La casa del sueño profundo
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Capítulo 1
El camino de la marea
Despierto con la sensación de haber muerto mal.
No muerto del todo, no. Eso sería demasiado limpio. Demasiado administrativo. Despierto como si alguien hubiera dejado mi cuerpo a medias en algún sitio y luego hubiese tenido la indecencia de devolvérmelo sin revisar que todas las piezas encajaran.
Lo primero que noto es el sabor a hierro en la boca.
Después, el dolor.
Me atraviesa la cabeza desde la nuca hasta los ojos, una punzada espesa, constante, como si el cráneo fuera una habitación cerrada donde alguien golpea las paredes con una llave inglesa.
Parpadeo. El mundo tarda en regresar. Al principio solo hay una mancha gris, oscilante, húmeda.
Luego el gris se divide en tablas viejas, bancos de madera, una ventanilla empañada y una lámpara amarillenta que se balancea sobre mi cabeza con la resignación de quien lleva años iluminando cosas que preferiría no ver.
Estoy en un ferry.
Eso lo sé antes de recordarlo. El suelo vibra bajo mis pies.
El motor ronronea en algún lugar profundo, animal, cansado.
El olor a gasóleo se mezcla con el del mar y con una humedad vieja que parece haberse instalado en la ropa, en la madera, en los pulmones de todos los que han pasado alguna vez por aquí.
Me incorporo demasiado deprisa.
El dolor me muerde detrás de los ojos.
—Joder…
Mi propia voz suena rota, ajena, como si llevara horas sin usarla. Me apoyo en el respaldo del banco y cierro los ojos. Unos segundos. Solo necesito unos segundos.
Cuando vuelvo a abrirlos, veo mi maletín en el suelo, junto a mis zapatos.
Negro. De cuero. Con dos iniciales grabadas en una esquina: A. V.
Mi nombre me llega como una etiqueta pegada a un cadáver.
Sé que es mío, claro. Sé quién soy. Doctor Adrián Valtierra.
Psiquiatra forense. Cuarenta y siete años.
Consultor externo en varios procedimientos judiciales.
Autor de artículos que nadie lee salvo otros psiquiatras forenses, lo cual demuestra que la crueldad académica tiene muchas formas y casi ninguna piedad.
Sé todo eso.
Y, aun así, durante un instante extraño, incómodo, no siento que ese nombre me pertenezca del todo.
El ferry está casi vacío. Hay un hombre dormido tres bancos más allá, con una gorra hundida hasta las cejas y una bolsa de lona abrazada contra el pecho.
Una mujer mayor mira por la ventanilla sin moverse, tan quieta que podría formar parte del mobiliario.
Cerca de la puerta, un marinero delgado fuma bajo un cartel que prohíbe fumar con una autoridad ya derrotada.
Nadie me mira.
Busco en el bolsillo interior de mi abrigo. Encuentro la cartera. El documento de identidad. Una tarjeta profesional. Un recibo doblado de una cafetería de Santander. Un billete de ferry con la tinta corrida por la humedad.
Destino: Isla de San Telmo.
Salida: 07:40.
Miro el reloj.
08:26.
Me froto la cara con ambas manos. La barba de dos días raspa mis palmas. No recuerdo haber dormido en el ferry. No recuerdo haber embarcado. Recuerdo un taxi, quizá. Una estación. Una llamada recibida de madrugada. Una voz de mujer al otro lado de la línea.
Casa del Sueño Profundo.
Desaparición de un interno.
Necesitamos discreción, doctor Valtierra. Y necesitamos a alguien que comprenda la mente de un hombre capaz de destruir su propia realidad antes de aceptar la culpa.
Más o menos.
Lo demás está cubierto por una película viscosa, como esas capas de grasa que quedan en los vasos cuando alguien los lava deprisa y sin ganas.
Abro el maletín.
Dentro hay una carpeta con documentos, una muda de ropa, un bloc de notas, dos bolígrafos, un frasco de analgésicos y una novela que no recuerdo haber metido. Pedro Páramo . Muy apropiado. Nada dice “viaje profesional rutinario” como llevar encima una novela sobre muertos que no saben callarse.
Tomo dos pastillas sin agua y me arrepiento al instante. Se me quedan pegadas en la lengua con un amargor químico.
La mujer de la ventanilla gira la cabeza.
No sé cuándo ha dejado de mirar el mar.
Tiene el rostro muy pálido, casi translúcido, y unos ojos pequeños, hundidos, de un azul desteñido por los años. Me observa como se observa a alguien que acaba de entrar en una habitación donde no debería estar.
—¿Se encuentra bien? —pregunta.
Su voz es suave, pero hay algo debajo. Una cuerda tensa.
—Sí —miento—. Solo es jaqueca.
La mujer asiente lentamente.
—Aquí da mucha.
—¿Perdón?
—Jaqueca —dice—. En la isla. A mucha gente le da.
Sonríe. No es una sonrisa amable. Tampoco cruel. Es peor: una sonrisa de conocimiento.
Antes de que pueda responder, el ferry se inclina sobre una ola y la lámpara del techo da un salto. El hombre de la gorra se despierta sobresaltado, murmura algo y vuelve a acurrucarse contra su bolsa.
El marinero de la puerta me mira cuando paso a su lado. Tiene la piel curtida, los labios agrietados y un cigarrillo pegado a la comisura como si hubiera nacido ahí.
—La cubierta resbala —dice.
—Tendré cuidado.
El hombre suelta una risa sin alegría.
—Eso dicen todos.
No sé si es una advertencia, una broma o una frase que repite por pura costumbre. Salgo de todos modos.
El frío me golpea en la cara.
La cubierta está mojada. El cielo es una losa baja, uniforme, de un gris casi metálico. A ambos lados del ferry, el mar se abre en pliegues oscuros, pesados, coronados por espuma. No hay sol. No hay horizonte claro. Solo una acumulación de agua, niebla y viento.
Al fondo, la isla aparece como una mancha negra.
Primero distingo los acantilados: paredes abruptas de roca, verticales, como si la tierra se hubiera partido de pronto y hubiese decidido no pedir disculpas. Después veo el edificio.
La Casa del Sueño Profundo se alza en lo alto del acantilado, hecha de piedra oscura, con tejados inclinados y una torre cuadrada que domina el conjunto.
No parece un sanatorio. Tampoco una prisión.
Parece algo anterior a ambas cosas. Un monasterio construido por monjes que hubieran perdido la fe, o una fortaleza pensada no para impedir que entren los enemigos, sino para asegurarse de que nadie salga.
Hay ventanas estrechas repartidas por la fachada.
El viento me mete los dedos bajo el cuello del abrigo. Me subo la solapa y aun así tiemblo.
No atribuyo el escalofrío al frío.
Alguien carraspea detrás de mí.
El marinero ha salido a la cubierta. Ya no fuma. Mira la isla con una expresión que no encaja con el oficio. Los hombres de mar suelen mirar la tierra con alivio o con aburrimiento. Él la mira con una mezcla de fastidio y superstición.
—Bonita, ¿eh? —dice.
—No es la palabra que habría elegido.
—Pues de día gana.
—¿Y de noche?
El marinero me mira.
—De noche no se mira.
Tiene una forma muy seca de decirlo. Como si no intentara impresionarme. Como si fuera una norma básica, de esas que no necesitan explicación.
—¿Trabaja usted allí? —pregunta, señalando el edificio con la barbilla.
—Voy por una consulta.
—Ya.
Una sola sílaba. Suficiente para dejar claro que no se lo cree del todo, o que lo cree demasiado.
—Soy médico.
—Eso dicen muchos.
Frunzo el ceño.
—¿Perdone?
El marinero se encoge de hombros.
—Nada.
No me gusta su tono. Quizá porque no es agresivo.
La hostilidad directa siempre tiene algo tranquilizador: al menos sabes dónde ponerla.
Pero esto es distinto. Es la manera en que evita mirarme demasiado tiempo.
La manera en que parece medir sus palabras, no para no ofenderme, sino para no despertar algo.
—¿Hay algún problema con el centro? —pregunto.
—Problemas hay en todas partes.
—Me refiero a problemas concretos.
—Los problemas concretos son los peores.
Le sostengo la mirada. Estoy cansado, me duele la cabeza y no he desayunado, tres condiciones excelentes para que mi paciencia adquiera la profundidad de un charco.
—Mire, si tiene algo que decirme, dígamelo.
El marinero se lleva la mano al bolsillo por puro hábito, recuerda que no tiene el cigarrillo y aprieta los labios.
—Esta noche el mar se cierra —dice al fin—. Viene temporal del norte. Si quiere salir, hágalo antes del anochecer.
—Mi trabajo quizá me lleve más de un día.
—Entonces no saldrá.
Lo dice sin dramatismo. Sin levantar la voz. Como quien informa de que la panadería cierra los lunes.
—Supongo que habrá más ferris.
—No si la marea no deja.
Mira hacia abajo, hacia el agua que golpea el casco.
—La isla tiene su carretera cuando quiere. Cuando no quiere, solo tiene mar.
Sigo su mirada.
Al principio no entiendo a qué se refiere.
Luego la niebla se aparta un poco y veo algo imposible: un camino estrecho de piedras oscuras que emerge entre las aguas, una lengua irregular, resbaladiza, que conecta el pequeño embarcadero con una zona baja de la costa.
No es una carretera. Ni siquiera un sendero digno.
Es una sucesión de rocas planas, parcialmente cubiertas de algas, que la marea deja al descubierto como si el mar enseñara los dientes.
—¿Ese es el acceso? —pregunto.
—Cuando baja, sí.
—¿Y cuando sube?
El marinero me mira como si la respuesta fuera insultantemente obvia.
—Cuando sube, no.
Una ola golpea el costado del ferry. El agua salpica la cubierta y me moja los zapatos.
Estoy a punto de preguntarle si no existe otra forma de llegar al sanatorio cuando el sonido del motor cambia.
El ferry reduce velocidad. La isla crece delante de nosotros.
La torre cuadrada se recorta contra el cielo y, tengo la impresión absurda de que el edificio no está esperando mi llegada, sino reconociéndola.
Como si ya me hubiera visto antes.
Me agarro a la barandilla.
El dolor de cabeza late con fuerza.
En una de las ventanas superiores aparece una figura.
la veo entre tantas ventanas. Quizá porque se mueve. Quizá porque el resto del edificio parece muerto y esa mancha blanca rompe la quietud. Está en la torre, o cerca de la torre. Una silueta delgada, de pie tras el cristal.
Levanta una mano.
No mucho. Apenas un gesto.