La casa del sueño profundo Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Pero sé que me está haciendo señas.

Se me seca la boca.

Entorno los ojos. La niebla pasa por delante de la fachada como un paño sucio. La figura sigue ahí. O creo que sigue ahí. El cristal refleja el mar, el cielo, la cubierta del ferry. No estoy seguro.

La ventana está vacía.

—¿Ha visto eso? —pregunto.

El marinero no responde.

Me vuelvo hacia él.

Ya no está.

La puerta de la cabina se cierra con un golpe seco a mis espaldas.

Durante unos segundos me quedo quieto, mirando la ventana vacía, con la mano aferrada a la barandilla y el corazón latiendo demasiado rápido para una simple confusión óptica.

Me digo que es la jaqueca, el viaje, la falta de sueño, el modo en que la niebla convierte cualquier cosa en una amenaza si uno tiene suficiente imaginación y un sistema nervioso poco cooperativo.

Sé lo que hace la mente cuando no encuentra explicaciones: las fabrica.

También sé que las explicaciones fabricadas suelen ser las más convincentes.

El ferry atraca con una sacudida.

El hombre de la gorra baja primero, sin mirar a nadie. La mujer mayor le sigue con pasos pequeños, agarrada a una bolsa de tela. Cuando pasa junto a mí, se detiene.

—No la mire mucho —dice.

—¿A quién?

La mujer inclina la cabeza hacia el edificio.

—A la casa.

Se me escapa una sonrisa breve. No porque me haga gracia, sino porque mi cuerpo decide que una sonrisa es más digna que admitir incomodidad.

—No soy supersticioso.

—Mejor —dice ella—. Así tardará un poco más.

—¿En qué?

Pero la mujer ya ha bajado por la pasarela.

La sigo con el maletín en una mano y la carpeta bajo el brazo. El embarcadero es de madera vieja, húmeda, y cruje bajo mis zapatos. El viento trae olor a sal, a algas podridas y a piedra mojada. Un guardacostas espera al final del muelle.

Es un hombre ancho, de cuello corto, con una barba gris mal recortada y un impermeable amarillo que le da un aspecto vagamente ridículo, como de santo patrón de los naufragios. Sostiene una libreta dentro de una funda de plástico.

—Nombre —dice.

No pregunta. Ordena.

—Doctor Adrián Valtierra.

El guardacostas busca en la libreta. Su dedo, grueso y enrojecido por el frío, baja por una lista.

—Valtierra —repite.

No sé si lee mi nombre o lo comprueba en su memoria.

—¿Algún problema?

—Aquí todo es un problema hasta que deja de serlo.

Definitivamente, debe de haber una escuela local donde enseñan a responder con frases irritantes.

El guardacostas me entrega una hoja plastificada.

—Normas de acceso.

Son seis puntos escritos con una tipografía burocrática y desangelada.

No abandonar el sendero de piedra durante la bajamar.

No cruzar si hay niebla cerrada.

No cruzar después del aviso sonoro.

No detenerse en el tramo central.

No intentar recuperar objetos caídos al agua.

No responder a llamadas procedentes del mar.

Leo el último punto dos veces.

—¿Esto es una broma?

El guardacostas ni pestañea.

—Ojalá.

—¿“No responder a llamadas procedentes del mar”?

—Hay viento. Gaviotas. Ecos. La gente oye cosas.

—Ya.

—Y cuando cree que oye cosas, hace estupideces.

Dobla la libreta, la guarda bajo el impermeable y mira el cielo.

—El coche del centro no ha llegado todavía. Puede esperar en la caseta.

Señala una construcción baja junto al muelle. Dentro se ve una bombilla encendida y una silla metálica.

—Prefiero andar un poco.

El guardacostas me mira entonces de verdad. Tiene los ojos claros, casi transparentes, y una expresión que me resulta desagradablemente familiar. La he visto en familiares de pacientes cuando creen saber algo que el médico todavía no ha entendido.

—No es sitio para pasear.

—Solo necesito estirar las piernas.

—Como quiera.

Bajo del muelle a la playa. La arena es oscura, compacta, mezclada con piedras.

A unos metros, el camino de la marea se extiende hacia la base del acantilado.

Las rocas brillan bajo una capa fina de agua.

No hay barandilla. No hay cuerda. Nada que indique que alguien sensato haya aprobado aquello como vía de acceso a una institución médica.

A medio camino, una campana oxidada cuelga de un poste.

Más allá, una pendiente estrecha asciende entre las rocas hacia la carretera privada que lleva al sanatorio.

El ferry ya empieza a apartarse del muelle.

Lo miro alejarse con una sensación absurda de pérdida. Como si hubiera dejado escapar algo más que un medio de transporte. Como si, al poner un pie en la isla, hubiese firmado un documento sin leer la letra pequeña.

Saco el móvil.

Guardo el aparato y avanzo unos pasos por la playa.

El viento me tira del abrigo. Las gaviotas chillan sobre los acantilados con una histeria muy convincente.

A cada paso, la Casa del Sueño Profundo parece cambiar de tamaño.

Desde el ferry era grande. Desde la playa es excesiva.

Hay edificios anexos, galerías acristaladas, patios cerrados por muros altos.

La torre se eleva sobre todo lo demás con una ventana estrecha en la parte superior.

Vuelvo a mirarla.

Me obligo a apartar la vista.

La sugestión empieza así: una percepción ambigua, un estado fisiológico alterado, un contexto cargado de expectativa y la necesidad humana, siempre tan patética, de convertir el azar en mensaje.

Podría explicárselo a un tribunal con un lenguaje impecable.

Podría citar estudios. Podría dibujar un esquema.

Camino hasta la caseta del guardacostas. Dentro huele a café recalentado y a humedad. Hay una mesa, una radio antigua, mapas plastificados y una estufa eléctrica que emite más luz que calor. El guardacostas entra detrás de mí y cierra la puerta.

—El coche tardará diez minutos.

—Gracias.

Él sirve café en un vaso de plástico sin preguntar si quiero. Lo deja delante de mí.

—Le conviene.

—¿Por la jaqueca?

El guardacostas se queda quieto.

—¿Tiene jaqueca?

Me arrepiento de haberlo dicho.

—Un poco.

—Aquí da mucha —murmura.

La misma frase que la mujer del ferry.

—Eso me han dicho.

El guardacostas me mira con atención.

—¿Quién?

—Una señora en el ferry.

—¿Qué señora?

—Mayor. Pelo blanco. Abrigo azul.

El hombre tarda un segundo en contestar. Solo uno. Pero lo noto.

—No venía ninguna señora en el ferry.

Siento una pequeña presión en el estómago.

—Claro que venía.

—Han bajado usted y Etxeberria.

—¿El hombre de la gorra?

—Sí.

—Y una mujer.

—No.

Lo dice con tanta serenidad que resulta ofensivo.

—La he visto bajar —insisto—. Ha pasado por la pasarela delante de mí.

El guardacostas coge el vaso de café, bebe un trago y se quema. Hace una mueca.

—Sería alguien del centro.

—Ha bajado del ferry.

—Entonces sería alguien del centro —repite.

Comprendo que la conversación ha terminado. O, mejor dicho, que acaba de cerrarse como se cierran algunas puertas: despacio, pero con pestillo.

Está horrible. Hirviendo, aguado, con un regusto metálico.

Aun así, el calor me ayuda. La cabeza deja de latir con tanta violencia.

Miro los mapas de la pared. La isla de San Telmo parece una uña rota en mitad del Cantábrico.

Hay marcas en rojo alrededor de la costa, pequeñas cruces, fechas, anotaciones ilegibles.

En la parte superior del mapa alguien ha escrito a mano:

LA MAREA NO PERDONA.

—¿Trabaja mucha gente en la isla? —pregunto.

—La suficiente.

—¿Vive allí el personal?

—A turnos.

—¿Y los pacientes?

El guardacostas me mira.

—Los internos no salen.

—Eso ya lo suponía.

—No —dice—. No lo supone.

Hay algo en su voz. Una aspereza. Como si la palabra “salir” no significara exactamente lo mismo para los dos.

Antes de que pueda pedirle que se explique, se oye un motor fuera.

Un coche negro aparece por la carretera baja, descendiendo desde el acantilado. Es antiguo, robusto, de esos vehículos oficiales que parecen diseñados para trasladar ataúdes con discreción. Se detiene frente a la caseta. La puerta del conductor se abre y baja un hombre enorme con uniforme gris.

Mikel.

No sé cómo sé su nombre.

El pensamiento me llega antes de verlo bien. Antes de que el guardacostas lo salude. Antes de que el hombre se acerque con pasos pesados sobre la grava.

Mikel.

Enfermero. Grandullón. Manos anchas. Barba corta. Ojos cansados.

Me quedo inmóvil.

El hombre abre la puerta de la caseta y sonríe.

—Doctor Valtierra.

Su voz es grave, templada, casi paternal.

—Soy Mikel Aguirre. Vengo de parte de la doctora Insausti.

Me levanto despacio.

—Encantado.

Le doy la mano. La suya envuelve la mía con una fuerza contenida. Tiene la palma caliente, áspera.

—¿Buen viaje? —pregunta.

Estoy a punto de decir que sí. Una respuesta automática, civilizada, inútil. En lugar de eso, no sé por qué, digo:

—No lo recuerdo del todo.

Mikel mantiene la sonrisa.

Pero algo cambia en sus ojos.

—El mar revuelve a cualquiera —dice—. Y más con este tiempo.

El guardacostas carraspea.

—Se cierra esta tarde.

—Lo sabemos —responde Mikel.

—Luego no quiero llamadas.

—No las habrá.

Se miran un instante. Hay una conversación entera ahí, una que no me pertenece.

Mikel coge mi maletín antes de que pueda negarme.

—Vamos. La doctora le espera.

El aire parece aún más frío. El coche tiene las puertas traseras pesadas y un olor interior a cuero mojado, desinfectante y tabaco antiguo. Me siento atrás. Mikel coloca mi maletín a mi lado y arranca.

El camino sube enseguida.

La carretera es estrecha, excavada en la roca, con curvas cerradas y un desnivel que se abre a mi derecha como una invitación al desastre. No hay quitamiedos en algunos tramos. Solo estacas de madera unidas por cadenas oxidadas. Abajo, el mar golpea los acantilados con una violencia metódica.

—¿Primera vez en San Telmo? —pregunta Mikel.

Miro su nuca por encima del asiento.

Podría decir que sí.

Debería decir que sí.

Pero la palabra no sale enseguida.

—Creo que sí.

Mikel no pregunta por qué “creo”.

—La isla impresiona al principio.

—¿Y después?

—Después también. Uno simplemente aprende a fingir que no.