Capítulo 2 #4
Abre la puerta.
—Descanse, doctor.
La puerta se cierra sin llave.
Espero unos segundos.
Luego pruebo el pomo.
No estoy encerrado.
Me quedo en mitad de la habitación sin saber qué hacer con mi cuerpo. Hay una forma de cansancio que no pide dormir, sino dejar de existir durante veinte minutos. Me quito el abrigo, lo cuelgo en el respaldo de la silla y abro el maletín.
Ordenar objetos cuando no puedo ordenar pensamientos. Es un viejo truco. Poco glamuroso, bastante eficaz.
Saco la ropa. El bloc. Los bolígrafos. El frasco de analgésicos. La novela. La carpeta con mis documentos. La separata que Insausti me ha entregado.
La dejo sobre el escritorio.
Identidad traumática y ficción funcional.
Me siento y abro el bloc. Escribo la fecha.
O intento escribirla.
La mano se me queda suspendida.
¿Qué día es?
Por supuesto que lo sé.
El número no aparece.
Busco el móvil. Sin cobertura, pero la pantalla funciona. Sábado, 12 de noviembre. 11:18.
Copio la fecha en el bloc.
Sábado, 12 de noviembre.
Casa del Sueño Profundo.
Isla de San Telmo.
Desaparición de Lucas Arozarena.
Insausti oculta información.
Mikel sabe más de lo que dice.
Mujer mayor / abrigo azul / ¿Uranga?
Habitación 14: olor a lavanda.
Todavía lo siento.
No debería. Estoy en mi habitación. Aquí huele a madera encerada, sal y ropa limpia guardada demasiado tiempo. Pero la lavanda permanece en algún lugar de mi nariz o de mi memoria, que a efectos prácticos suelen conspirar juntas.
Abro la separata.
Paso las páginas despacio.
Subrayados. Anotaciones. Frases mías que no reconozco. De pronto, en la página siete, encuentro un párrafo marcado con dos líneas.
“La ficción defensiva no debe considerarse únicamente un síntoma. En determinados sujetos, constituye una arquitectura de supervivencia. La pregunta clínica no es siempre cómo desmontarla, sino cuánto peso puede soportar antes de convertirse en prisión.”
Leo la frase una vez.
La habría escrito yo.
No la recuerdo.
Bajo el párrafo, la misma letra inclinada ha añadido:
¿Y si la prisión aprende a llamarse casa?
Un golpe suena al otro lado de la pared.
Me quedo quieto.
Después un arrastre.
Como si alguien moviera un mueble pesado en la habitación contigua.
Me levanto y apoyo el oído en la pared.
—¿Hola? —digo.
Me siento ridículo de inmediato.
Un psiquiatra forense de prestigio hablando con una pared en su primera hora de trabajo. Excelente comienzo. Muy prometedor para el informe final.
Vuelvo al escritorio.
Entonces veo algo que antes no estaba.
Sobre la página abierta, junto al margen inferior, hay una mancha húmeda.
El papel se oscurece alrededor.
Toco la mancha con la punta del dedo.
Me llevo el dedo a los labios antes de poder pensarlo.
Miro el techo.
No hay goteras.
Miro la ventana.
La mancha se extiende lentamente sobre la página, deformando una palabra subrayada.
Entonces llaman a la puerta.
Me quedo mirando la mancha un segundo más.
Luego cierro la separata.
—Adelante.
La puerta se abre.
No entra Mikel.
No entra Insausti.
En el umbral hay una anciana de pelo blanco, camisón claro y pies descalzos. Esta vez no lleva abrigo azul. Sus ojos pequeños, de un azul desteñido, me miran con una expresión demasiado parecida a la del ferry.
O la que creo haber visto en el ferry.
Levanta un dedo hasta los labios.
—No diga mi nombre —susurra.
Tengo que obligarme a respirar.
—¿Señora Uranga?
La anciana cierra los ojos, como si la palabra le doliera.
—Le he dicho que no lo diga.
Doy un paso hacia ella.
—¿Cómo ha llegado hasta aquí?
—Usted también lo va a olvidar.
La misma voz.
El mismo tono.
Me acerco más.
—¿Qué voy a olvidar?
La anciana mira hacia el corredor.
No tiene miedo de mí.
Tiene miedo de que la oigan.
—Las reglas son para los que aún creen que esto es una casa —dice—. Pero usted ya abrió la puerta una vez.
—¿Qué puerta?
Sus ojos vuelven a mí.
Durante un instante no parece anciana. Parece una niña atrapada en un rostro gastado.
—La del sueño.
Un sonido de pasos sube por la escalera.
Mikel.
La anciana lo oye también. Su rostro se descompone.
—Escúcheme —susurra—. Cuando le enseñen el espejo, no sonría.
—¿Qué espejo?
Los pasos se acercan.
La anciana retrocede.
—Y no confíe en su letra.
Se gira y echa a andar por el corredor con una rapidez imposible para su edad. Salgo tras ella.
—Espere.
Dobla la esquina.
Llego dos segundos después.
El pasillo está vacío.
No hay puertas abiertas. No hay sonido de pasos. No hay anciana.
Solo Mikel, al fondo de la escalera, subiendo con una bandeja en las manos.
Me ve en mitad del corredor.
—Doctor.
La bandeja contiene una taza de té, un plato con tostadas y un pequeño cuenco de mermelada.
La normalidad, cuando aparece en el momento equivocado, tiene algo indecente.
—Había una mujer aquí —digo.
Mikel no se mueve.
—¿Qué mujer?
Le sostengo la mirada.
Podría decir que no importa.
Podría empezar a actuar como el profesional sereno que se supone que soy.
Pero ya estoy cansado de la cortesía de esta casa.
—La señora Uranga. O alguien con su cara.
Mikel baja la vista hacia la bandeja.
Luego vuelve a mirarme.
—La señora Uranga está sedada desde las nueve.
—Pues se ha recuperado con admirable rapidez.
—La dejé yo mismo en la sala de reposo.
—Entonces hay dos ancianas idénticas diciendo frases inquietantes por los pasillos. Reconozco que eso mejora mucho la situación.
Mikel no sonríe.
—Vuelva a su habitación, doctor.
—No.
—Por favor.
No es una orden. No esta vez.
Es una súplica pequeña, enterrada bajo un cuerpo enorme.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunto.
Mikel mira hacia el tramo inferior de la escalera. Luego hacia la esquina vacía por la que ha desaparecido la anciana.
—Está empezando demasiado pronto —dice.
Casi para sí.
La piel de la nuca se me eriza.
—¿Qué está empezando?
Mikel se acerca y me entrega la bandeja.
Sus manos no tiemblan.
Pero su voz sí. Apenas.
—El primer día siempre es el peor.
Me quedo mirándole.
—¿El primer día de qué?
Desde algún lugar profundo de la casa llega un sonido metálico.
Una sola vez.
Tres campanadas lentas, graves, que parecen moverse por las paredes más que por el aire.
—Vuelva a su habitación.
—¿Qué significa eso?
Esta vez me mira con auténtico miedo.
—Que alguien ha entrado en el pabellón C.
La bandeja pesa de pronto en mis manos.
—¿Arozarena?
Mikel no contesta.
Echa a correr hacia la escalera.
Durante un segundo me quedo solo en el corredor, con una taza de té temblando sobre una bandeja y una frase clavada en la cabeza.
No confíe en su letra.
Vuelvo despacio a mi habitación.
Dejo la bandeja sobre el escritorio.
La separata sigue cerrada.
La mancha de agua salada ha atravesado la cubierta y ha mojado el bloc.
En la primera página, donde he escrito mis notas, hay una línea nueva debajo de mi letra.
No recuerdo haberla escrito.
Pero es mi caligrafía.
Más exacta que yo.
YA ESTÁS DENTRO.