Capítulo 6
La investigación imposible
La llave descansa junto a mis zapatos como si hubiera caído allí por accidente.
No lo ha hecho.
En esta casa nada cae por accidente. Ni una llave, ni una palabra, ni una mujer muerta dentro de una habitación acolchada. Aquí todo parece colocado con la delicadeza cruel de quien sabe que la mente humana, al final, no necesita demasiadas pruebas para empezar a destruirse. Basta con una.
Y yo tengo una a mis pies.
PACIENTE 0.
La etiqueta de cartón se ha doblado por una esquina. El cordel está húmedo. El hierro oscuro de la llave brilla bajo la luz blanca de la sala de observación. Nadie se mueve.
Insausti mira la llave.
Mikel mira a Insausti.
Clara me mira a mí.
Yo miro el espejo.
Mi reflejo mantiene el dedo sobre los labios.
La imagen dura apenas un segundo. Quizá menos.
Luego vuelve a ser obediente. Reflejo normal.
Adrián Valtierra normal, si es que esa expresión conserva algún valor legal.
Un hombre de cuarenta y siete años, ojeroso, con la camisa arrugada y una palabra griega escrita en la mano. Lo típico en una mañana de trabajo.
—No la toque —dice Insausti.
Su voz no tiembla, pero ha cambiado.
Ya no intenta envolver la situación en explicaciones clínicas. Ahora hay filo. Un filo frío, administrativo, casi policial. La doctora Insausti, al parecer, también sabe sangrar por dentro sin manchar la bata.
—Doctor Valtierra.
Recojo la llave.
El hierro está helado.
—Ha dicho que no la toque.
—Sí. Lo he oído.
—Entonces entréguemela.
—No.
Mikel da un paso hacia mí.
El cuerpo de Mikel tiene una forma particular de ocupar el espacio: no amenaza, pero informa. Informa de que podría cerrar una puerta con mi cabeza si la conversación degenerase lo suficiente.
—Doctor —dice—, no lo complique.
—Me temo que hemos dejado atrás esa posibilidad hace varias alucinaciones.
Insausti tiende la mano.
—La llave pertenece al centro.
—Curioso. La etiqueta dice otra cosa.
—Esa etiqueta no significa lo que cree.
—Magnífico. Empecemos por ahí. ¿Qué significa?
Clara suelta un pequeño sonido.
No llega a ser una palabra.
Insausti gira hacia ella.
—Sal de aquí.
Clara niega con la cabeza.
—Doctora…
—Ahora.
La joven aprieta los labios. Durante un instante parece que va a obedecer. Luego me mira otra vez, y en sus ojos hay una súplica tan desnuda que me incomoda. No es solo miedo. Es reconocimiento. Como si yo pudiera hacer algo que ella ya ha visto fracasar varias veces.
—No deje que se la quiten —dice.
Mikel cierra los ojos un momento.
Insausti avanza hacia Clara.
—Basta.
—Él me la dio —insiste ella.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí lo sé.
—No.
La voz de Insausti corta la sala.
No es un grito.
Una orden envuelta en decepción.
Clara se encoge, pero no retrocede.
—Me dijo que, si aparecía con la marca, era porque el ciclo estaba fallando.
No debería importarme.
—¿Qué ciclo? —pregunto.
Insausti no me mira.
—Mikel, acompaña a la auxiliar Sáenz a enfermería. Que la releven del turno.
—No —digo.
Los dos se vuelven hacia mí.
Levanto la llave.
—Clara acaba de darme la primera frase honesta que he oído en esta casa desde que llegué. No se va hasta que me explique qué significa.
Insausti me observa con una calma que ya no pretende ser amable.
—Usted no decide quién permanece en esta sala.
—Y usted no decide qué preguntas puedo hacer.
—Aquí sí.
—Qué cómodo debe de ser vivir dentro de una institución diseñada para darle siempre la razón.
Mikel se coloca entre Clara e Insausti, pero no sé si por protección o por control.
—Doctor —dice—, la situación se está desbordando.
—La situación nació desbordada. Nosotros solo estamos poniéndole nombre.
Miro a Clara.
—¿Qué ciclo?
La joven abre la boca.
—Clara.
Una sola palabra.
Clara se calla.
El miedo gana. No siempre gana por fuerza. A veces gana por antigüedad.
Mikel la toma suavemente del brazo.
—Ven.
Ella no se resiste. Al pasar junto a mí, susurra algo tan bajo que casi no lo oigo.
—El sótano.
Mikel la acompaña. La puerta se cierra detrás de ellos.
Me quedo a solas con Insausti en la sala de observación.
A solas con Insausti, con la llave, con mi reflejo y con la impresión cada vez más concreta de que la realidad ha empezado a comportarse como un testigo hostil.
—Tiene una oportunidad —digo.
Insausti cruza los brazos.
—Qué generoso.
—Explíqueme qué está pasando antes de que empiece a buscar explicaciones por mi cuenta.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
—Entonces hable.
La doctora mira el espejo. Al otro lado, la habitación 14 está vacía.
La silla atornillada al suelo permanece en el centro, iluminada por una luz suave, casi maternal.
Una silla vacía puede ser muchas cosas. En una sala de terapia, suele ser una invitación.
En esta casa, parece una trampa con respaldo.
—La llave no abre nada que pueda ayudarle —dice.
—Eso es una forma muy elegante de decir que abre algo.
—Abre lugares que no debería visitar sin acompañamiento.
—Como adulto funcional, agradezco su fe en mi autonomía.
—No se trata de autonomía. Se trata de estabilidad.
—La mía.
—La de todos.
Me río, pero la risa no me sale bien.
—Doctora, ya hemos tenido ancianas imposibles, voces de muertos, apagones selectivos, agua que aparece y desaparece, un interno homicida que llama por teléfono desde no se sabe dónde, mi letra escribiendo frases que no recuerdo y un reflejo con voluntad propia.
Si esto es estabilidad, me aterra conocer su concepto de crisis.
Insausti tarda en responder.
Cuando lo hace, habla más bajo.
—Precisamente por eso necesito que confíe en mí.
—No.
Insausti la recibe sin sorpresa.
—¿Por qué?
—Porque la confianza exige dos cosas: información y ausencia razonable de jeringuillas. Usted va perdiendo en ambas.
Durante un instante parece cansada.
No tiene miedo de mí.
Esa grieta en su rostro casi me conmueve. Casi. Pero he aprendido a desconfiar de mi compasión en lugares cerrados. La compasión es una puerta con muy mala cerradura.
—No quiere saberlo todo hoy —dice.
—No me diga lo que quiero.
—No quiere.
—¿Y usted sí sabe lo que quiero?
—Sé lo que ocurre cuando lo sabe.
El aire cambia.
—¿Cuándo? —pregunto.
—Ha dicho “cuando lo sabe”. No “si lo sabe”. ¿Cuándo lo he sabido?
La directora cierra los ojos un segundo.
Un parpadeo demasiado largo.
—Está agotado. La marca de la mano, la sesión, la falta de sueño…
—No vuelva a hacer eso.
—¿El qué?
—Esconder una respuesta detrás de mis síntomas.
Por primera vez, Insausti parece perder la paciencia.
—Sus síntomas son la respuesta.
Me acerco a ella.
No porque quiera intimidarla. Porque necesito comprobar que sigo teniendo peso, cuerpo, voluntad. Que puedo decidir avanzar tres pasos y que esos tres pasos ocurren.
—Entonces dígame el diagnóstico.
Insausti me mira.
—No es tan sencillo.
—Nunca lo es cuando hay que decir la verdad.
—Doctor Valtierra…
—Dígalo.
El espejo recoge la escena: ella, firme; yo, inclinado hacia adelante, con la llave en la mano. Si alguien nos observara desde fuera, podría creer que estamos discutiendo sobre un protocolo médico.
No sabría que estoy pidiendo que me devuelvan el suelo.
—No aquí —dice al fin.
—¿Dónde?
—En mi despacho.
—No. En el sótano.
Insausti se queda inmóvil.
Bingo, como diría cualquier idiota en una película menos húmeda.
—No —dice.
—Eso ha sido rápido.
—Porque la respuesta es sencilla.
—Para variar.
Me dirijo hacia la puerta.
Insausti se interpone.
No físicamente. No tendría sentido. Pero se mueve antes que yo y ocupa el paso con una autoridad precisa.
—Si baja ahí sin contexto, interpretará mal lo que encuentre.
—Empiezo a sospechar que el contexto es el nombre elegante que aquí le dan a la anestesia.
—Bajará conmigo.
—¿Perdón?
—Si insiste en ver el archivo, bajará conmigo. Y con Mikel.
—Quiero ir solo.
—No.
—¿Por seguridad?
—Por testigos.
No acompañantes. No personal. No supervisión.
—¿Testigos de qué?
Insausti sostiene mi mirada.
—De usted.
El sótano no está debajo de la casa.
Está dentro de ella.
Descendemos por una escalera de servicio situada detrás del antiguo despacho de admisiones.
Mikel va delante con una linterna grande, aunque las luces funcionan.
Insausti va detrás de mí. No sé si el orden es casual o estratégico.
Probablemente ambas cosas. Aquí nada parece decidirse por una sola razón; todo trae doble fondo.
La escalera es estrecha, de piedra gastada, con una barandilla de hierro frío.
A medida que bajamos, el olor cambia. Menos lavanda.
Menos desinfectante. Más humedad antigua, papel mojado, salitre, maquinaria y ese aroma indefinible de los lugares donde se guardan cosas que nadie quiere mirar hasta que prescriben, se pudren o vuelven.
—¿Cuántos niveles tiene el sótano? —pregunto.
Mikel responde sin girarse:
—Dos.
—¿Archivos y mantenimiento?
—Sí.
—Qué decepción. Esperaba al menos un altar pagano.
—Eso está los jueves —dice Mikel.
Me sorprende tanto que casi sonrío.
Insausti no aprecia la contribución humorística.
—Mikel.
—Perdón.
Bajamos otro tramo.
La luz parpadea en un punto de la escalera. Instintivamente miro mi mano. TICHÉ sigue ahí, parcialmente cubierta por la manga. La palabra parece más oscura con la humedad del aire.
—¿La marca ha aparecido antes? —pregunto.
—Lo reformulo. ¿Han visto esa palabra en otro paciente?
—Sí.
—¿Arozarena?
—Entre otros.
—¿Paciente 0?
—Doctora, esta conversación sería más ágil si aceptáramos que voy a seguir preguntando.
—Y sería menos peligrosa si aceptáramos que no todo lo preguntado merece ser contestado de inmediato.
—Es usted agotadora.
—Usted también.
—Pero yo no dirijo un sanatorio en un acantilado con secretos en el sótano.
—No esté tan seguro.
Me detengo en seco.
Me vuelvo hacia ella.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—Ya. Aquí “nada” trabaja más que todo el personal junto.
Insausti no baja la mirada.
—Siga bajando.
No me muevo.