Bajo agarrándome a piedras, ramas, salientes. Me araño una mano. No la marcada. La otra. La sangre se mezcla con el agua al instante.

Entonces veo la playa.

El camino de piedras ha desaparecido por completo.

El mar cubre todo.

No queda ni una línea, ni una huella, ni una posibilidad. Solo agua gris golpeando contra las rocas, espuma, remolinos, una violencia antigua y satisfecha. La isla está cerrada.

Me quedo allí, empapado, respirando como si hubiera corrido kilómetros.

—¡Adrián!

Mikel baja detrás de mí, con el abrigo pegado al cuerpo.

No me acerco al agua.

No soy tan idiota.

Pero entonces veo algo a la izquierda, entre unas rocas negras.

Al principio parece un tronco.

Luego una bolsa.

Luego un cuerpo.

El mar lo empuja suavemente contra la piedra, lo retira, lo devuelve. Como si dudara entre entregarlo y quedárselo.

—¡No! —grita Mikel.

Resbalo en las algas. Casi caigo. Me agarro a una roca y avanzo hasta quedar a dos metros del cuerpo.

Está boca abajo.

Vestido con un abrigo oscuro.

No el que llevo puesto.

El pelo pegado al cráneo. La piel de la nuca amoratada. Una mano semisumergida entre la espuma.

En el dorso de esa mano hay una palabra.

TICHÉ.

El mundo se estrecha.

Mikel llega a mi lado y me sujeta por el brazo.

—No mire.

Una ola mueve el cuerpo.

El rostro gira un poco.

Está desfigurado. Hinchado por el agua, golpeado por las rocas, casi irreconocible.

En el bolsillo interior del abrigo asoma una cartera abierta.

Dentro, plastificado y mojado, veo mi documento de identidad.

Doctor Adrián Valtierra.

No puedo respirar.

Mikel me agarra con más fuerza.

—Vámonos.

—¿Quién es?

Mi voz no es voz. Es aire roto.

—Vámonos.

—¿Quién es?

Mikel no contesta.

Porque no lo sabe.

O porque lo sabe demasiado bien.

El mar golpea el cuerpo contra la roca una vez más.

La cabeza se mueve.

con esa crueldad absurda de las cosas inertes, parece que intenta mirarme.

Y entonces, detrás de mí, desde lo alto del acantilado, la campana de la Casa del Sueño Profundo empieza a sonar.

No anuncia una emergencia.

No anuncia una muerte.

Suena como si estuviera dando la bienvenida a alguien que acaba de regresar.