Capítulo 4
Primera noche
Los pasos se acercan en la oscuridad.
No corren. No vacilan. No arrastran una pierna ni tienen la torpeza de alguien que avanza a tientas por un corredor sin luz. Son pasos lentos, descalzos, húmedos, con esa paciencia insoportable de las cosas que no necesitan llegar deprisa porque ya saben que uno no tiene adónde ir.
Mikel mantiene la linterna alzada.
El haz tiembla apenas. No mucho. Es un hombre grande, entrenado para sujetar cuerpos en crisis, no para dejarse impresionar por ruidos en pasillos.
Pero hasta los hombres grandes tienen una parte primitiva en alguna habitación mal iluminada del cuerpo, y esa parte reconoce antes que la razón cuándo algo viene hacia ti.
A mi izquierda, Insausti no se mueve.
No dice nada.
La oscuridad del pabellón C no es completa gracias a la linterna, pero el resto del corredor se ha convertido en una garganta. Las puertas acolchadas parecen más próximas. Las mirillas, con esos ojos clavados en nosotros, flotan en la negrura como pequeños animales nocturnos.
—No se mueva —dice Insausti.
No sé si me lo dice a mí, a Mikel o a lo que viene del fondo.
Por supuesto, mi cuerpo interpreta la orden como una invitación a desobedecer.
Doy medio paso atrás.
El olor a lavanda aumenta.
No es una impresión. No es un matiz perdido entre el desinfectante, el sudor y la humedad salada. Es lavanda limpia, doméstica, íntima. Lavanda de cajones. De sábanas dobladas. De la nuca de Elena cuando se recogía el pelo antes de dormir.
Siento una punzada tan precisa que casi me dobla.
—¿Lo huele? —pregunto.
—Doctor.
Mi título, pronunciado como una cuerda lanzada hacia alguien que se está alejando demasiado de la orilla.
Los pasos siguen.
Como pies mojados sobre un suelo que no debería estar mojado.
La radio del hombro de Mikel chisporrotea otra vez.
—...no... no abran...
La voz se corta.
Después vuelve, convertida en un susurro roto.
—...la habitación...
Mikel se arranca la radio del hombro y baja el volumen con dedos rápidos.
—Central, repita.
Una de las internas de las habitaciones empieza a reír.
No fuerte. Peor. Ríe en voz baja, con una alegría privada, como si alguien le acabara de contar el final de un chiste que llevaba años esperando.
—Doctora —dice Mikel.
—Atrás —ordena Insausti.
Esta vez obedezco.
No por disciplina.
Mikel retrocede con nosotros, sin dejar de apuntar hacia el fondo del corredor. La linterna ilumina el suelo unos metros delante. Piedra gris. Una junta oscura. Una mancha. Nada más.
Los pasos están cerca.
La linterna debería encontrarlos.
No encuentra nada.
Solo el sonido.
Solo el olor.
Solo esa certeza animal de que algo avanza por un lugar donde la luz no consigue tocarlo.
—¿Arozarena? —pregunto en voz baja.
Insausti no aparta la vista del pasillo.
—No.
La rapidez de la respuesta me golpea.
—¿Cómo lo sabe?
Y entonces una mano aparece en el borde de la luz.
Es una mano pequeña. Arrugada. Pálida. Con los dedos torcidos por la edad. Se apoya en la pared como si acabara de salir de debajo del agua.
Después aparece el rostro de la señora Uranga.
O de algo que insiste en parecerse a ella.
Está descalza, con el camisón empapado hasta las rodillas. El pelo blanco se le pega a las sienes. Tiene la piel de los labios azulada y los ojos muy abiertos, de un azul apagado que refleja la linterna sin brillo.
Mikel baja la linterna un centímetro.
—No puede ser.
La anciana mira hacia mí.
No a Insausti.
No a Mikel.
—Ha empezado otra vez —dice.
Su voz no tiembla. Eso es lo peor. Su cuerpo parece a punto de romperse, pero la voz está entera. Cansada, sí. Antigua. Pero entera.
Mikel se adelanta.
—Carmen.
La anciana no le hace caso.
—Doctor Valtierra —susurra—, no deje que le lleven al espejo.
Insausti reacciona antes que yo.
—Mikel.
Él da dos pasos hacia la anciana, con las manos abiertas, como quien se acerca a un animal herido.
—Carmen, mírame. Soy Mikel.
La anciana sonríe.
Una sonrisa triste.
—No. Esta vez no.
Levanta la mano y señala el suelo entre nosotros.
No hay nada.
Al menos al principio.
Luego lo veo.
Un hilo de agua avanza por el pasillo. Fino, brillante bajo la linterna, serpenteando entre las juntas de la piedra. Viene del fondo oscuro, pasa junto a los pies descalzos de la anciana y continúa hacia nosotros.
Lo sé antes de agacharme.
Lo sé por el olor.
El mar está dentro.
—Sacadla de aquí —dice Insausti.
Su voz sigue siendo firme, pero la primera capa de serenidad se ha quebrado. Debajo hay otra cosa. No miedo exactamente. Algo más concentrado. Rabia, quizá. O reconocimiento.
Dos celadores llegan desde la zona de control con linternas. Al ver a la anciana, se quedan paralizados.
—¿Quién la ha traído? —pregunta uno.
—Nadie —dice Mikel.
—Estaba sedada.
—Lo sé.
La anciana empieza a reír.
No como antes. No con alegría. Ríe con una tristeza tan profunda que resulta casi indecente oírla.
—Sedada —dice—. Cerrada. A salvo. Siempre las mismas palabras.
Mikel intenta cogerla por el brazo.
Ella se aparta con una rapidez imposible.
—¡No!
La voz retumba en el corredor.
Las mirillas se llenan de movimiento. Ojos. Dedos. Respiraciones.
—No deje que le convenzan —me dice la anciana—. Usted no vino a investigar una desaparición.
—¿Entonces a qué vine?
Insausti gira hacia mí.
—No hable con ella.
La anciana inclina la cabeza.
—Vino a recordar dónde la dejó.
Elena.
No dice su nombre.
El olor a lavanda me cierra la garganta.
Durante un segundo no estoy en el pabellón C. Estoy en un cuarto de baño. Azulejos blancos. Vapor. Un espejo empañado. Una mano resbalando por el borde de una bañera. Agua golpeando el suelo.
El recuerdo se apaga antes de formarse.
Retrocedo un paso.
—Basta —dice Insausti.
Mikel y los celadores sujetan por fin a la anciana. Ella no se resiste. Se deja coger con una docilidad repentina, como si ya hubiera dicho lo que tenía que decir.
Al pasar junto a mí, levanta la cara.
—Cuando despierte —susurra—, mírese la mano.
Mikel la aparta.
Los celadores la conducen hacia la salida del pabellón. La anciana no vuelve la cabeza. Sus pies mojados dejan huellas oscuras sobre el suelo.
Las luces vuelven.
No con suavidad, sino con una sacudida eléctrica que hace parpadear los fluorescentes del techo. El pabellón C aparece de golpe: puertas, paredes grises, cinta amarilla, rostros tras las mirillas, la pantalla apagada de la sala común. Todo demasiado nítido. Todo demasiado normal.
El agua del suelo ya no está.
Paso los dedos por la piedra.
—No —murmuro.
Miro a Mikel.
Él mira el suelo con el mismo desconcierto que yo.
Insausti me mira a mí.
—Vamos a mi despacho —dice.
—No.
—Doctor Valtierra.
—He visto lo mismo que ustedes.
—Ha visto a una paciente desorientada en un episodio de fuga.
—Una paciente sedada, con una paresia parcial, que aparece descalza y empapada en un pabellón cerrado durante un apagón, sin dejar agua en el suelo cuando vuelve la luz.
—La percepción en condiciones de estrés…
—No me dé una clase de primero, doctora.
Mi voz suena más alta de lo recomendable.
Algunas mirillas se abren.
Mikel se acerca.
—Doctor.
—No —repito—. Quiero ver ahora mismo dónde estaba la señora Uranga. Quiero revisar la medicación, el registro de constantes y quién firmó su sedación. Quiero ver la instalación eléctrica y quiero saber por qué una radio ha emitido su voz antes de que apareciera.
Insausti espera a que termine.
No me interrumpe.
Eso, me enfurece más.
—Tiene derecho a pedir explicaciones —dice.
—Qué alivio.
—Y yo tengo la obligación de no permitir que esta noche se convierta en una crisis general del pabellón.
Señala con una mirada las puertas cerradas.
—Mire alrededor. No está usted solo en su desconcierto. Y algunos de ellos no tienen las herramientas para soportarlo sin hacerse daño o hacérselo a otros.
Odio que tenga razón.
La odio con una claridad infantil.
Pero tiene razón.
Desde una de las habitaciones, un interno golpea la puerta una vez. Luego otra. Un ritmo lento, imitando quizá los pasos húmedos de la anciana. Enseguida otro paciente lo copia. Y otro. Tres puertas. Cuatro. Cinco.
El sonido empieza a ordenarse como un tambor.
Mikel se tensa.
—Hay que sacarle de aquí.
No sé si habla de mí.
Insausti se acerca un poco.
—Doctor, por favor.
El “por favor” me derrota más que una orden.
Mikel me guía fuera del pabellón C. Al cruzar la verja, los golpes quedan atrás, pero no desaparecen del todo. Siguen vibrando en algún sitio. En la piedra. En mi cabeza. En esa parte del cuerpo donde se almacenan los sonidos que uno no ha querido escuchar.
Nadie habla durante el regreso.
La casa parece haber recuperado su compostura.
Los pasillos nobles, la madera, el mármol, la luz amarillenta de las lámparas.
Todo vuelve a fingir que aquí no ha pasado nada, que lo ocurrido pertenece a una zona inferior del edificio y que la elegancia consiste en cerrar puertas sobre lo insoportable.
Una filosofía muy humana, en realidad.
Cuando llegamos al segundo piso, Mikel se detiene frente a mi habitación.
—La doctora hablará con usted mañana.
—Quiero hablar con ella ahora.
—La doctora está conteniendo la situación.
—Qué forma tan bonita de decir que va a decidir qué versión de lo ocurrido me conviene recibir.
Más viejo que hace una hora.
—No es su enemiga.
—Eso también suele decirse de las personas que tienen llaves.
—Y a veces es verdad.
Me abre la puerta.
—¿La ha visto usted también? —pregunto.
Mikel no aparta la mirada.
—Sí.
—¿La ha visto mojada?
—Sí.
—¿Ha visto el agua en el suelo?
Tarda un segundo.
—Sí.
—¿Y luego?
—Luego no estaba.
Por eso resulta peor.
—Entonces no estoy alucinando.
Mikel se queda callado.
—Dígalo —exijo.
—No lo sé.
—No sabe si estoy alucinando.
—No sé si eso importa tanto como cree.
Le miro sin entender.
Él baja la voz.
—Aquí dentro, doctor, una alucinación puede abrir una puerta igual que una llave.
No sé qué responder.