La casa del sueño profundo Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Mikel entra en mi habitación, revisa el baño, el armario, la ventana sellada. Luego deja sobre el escritorio una linterna pequeña.

—Por si vuelve a fallar la luz.

—Qué considerado. ¿También deja una pistola por si falla la realidad?

—Cierre por dentro.

—Creía que no estaba encerrado.

—No lo está.

—Pero debo cerrar.

—Sí.

—Esta casa tiene una relación muy creativa con la libertad.

Mikel va hacia la puerta.

Antes de salir, se detiene.

—No beba el té.

Miro la bandeja. La taza sigue intacta, fría ya. Una película oscura cubre la superficie.

—¿Por qué?

—Porque no sé quién lo ha preparado.

—Pensé que lo había traído usted.

—Lo encontré en la escalera.

Esa frase me deja quieto.

—¿Y decidió dármelo?

—Pensé que era de cocina.

—Muy tranquilizador.

—Por eso le digo que no lo beba.

—Anotado.

Cierro la puerta por dentro.

Luego apoyo la frente contra la madera y me quedo así unos segundos.

Pensar exige una confianza mínima en la herramienta, y ahora mismo mi mente tiene el aspecto de un cuchillo encontrado en la escena de un crimen: puede servir, sí, pero conviene no tocarlo sin guantes.

La habitación está igual.

Después de lo ocurrido, debería haber cambiado algo.

La cama tendría que estar desplazada, la ventana rota, la separata flotando en agua, una frase escrita en la pared con sangre, cualquier concesión teatral que permitiera decir: bien, el horror ha pasado por aquí y ha tenido la decencia de dejar pruebas.

La cama está hecha. La lámpara encendida. La bandeja sobre el escritorio. El bloc cerrado. La linterna de Mikel junto a la jarra de agua.

Voy al baño y me lavo la cara.

El agua sale fría al principio, luego tibia. Me miro en el espejo sobre el lavabo. Tengo los ojos enrojecidos, la barba oscura salpicada de gris y una expresión que reconozco en demasiados pacientes: la de alguien que aún intenta negociar con una verdad que ya ha entrado en la habitación.

—Estás cansado —me digo.

Mi reflejo mueve los labios al mismo tiempo.

Gracias a Dios por los pequeños milagros.

Abro el grifo otra vez. Me mojo la nuca. El dolor de cabeza no se ha ido, solo ha cambiado de forma. Ya no es una punzada; es una presión amplia, como una mano apoyada sobre mi cráneo.

Vuelvo al dormitorio.

No pienso beber el té, pero acerco la taza a la nariz.

Huele a hierbas.

Y a algo dulce.

La mermelada del cuenco tiene un brillo rojo oscuro. No recuerdo haberla visto tan oscura antes. Quizá por la luz. Quizá porque mi cabeza ha decidido que incluso una tostada merece sospecha.

Cojo el bloc.

YA ESTÁS DENTRO sigue ahí.

Debajo, mi frase: No recuerdo haber escrito esto.

Las comparo otra vez.

Mi letra es mía.

La otra también.

No confíe en su letra.

Saco la separata de la bolsa de cuero, la pongo junto al bloc y reviso las anotaciones al margen. Las aes, las tes, los remates de las erres. Hay pequeñas diferencias, sí. Pero no bastan. Podrían pertenecer a mi mano en otro momento. A mi mano más cansada. Más vieja. Más medicada. Más desesperada.

O a alguien que me conoce demasiado.

Busco mi móvil.

Intento abrir el correo, por puro reflejo absurdo. Nada. Miro las llamadas recientes. El registro muestra una llamada entrante de número oculto a las 03:17. Duración: cuatro minutos y doce segundos.

No recuerdo esa llamada.

Pero sé que fue Insausti.

Entro en notas.

Hay imágenes antiguas: capturas de documentos, una foto borrosa de una conferencia, una estantería de mi despacho, un recibo. Ninguna de Elena.

Debería haber fotos de Elena.

No muchas. Nunca he sido de fotografiarlo todo. Pero alguna. Una cena, un viaje, una imagen robada mientras leía. Busco en carpetas, en favoritos, en eliminados.

Siento primero sorpresa.

Luego una tristeza brusca, casi física.

Porque no consigo recordar con exactitud el color de sus ojos.

Me quedo sentado al borde de la cama, el móvil en la mano, intentando recuperar un detalle tan sencillo que cualquier viudo debería conservar como se conserva una reliquia: los ojos de la mujer amada.

Elena riéndose. Elena en la cocina. Elena en el coche. Elena gritando. Elena bajo el agua.

Me levanto de golpe.

—No.

La habitación no responde.

Eso, al menos, es de agradecer.

Me acerco a la ventana. La noche ha caído sobre la isla sin transición, como si alguien hubiera apagado el mundo desde fuera.

El mar apenas se ve, pero se oye. Golpea los acantilados con una insistencia animal.

En la distancia, la luz del faro gira lentamente, barriendo la niebla a intervalos.

Cada vez que pasa, ilumina el cristal de mi ventana y durante un segundo veo mi reflejo superpuesto a la oscuridad.

Y detrás de mí…

Esta casa parece escrita por un autor con poca imaginación pero mucho empeño: sombras, reflejos, puertas, pasos. Todo muy clásico. Muy eficaz. Muy hijo de puta.

La tormenta llega poco después.

Primero el viento. Golpea las ventanas selladas con una fuerza que hace vibrar los marcos.

Luego la lluvia, gruesa, horizontal, lanzada contra la fachada como puñados de grava.

Los truenos tardan más. Cuando empiezan, lo hacen lejos, sobre el mar.

Un gruñido bajo, inmenso, que se acerca poco a poco.

Miro el reloj.

23:41.

No he cenado.

No tengo hambre.

Eso no impide que el cuerpo, traidor profesional, empiece a apagarse por zonas. Los hombros, la espalda, los párpados. Me siento en la butaca con el bloc sobre las piernas y la linterna al alcance de la mano. Decido que no voy a dormir. Una decisión brillante, madura, completamente inútil.

He visto a Uranga.

Insausti no ha negado del todo.

Radio: voz de Uranga.

Arozarena ausente / presente mediante signos.

Paciente 0.

Habitación 14.

No beber té.

Buscar fotos de Elena.

Preguntar por el artículo.

Preguntar por Paciente 0.

No confiar en mi letra.

La última frase me parece escrita por un loco.

La luz parpadea.

La lámpara de la mesilla zumba. El techo cruje con el viento. En algún lugar del edificio se oye un portazo. Después voces lejanas, amortiguadas por la piedra.

La luz vuelve a estabilizarse.

—Vamos —murmuro—. No seas tan obvia.

La casa, con una falta de sentido del humor muy suya, apaga todas las luces.

No solo en mi habitación. Al otro lado de la puerta también. El pasillo queda mudo. El zumbido eléctrico desaparece. la ausencia de luz tiene peso. Cae sobre mí como una manta mojada.

Cojo la linterna.

La golpeo contra la palma.

—Mikel, eres un poeta.

Busco mi móvil. Lo activo. La pantalla ilumina la habitación con una luz azulada, débil, casi indecente. 23:58. Batería al 43%.

No debería abrir la puerta.

Por supuesto, voy hacia ella.

Entonces oigo una respiración al otro lado.

Me quedo inmóvil.

Justo al otro lado de la madera.

La mano se me queda en el pomo.

Podría preguntar quién es. Podría llamar a Mikel por el teléfono interno. Podría volver a la butaca y fingir que no he oído nada, una estrategia muy respetada por la humanidad desde el inicio de los tiempos.

La respiración continúa.

Como alguien que apoya la boca casi contra la puerta.

—¿Quién está ahí?

Mi voz suena baja.

La respiración se detiene.

Ese silencio es peor.

Algo toca la parte inferior de la puerta.

No un golpe.

Un contacto suave.

Miro hacia abajo.

Un hilo oscuro entra por debajo.

Al principio parece sombra.

Luego brilla con la luz del móvil.

Avanza por el suelo de mi habitación, lento, delgado, como si la puerta estuviera sangrando mar. Me agacho sin pensar. Toco el líquido. Frío. Lo llevo a la nariz.

Del otro lado de la puerta, una voz susurra:

—Adrián.

No es la señora Uranga.

No es Insausti.

No es Mikel.

El cuerpo no distingue entre un recuerdo y una voz cuando ambos saben exactamente dónde hacer daño.

Me levanto tan deprisa que casi resbalo.

—No.

La voz vuelve.

—Ábreme.

No es real.

No puede ser real.

Elena murió hace años en una carretera mojada, entre metal, cristales y lluvia. O murió en una bañera. O no murió. O no recuerdo sus ojos. O aquí todo está diseñado para hundir los dedos en el punto exacto donde mi mente se une mal consigo misma.

—Ábreme, amor.

Apoyo la frente contra la puerta.

No sé de dónde saco esa fuerza, pero no abro.

—Elena está muerta —digo.

Al otro lado, una pausa.

Luego una risa pequeña.

—Tú también decías eso la otra vez.

Me separo de la puerta.

La otra vez.

Entonces las luces vuelven.

Una sacudida blanca.

La habitación aparece de golpe.

El agua no está.

El suelo está seco.

La puerta también.

La linterna de Mikel, sobre la mesa, se enciende sola.

El haz apunta hacia la cama.

Hay algo sobre la almohada.

Me quedo mirando desde la puerta.

No quiero acercarme.

Es una llave antigua, de hierro oscuro, con el vástago largo y los dientes gastados. Tiene una etiqueta de cartón atada con un cordel fino.

La etiqueta está húmeda.

En una cara pone:

PACIENTE 0

En la otra, escrita con mi letra:

NO VUELVAS A ENTRAR.

Durante unos segundos no puedo moverme.

El teléfono interno suena.

El timbre me arranca casi un grito.

Contesto sin pensar.

—¿Sí?

Al otro lado solo hay estática.

Después, una voz masculina. Baja. Cultivada. Con un cansancio irónico que reconozco sin haberla oído nunca.

—Doctor Valtierra.

La llave pesa en mi mano.

—Soy Lucas Arozarena.

Se me seca la boca.

—¿Dónde está?

—Esa pregunta es menos sencilla de lo que parece.

—¿Qué quiere?

—Lo mismo que usted.

—¿Y qué quiero yo?

La estática crepita.

Durante un instante creo que la llamada se ha cortado.

Entonces Arozarena dice:

—Despertar sin tener que recordar.

Miro la puerta.

Miro la llave.

—¿Por qué me llama?

—Porque ya ha oído a los muertos. Ahora le toca escuchar a los culpables.

—¿Dónde está? —repito.

—En el único sitio al que Insausti no quiere que vuelva.

No lo dice.

La llamada se corta.

Me quedo con el auricular pegado al oído, escuchando el vacío.

Fuera, el temporal golpea la casa con una furia creciente. La luz del techo parpadea una vez más, pero no se apaga. Sobre la mesa, el bloc está abierto.

No recuerdo haberlo abierto.

La página muestra mis notas.

Debajo de la última línea, hay una frase nueva.

No confiar en mi letra.

Y debajo, con mi caligrafía exacta, alguien ha escrito:

ENTONCES CONFÍA EN TU CULPA.