Capítulo 2 #2
No me detengo demasiado, pero veo lo suficiente: una cocina, azulejos blancos, sangre en el suelo, una silla volcada, un dibujo infantil pegado a la nevera.
Siempre hay un dibujo infantil.
La mente humana debería tener prohibido añadir detalles así a las tragedias.
Pero ahí están, siempre. Dibujos, zapatillas pequeñas, tazas con animales, restos de cereales en un cuenco.
La vida cotidiana es una gran colaboradora del horror.
Le pone accesorios para que no se nos olvide que todo era normal cinco minutos antes.
—¿Arma? —pregunto.
—Cuchillo de cocina.
—¿Confesó?
—No exactamente.
—Eso suele querer decir que habló mucho y no dijo nada útil.
—Dijo que él no las había matado. Que Clara y Nora habían despertado.
—¿Despertado?
—Según su delirio, vivían dentro de una realidad falsa. Él aseguraba que al matarlas las había liberado.
Miro de nuevo la fotografía.
El hombre sonríe desde el papel con una serenidad retrospectivamente insoportable.
—¿Diagnóstico?
—Trastorno delirante persistente con episodios disociativos severos. Rasgos narcisistas. Capacidad intelectual muy alta. Excelente control verbal. Tendencia a manipular marcos narrativos.
—Un filósofo, vamos.
Mikel suelta aire por la nariz. Insausti no le ríe la gracia.
—Arozarena es peligroso no solo por lo que hizo —dice—, sino por lo que consigue que otros crean.
—¿Ha agredido a internos?
—No físicamente.
—¿Personal?
—Tampoco.
—Entonces ¿por qué dice que es peligroso?
Insausti se sienta frente a mí.
—Porque tres pacientes empeoraron gravemente después de hablar con él. Uno intentó arrancarse los párpados. Otro dejó de comer porque afirmaba que el alimento era parte del sueño. Una tercera paciente atacó a una enfermera para robarle las llaves y llegar al sótano.
la palabra me produce un pequeño movimiento interno, como una cuerda que alguien pulsa en una habitación cerrada.
—¿Qué hay en el sótano?
Insausti me mira.
—Archivos. Instalaciones técnicas. Nada que justifique arrancarse los párpados.
—Pocas cosas lo justifican.
—Exacto.
Paso otra página.
Hay notas clínicas. Registros de sesiones. Dibujos hechos por Arozarena: círculos concéntricos, puertas, ojos, una casa vista desde arriba, una palabra repetida varias veces en griego.
TICHÉ.
El dolor de cabeza se concentra en un punto detrás de mi ojo izquierdo.
—¿Qué significa esto? —pregunto.
Insausti mira la hoja.
—Tyché. Azar. Destino. Fortuna. Arozarena está obsesionado con la idea de que la libertad es una ficción retrospectiva. Cree que solo llamamos elección al punto exacto donde ignoramos las fuerzas que nos empujan.
—Tiene encanto para las sobremesas, imagino.
—Tiene encanto para personas muy vulnerables.
Toco la palabra con la yema del dedo.
La tinta parece más oscura que el resto.
TICHÉ.
Siento una molestia en el dorso de mi mano. Instintivamente, bajo la vista.
Unas venas marcadas. Una pequeña cicatriz antigua cerca del pulgar. Ningún tatuaje. Ninguna palabra.
¿Por qué iba a haberla?
Cierro la carpeta.
—¿Cuándo desapareció?
—Anoche. Entre las 21:40 y las 22:10.
—¿Después de la cena?
—Durante el cierre de pabellones.
—¿Quién lo vio por última vez?
—Mikel.
Miro al enfermero.
Él no se inmuta.
—Estaba en su habitación —dice—. Sentado en la cama. Tranquilo.
—¿Tranquilo cómo?
—Demasiado tranquilo.
—Eso no es un dato clínico.
—Aquí sí.
Su respuesta me gusta poco.
—¿Dijo algo?
Mikel mira a Insausti, como si pidiera permiso.
—Dijo: “Ya viene”.
La biblioteca parece enfriarse un poco.
—¿Ya viene quién? —pregunto.
—No lo dijo.
—¿Y usted no preguntó?
Mikel sostiene mi mirada.
—Sí.
—¿Y?
—Sonrió.
A veces uno no necesita muchos detalles para imaginar una escena. Un pasillo de alta seguridad. Una puerta acolchada. Un hombre sentado en una cama. Un enfermero enorme al otro lado. Y una sonrisa que no responde a una pregunta porque sabe que la pregunta ya ha llegado tarde.
—¿Cómo salió de su habitación? —pregunto.
Insausti abre otra carpeta y saca un plano del pabellón.
—No lo sabemos.
—Una frase preciosa para empezar una investigación.
—La puerta no fue forzada. La cerradura funcionaba. El registro de llaves no muestra irregularidades.
—¿Ventanas?
—Selladas.
—Conductos de ventilación.
—Demasiado estrechos.
—Falso techo.
—No en esa zona.
—¿Personal implicado?
—Es una posibilidad.
—Es la posibilidad.
Insausti no se ofende.
—Por eso está usted aquí.
Apoyo los dedos sobre el plano.
La habitación de Arozarena está marcada en rojo. Pabellón C. Ala norte. Cerca de una sala común, dos habitaciones ocupadas y una escalera de servicio que, según el plano, no tiene acceso directo al exterior.
—Necesito hablar con todos los que estuvieron de turno.
—Por supuesto.
—También con los internos más cercanos a su habitación.
—Con supervisión.
—Sin supervisión.
—No.
—Doctora, si quiere una investigación independiente…
—Quiero una investigación útil. No una demostración de orgullo profesional.
—Las entrevistas supervisadas contaminan el testimonio.
—Las entrevistas sin supervisión pueden terminar con un psiquiatra externo convertido en rehén emocional, físico o narrativo de un paciente muy entrenado.
—No soy precisamente nuevo en esto.
—No —dice ella—. Ese es uno de los problemas.
Hay una tensión limpia entre los dos. Casi estimulante. Bajo otras circunstancias, podría disfrutarla. Bajo estas, la tensión me recuerda demasiado a un hilo tendido en la oscuridad, justo a la altura del cuello.
—¿Por qué yo? —pregunto.
Insausti no responde enseguida.
Mikel se mueve junto a la puerta. Un paso apenas. Pero lo oigo.
—Porque usted entiende los relatos defensivos —dice ella al fin—. Y porque Arozarena conoce su trabajo.
—Muchos pacientes leen cosas raras.
—Lucas lo leyó obsesivamente.
—¿Qué trabajo?
Insausti abre un cajón de la mesa y saca una separata académica.
La coloca delante de mí.
El papel está gastado en los bordes, subrayado, anotado a mano. En la portada leo:
ADRIÁN VALTIERRA
Identidad traumática y ficción funcional: hacia un modelo narrativo de contención del yo disociado.
Me quedo mirando el título.
Siento primero extrañeza.
Luego una incomodidad más profunda.
Mi nombre está ahí. La institución, la revista, el año de publicación. Todo parece correcto. Incluso reconozco la estructura del título, esa mezcla de solemnidad y vanidad que uno adopta cuando escribe para otros especialistas y finge no querer impresionarlos.
Pero no recuerdo haberlo escrito.
No es que no recuerde cada frase. Eso sería normal. He publicado demasiado, y la memoria académica es un cementerio de párrafos que uno defendió con pasión y olvidó con alivio. Es otra cosa. Más limpia. Más alarmante.
No recuerdo el artículo.
No recuerdo haber pensado esa idea.
No recuerdo haber usado esa expresión: ficción funcional.
—¿Cuándo se publicó? —pregunto.
—Hace nueve años.
Hace nueve años Elena aún vivía.
El pensamiento aparece sin permiso.
Elena en la cocina, descalza, riéndose de algo que he dicho. Elena leyendo uno de mis artículos en voz alta con tono dramático para burlarse de mi estilo. Elena diciendo: “Adrián, algún día vas a escribir una frase tan larga que te van a ingresar por ella”.
La sonrisa se me rompe antes de llegar.
—No lo recuerdo —digo.
La sinceridad me irrita en cuanto sale.
Insausti no parece sorprendida.
—Ha escrito mucho —dice.
—No tanto como para olvidar un artículo que, según usted, inspiró su protocolo.
—Quizá no le dio importancia en su momento.
—Doctora, los académicos somos criaturas miserables. Recordamos hasta las notas a pie de página que nos han citado mal.
Mikel mira al suelo. Esta vez sí parece que le hace gracia, pero tiene la prudencia de no demostrarlo demasiado.
Cojo la separata.
La primera página está llena de anotaciones al margen. Flechas, círculos, signos de interrogación. Algunas frases subrayadas con violencia.
“La identidad no es un núcleo, sino una negociación narrativa sostenida por testigos internos y externos.”
Y, al mismo tiempo, no.
Las anotaciones al margen tienen una letra inclinada, nerviosa, con trazos firmes.
Se parecen a mi letra. Mucho. Demasiado.
Pero hay algo ligeramente distinto en la presión, en la forma de cerrar las aes, en los finales de palabra.
Como si alguien me hubiera imitado después de estudiarme durante años.
O como si yo hubiera escrito en un estado físico o mental que no reconozco.
En la última línea, una frase está rodeada por un círculo negro:
Si se cambia el relato, se cambia la culpa.
Debajo, alguien ha añadido a mano:
¿Y si se cambia al culpable?
—¿Quién hizo estas anotaciones?
—Arozarena.
—¿Está segura?
—Encontramos esa copia en su habitación.
—La letra se parece a la mía.
—Él imitaba escrituras.
—Qué talento tan tranquilizador.
—Imitaba voces, gestos, estilos de pensamiento. Era parte de su patología. O de su inteligencia. Con Lucas siempre resulta difícil separar una cosa de la otra.
Vuelvo a mirar la frase.
¿Y si se cambia al culpable?
El dolor de cabeza aumenta.
tengo la sensación absurda de que la tinta se mueve. No mucho. Apenas un temblor en el borde de las letras, como si el papel respirara.
Cuando los abro, la frase sigue quieta.
—Necesito ver su habitación —digo.
—La verá.
—Ahora.
—Primero debe conocer las reglas.
—Me han dado una lista en el muelle. Muy pintoresca. Especialmente la parte de no contestar llamadas procedentes del mar.
—Es una buena norma.
—Empiezo a preocuparme por la cantidad de personas que aquí dicen eso sin reírse.
Insausti se levanta.
—Las reglas del centro son distintas.
Camina hasta una vitrina cerrada con llave. Dentro hay objetos personales: relojes, gafas, plumas, rosarios, una navaja, una cajita de música, una muñeca sin ojos. Cada objeto tiene una etiqueta.
—Primera regla —dice—: no prometa nada a un interno.
—Eso es sensato.