Capítulo 6 #2
—Ha dicho que yo también podría dirigir un sanatorio con secretos.
—Ha sido una forma de hablar.
—No lo ha sido.
—Doctor.
—No lo ha sido.
El silencio de la escalera parece inclinarse sobre nosotros.
Mikel habla con suavidad:
—Adrián.
El uso de mi nombre me molesta menos de lo que debería.
Quizá porque en Mikel no suena a manipulación. Suena a cansancio. A advertencia. A hombre que ha visto esta escena demasiadas veces y ya no sabe qué parte le toca interpretar.
—Baje —dice—. Ya está cerca.
No porque confíe.
Porque necesito saber.
Y esa necesidad, lo sé, es una forma excelente de ponerle una correa a un hombre y dejar que crea que camina libre.
La escalera termina en un pasillo bajo, abovedado, construido con piedra desnuda. Hay tuberías a la vista y cables modernos instalados sin cariño. El suelo conserva charcos pequeños junto a las paredes. Esta vez no desaparecen cuando los miro. Un detalle muy considerado por parte de la humedad.
A la derecha, una puerta metálica con lector electrónico.
Mikel pasa su tarjeta.
—No tiene acceso —digo.
—A esta puerta no.
Insausti se adelanta. Introduce un código y apoya el pulgar.
La puerta se abre.
Entramos en el archivo.
La sala es enorme.
Mucho más grande de lo que esperaba. Se extiende bajo el edificio como una segunda institución, menos elegante y más sincera.
Filas de estanterías metálicas llenas de cajas, archivadores, carpetas antiguas, cintas, discos duros, sobres lacrados.
Algunas zonas tienen deshumidificadores.
Otras no. En el techo, fluorescentes largos zumban con un nerviosismo insectil.
Cada estantería tiene etiquetas.
Inmersión Profunda — Fase I.
Inmersión Profunda — Fase II.
Me detengo ante la última palabra.
Clara la había dicho.
O la había insinuado.
La casa la repite en metal y papel.
—¿Qué es un ciclo? —pregunto.
Insausti no responde enseguida.
Camina hacia una mesa central, donde hay un ordenador apagado, una lámpara y varias cajas preparadas. Demasiado preparadas.
—Sabía que acabaríamos aquí —digo.
—Lo consideré probable.
—¿Desde cuándo?
—Desde que Clara le dio la llave.
—Miente.
—Desde que llegó.
—Miente peor.
Insausti se vuelve.
—Desde antes de que llegara.
La primera puerta abierta.
El frío del sótano parece subir por mis piernas.
—Explíquese.
—No todavía.
—Doctora…
—Primero vea.
Odio que utilice esa frase.
Pero me acerco.
Sobre la mesa hay una caja gris con una etiqueta mecanografiada:
A. V.
No Adrián Valtierra.
A. V.
Mikel no mira la caja. Eso ya es una respuesta.
Insausti retira la tapa.
Dentro hay documentos, fotografías, una grabadora digital antigua, una pulsera hospitalaria amarillenta, una pluma estilográfica y una carpeta azul cerrada con una goma.
Mi corazón empieza a latir con una fuerza tan absurda que casi me avergüenza.
—¿Qué es esto?
—Un expediente.
—¿De quién?
Cojo la carpeta azul.
La goma está reseca. Se rompe cuando intento apartarla. El sonido pequeño, mínimo, parece brutal en la sala. Abro la carpeta.
La primera hoja contiene mi nombre completo.
VALTIERRA ARRIETA, ADRIÁN.
Fecha de nacimiento.
Número de identificación.
No una foto reciente. En ella aparezco más delgado, con barba más larga, ojos hundidos y el pelo revuelto. Llevo una bata de interno color gris claro. Miro a la cámara como se mira a alguien que acaba de hacer una pregunta indecente.
Debajo de la fotografía:
Unidad de Contención Narrativa.
Diagnóstico provisional: duelo patológico con rasgos disociativos severos. Episodios de despersonalización. Ideación delirante de reconstrucción identitaria. Riesgo autolítico fluctuante.
Observación: sujeto con alta formación psiquiátrica. Capacidad excepcional para racionalizar síntomas y reorganizar estímulos en marcos explicativos externos.
Advertencia: no confrontar de forma brusca con la pérdida de identidad terapéutica.
No entiendo las palabras.
Podría haberlas escrito yo.
Pero no las entiendo.
O, más exactamente, mi mente decide no permitir que entren juntas.
La fecha de ingreso está marcada en la esquina superior.
Hace tres años.
—No —digo.
Es una palabra pobre.
No tiene fuerza suficiente contra el papel.
Paso la página.
Autorizo a la Casa del Sueño Profundo a iniciar protocolo experimental de Terapia de Inmersión Profunda…
Paso otra página.
Informe de evaluación inicial.
El paciente refiere muerte traumática de su esposa, Elena Rivas, en accidente de tráfico ocurrido bajo lluvia intensa.
Presenta lagunas mnésicas significativas en torno al suceso.
Culpa persistente. Sueños recurrentes de ahogamiento no congruentes con el relato consciente.
Rechazo a hipótesis alternativa planteada por familiares y autoridades clínicas…
Me falta aire.
—¿Hipótesis alternativa? —pregunto.
Mi voz no parece mía.
Insausti permanece al otro lado de la mesa.
—No siga leyendo de pie.
—¿Qué hipótesis alternativa?
—Siéntese.
—No.
—Adrián.
—No use mi nombre.
Insausti no retrocede.
Pero Mikel sí se acerca un paso.
—¿Qué hipótesis alternativa? —repito.
Insausti habla despacio:
—Que Elena no murió en un accidente de coche.
El sótano entero se queda quieto.
Incluso los fluorescentes parecen callarse.
—Eso es mentira.
—Es una posibilidad clínica documentada.
—Es mentira.
—Por eso no quería que bajara sin preparación.
—¡Es mentira!
Mi grito rebota contra las estanterías.
Por un segundo espero que alguien responda desde las cajas.
No lo hace nadie.
Mikel levanta las manos.
—Tranquilo.
—No me diga tranquilo.
—De acuerdo.
—No me hable como a un paciente.
Mikel baja las manos.
Ese gesto, más que cualquier palabra, me hiere.
Porque no discute.
No me dice que no soy un paciente.
Me doy cuenta.
Y él se da cuenta de que me doy cuenta.
—No —digo otra vez.
Abro la carpeta por páginas al azar. Busco errores. Incoherencias. Sellos falsos. Fechas imposibles. Algo. Cualquier cosa. Encuentro informes firmados por Insausti, por otros médicos, por jueces de vigilancia clínica, por comités éticos. Encuentro transcripciones de sesiones.
Sesión 3.
A.V. insiste en identificarse exclusivamente como psiquiatra consultor. Niega condición de paciente. Pregunta reiteradamente por un supuesto interno desaparecido. La estructura narrativa parece estabilizarlo temporalmente. Se propone no confrontar mientras no emerjan conductas de riesgo.
Sesión 5.
A.V. introduce espontáneamente el nombre “Lucas Arozarena” como figura externa portadora de culpa. Posible desplazamiento de material traumático.
Sesión 6.
A.V. localiza de nuevo archivo subterráneo. Crisis aguda tras lectura parcial de expediente. Requiere contención farmacológica. Al despertar, solicita por escrito reinicio del protocolo si vuelve a desorganizarse.
Las páginas no se detienen.
Sesión 7.
El sujeto expresa que “la casa decide lo que es real”. Reaparece símbolo TICHÉ en dorso de la mano izquierda. No se identifica origen de la marca. El sujeto afirma haberlo visto antes “en otro ciclo”.
Cierro la carpeta de golpe.
El sonido es seco, definitivo.
Pero nada termina.
—Han fabricado esto —digo.
Insausti no se mueve.
—Entiendo que necesite pensarlo.
—No me venga con comprensión.
—No es comprensión. Es memoria profesional. Sabía que diría eso.
—¿Porque lo pone en otro informe?
—Porque ya lo ha dicho.
Me apoyo en la mesa.
El sótano se balancea un poco.
—No he estado aquí tres años.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Soy psiquiatra forense. Tengo consulta. Tengo casa.
—Tenía.
—Tengo colegas. Expedientes. Pacientes. Publicaciones.
—Algunas cosas se conservaron. Otras fueron integradas en la estructura terapéutica.
—¿Integradas?
—¿Como qué? ¿Como hacerme creer que vengo a investigar a un interno desaparecido?
Mi risa sale rota.
—No puede ser.
—La identidad de consultor externo resultó funcional. Le permitía moverse por la institución sin una resistencia extrema, observar sus propios mecanismos de defensa proyectados en otros pacientes, acercarse de forma indirecta al núcleo traumático.
—Eso es una monstruosidad.
—Es un tratamiento.
—Es una monstruosidad con vocabulario.
—A veces son indistinguibles.
—No —digo—. No. No se atreva a vestir esto de terapia. Me han encerrado en una ficción.
Insausti me mira con una tristeza serena.
—Usted la pidió.
—¿Qué?
—Ingresó voluntariamente después de la muerte de Elena. Después de varios episodios autolesivos. Después de atacar a un colega que intentó confrontarle con ciertas pruebas. Después de escribirnos.
—No.
—Usted escribió el artículo que inspiró el protocolo y luego nos escribió una carta pidiendo que lo aplicáramos a su caso si se confirmaba que su mente no podía sostener la realidad.
—No.
—Adrián…
—No.
Me aparto de la mesa.
El archivo es enorme, pero no hay espacio. Las estanterías se acercan, los documentos respiran, las cajas conocen mi nombre. Miro a Mikel. Busco en él una mentira mal colocada, una grieta de compasión que permita derribar todo esto.
No quiero su pena.
—¿Y Arozarena? —pregunto.
—Existe.
La rapidez de la respuesta me desconcierta.
—¿Entonces no lo he inventado?
—Lucas Arozarena es real. Fue paciente de esta institución.
—¿Fue?
Insausti mira a Mikel.
Mikel baja la vista.
—¿Dónde está? —pregunto.
—No lo sabemos.
—Eso ya lo habían dicho.
—Porque es verdad.
—¿Desapareció?
—Sí.
—¿Cuándo?
Insausti tarda demasiado.
—Hace dos años.
La información no encaja.
—No. Dijeron que había desaparecido anoche.
—En su relato, sí.
—¿En mi relato?
—Cada ciclo comienza con una llamada. Una desaparición. Una llegada a la isla. Arozarena funciona como eje narrativo porque su caso se pareció al suyo en un punto esencial: ambos construyeron una realidad para no mirar una muerte.
—Yo no maté a Elena.
Lo digo sin pensarlo.
Su silencio me empuja.
—No la maté.
—Nadie ha dicho ahora que lo hiciera.
—Lo está diciendo todo.
—Estoy diciendo que hay versiones contradictorias.
—La versión real es el accidente.
—Su versión consciente es el accidente.