La casa del sueño profundo Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Anoche hubo varios episodios simultáneos en distintos pabellones. Pacientes que oyeron voces de familiares fallecidos. Dos intentos de fuga. Una autolesión menor. Una crisis catatónica.

—Y una mujer idéntica a la señora Uranga atravesó medio edificio mojada y con complejo de profeta.

—La señora Uranga no salió de reposo. Eso también está comprobado.

—Mikel la vio.

—Mikel vio a una anciana en el pabellón C.

Me vuelvo hacia él.

Mikel no sostiene mi mirada.

—¿Qué significa eso? —pregunto.

Insausti responde por él:

—Que estamos revisando la identificación.

—Era ella.

—Quizá.

—No empiece.

—Doctor Valtierra, si algo nos enseña esta casa es que la certeza es el primer síntoma de una mente cansada.

—Curioso. Yo pensaba que era el evasivo paternalismo institucional.

No sé si para ocultar una risa o una advertencia.

Insausti se acerca al escritorio y ve el bloc abierto en el suelo. Lo recoge.

No le da tiempo a leer mucho antes de que se lo quite de la mano.

—Mis notas.

—Está dentro de una investigación en mi centro.

—Y usted dentro de mi paciencia. Ambas cosas tienen límites.

Durante un segundo sé que nos detestamos lo suficiente como para confiar parcialmente el uno en el otro. La simpatía suele ser mala consejera. La desconfianza, en cambio, si no se emborracha de sí misma, puede llegar a ser bastante profesional.

Insausti baja la voz.

—Tenemos que hablar de la habitación 14.

La mano marcada me late.

—Qué oportuno. Yo también.

—No era mi intención mostrársela tan pronto.

—¿Porque todavía no he perdido la cantidad adecuada de cordura?

—Porque no conviene exponer a nadie a esa sala sin preparación.

—Eso suena a amenaza.

—Es una descripción.

—Las mejores amenazas lo son.

—Doctora, quizá deberíamos esperar.

Insausti no le mira.

—Ya no.

Me gustaría preguntarle qué ha cambiado.

Pero lo sé.

La llave desaparecida.

Arozarena llamando desde el interior de ninguna parte.

O quizá el hecho simple y desagradable de que la casa ha decidido saltarse las etapas.

—Deme diez minutos —digo.

—Cinco.

—Necesito cambiarme.

—Cinco.

—¿Tiene usted una personalidad o solo cronómetros?

Insausti sale al pasillo.

—Cinco minutos, doctor.

Mikel se queda un instante más.

—No haga bromas dentro.

—¿Dentro de la habitación 14?

—¿Por qué?

—Porque allí las cosas contestan.

Me lo dice con tanta seriedad que no tengo réplica.

Cierra la puerta.

Me cambio la camisa.

Elijo una azul oscura porque es la primera que encuentro.

Me lavo la cara de nuevo. No consigo mejorar mucho el resultado, pero al menos ahora parezco un hombre que ha pasado una mala noche y no un cadáver con agenda.

La palabra TICHÉ sigue en mi mano. Intento cubrirla con la manga, pero cada movimiento la deja entrever, como si quisiera formar parte de la conversación.

Antes de salir, reviso otra vez el armario.

La llave no está.

En cambio, sobre el suelo, justo donde estaba el zapato, hay una pequeña mancha de agua.

El mar por lo menos pertenece a la isla. El agua dulce implica otra cosa: tuberías, baños, cuerpos, bañeras.

No pienso en Elena.

Lo cual es una forma muy eficaz de pensar en ella.

Cuando salgo, Insausti y Mikel me esperan en el corredor. La enfermera Clara Sáenz está con ellos. Tiene una carpeta entre los brazos y cara de haber dormido aún menos que yo. Al verme, baja la mirada hacia mi mano.

TICHÉ.

Luego la aparta.

—Buenos días, Clara —digo.

La joven se tensa.

—Doctor.

—¿Ha dormido bien?

Mikel me lanza una mirada.

Clara no responde.

Insausti empieza a caminar.

—La auxiliar Sáenz nos acompañará hasta la antesala. Después seguirá con sus funciones.

—Qué pena. Me habría gustado que alguien de la casa pareciera abiertamente aterrorizado.

—No está aterrorizada —dice Insausti.

Clara no confirma esa defensa.

Bajamos por una escalera lateral que no había visto.

Estrecha, de piedra, con ventanas pequeñas a intervalos irregulares.

El temporal ha dejado marcas de lluvia en los cristales.

Afuera, el cielo tiene un color enfermo, entre gris y verde apagado.

La marea está alta. Desde una de las ventanas alcanzo a ver la playa: el camino de piedras ha desaparecido bajo el agua.

La isla ya no tiene salida.

El guardacostas lo dijo.

Si quiere salir, hágalo antes del anochecer.

Siempre reconforta descubrir que los hombres hoscos tienen razón.

Llegamos a la primera planta. En lugar de dirigirnos al vestíbulo, Insausti toma un corredor lateral. Las paredes aquí son más antiguas. La pintura deja ver la piedra en algunos puntos. Hay humedad cerca del techo. El olor a lavanda aparece antes que la puerta.

—Ahí está.

Insausti también se detiene.

—¿Qué?

—El olor.

Mikel mira a Clara.

Clara aprieta la carpeta contra el pecho.

—Lavanda —digo.

Insausti parece medir la respuesta.

—Se usaba antiguamente para relajar a los pacientes.

—Y para perfumar cajones.

—También.

—Mi mujer la usaba.

lo digo.

Quizá porque estoy cansado de que la casa me robe datos íntimos y los coloque en pasillos como migas de pan. Nombrarlo es una forma pobre de recuperarlo.

—Lo sé.

—¿Lo sabe?

El silencio dura poco, pero basta.

—Lo mencionó en una entrevista —dice.

—¿Qué entrevista?

—Una entrevista publicada. A raíz de su libro sobre duelo traumático.

—No he escrito ningún libro sobre duelo traumático.

Insausti no se mueve.

Clara cierra los ojos.

Mikel murmura algo casi inaudible.

—¿Qué? —pregunto.

Me arde la mano.

—No he escrito ningún libro sobre duelo traumático —repito.

Insausti habla con mucho cuidado:

—Quizá no lo recuerda ahora.

Una palabra pequeña, llena de dinamita.

—Doctora, empiece a explicarse.

—Después de la sala.

—No. Ahora.

—Después.

Su voz no sube.

Pero se cierra.

El corredor desemboca en una puerta gris.

No tiene número.

La placa de madera, sin embargo, sí.

Habitación 14.

La misma que vi en el rellano.

Solo que no estamos en el rellano.

Estamos en otra parte del edificio.

—Qué curioso —digo—. Ayer estaba arriba.

—Hay más de una placa —responde Insausti.

—Claro. Las habitaciones inquietantes suelen tener merchandising.

Clara suelta una respiración breve. No risa. Miedo convertido en aire.

Insausti introduce una llave moderna en la cerradura. Luego un código. Después otra llave, más pequeña.

La puerta se abre con un clic demasiado suave.

—Antes de entrar —dice—, necesito que siga mis instrucciones.

—Con todo el éxito que venimos teniendo en ese terreno.

—No toque el espejo.

—¿Qué espejo?

—No hable con su reflejo.

El pulso se me acelera.

—¿Por qué iba a hablar con mi reflejo?

—No responda si él lo hace primero.

Durante un segundo pienso que está jugando conmigo.

Insausti no juega.

—Doctora —digo despacio—, ¿es consciente de cómo suena eso?

—Sí.

—Bien. Porque empezaba a temer que solo yo estuviera prestando atención a la parte delirante de esta visita.

Mikel abre la puerta por completo.

El olor a lavanda se hace más fuerte.

La habitación 14 no es grande. Tiene paredes acolchadas de un blanco envejecido, casi amarillento, como hueso viejo.

No hay muebles salvo una silla atornillada al suelo en el centro.

En una pared, un espejo enorme ocupa casi toda la superficie desde la cintura hasta el techo.

Al otro lado del espejo, supongo, hay una sala de observación.

La luz es suave.

No hay esquinas.

No hay ventanas.

No hay nada que pueda usarse como arma, salvo la propia cabeza.

Clara se queda fuera.

Mikel entra con nosotros y se coloca junto a la puerta.

Insausti camina hasta el centro de la sala.

—Aquí se realizaron las primeras sesiones de Inmersión Profunda.

—¿Con Paciente 0?

—Sí.

—¿Quién era?

—Un caso complejo.

—Qué nombre tan raro.

—Doctor.

—No voy a dejar de preguntarlo.

—Lo sé.

Me acerco al espejo.

Mi reflejo aparece de inmediato.

Yo: camisa azul, barba cansada, ojos hundidos, mano marcada semiescondida bajo la manga.

Detrás de mí, Insausti.

Más atrás, Mikel.

El espejo está ligeramente oscurecido. No como un espejo normal.

Tiene ese fondo opaco de los cristales unidireccionales.

Me acerco un poco más y veo detalles de mi rostro que preferiría no ver: venillas rojas en los ojos, la mandíbula demasiado tensa, una arruga vertical entre las cejas que Elena llamaba “la zanja del doctor Valtierra”.

Elena.

El olor a lavanda se vuelve casi insoportable.

—¿Qué espera que vea? —pregunto.

—Nada.

—Excelente. Una visita guiada al concepto de nada.

—Lo importante no es lo que vea, sino lo que intente completar.

—Otra vez la sugestión.

—Siempre es la sugestión.

—Hasta que deja de serlo.

El reflejo de Insausti no reacciona.

El mío sí.

Siento que la sangre se me vacía hacia los pies.

La sonrisa dura apenas un segundo. Una elevación mínima de la comisura izquierda. Una expresión que conozco porque la he usado muchas veces en consultas, interrogatorios, salas judiciales. Una sonrisa pequeña, seca, de alguien que comprende algo antes que los demás.

Pero yo no he sonreído.

Doy un paso atrás.

El reflejo no lo da.

Se queda junto al espejo.

La habitación se estrecha.

—Insausti —digo.

Mi voz sale rota.

No hay respuesta.

Miro en el espejo.

La directora ya no está detrás de mí.

La sala está vacía.

Mikel tampoco está junto a la puerta.

La puerta está cerrada.

—No.

Vuelvo hacia el espejo.

Mi reflejo sigue ahí, pero ya no imita mi posición. Él está más cerca del cristal que yo. Apoya una mano contra la superficie desde el otro lado.

Su mano izquierda.

En el dorso tiene escrita la palabra TICHÉ.

No como yo.

En espejo no.

Como si no fuera un reflejo.

Como si estuviera al otro lado de una ventana.

—¿Quién eres? —pregunto.

El reflejo inclina la cabeza.

Sonríe un poco más.

Entonces levanta la manga.

En su antebrazo hay cicatrices.

Líneas finas, antiguas, paralelas. Algunas parecen cortes. Otras, marcas de sujeción. Pulseras de hospital. Agujas. Contenciones.

Miro mi propio brazo.

Cuando vuelvo a mirar, el reflejo ya no sonríe.