La casa del sueño profundo Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Ahora parece triste.

Apoya la frente contra el espejo.

Yo no me muevo.

Él abre la boca.

La voz no viene del espejo.

Viene de detrás de mí.

—Adrián.

Elena está en la silla del centro.

No como en las fotos que no encuentro. No como en el coche. No como en la bañera. Está sentada con un vestido claro, el pelo húmedo cayéndole sobre los hombros, los pies descalzos apoyados en el suelo acolchado. Tiene agua en el borde de las mangas.

No consigo ver bien sus ojos.

—No eres real —digo.

Ella sonríe con una ternura devastadora.

—Eso nunca te detuvo.

—Estás muerta.

—¿Cuál de las veces?

El aire se me queda atrapado.

—No.

—Una parte de ti quiere que sea el coche —dice—. Es más limpio. Más accidental. Más fácil de contar.

—Cállate.

—Otra parte recuerda el agua.

—Cállate.

—Y otra parte todavía cree que si pregunta lo suficiente, alguien le dará una versión donde no tenga culpa.

Doy un paso hacia ella.

No sé si para tocarla o para impedir que siga hablando.

El espejo, a mi espalda, golpea una vez.

Mi reflejo ha puesto ambas manos contra el cristal.

Niega con la cabeza.

Como si quisiera advertirme.

Como si me suplicara que no me acerque a Elena.

—¿Qué está pasando? —pregunto.

Elena se levanta de la silla.

El vestido gotea sobre el suelo.

—Estás dentro, Adrián.

—¿Dentro de qué?

—De la única casa que supiste construir.

O creo que me mira.

Sus ojos siguen siendo imposibles de fijar. Cada vez que intento recordar su color, cambia la luz.

—Una casa hecha con puertas cerradas.

Paciente 0.

No vuelvas a entrar.

Meto la mano en el bolsillo por reflejo.

Elena mira mi gesto.

—La has vuelto a perder.

—¿Dónde está?

—Donde la dejas siempre.

—¿Dónde?

—Debajo de lo que no quieres mirar.

El espejo golpea otra vez.

Mi reflejo ahora está gritando.

No oigo nada, pero veo su boca abierta, su cuello tenso, las venas marcadas. Golpea el cristal con los puños. Una vez. Otra. Otra. Detrás de él, en esa sala imposible al otro lado del espejo, aparece una figura.

Mikel.

Pero no el Mikel que conozco.

Este lleva una bata blanca.

Y una jeringuilla en la mano.

Me vuelvo hacia la puerta.

Corro hasta ella. Tiro del pomo.

No se mueve.

—¡Insausti!

Elena ríe detrás de mí.

No es su risa.

—Siempre llamas al médico cuando ya has cerrado la bañera.

Me giro con rabia.

—¡Basta!

La silla está vacía.

Elena no está.

El suelo está seco.

La sala acolchada vuelve a ser solo una sala acolchada.

Pero el reflejo sigue separado de mí.

Ahora está de pie al otro lado del espejo, muy quieto.

Y detrás de mí, en la sala real, o en la que mi cuerpo ocupa, escucho el clic de una cerradura.

La puerta se abre.

No con bata blanca.

Con uniforme gris.

Pero tiene una jeringuilla en la mano.

El mundo pierde profundidad.

—No se acerque —digo.

Mikel levanta la otra mano.

—Está alterado, doctor.

—¿Dónde está Insausti?

—Fuera.

—Mentira.

—Ha estado fuera todo el tiempo.

—Mentira.

Mikel da un paso.

—Necesito que respire.

—¿Qué había al otro lado del espejo?

—La sala de observación.

—He visto mi reflejo moverse solo.

—Lo sé.

—¿Lo sabe?

Mikel aprieta la mandíbula.

—Por eso he entrado.

—¿Lo ha visto?

—¡Dígame si lo ha visto!

Mikel mira un segundo hacia el espejo.

Mi reflejo vuelve a imitarme.

Mikel con la jeringuilla aparece detrás de mí, como debe.

—Está alterado —repite—. Es la presión.

Qué palabra hermosa para no decir locura.

—No voy a dejar que me sede.

—No quiero sedarle.

—Tiene una jeringuilla.

—Porque la ha pedido usted.

—¿Qué?

Mikel parece dolido.

No por mí.

Por tener que decirlo.

—Antes de entrar en la sala. Dijo que, si pasaba otra vez, no le dejáramos seguir.

La habitación entera parece llenarse de esa expresión.

Me apoyo en la pared acolchada.

—No he dicho eso.

—Sí.

—No.

—Doctor…

—No.

Mikel guarda la jeringuilla en el bolsillo superior del uniforme.

Como quien muestra las manos a un animal asustado.

—No voy a hacer nada que no quiera.

—¿Entonces déjeme salir?

—Sí.

Se aparta de la puerta.

Porque esperaba resistencia.

Y no hay.

Mikel abre la puerta por completo.

Al otro lado está la sala de observación.

No un pasillo.

No el corredor por el que entramos.

La sala de observación.

Cristales, monitores apagados, una mesa con papeles, una silla volcada. Clara Sáenz está allí, pálida, con una mano sobre la boca. Insausti también. De pie. Muy quieta. En la mesa hay un magnetófono antiguo y una pantalla donde mi imagen aparece grabada desde arriba.

Yo dentro de la habitación 14.

Hablando con una silla vacía.

Me acerco lentamente.

La pantalla muestra los últimos minutos.

Me veo entrando con Insausti y Mikel.

En la grabación entro solo.

La puerta se cierra detrás de mí.

Camino hasta el espejo. Hablo. Retrocedo. Miro hacia la silla. Grito. Corro a la puerta. Golpeo el cristal con ambas manos.

—No —digo.

Insausti habla desde algún lugar cercano:

—Por eso no quería exponerle tan pronto.

—La grabación está manipulada.

—No.

—Claro que sí.

—Adrián.

Usa mi nombre.

No mi título.

—No vuelva a llamarme así.

Insausti parece arrepentirse.

—Doctor Valtierra.

—¿Qué es esta sala?

—Ya lo ha visto.

—He visto una grabación.

—Ha visto una sesión.

—No era una sesión. Era una trampa.

—No.

—Entonces ¿qué era?

Insausti mira mi mano marcada.

—Una respuesta.

No sé si quiero romperle la cara o pedirle ayuda.

Tal vez ambas cosas.

Clara se acerca un paso.

—Doctor…

Insausti la detiene con una mirada.

Demasiado tarde. Ya he visto algo en su mano.

Paciente 0.

Clara la sostiene medio escondida entre los dedos, como si hubiera querido dármela y se hubiera arrepentido al verme salir de la habitación.

Miro la llave.

Luego a ella.

Mikel también la ha visto.

—Clara —digo despacio—. ¿De dónde ha sacado eso?

Insausti se vuelve hacia la auxiliar.

La joven cierra los dedos alrededor de la llave.

Durante un segundo parece que va a mentir.

Luego hace algo mucho peor.

No de forma escandalosa. Solo se le llenan los ojos y se le rompe la cara.

—Lo siento —susurra.

Insausti extiende la mano.

—Dámela.

Clara niega con la cabeza.

—No.

Mikel da un paso.

—Clara.

—No —repite ella.

Y en esa mirada hay miedo, culpa y una esperanza desesperada que no entiendo.

—Usted me pidió que se la devolviera cuando volviera a olvidarlo.

La sala se queda sin aire.

—¿Qué ha dicho? —pregunto.

—Me dijo que no confiara en nadie. Ni siquiera en usted.

Insausti avanza hacia ella.

—Clara, dame la llave.

La joven retrocede.

Mikel se interpone sin decidir del todo a quién protege.

—Doctora…

—Ahora.

La autoridad de Insausti llena la sala.

Clara mira hacia la puerta.

Luego me mira a mí.

Y lanza la llave.

No hacia mí.

La llave golpea la baldosa, rebota una vez y se desliza hasta quedar junto a mis zapatos.

Todos la miramos.

PACIENTE 0.

No me agacho.

Porque en el espejo de la sala de observación, el que permite ver la habitación acolchada al otro lado, mi reflejo vuelve a sonreír.

Y esta vez, muy despacio, levanta un dedo hasta los labios.