La casa del sueño profundo Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—Sin supervisión.

—No.

—Con supervisión silenciosa.

—Doctor…

—Doctora, o confía en mí para investigar o me devuelve al ferry antes de que la marea convierta la carretera en una metáfora.

—El ferry ya se ha ido.

—Era una frase.

—Aquí conviene no abusar de las metáforas.

No sé si lo dice en broma.

Insausti cede con un gesto mínimo.

—Cinco minutos. Mikel estará presente.

—Por supuesto. No querríamos que la conversación escapara.

Caminamos hasta una sala pequeña junto al control de enfermería. Tiene una mesa atornillada al suelo, tres sillas, una ventana interior con cristal reforzado y una cámara antigua en una esquina.

Me detengo al verla.

—Creía que no había cámaras en los pabellones clínicos.

Insausti sigue mi mirada.

—No graba. Es parte de un sistema anterior.

—Qué cómodo.

—Qué suspicaz.

—Qué casa.

Mikel permanece de pie junto a la puerta.

Insausti no entra. Se queda fuera, visible a través del cristal, hablando con otro celador.

Clara Sáenz se sienta frente a mí con las manos entrelazadas.

Tiene ojeras profundas y una forma de apretar los dedos que conozco bien: culpa o miedo.

A veces ambas cosas son tan parecidas que solo se distinguen cuando ya es tarde.

Abro el bloc.

No la página de la frase.

—Clara, necesito que me cuente exactamente qué ocurrió anoche.

—Ya lo he contado.

—Seguro. Ahora cuéntemelo a mí.

—A las nueve y cuarenta hicimos la ronda. El señor Arozarena estaba en su habitación. Sentado en la cama. Tranquilo.

—¿Quiénes?

—Mikel y yo.

—¿Dijo algo?

Clara mira a Mikel.

—Míreme a mí —digo.

Tiene los ojos castaños, brillantes de cansancio.

—Dijo que ya venía.

—¿Quién?

—No lo dijo.

—¿Le preguntaron?

—Mikel sí.

—¿Y usted?

Niega con la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque no quería que me respondiera.

La sinceridad me gusta.

También me inquieta.

—¿Le daba miedo Arozarena?

—A todos.

—Insausti dice que no era físicamente violento.

Clara deja escapar una risa muy pequeña.

—Hay gente que no necesita tocarte para hacerte daño.

Mikel mira al suelo.

—¿Le había dicho algo antes? —pregunto.

—A mí me decía muchas cosas.

—¿Por ejemplo?

Clara se humedece los labios.

—Que tenía un nombre prestado.

—¿Usted?

—Sí.

—Por llamarse como su mujer.

—No. Decía que todos tenemos nombres prestados, pero que algunos se notan más porque no encajan bien.

—¿Y el suyo no encaja?

—Eso decía él.

—¿Le explicó por qué?

Pero no me mira.

—Clara.

La llamo por su nombre de forma deliberada.

Levanta la vista.

—Me dijo que mi verdadero nombre estaba escrito en una puerta.

El aire de la sala parece estrecharse.

—¿Qué puerta?

—No lo sé.

—¿La habitación 14?

Clara palidece de tal manera que la respuesta llega antes que sus palabras.

—No debería hablar de esa sala.

—Todo el mundo dice eso. Empiezo a pensar que la habitación 14 necesita mejores relaciones públicas.

—No es una habitación.

—Eso me han dicho.

—Entonces no pregunte.

—Pregunto precisamente porque me lo han dicho.

—Doctor.

—Estoy entrevistando.

—La auxiliar no está obligada a…

—Sí lo estoy —dice Clara.

Mikel se calla.

Clara respira hondo.

—Arozarena hablaba de la habitación 14 como si fuera una boca. Decía que la casa tragaba allí y escupía en otro sitio.

—¿Otro sitio?

—Otro día. Otra versión. No sé. Decía cosas así.

—¿Y usted cree que deliraba?

Clara mira hacia el cristal, donde Insausti sigue hablando con el celador.

—Creo que algunas personas deliran en la dirección correcta.

Anoto la frase.

—Eso es muy interesante.

—Eso es muy peligroso.

—También.

—Usted no entiende este sitio.

—Acabo de llegar.

Clara me mira con una intensidad repentina.

—No.

El bolígrafo se queda quieto en mi mano.

—¿No qué?

—No acaba de llegar.

Mikel da un paso.

—Clara.

Ella parece arrepentirse al instante. Baja la mirada. Sus dedos se aprietan hasta ponerse blancos.

—¿Qué quiere decir? —pregunto.

—Nada.

—Ha dicho que no acabo de llegar.

—Me he confundido.

—No parece confundida.

—Pues lo estoy.

—Clara.

—Déjelo.

La voz le sale más dura. Más asustada.

Miro a Mikel.

—¿También cree que se ha confundido?

Maravilloso. Otro silencio para la colección. La casa debería venderlos en la tienda de recuerdos.

Decido cambiar de dirección.

—Después de la ronda de las nueve cuarenta, ¿qué hicieron?

Clara se agarra a la pregunta como a una barandilla.

—Seguimos por el corredor. Revisamos las habitaciones de Basterra y Molina. Luego sala común. A las diez menos cinco fuimos al control. A las diez y diez sonó el aviso de puerta.

—¿Qué aviso?

—Apertura no autorizada.

—¿De la habitación de Arozarena?

—No. De la esclusa exterior.

—Pero Arozarena ya no estaba.

—Cuando llegamos a su habitación, la puerta seguía cerrada.

—¿Quién la abrió?

—Mikel.

—¿Y dentro?

—Nada.

—¿Nada?

—La cama hecha. La luz encendida. El escritorio vacío.

Miro el cuaderno que he dejado sobre la mesa, dentro de una bolsa transparente que Mikel ha traído sin que yo se la pidiera.

—¿El diario no estaba?

—No.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Pudo no verlo?

Clara me mira con algo parecido a la ofensa.

—En una habitación de aislamiento hay muy pocas cosas que no ver.

—¿Y la frase? —pregunto.

—¿Qué frase?

Abro la bolsa sin tocar el cuaderno y giro la primera página visible hacia ella.

Ellos deciden lo que es real.

Clara se queda sin color.

No es una expresión hecha. Literalmente. La piel se le vacía.

—¿La conoce?

—No.

—Clara.

—No.

—La ha reconocido.

—He dicho que no.

—Y su cara ha presentado una queja formal.

Mikel se mueve junto a la puerta.

—Doctor, basta.

Clara se levanta tan deprisa que la silla golpea el suelo.

—Él no escribió eso.

Yo no me muevo.

—¿Quién?

—Arozarena.

—¿Quién lo escribió entonces?

Clara respira deprisa.

Parece a punto de llorar, pero no llora. Hay gente que ha aprendido a mantener las lágrimas dentro porque fuera siempre había alguien tomando notas.

—No lo sé.

—Pero sabe que no fue él.

—No tenía esa letra.

—¿De quién es?

Mira mis manos.

Luego el bloc.

Luego a mí.

Y ahí lo entiendo antes de que lo diga.

No lo dice.

Siento un frío bajo la piel.

—¿Se parece a la mía? —pregunto.

Clara cierra los ojos.

Mikel abre la puerta.

—La entrevista ha terminado.

Esta vez no protesto.

Clara sale casi tropezando. Insausti la recibe al otro lado con una mano en el hombro. La joven se aparta de ese contacto con un movimiento mínimo, pero clarísimo.

Me quedo sentado.

Mikel no se marcha.

—Tiene que tener cuidado —dice.

—Empiezo a estar harto de que me lo digan personas que luego no explican de qué.

—De Arozarena.

—Arozarena no está aquí.

Mikel mira el cuaderno.

—Eso no significa que no esté haciendo algo.

—¿Sugiere que ha dejado mensajes para manipularme?

—Sugiero que, si Lucas quería que usted encontrase ese diario, lo encontró.

—¿Aunque no estuviera allí anoche?

—Sobre todo por eso.

—Quiero ver el control de enfermería.

—La doctora…

—La doctora puede añadirme a la lista de cosas que le disgustan. Seguro que tiene una libreta preciosa.

Mikel me mira un segundo.

Luego abre la puerta.

El control de enfermería está al otro lado del corredor, protegido por cristal. Hay paneles antiguos, monitores apagados, registros en papel, una cafetera, una radio y un armario cerrado con medicación. En la pared cuelgan las llaves de las habitaciones en un tablero metálico.

Cada llave tiene una etiqueta.

C-01. C-02. C-03.

C-14 no está.

—¿Dónde está la llave de la habitación 14?

Mikel sigue mi mirada.

—La habitación 14 no pertenece al pabellón C.

—No he preguntado eso.

—Está en administración.

—¿Quién tiene acceso?

—Insausti.

—¿Solo ella?

—Y dirección médica.

—¿Usted no?

—No.

—¿Arozarena?

Mikel me mira como si hubiera dicho algo absurdo.

—Claro que no.

—Aquí lo absurdo está teniendo una mañana bastante productiva.

Reviso el libro de registros. Anoche: ronda 21:40, firma de Mikel y Clara. Cierre 22:00. Incidencia 22:10. Puerta exterior. Código rojo parcial. Recuento. Ausencia de Arozarena. Búsqueda interna hasta las 02:30. Sedación preventiva de dos pacientes. Señora Uranga trasladada a reposo a las 08:55.

—¿Por qué sedaron a la señora Uranga? —pregunto.

Mikel se queda demasiado quieto.

—Estaba agitada.

—¿Por Arozarena?

—Por usted.

—¿Perdón?

—Esta mañana, antes de que llegara el ferry, empezó a decir que usted venía.

La sala parece inclinarse un poco.

—¿Dijo mi nombre?

—Sí.

—¿Cómo podía saberlo?

—No lo sé.

—¿Qué dijo exactamente?

Mikel mira hacia el corredor, como si temiera que alguien le oyera, aunque estamos solos.

—Que no le dejáramos entrar.

Algo se cierra alrededor de mi pecho.

—Eso no coincide con su comportamiento. Hace un rato me buscó.

—La señora Uranga no le buscó.

—Según usted.

—Según los registros, las constantes, la sedación y dos auxiliares.

—Los registros pueden mentir.

—Las alucinaciones también.

Más dura porque Mikel no la dice con crueldad.

La dice con cansancio.

Le sostengo la mirada.

—¿Cree que estoy alucinando?

—Creo que esta casa se mete en la cabeza más deprisa de lo que uno cree.

—Eso no responde.

—Sí responde. Solo que no le gusta.

No, no me gusta.

Pero lo anoto mentalmente porque es cierto.

Un grito corta el pasillo.

Viene de la sala común.

Mikel sale corriendo. Yo voy detrás. Insausti aparece desde la sala de observación, seguida de dos celadores. Llegamos al cristal reforzado de la sala común.

Dentro, la mujer del pelo cortado a trasquilones está de pie, señalando el televisor apagado.

—¡No lo miréis! —grita—. ¡No lo miréis cuando sonría!

Uno de los internos se ha hecho un ovillo en el sillón. El otro sigue mirando la pantalla negra con una calma insoportable.

En el reflejo del televisor veo el corredor.

Nos veo a nosotros.

Mikel. Insausti. Los celadores.

Y detrás de mí, veo a un hombre.

Delgado. Pelo canoso. Gafas redondas.

No hay nadie.

La mujer de la sala común chilla.

—¡Ya le ha visto!

El interno del sillón empieza a llorar sin hacer ruido.

Mikel abre la puerta con la tarjeta.

Los celadores entran.

Insausti se queda fuera conmigo.

—No reaccione —dice en voz baja.

El corazón me golpea las costillas con fuerza.

—Era Arozarena.

—Ha visto un reflejo.

—Era él.

—Doctor.

—Lo he visto.

—Precisamente.

Su calma me enfurece.

—¿Precisamente qué?

Insausti se acerca un poco más. Habla bajo, sin apartar los ojos de la sala común, donde los celadores intentan contener a la mujer.

—Arozarena construye presencia. Incluso ausente. Esa es su habilidad. Deja suficientes señales para que otros terminen completándolo. Una frase, una mirada, una idea colocada en el punto adecuado. El cerebro hace el resto.

—¿Y si no es el cerebro?

Ahora sí me mira.

—Entonces tenemos un problema mucho peor.

La mujer de la sala común deja de gritar de pronto.

Se queda inmóvil.

Los celadores también.

Todos miran hacia la televisión apagada.

Yo no quiero mirar.

En la pantalla negra ya no aparece nuestro reflejo completo. La superficie está empañada desde dentro, como un espejo después de una ducha caliente. Sobre ese vaho imposible, alguien ha escrito con un dedo:

PACIENTE 0

Siento que el suelo se aleja un centímetro.

Insausti no dice nada.

Pero por primera vez desde que he llegado a la Casa del Sueño Profundo, la veo perder el control de su rostro.

Solo un instante.

Un parpadeo más largo de lo normal.

Y eso me asusta más que todas sus respuestas.

Mikel sale de la sala común.

—Doctora —dice.

No termina la frase.

Porque entonces se apagan las luces.

No poco a poco.

No con un parpadeo dramático.

Se apagan de golpe.

El pabellón C queda sumido en una oscuridad densa, absoluta, rota solo por un murmullo colectivo que empieza detrás de las puertas cerradas.

Primero una voz.

La misma frase, repetida desde las habitaciones, desde la sala común, desde algún lugar al fondo del corredor.

—Ellos deciden lo que es real.

—Ellos deciden lo que es real.

Mikel enciende una linterna.

El haz de luz corta el pasillo y pasa sobre las puertas acolchadas. En cada mirilla hay ojos.

Todos mirando hacia mí.

No hacia Insausti.

No hacia Mikel.

La radio del hombro de Mikel chisporrotea.

Una voz distorsionada dice algo ininteligible.

Luego se aclara.

Es la voz de una mujer mayor.

—Doctor Valtierra…

Mikel se queda helado.

La voz continúa desde la radio:

—Usted también lo va a olvidar.

El haz de la linterna tiembla.

No por Mikel.

Porque desde el fondo del pasillo, alguien empieza a caminar hacia nosotros en la oscuridad.

No lo vemos.

Solo oímos los pasos.

Y con cada paso, el olor a lavanda se hace más intenso.