La casa del sueño profundo Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—No prometa ayuda, libertad, castigo, comprensión ni secreto. Para algunos pacientes, una promesa es una cuerda. Para otros, una llave. Para los peores, un arma.

Señala la muñeca.

—Segunda regla: no acepte objetos de ellos.

—¿Ni siquiera si son pruebas?

—Si considera que algo puede ser relevante, avise al personal. No lo toque sin guantes y no lo guarde.

—¿Por contaminación?

—Por significado.

—Eso no es un protocolo policial. Es teología.

—En esta casa, a veces la diferencia es escasa.

Se desplaza hacia la ventana. En el patio, una ráfaga de viento arrastra hojas mojadas alrededor de la fuente seca.

—Tercera regla: no entre en zonas no autorizadas sin acompañamiento.

—¿Incluye el sótano?

—Especialmente el sótano.

Ahí está otra vez.

La cuerda interna.

No digo nada.

—Cuarta regla —continúa—: si un paciente le llama por un nombre que no es el suyo, no lo corrija de inmediato.

—¿Por qué?

—Porque puede estar revelando algo.

—O delirando.

—Ambas cosas no se excluyen.

—¿Y si me llama Napoleón?

—Pregúntele qué necesita de Napoleón.

No puedo evitar sonreír.

—Reconozco que esa respuesta es buena.

—Gracias.

—También profundamente inquietante.

—Mejor aún.

Insausti vuelve a la mesa y apoya las manos sobre el respaldo de una silla.

—Quinta regla: no cuestione la realidad compartida delante de los internos.

—¿La realidad compartida?

—La estructura terapéutica que sostiene cada pabellón.

—Explíquese.

—Algunos pacientes participan en entornos narrativos controlados.

Roles, rutinas, marcos simbólicos. No se trata de engañarles por diversión, doctor.

Se trata de evitar que su mente se fracture más de lo que ya está.

Si un interno cree estar en un internado, no se le dice de pronto que está en un sanatorio forense.

Si cree que espera a su marido para cenar, no se le recuerda sin preparación que lo mató hace doce años.

Si cree que trabaja aquí, no se le contradice delante de otros pacientes.

La última frase llega tarde a mi conciencia.

Si cree que trabaja aquí.

Siento que algo se ha movido bajo mis pies.

—¿Hay internos que creen formar parte del personal? —pregunto.

—En algunos protocolos, sí.

—Eso parece un riesgo absurdo.

—El riesgo forma parte del tratamiento cuando la alternativa es la destrucción completa de la identidad.

—Suena como una frase escrita por alguien que no va a hacerse responsable si sale mal.

—Todas las frases clínicas suenan así cuando se las escucha con suficiente cinismo.

—El cinismo es solo experiencia con buena memoria.

Insausti me mira con algo parecido a la tristeza.

—No siempre.

No me gusta cómo lo dice.

No me gusta nada.

Mikel abre la puerta de la biblioteca.

—Doctora.

Una mujer joven asoma al otro lado. Enfermera, quizá. Pelo oscuro recogido, gafas, uniforme gris. Parece nerviosa.

—Perdone —dice—. El pabellón B pregunta si se mantiene la sesión de las once.

Insausti consulta su reloj.

—Sí. Con reducción de estímulos. Y que nadie traslade a la señora Uranga hasta que vuelva Mikel.

La enfermera asiente.

Antes de marcharse, me mira.

Solo un segundo.

Pero reconozco esa mirada.

No miedo por mí.

Miedo de mí.

La puerta se cierra.

—¿Quién es la señora Uranga? —pregunto.

—Una paciente.

—¿La mujer mayor de pelo blanco?

Insausti se queda quieta.

Esta casa colecciona silencios como otros coleccionan sellos.

—¿Ha visto a la señora Uranga? —pregunta Insausti.

—Quizá.

—¿Dónde?

—En el ferry.

Mikel baja la mirada.

Insausti se quita las gafas con lentitud, aunque no recuerdo haberla visto ponérselas. Las limpia con un pañuelo blanco.

—La señora Uranga no ha salido de esta casa en once años.

El aire parece espesarse.

—Entonces no era ella.

—Probablemente no.

—Pero hay una mujer mayor de pelo blanco y abrigo azul.

—La señora Uranga no tiene abrigo azul.

—¿No?

—Los pacientes no conservan prendas de exterior.

Me froto la frente.

La jaqueca vuelve a latir. Siento una pequeña náusea. No intensa, pero sí persistente, como si mi cuerpo estuviera preparando una queja formal contra mi cerebro.

—Puede que la haya confundido.

—Puede.

—O puede que aquí todo el mundo tenga una alarmante tendencia a responder como si ocultara media frase.

Insausti vuelve a colocarse las gafas.

—También puede.

No sé si quiero gritar o reírme.

Por educación, no hago ninguna de las dos cosas.

—Doctor Valtierra —dice ella con suavidad—, ha tenido un viaje difícil, jaqueca, falta de sueño y una llegada cargada de estímulos. No sería extraño que su percepción…

—No termine esa frase.

—No pretendía ofenderle.

—Claro que sí. Lo pretendía con mucha elegancia, que es peor.

Insausti no se defiende.

—No estoy aquí para juzgar su estabilidad —dice—. Estoy aquí para proteger la investigación y protegerle a usted.

—No necesito protección.

—Esa frase suele anunciar lo contrario.

Me vuelvo hacia la ventana.

En el patio, el cielo se ha oscurecido. La tormenta no ha llegado aún, pero ya se nota su respiración. Las nubes bajan sobre la isla con una determinación casi personal.

Pienso en el guardacostas.

Esta noche el mar se cierra.

—Quiero instalarme y ver el pabellón C —digo.

—Mikel le acompañará a su habitación. Después almorzaremos y revisaremos el expediente completo.

—He dicho ahora.

—Y yo he dicho después.

Su voz sigue siendo suave.

Pero ya no hay negociación.

Durante un momento calculo si me conviene insistir. Podría. Sé hacerlo. He discutido con jueces, abogados, policías, familiares histéricos y directores de hospitales que confundían autoridad con volumen. Pero aquí hay algo distinto. No es solo que Insausti mande. Es que la casa está de su parte.

Y yo, de momento, estoy solo.

—De acuerdo —digo.

Mala palabra, “de acuerdo”. Uno debería pronunciarla siempre con testigos.

Mikel recoge mi maletín otra vez.

Salimos de la biblioteca.

Mientras avanzamos por el corredor, oigo un sonido a lo lejos.

—¿Hay niños aquí?

Mikel no se vuelve.

—No.

—He oído una risa.

—Las tuberías hacen ruido.

—Las tuberías de esta casa tienen un registro emocional admirable.

Ahora sí se vuelve.

Su rostro no es hostil. Eso sería más fácil. Parece preocupado. Y la preocupación de un hombre como Mikel tiene algo casi paternal, pero no tranquilizador. Como si supiera que hay una caída delante de ti y estuviera cansado de verte caminar hacia ella.

—Doctor —dice—, un consejo.

—Me encantan los consejos no solicitados. Suelen anunciar una desgracia.

—No intente entenderlo todo el primer día.

—Mi trabajo consiste precisamente en entender.

—No. Su trabajo consiste en no romperse mientras entiende.

Mikel continúa caminando.

Subimos por la escalera principal. Al pasar por el rellano donde he visto a la mujer, miro hacia el fondo de la galería. No hay nadie. Solo una puerta entreabierta que se mueve ligeramente con una corriente de aire.

En la madera hay una placa pequeña.

Habitación 14.

No sé por qué.

Mikel sigue dos pasos más antes de notar que no voy detrás.

—Esa zona no es de habitaciones —dice.

—La placa opina lo contrario.

—Es una sala clínica.

—¿Por qué pone habitación?

Mikel mira la puerta.

Su expresión se endurece apenas.

—Por costumbre.

—Las costumbres tienen historia.

—Algunas es mejor no conocerlas antes de comer.

Sigo mirando la placa.

Habitación 14.

Hay una marca oscura alrededor de los tornillos, como si la hubieran quitado y vuelto a poner muchas veces.

Desde el interior llega un olor leve.

El olor me golpea con una violencia íntima.

Elena usaba lavanda.

No perfume. Decía que el perfume intentaba convencer, mientras que la lavanda simplemente estaba.

La compraba en saquitos pequeños para los cajones.

Los metía entre las sábanas, en los armarios, en la maleta cuando viajábamos.

Durante meses después de su muerte, cada vez que abría un cajón en casa, el olor aparecía como una crueldad doméstica.

Doy un paso hacia la puerta.

Mikel me corta el paso.

No de forma brusca. No hace falta. Su cuerpo basta.

—Su habitación está por aquí.

—Solo quiero ver…

—No.

Lo dice bajo.

Pero la palabra pesa.

—¿Es una orden?

—Es una mala idea.

—No he preguntado eso.

Mikel sostiene mi mirada.

—Entonces sí.

Durante unos segundos ninguno de los dos se mueve.

Al final, sonrío.

—Tiene usted un talento especial para la hospitalidad.

—Y usted para buscar esquinas con la frente.

—Es una vocación.

—Se le nota.

Mi habitación está en el segundo piso, al final de un corredor con ventanas al mar.

No es una celda, aunque tiene algo de celda bien educada.

Una cama individual, un escritorio, una butaca, un armario, un baño pequeño.

Las paredes están pintadas de un color crema que pretende ser cálido y solo consigue parecer enfermo.

Hay una jarra de agua sobre la mesilla y un vaso.

Junto a la cama, una lámpara antigua. Frente al escritorio, una ventana estrecha con vistas al acantilado.

No tiene barrotes.

El cristal no se abre.

—Por seguridad —dice Mikel.

—La palabra favorita de los carceleros con conciencia.

—Y de los médicos cuando no quieren recoger cadáveres al pie del acantilado.

Toco el marco.

—¿Ha ocurrido?

—Aquí ha ocurrido casi todo alguna vez.

Mikel deja el maletín sobre la cama.

—Tiene ropa limpia en el armario, toallas en el baño y teléfono interno. La línea exterior funciona desde administración, con autorización.

—¿Con autorización?

—Por el temporal.

—Claro. El temporal también revisa llamadas.

Se dirige a la puerta.

—Vendré a buscarle a las doce y media.

—Mikel.

—Antes, en la caseta, cuando se presentó, tuve la sensación de saber su nombre.

se lo digo.

Quizá porque quiero verlo reaccionar.

Quizá porque quiero que alguien reaccione de una vez de forma normal.

Mikel mantiene la mano en el pomo.

—Me pasa mucho.

—¿La gente sabe su nombre antes de conocerle?

—No. La gente cree cosas antes de saberlas.

—Eso no es una respuesta.

—En esta casa, a veces es lo máximo que conviene tener.