La casa del sueño profundo Capítulo 2
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Capítulo 2

La directora y las reglas

La puerta cerrada a mi espalda tiene una virtud admirable: no necesita decir nada para dejar claro que ya he llegado demasiado lejos.

El vestíbulo permanece en silencio unos segundos.

Un silencio espeso, educado, institucional.

De esos que no parecen ausencia de ruido, sino presencia de algo que escucha.

La Casa del Sueño Profundo tiene esa clase de silencio.

No el de una iglesia vacía ni el de un hospital de madrugada.

Es un silencio más antiguo. Más paciente.

Como si las paredes hubieran aprendido a esperar antes que las personas.

La doctora Insausti me observa con una atención casi amable.

—¿Ha visto algo? —pregunta.

Miro de nuevo hacia el rellano.

No hay nadie.

La escalera principal asciende en dos tramos hasta una galería interior con barandilla de hierro.

En la pared cuelgan retratos antiguos de médicos con barba, mirada severa y esa expresión tan propia de los pioneros de la psiquiatría: mitad ciencia, mitad ganas de encerrar a todo el mundo por su propio bien.

No hay mujer. No hay abrigo azul. No hay dedo en los labios.

Solo mi jaqueca, mi cansancio y una casa que parece saber colocar sombras donde más conviene.

—Nada importante —digo.

Insausti inclina apenas la cabeza.

—Aquí conviene no despreciar nada solo porque parezca poco importante.

—Una filosofía útil para la medicina y para los matrimonios fallidos.

Se me escapa antes de pensarlo.

Durante un instante, el rostro de Insausti cambia. No mucho. Apenas una tensión mínima en la mandíbula. Pero la veo.

Y como la veo, sé que he dicho algo que ha caído en un lugar exacto.

No sé cuál.

—¿Ha estado casado, doctor Valtierra? —pregunta.

—Viudo.

No “estuve casado”. No “mi mujer murió”. Viudo. Una palabra breve, limpia, casi burocrática. Como si el lenguaje hubiera decidido comprimir una vida entera en dos sílabas para que no molestara demasiado en las conversaciones.

Insausti baja la mirada un segundo.

—Lo siento.

—La gente siempre lo siente.

—¿Y usted?

No respondo enseguida.

Veo, de pronto, una curva de carretera mojada. Faros. Lluvia golpeando el parabrisas. Una mano femenina sobre el salpicadero. Un grito que no llega a formarse del todo.

El recuerdo se corta como una película quemada.

—Yo procuro no sentir en horario laboral —digo.

Insausti no sonríe.

Mikel carraspea a mi espalda, como si mi frase hubiera incomodado al aire.

La doctora da un paso hacia el interior del vestíbulo.

—Acompáñeme. Le enseñaré el ala administrativa antes de que empecemos con el caso.

—Preferiría empezar directamente con el caso.

—Lo sé.

Lo dice con una naturalidad que me molesta.

—¿Lo sabe?

—Es usted un hombre impaciente cuando tiene miedo de perder el control.

—Qué observación tan rápida.

—No tanto.

Vuelve a sonreír, pero esta vez la sonrisa tiene algo más clínico que social.

—He leído sus trabajos.

—Mis trabajos suelen provocar sueño, no diagnósticos de personalidad.

—A veces ambas cosas van unidas.

Mikel se adelanta para coger mi maletín.

—Puedo llevarlo yo —digo.

—Claro que puede —responde él.

Y lo lleva igualmente.

Hay gente que tiene una forma muy educada de ignorar tus deseos. En mi experiencia profesional, suelen acabar dirigiendo instituciones o familias.

Atravesamos el vestíbulo.

El suelo de mármol está tan pulido que refleja las lámparas del techo como pequeños ojos amarillos.

A la izquierda hay una puerta doble con cristales esmerilados.

A la derecha, un corredor largo, alfombrado, que se pierde hacia una zona más oscura del edificio.

Sobre algunas puertas hay placas metálicas: Administración.

Archivo clínico. Sala de juntas. Enfermería central.

Todo está demasiado ordenado.

Los centros psiquiátricos de alta seguridad tienen su propio ecosistema de desorden: pasos rápidos, voces amortiguadas, llaves, carros, quejas, algún grito ocasional, el ruido de una televisión encendida en una sala común, el olor a comida recalentada mezclado con productos de limpieza y desesperación.

Aquí no. Aquí todo parece suspendido. Preparado.

Como una casa que ha mandado callar a sus habitantes porque ha llegado visita.

—¿Cuántos internos hay actualmente? —pregunto.

—Treinta y dos.

—¿Todos forenses?

—Todos con antecedentes judiciales o clínicos de alta complejidad.

—Una forma elegante de decir peligrosos.

—Una forma precisa de decir complejos.

—La precisión también puede ser elegante.

—Y la elegancia también puede ser una forma de mentir.

La miro de reojo.

Insausti camina con las manos enlazadas delante del cuerpo, la espalda recta, el paso lento. No tiene prisa. Esa clase de calma solo la poseen dos tipos de personas: quienes controlan completamente una situación y quienes han renunciado a creer que exista algo llamado control.

Todavía no sé en cuál de los dos grupos colocarla.

—¿Lucas Arozarena pertenece a ese grupo? —pregunto.

—A todos, probablemente.

—Necesitaré su expediente completo.

—Lo tendrá.

—Sin recortes.

—Por supuesto.

—Y acceso al personal que lo trataba.

—También.

—Y a las cámaras de seguridad.

La doctora se detiene.

Lo hace justo delante de una ventana que da al patio interior. La luz gris entra por el cristal y le endurece los rasgos.

—No hay cámaras en los pabellones clínicos.

—¿Está de broma?

—No.

—Es un centro de alta seguridad.

—Y también un centro terapéutico.

—Los centros terapéuticos no suelen perder internos homicidas.

Mikel mueve ligeramente la cabeza, como si quisiera decir algo, pero se calla.

Insausti no aparta los ojos de mí.

—Los pacientes no están vigilados mediante cámaras porque la Terapia de Inmersión Profunda requiere preservar la continuidad de la experiencia.

—Eso suena peligrosamente parecido a una excusa.

—Muchas innovaciones lo parecen antes de ser aceptadas.

—Y muchas negligencias antes de ser condenadas.

Insausti tarda un segundo en responder.

—Por eso está usted aquí, doctor. Para distinguir una cosa de la otra.

No debería gustarme su respuesta.

El corredor desemboca en una sala amplia, una biblioteca administrativa. Hay estanterías de madera oscura, archivadores metálicos, una mesa central y una chimenea apagada. En una pared, un mapa de la isla con distintas zonas coloreadas. Junto al mapa, una pizarra con horarios escritos a mano.

08:00 — Desayuno supervisado.

09:00 — Terapia grupal adaptativa.

11:30 — Sesiones de integración.

13:00 — Almuerzo.

15:00 — Reposo estructurado.

17:00 — Actividades de inmersión.

20:00 — Cena.

22:00 — Cierre de pabellones.

Debajo, en letras más pequeñas:

EL RELATO ES EL CONTENEDOR.

Leo la frase dos veces.

—Bonito lema —digo—. Muy de secta con financiación pública.

Por primera vez, Mikel sonríe.

Insausti le lanza una mirada.

Mikel deja de sonreír.

—No somos una secta, doctor —dice ella.

—Eso suelen decirlo todas.

—Tampoco recibimos financiación pública.

—Ah. Entonces es una secta privada. Mucho más distinguido.

Insausti se vuelve hacia mí. Podría enfadarse. No lo hace. Su paciencia me parece menos una virtud que un instrumento quirúrgico.

—La Casa del Sueño Profundo es una institución concertada con distintos juzgados y hospitales penitenciarios.

Aceptamos únicamente casos que han fracasado en otros dispositivos.

Pacientes con estructuras disociativas graves, trastornos psicóticos resistentes, memorias traumáticas encapsuladas y conductas violentas vinculadas a una negación radical del hecho cometido.

—Personas que no soportan recordar lo que hicieron.

—Personas que han construido una realidad entera para no recordarlo.

Me duele la cabeza.

—¿Y su método consiste en… qué exactamente? ¿Romperles esa realidad?

—No. Entrar en ella.

Insausti se acerca a la mesa central. Encima hay varias carpetas preparadas. Todas alineadas. Todas demasiado nuevas. Toca una de ellas con los dedos.

—La mente no abandona una mentira solo porque alguien le muestre una verdad.

Eso lo sabe usted mejor que nadie. Si la mentira sostiene al sujeto, destruirla puede destruir también al sujeto.

Nosotros no arrancamos la ficción. La habitamos con él.

Le damos forma, reglas, límites, personajes.

Permitimos que el paciente recorra su propio relato hasta que encuentra, por sí mismo, el punto en el que la mentira deja de protegerle y empieza a encerrarle.

Me quedo callado.

Porque, por irritante que resulte, la idea tiene sentido.

Un sentido peligroso.

—Terapia de Inmersión Profunda —digo.

—Exacto.

—Me habló de ella por teléfono.

—Brevemente.

—¿Y esto está autorizado?

—Con consentimiento judicial, familiar y médico. En algunos casos, también del paciente.

—“En algunos casos” es una grieta bastante ancha.

—La psiquiatría forense está llena de grietas. Usted ha hecho carrera escribiendo sobre ellas.

Toca la carpeta y la empuja hacia mí.

—Lucas Arozarena.

No la abro todavía.

Me quedo mirando el nombre.

Hay nombres que ya vienen manchados antes de que uno los conozca. No por lo que significan, sino por la forma en que los demás los pronuncian. Este tiene esa suciedad previa. Una especie de sombra adherida.

—Profesor de filosofía —dice Insausti—. Universidad de Deusto. Especialista en pensamiento trágico, culpa y libertad moral. Brillante. Carismático. Admirado. Casado con Clara Echevarría. Una hija, Nora, de ocho años.

Mikel baja la mirada.

—Hace siete años asesinó a ambas.

Abro la carpeta.

La primera fotografía me golpea con más fuerza de la esperada.

Arozarena aparece en una imagen de archivo universitario. Un hombre de unos cincuenta años, pelo canoso, gafas redondas, rostro delgado, sonrisa leve. Tiene el aspecto de alguien que podría citar a Kierkegaard mientras te roba el paraguas y conseguir que le dieras las gracias.

Paso la página.

Fotografías de la escena.