Capítulo 3
El pabellón C
YA ESTÁS DENTRO.
Cuatro palabras, mayúsculas, mi letra, mi pulso, mi inclinación ligeramente impaciente hacia la derecha. La contemplo durante tanto tiempo que las letras empiezan a perder significado y se convierten en otra cosa: trazos, heridas, pequeñas grietas negras abiertas sobre el papel húmedo.
No recuerdo haberla escrito.
Ese es el problema.
Bueno, ese es uno de los problemas. Empieza a haber tantos que convendría clasificarlos por orden alfabético, como los trastornos en un manual diagnóstico o los pecados en un catecismo especialmente aplicado.
Apoyo los dedos en el borde del escritorio.
El bloc está mojado. La mancha de agua salada se ha extendido desde la separata hasta la primera página, deformando un poco la tinta de mis notas. Pero la última frase no se ha corrido. Al contrario. Parece seca. Limpia. Recién escrita.
Me agarro a esa idea con una desesperación poco elegante.
No tiene sentido.
Fuera, en algún lugar profundo de la casa, la campana deja de sonar. El silencio posterior resulta peor. Hay silencios que descansan; este vigila. Me quedo inmóvil, esperando pasos, voces, una alarma, cualquier señal de que el mundo sigue respetando unas normas mínimas de funcionamiento.
Solo el mar al otro lado de la ventana sellada.
Y mi respiración.
Me obligo a pensar.
La explicación más sencilla: he escrito la frase en un momento de distracción, quizá en un automatismo, bajo estrés, con jaqueca y tras una llegada cargada de sugestiones.
He visto a una mujer que tal vez no estaba.
He oído ruidos. He olido lavanda donde no debía.
La mente, cuando se asusta, no se rompe de golpe. Primero empieza a hacer teatro.
Otra explicación: alguien ha entrado en mi habitación mientras yo estaba en el pasillo y ha escrito la frase imitando mi letra.
Porque en la primera opción el problema soy yo.
En la segunda, el problema es la casa.
Y la casa, por lo que voy viendo, tiene bastante más práctica que yo.
Cojo el bolígrafo del escritorio y escribo debajo:
No recuerdo haber escrito esto.
Comparo ambas frases.
Mi letra y mi letra.
No. No casi.
Siento un escalofrío tan rápido que casi parece una corriente eléctrica. Cierro el bloc de golpe, como si el papel pudiera seguir hablando si lo dejo abierto.
Entonces llaman a la puerta.
Esta vez no hay timidez.
—Doctor Valtierra.
Mikel.
No respondo de inmediato. Miro el pomo. Miro el bloc cerrado.
Miro la bandeja con el té intacto, las tostadas, la mermelada.
La normalidad sigue ahí, incómoda, insistente, como si el universo creyera que un poco de pan tostado puede compensar la posibilidad de que alguien o algo haya escrito dentro de tu cabeza.
—Doctor.
—Adelante.
La puerta se abre.
Mikel entra con el rostro más serio que antes.
Ya no trae la bandeja ni la sonrisa paternal ni esa calma de enfermero acostumbrado a pacientes difíciles.
Ahora lleva un manojo de llaves sujeto al cinturón, una radio pequeña en el hombro y una tensión en los hombros que hace que parezca aún más grande.
—La doctora Insausti quiere verle.
—Qué coincidencia. Yo también quiero verla a ella.
Sus ojos se desplazan hacia el escritorio.
Sigo su mirada.
—¿Busca algo?
—No.
—Tiene usted una manera muy activa de no buscar.
Mikel vuelve a mirarme.
—Ha habido una incidencia.
—La campana.
—Sí.
—Dijo que alguien había entrado en el pabellón C.
—Eso creíamos.
—¿Y ahora?
—Ahora no estamos seguros.
Me río una vez, sin ganas.
—Es admirable lo mucho que se trabaja aquí el concepto de incertidumbre.
Mikel no se molesta.
—Venga conmigo.
—¿Al pabellón C?
—Sí.
—Hace diez minutos no querían ni que saliera al pasillo sin permiso.
—Hace diez minutos no había pasado esto.
—¿Qué ha pasado?
Mikel abre la puerta un poco más.
—Es mejor que lo vea.
Odio esa frase.
La dicen los médicos antes de enseñar radiografías malas, los policías antes de destapar cadáveres y los familiares antes de mostrarte el baño donde el abuelo ha decidido que la vida ya era suficiente. “Es mejor que lo vea” casi nunca significa que uno vaya a disfrutar de una experiencia formativa.
Cojo mi bloc.
Luego lo meto en el bolsillo interior de la chaqueta.
Mikel lo nota.
No dice nada.
Salimos al corredor.
La casa parece distinta.
No porque haya cambiado, sino porque ha dejado de fingir quietud.
Hay movimiento en la planta baja: pasos rápidos, voces bajas, una puerta que se cierra demasiado fuerte.
Al fondo del pasillo, una enfermera joven habla por una radio con la mano tapándose la boca, como si temiera que las paredes le leyeran los labios. Cuando nos ve, se calla.
Otra vez esa mirada.
Esta vez sí creo que es miedo por mí.
O quizá miedo de mí.
Empiezo a cansarme de no saber cuál de las dos opciones resulta peor.
—¿Qué ha ocurrido exactamente? —pregunto mientras bajamos la escalera.
—La puerta exterior del pabellón C se ha abierto.
—¿Exterior?
—La esclusa de seguridad que conecta con el corredor de servicio.
—¿Y eso no debería pasar?
—No sin doble autorización.
—¿Quién la autorizó?
—Nadie.
—¿Fallo eléctrico?
—No.
—¿Llaves?
—Qué silencio tan expresivo —digo.
—Las llaves están controladas.
—En mi experiencia, cuando alguien dice que algo está controlado, suele significar que acaba de descubrir que no lo estaba.
Llegamos al vestíbulo.
Insausti nos espera junto a la puerta doble de cristales esmerilados. Lleva una bata blanca sobre el traje oscuro. No sé cuándo se la ha puesto. En ella la bata no parece una prenda médica, sino una declaración de guerra redactada por una persona educada.
Tiene una carpeta en la mano.
Y no parece contenta.
—Doctor Valtierra —dice.
—Doctora.
—Vamos a adelantar la visita al pabellón C.
—Eso he deducido por la parte en la que Mikel me ha sacado de mi habitación con cara de funeral administrativo.
Insausti no está para ironías. O sí lo está, pero ha decidido no subvencionarlas.
—Antes de entrar, necesito que entienda algo.
—Si es otra regla, empiezo a necesitar un índice.
—En el pabellón C no hay pacientes ordinarios.
—Los pacientes ordinarios no suelen vivir en instituciones con caminos que desaparecen bajo la marea.
—Allí están los internos más inestables, los más sugestibles y los que han participado en fases avanzadas del protocolo.
—¿Fases avanzadas?
—No cuestione nada delante de ellos. No les siga el juego si intentan arrastrarle hacia una narración. No acepte nombres, recuerdos ni culpas que no sean suyos.
La última parte me hace levantar la vista.
—¿Eso ocurre mucho?
Insausti me sostiene la mirada.
—Más de lo que nos gustaría.
—Fascinante. Una institución psiquiátrica donde la identidad parece contagiosa.
—No es contagio. Es resonancia.
—Suena más limpio. Felicidades.
—No estoy intentando embellecerlo.
—No. Eso sería preocupante. Lo inquietante es que quizá ya lo han hecho.
Mikel se coloca junto a la puerta.
Insausti habla más bajo:
—Arozarena tenía una capacidad extraordinaria para encontrar la grieta exacta de cada persona. No hablaba con sus delirios. Hablaba con sus vergüenzas. Con sus duelos. Con lo que escondían incluso de sí mismos. Si le dice algo que le parece íntimo, no reaccione.
—¿Porque puede estar manipulándome?
—Porque puede que acierte.
Esa respuesta no debería afectarme.
—¿Cree que sigue dentro del pabellón?
—Creo que no ha salido de la casa.
—No es lo mismo.
—Aquí a veces sí.
Mikel abre la puerta.
Al otro lado hay un corredor más estrecho, peor iluminado.
La temperatura baja de inmediato. No mucho, pero lo suficiente para que la piel lo note antes que la razón.
Las paredes cambian: la madera noble y el mármol desaparecen, sustituidos por piedra vista, pintura gris, esquinas protegidas con goma, puertas metálicas.
El olor también cambia. Menos cera. Más desinfectante. Más humedad. Más cuerpo.
Y debajo de todo, siempre, el mar.
No el olor limpio del mar abierto, sino un mar encerrado en las paredes. Sal acumulada, algas viejas, agua filtrada por grietas que quizá nadie encuentra o quizá nadie quiere encontrar.
Mikel va delante. Insausti a mi lado. Yo en medio, lo cual me parece menos una cortesía que una estrategia de traslado.
—¿Por qué se llama Casa del Sueño Profundo? —pregunto.
Insausti no me mira.
—El nombre es anterior a la institución actual.
—¿Sanatorio antiguo?
—Antes fue casa de reposo. Antes, residencia privada. Antes, hospicio religioso.
—Por supuesto. Solo le falta haber sido matadero para completar el currículum gótico.
—No consta.
—Qué alivio.
—Aunque durante la guerra se usó como hospital de campaña.
—Ahí está.
Mikel se detiene ante una verja interior.
No es una puerta. Es una verdadera verja, de barrotes gruesos pintados de blanco, con una cerradura electrónica añadida de manera casi humillante, como si la modernidad hubiera llegado tarde y mal a un castillo. Encima hay una placa:
PABELLÓN C
Unidad de Alta Contención
Mikel pasa una tarjeta. Luego introduce una llave. Después espera a que Insausti acerque el pulgar a un lector.
La cerradura emite un pitido.
La verja se abre.
Al cruzarla, el sonido del resto de la casa desaparece.
No se atenúa.
El pabellón C tiene su propio silencio.
Y en ese silencio hay ojos.
Los noto antes de verlos.
El corredor es largo, ligeramente curvado, con puertas acolchadas a ambos lados.
Cada puerta tiene una mirilla rectangular a la altura de los ojos y una pequeña ranura inferior.
Algunas están cerradas sin más. Otras tienen luz por debajo.
De una llega un murmullo. De otra, un roce constante, como uñas contra tela.
Un hombre aparece tras una mirilla.
Solo veo sus ojos.
En otra puerta, una mujer canta algo en voz baja. Una canción infantil. La melodía es dulce, casi bonita, hasta que distingo una palabra repetida entre verso y verso:
Mikel camina sin mirar a los lados.
Yo intento hacer lo mismo y fracaso de forma discreta.