Capítulo 3 #2
Soy psiquiatra. He visitado unidades cerradas, módulos penitenciarios, salas de aislamiento.
He visto psicosis agudas, catatonías, delirios místicos, agresiones, intentos de automutilación, hombres que hablaban con paredes y mujeres que sostenían bebés invisibles contra el pecho con una ternura capaz de romperte por sitios donde no sabías que eras frágil.
Pero esto es distinto.
Aquí no siento caos.
Como si todos supieran que mi visita forma parte de algo.
Como si me hubieran estado aguardando.
Una mirilla se abre a mi izquierda con un chasquido.
Una voz masculina susurra:
—Ha vuelto.
Muy despacio, gira la cabeza hacia la puerta.
—Señor Basterra —dice—, apártese de la mirilla.
La voz ríe.
—No me hablaba a mí la última vez.
Siento que se me seca la garganta.
—¿Qué ha dicho?
Insausti no contesta.
Mikel vuelve sobre sus pasos y coloca la mano sobre mi brazo.
—Siga andando.
—Ha dicho “la última vez”.
—Los pacientes dicen muchas cosas.
—Empiezo a sospechar que esa es la frase oficial del centro.
La mirilla sigue abierta. Al otro lado, un ojo gris me observa.
—Doctor —susurra el hombre—, ¿esta vez sí va a sacarnos?
Mikel cierra la mirilla con un golpe seco.
El sonido resuena en el corredor.
La mujer de la canción deja de cantar.
Durante unos segundos no se oye nada.
Luego, desde otra habitación, alguien empieza a reír.
Una risa baja.
Como si la hubiera dejado olvidada en un sótano.
—¿Quién es Basterra? —pregunto.
—Homicidio múltiple —dice Insausti—. Delirio de duplicación. Cree que todas las personas tienen una versión enterrada bajo tierra y que la de arriba es una copia defectuosa.
—Encantador.
—Le pidió a su hermano que cavara.
—¿Y cuando no quiso?
Pasamos junto a una sala común cerrada por cristales reforzados.
Dentro hay tres internos sentados en sillones separados.
Uno mira la televisión apagada. Otro sostiene una taza vacía con ambas manos.
La tercera es una mujer de unos cuarenta años con el pelo cortado a trasquilones. Cuando paso, levanta la cabeza.
No a mí.
A algo detrás de mí.
No hay nadie.
—¿Todas estas personas han participado en la Terapia de Inmersión Profunda? —pregunto.
—No todas.
—¿Y las que sí?
—Han mostrado respuesta parcial.
—¿Respuesta parcial significa mejora?
—Significa movimiento.
—También se mueve una hemorragia interna.
Insausti me mira de reojo.
—Su tendencia a convertir cada frase en una autopsia debe de cansarle mucho.
—Solo a quienes me escuchan.
—No lo crea.
Seguimos hasta el final del corredor. Hay una zona acordonada con cinta amarilla.
Dos celadores esperan junto a una puerta abierta.
Uno es joven, nervioso, con la mandíbula apretada.
El otro tiene el rostro de piedra de quien lleva tanto tiempo obedeciendo protocolos que ya no recuerda si alguna vez tuvo opiniones propias.
La puerta abierta es la habitación de Arozarena.
Mikel se adelanta y habla en voz baja con los celadores.
Yo me quedo fuera, mirando.
La habitación parece una boca acolchada.
Paredes blancas, esquinas redondeadas, suelo blando, cama atornillada, escritorio pequeño, silla sin patas visibles, una estantería empotrada detrás de una pantalla de metacrilato. No hay barrotes en la ventana porque no hay ventana. Solo una luz cenital protegida.
Un lugar pensado para que nadie pueda hacerse daño.
O para que nadie pueda demostrar que se lo han hecho.
—Antes de entrar —dice Insausti—, necesito saber algo.
—Qué emocionante. Yo también.
—¿Ha visto a alguien en el corredor antes de que sonara la campana?
Pienso en la anciana. En su camisón. En sus pies descalzos. En su voz.
Cuando le enseñen el espejo, no sonría.
—Sí.
Insausti no muestra sorpresa.
—¿A quién?
—A la señora Uranga. O a alguien que se parecía a ella. Ya hemos tenido una versión muy enriquecedora de esta conversación.
Mikel se vuelve hacia mí.
—La señora Uranga sigue sedada en reposo.
—¿La habéis comprobado?
—Sí.
—¿Después de verla yo?
—Eso interpreto como un no.
Mikel mira a Insausti.
La doctora asiente.
—Ve.
Mikel se aleja por el corredor con uno de los celadores.
Me quedo con Insausti ante la habitación abierta.
—No cree que la haya visto —digo.
—Creo que ha visto algo.
—Qué generoso.
—Y creo que ese algo puede no corresponderse con una persona en movimiento por el pasillo.
—Entonces estamos entre una alucinación, una sugestión, una paciente con habilidades de escapismo o una casa con sentido del humor.
—No descarte nunca la sugestión en un espacio construido para dirigir la percepción.
—¿Eso lo dice como advertencia o como confesión?
Insausti entra en la habitación de Arozarena.
El aire dentro está más frío.
No debería. No hay ventana, no hay corriente. Pero la piel de mis manos lo nota. También noto un olor distinto bajo el desinfectante: papel viejo, sudor, algo agrio. Un rastro humano. Un resto de estancia.
Me agacho junto a la cama.
El colchón está hundido en el centro. La manta, doblada con una precisión excesiva, parece colocada por alguien que ha querido dejar claro que se marchaba sin prisa.
En la pared acolchada junto a la cama hay marcas pequeñas.
No arañazos. Puntos. Líneas. Como si alguien hubiera presionado una uña una y otra vez contra el mismo sitio.
—¿Cuándo se descubrió que no estaba? —pregunto.
—A las 22:10.
—¿Quién hizo la comprobación?
—Mikel y la auxiliar Sáenz.
—¿La puerta estaba cerrada?
—Sí.
—¿Desde fuera?
—Sí.
—¿No hay forma de abrir desde dentro?
—No.
—¿Registros electrónicos?
—La cerradura no marcó apertura entre las 21:40 y las 22:10.
—Pero la habitación estaba vacía.
—Sí.
—Entonces alguien miente, alguien manipuló el sistema o Arozarena aprendió a atravesar paredes. Como psiquiatra, prefiero las dos primeras. Como visitante de esta casa, empiezo a sentir presión para considerar la tercera.
Insausti no sonríe.
—Revise lo que quiera.
—Qué amable.
—No toque nada sin guantes.
Me entrega un par.
Me los pongo.
Los guantes siempre me han parecido una frontera muy pobre entre el profesional y el horror, pero una frontera al fin y al cabo. Abro el cajón del escritorio. Dentro hay tres lápices sin punta, una goma, hojas en blanco y un libro.
No, no un libro.
Tapas negras. Lomo gastado. El tipo de objeto que, en una historia sensata, uno no debería abrir jamás.
La primera página está en blanco.
La segunda también.
En la tercera hay una frase escrita con letra pequeña, muy ordenada:
Ellos deciden lo que es real.
Paso otra página.
La misma frase.
Ellos deciden lo que es real.
La frase se repite en variaciones mínimas.
A veces con punto. A veces sin él. A veces subrayada.
A veces rodeada de círculos. En algunas páginas la letra se mantiene limpia; en otras se deforma hasta convertirse en una masa negra.
Hay hojas arrancadas. Muchas. Los bordes dentados quedan junto al lomo como pequeños huesos.
—¿Esto estaba inventariado? —pregunto.
Insausti se acerca.
Cuando ve el cuaderno, su expresión cambia.
No mucho. Pero cambia.
—No.
—¿No?
—En el registro de ayer no constaba ningún diario.
—Pues ha elegido un momento magnífico para incorporarse a la literatura.
Insausti extiende la mano.
—Déjeme verlo.
No se lo doy.
—Primero quiero leerlo.
—Doctor.
—Ha dicho que revise lo que quiera.
—También he dicho que no acepte objetos de pacientes.
—No me lo ha dado nadie. Lo he encontrado.
—En la habitación de Arozarena. La diferencia es menor de lo que cree.
Sostengo el cuaderno.
—¿Tiene miedo de que lo lea?
—Tengo miedo de que lo lea mal.
—Eso puede decirse de casi cualquier libro.
Paso más páginas.
Frases sueltas aparecen entre la repetición:
El sueño necesita testigos.
La culpa no se cura; se reparte.
Paciente 0 abre la puerta si recuerda su nombre.
No todos los médicos están despiertos.
No todos los pacientes están dormidos.
Paciente 0.
La llave bajo la almohada aún no ha aparecido en mi historia, y aun así la expresión me provoca una sensación física, un tirón bajo las costillas.
—¿Quién es Paciente 0? —pregunto.
—Doctora.
—Una denominación antigua del protocolo.
—¿Antigua cómo?
—De la fase experimental.
—¿Y se refiere a quién?
—Al primer caso tratado con Inmersión Profunda.
—Eso ya lo había deducido. Le pregunto quién era.
Su silencio tiene una textura distinta a los anteriores. Más densa. Menos preparada.
Antes de que pueda insistir, oímos un golpe en el corredor.
Luego una voz.
Mikel.
—Doctora.
Insausti sale de la habitación. Yo la sigo con el cuaderno en la mano.
Mikel ha vuelto. No viene solo. Lo acompaña una enfermera de pelo oscuro, la misma que nos interrumpió en la biblioteca. Está pálida.
—La señora Uranga está en reposo —dice Mikel—. Sedada. Constantes normales. Comprobado hace un minuto.
—¿Puede haberse levantado hace quince minutos y volver? —pregunto.
La enfermera me mira.
—No.
—Me encanta la seguridad. Es casi nostálgica.
—No puede caminar sola —añade—. Tiene una paresia parcial en la pierna izquierda.
La mujer que he visto en el pasillo se movía rápido.
La enfermera baja la mirada hacia el cuaderno.
—¿Eso estaba ahí?
Insausti se vuelve hacia ella.
—¿Lo reconoce?
La joven traga saliva.
—No.
—Clara —dice Mikel en voz baja.
El nombre me golpea antes de que pueda prepararme.
Elena.
los nombres de mujer muerta tienen a veces la misma temperatura.
—¿Se llama Clara? —pregunto.
La enfermera asiente.
—Clara Sáenz.
—Como la mujer de Arozarena.
El silencio posterior es breve, pero real.
Clara aprieta los labios.
—Sí.
—Curiosa coincidencia.
—No elegí mi nombre pensando en él.
—Me habría preocupado que lo hiciera.
—La auxiliar Sáenz fue una de las últimas personas que vio a Arozarena.
—Entonces me gustaría hablar con ella.
—Hablará.
Clara mira a Insausti.
—¿Ahora?
—Ahora —digo.
Insausti me sostiene la mirada. Durante un momento parece dispuesta a negarse. Luego decide otra cosa.
—Cinco minutos. En la sala de observación.