Capítulo 5
La culpa no debería poder escribirse sola.
Es una conclusión pobre, lo admito. Poco científica.
Poco elegante. Si la presentara en una conferencia, alguien levantaría la mano para preguntarme si había bebido antes de preparar la ponencia, y tendría razón.
Pero ahora mismo, sentado en una habitación sellada de un sanatorio psiquiátrico durante una tormenta, con una llave antigua en una mano y un teléfono muerto en la otra, me parece una verdad bastante sólida.
La culpa no debería poder escribirse sola.
Y, sin embargo, ahí está.
ENTONCES CONFÍA EN TU CULPA.
La frase ocupa la parte inferior de la página con mi letra exacta.
No una imitación cercana. No una versión torpe fabricada por un paciente hábil con demasiado tiempo libre.
Mi letra. La inclinación de las eles, la forma seca de las tes, la presión desigual al final de las palabras.
Incluso ese pequeño defecto al cerrar las oes cuando escribo deprisa.
Mi caligrafía sabe más que yo.
Eso, como principio de investigación, resulta bastante desalentador.
Dejo el auricular en su sitio.
La línea no emite tono. Ni estática. Nada. Como si la llamada de Arozarena no hubiera ocurrido, como si la voz que acaba de decirme que debo escuchar a los culpables hubiese sido una secreción más de la tormenta, una broma del cableado o una forma especialmente pedante de tener un brote psicótico.
Miro la llave.
PACIENTE 0.
NO VUELVAS A ENTRAR.
La giro entre los dedos. Es pesada, fría, real en esa forma grosera que tienen los objetos cuando se niegan a colaborar con las explicaciones psicológicas.
El hierro oscuro está manchado en los bordes.
No sé si es óxido o algo más antiguo. La etiqueta de cartón ya no está húmeda.
O quizá nunca lo ha estado. La tinta no se ha corrido.
Paciente 0.
Me levanto y camino hasta la puerta. Apoyo el oído en la madera.
Ni respiración. Ni pasos. Ni voz de Elena pidiéndome que abra.
El silencio tiene un detalle nuevo: parece satisfecho.
Cierro con pestillo.
Luego hago algo que, visto desde fuera, resultaría ridículo. Busco un escondite para la llave.
Debajo del colchón, no. Demasiado obvio. En el baño, tampoco. El armario puede ser revisado. El maletín tiene cerradura, pero una cerradura en este lugar es menos una protección que una sugerencia decorativa.
Al final la guardo dentro de un zapato, envuelta en un calcetín limpio, y coloco el zapato al fondo del armario, detrás de la ropa doblada.
Es un escondite mediocre.
Pero yo también estoy en un estado mediocre.
Vuelvo al escritorio.
La página del bloc sigue abierta.
Me obligo a escribir debajo:
Arozarena ha llamado por teléfono interno.
Dice estar donde Insausti no quiere que vuelva.
Posible referencia al sótano.
Llave antigua: Paciente 0.
No abrir puertas durante la noche.
No responder a Elena.
La última frase me deja la mano quieta.
No responder a Elena.
Un viudo debería escribir cosas como “recordar a Elena”, “honrar a Elena”, “seguir adelante por Elena”, todas esas pequeñas mentiras bordadas en cojines emocionales. No “no responder a Elena”, como si mi mujer muerta fuera una llamada comercial o una voz procedente del mar.
Me froto los ojos.
No pienso dormir.
Esta vez lo decido sin épica. No como un acto de resistencia, sino como quien decide no meter la mano en una trituradora encendida. Hay noches en que el sueño parece descanso. Otras, una habitación sin testigos.
Me siento en la butaca con el bloc cerrado contra el pecho.
La tormenta golpea la casa durante horas.
No sé cuántas.
La noche en la Casa del Sueño Profundo no avanza de forma normal. Se estira, se arruga, vuelve sobre sí misma. A veces creo oír pasos en el corredor. A veces agua en las paredes. A veces una voz que pronuncia mi nombre desde muy lejos, con la ternura exacta de quien sabe dónde enterraste algo.
En algún momento, sin embargo, cierro los ojos.
No lo llamo dormir.
Sería concederle demasiado.
Estoy en el coche.
La lluvia cae con tanta fuerza que el parabrisas parece una pantalla llena de arañazos. Los limpiaparabrisas se mueven de un lado a otro con una desesperación mecánica. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha.
Elena está a mi lado.
No la miro.
Sé que está porque oigo su respiración. Porque noto el calor de su cuerpo. Porque huele a lavanda y a vino blanco y a esa crema de manos que dejaba en todas partes y que yo fingía odiar porque el amor, en los matrimonios largos, sobrevive gracias a pequeñas farsas domésticas.
—Vas muy rápido —dice.
—No voy rápido.
Mi voz suena pastosa.
No miro el velocímetro.
—Adrián.
—Está controlado.
Elena se ríe.
No por gracia.
—Esa frase la dicen siempre los hombres justo antes de demostrar que no.
No mucho. Lo suficiente. Ese enfado pequeño, estúpido, de quien sabe que el otro tiene razón y preferiría estrellarse contra un camión antes que admitirlo en voz alta. Una exageración, claro.
Entonces veo los faros.
No mi nombre.
Una palabra que no entiendo.
Giro el volante.
El coche no responde.
O responde demasiado.
El mundo se vuelve metal, lluvia, cristal.
Y después agua.
Estoy de rodillas en un baño. Tengo las mangas empapadas. Elena está en la bañera. Sus manos golpean mis muñecas. No hay parabrisas. No hay camión. No hay carretera. Solo azulejos blancos, vapor y un espejo empañado donde alguien ha escrito con un dedo:
TICHÉ.
Me despierto con la boca abierta, intentando respirar aire que parece no llegar.
Estoy en la butaca.
La habitación está a oscuras, pero ya no es de noche cerrada. Una luz gris, sucia, entra por la ventana. El temporal sigue, aunque con menos rabia. La lluvia ha bajado a un murmullo constante, casi íntimo. El mar continúa golpeando el acantilado con esa paciencia de verdugo que no cobra por horas.
Tengo el bloc en el suelo.
El cuello rígido.
La camisa pegada al pecho por el sudor.
Y la mano izquierda arde.
Al principio no entiendo lo que veo.
En el dorso, justo sobre los tendones, hay una palabra escrita en tinta azul oscuro. No parece bolígrafo. Tampoco tatuaje reciente. La piel está enrojecida alrededor, como si la tinta hubiera sido arrastrada bajo la superficie con una aguja torpe.
TICHÉ.
Azar. Destino. Fortuna.
Lo leí ayer en las notas de Arozarena.
Lo soñé hace un segundo en el espejo del baño.
Ahora está en mi mano.
Me froto la piel con fuerza.
Voy al lavabo. Abro el grifo. Froto con agua y jabón hasta que la piel se me pone roja. Nada. Busco una toalla, froto más fuerte. La tinta permanece. Si fuera una broma, es una broma hecha con admirable compromiso dermatológico.
—No —digo.
El espejo del baño me devuelve una cara pálida, desencajada.
Mi reflejo mueve los labios al mismo tiempo.
Me quedo mirándolo.
El reflejo tampoco.
Durante unos segundos siento una gratitud absurda hacia mi propia imagen por comportarse como debe. El listón del mundo ha bajado mucho en las últimas doce horas.
Salgo del baño.
Lo primero que hago es abrir el armario.
El zapato sigue allí.
El calcetín también.
La llave, no.
Me quedo quieto.
Saco el zapato. Lo vuelco. Nada. Reviso la ropa, el fondo del armario, el suelo, el otro zapato, el maletín, la cama, debajo de la butaca. Nada. La llave ha desaparecido.
No he abierto la puerta.
El pestillo sigue echado.
La ventana sigue sellada.
Y, sin embargo, la llave ya no está.
Me siento en el borde de la cama con una calma extraña. No serenidad. Algo peor. Una especie de agotamiento tan profundo que el miedo ya no encuentra por dónde entrar. La mente no puede sostener indefinidamente el espanto; al final empieza a tratarlo como correspondencia atrasada.
Llaman a la puerta.
—Doctor Valtierra —dice Insausti—. ¿Está despierto?
Miro la mano marcada.
Luego la puerta.
—Eso parece.
—¿Puede abrir?
Qué pregunta tan hermosa.
Me levanto y descorro el pestillo.
Insausti está en el pasillo, vestida con el mismo traje oscuro de ayer, como si no hubiera dormido o como si tuviera varios ejemplares idénticos para distintas crisis.
Mikel la acompaña. Lleva ojeras marcadas, una venda pequeña en el dorso de la mano derecha y esa expresión de los hombres que han pasado la noche sujetando un edificio por las costuras.
Insausti me observa.
No mi cara.
TICHÉ.
No puedo evitarlo: la escondo un poco.
—¿Cuándo ha aparecido? —pregunta.
No pregunta qué es.
No pregunta si me he escrito algo.
—Esta noche.
—¿Se lo ha hecho usted?
—No.
—¿Está seguro?
Una sola vez.
—Doctora, si empezamos por ahí, podemos ahorrarnos el desayuno y llevarme directamente a una sala acolchada. Imagino que tienen varias con vistas al apocalipsis.
Mikel mira hacia el interior de mi habitación.
—¿Ha bebido el té?
—No.
—Bien.
—Qué tranquilizador resulta que eso siga siendo una posibilidad relevante.
Insausti entra sin esperar invitación.
Mikel se queda en la puerta.
La directora observa la habitación con una atención fría. Bandeja intacta. Bloc en el suelo. Separata sobre el escritorio. Móvil junto a la cama. La cama deshecha. No se le escapa nada. Me pregunto si se fija en lo que falta o solo en lo que está.
—¿Ha salido durante la noche? —pregunta.
—No.
—¿Ha abierto la puerta?
—No.
—¿Ha recibido visitas?
—Depende de lo generosa que quiera ser con la palabra visita.
Mikel me mira.
—¿Otra vez la voz?
—Elena.
El nombre sale más bajo de lo que esperaba.
Insausti no cambia de expresión.
—Mi esposa muerta —añado—. O una imitación. O una alucinación. O el sistema de megafonía con un sentido del humor refinadamente cruel. Elija la etiqueta que menos problemas administrativos le cause.
—¿Qué dijo?
—Que abriera.
—¿Abrió?
—No.
Por primera vez, Mikel parece aliviarse.
Insausti asiente lentamente.
—Bien.
—Empiezo a cansarme de que todos sepan qué respuestas convienen sin explicarme el examen.
Ella me mira.