Capítulo 1 #3
El coche toma una curva. La Casa del Sueño Profundo aparece al frente, cada vez más próxima. La piedra negra está manchada de líquenes. Algunas ventanas tienen barrotes discretos, integrados en la arquitectura con ese buen gusto siniestro de las instituciones que no quieren parecer cárceles.
En la entrada principal hay una escalinata ancha, flanqueada por dos estatuas erosionadas. No distingo qué representan. Figuras humanas, quizá. O ángeles. O pacientes que llevan tanto tiempo esperando que la piedra se ha cansado por ellos.
—¿Qué sabe exactamente del caso? —pregunta Mikel.
—Lo básico. Un interno desaparecido. Lucas Arozarena.
Mikel no aparta la vista de la carretera.
—No desaparecido.
—¿No?
—Aquí nadie desaparece del todo.
Espero una aclaración.
—¿Entonces?
—No está donde debería estar.
—Esa es una definición bastante elegante de desaparición.
Mikel suelta una risa breve.
—La doctora Insausti le dará los detalles.
—¿Es peligroso?
—Mucho.
—¿Para sí mismo o para los demás?
—Sí.
Esta gente tiene un talento natural para arruinar las preguntas cerradas.
El coche cruza una verja de hierro que se abre antes de que lleguemos. No veo a nadie accionándola. Las bisagras chirrían con un sonido largo, casi animal. Pasamos al patio interior.
El edificio me rodea.
No es una metáfora. Al cruzar la verja, la arquitectura parece cerrarse a nuestra espalda. Hay un patio empedrado, una fuente seca en el centro y tres alas principales conectadas por corredores cubiertos. La torre se eleva sobre el ala norte. Desde abajo, sus ventanas son ojos estrechos.
Mikel apaga el motor.
Durante un instante, ninguno de los dos se mueve.
Escucho el viento.
Y algo más.
Como una puerta mal cerrada.
O como alguien llamando desde dentro de una pared.
—¿Qué es eso? —pregunto.
Mikel ladea la cabeza.
—¿El qué?
El golpe cesa.
—Nada.
Él asiente, como si esa respuesta fuera la esperada.
Bajamos del coche. La puerta principal se abre antes de que lleguemos. Una mujer aparece en el umbral.
Alta. Delgada. Pelo gris recogido en un moño bajo. Traje oscuro. Rostro sereno, inteligente, con una amabilidad tan perfecta que no resulta del todo humana.
La doctora Insausti.
—Doctor Valtierra.
Mi dolor de cabeza, que había empezado a retirarse, vuelve con una punzada limpia.
—Doctora.
Subo los escalones.
Ella me tiende la mano. Sus dedos están fríos.
—Bienvenido a la Casa del Sueño Profundo.
Miro por encima de su hombro.
El vestíbulo se abre detrás de ella con suelos de mármol oscuro, lámparas antiguas y un silencio impropio de un centro psiquiátrico. No oigo voces. No oigo pasos. No oigo vida. Solo el rumor distante del mar filtrándose por las paredes.
—Gracias por venir con tan poca antelación —dice Insausti.
—Su llamada parecía urgente.
—Lo es.
—Entonces quizá podamos empezar cuanto antes.
Su sonrisa se afina apenas.
—Por supuesto. Pero antes debería descansar un poco. El viaje suele afectar a los recién llegados.
la expresión me molesta.
—Estoy bien.
—Tiene mala cara.
—Es mi cara habitual. Procuro no culparla.
Por primera vez, Insausti parece divertirse de verdad.
—Conserva usted el humor clínico. Siempre me ha parecido una forma muy sofisticada de pedir auxilio.
—¿Nos conocemos?
Mikel, a mi espalda, deja de moverse.
Insausti no pierde la calma. Al contrario. Su rostro adquiere una suavidad casi compasiva.
—Por reputación, doctor. Solo por reputación.
Algo en la respuesta no encaja.
Quizá la pausa previa. Quizá el modo en que Mikel ha contenido el aliento. Quizá que mi propia pregunta me ha sorprendido más que a ellos.
Insausti se aparta para dejarme pasar.
El aire del vestíbulo es más cálido, pero no más acogedor. Huele a cera, a madera antigua y a una nota muy leve de desinfectante. En una pared hay un cuadro al óleo del edificio visto desde el mar. En otra, una placa de bronce:
CASA DEL SUEÑO PROFUNDO
Instituto de Psiquiatría Forense y Rehabilitación Cognitiva
Fundado en 1891
Debajo, grabada en letras más pequeñas, una frase en latín:
Somnus porta est.
El sueño es una puerta.
Muy tranquilizador. Casi dan ganas de tumbarse en el suelo y dejar que la institución te devore con buenos modales.
—¿Le gusta? —pregunta Insausti.
—No sé si “gustar” es el verbo.
—La casa tiene carácter.
—Eso suele decirse de los lugares incómodos.
—Y de algunas personas.
Me mira con una atención tranquila, quirúrgica.
—Creo que por eso se entenderán bien.
Antes de que pueda responder, algo se mueve en la escalera principal.
En el rellano del primer piso hay una figura.
Delgada, con un abrigo azul sobre un vestido claro.
La misma mujer del ferry.
Me mira desde arriba.
Solo levanta una mano, muy despacio, y se lleva un dedo a los labios.
El rellano está vacío.
Me quedo quieto en mitad del vestíbulo.
Insausti sigue mi mirada.
—¿Doctor?
—Nada.
Mikel cierra la puerta principal a mi espalda.
El golpe retumba en el vestíbulo con una contundencia definitiva.
Por un instante, tengo la sensación irracional de que no acaba de cerrarse una puerta.
Acaba de cerrarse el mundo.