Capítulo 17 #2
Las lámparas parpadean, pero no se apagan.
Las puertas que antes estaban cerradas aparecen entornadas.
Algunas no las reconozco. Había una pared donde ahora hay un corredor estrecho.
Había un retrato de un médico barbudo donde ahora hay una puerta de madera infantil, pintada de azul.
La alfombra del pasillo administrativo está mojada en algunos tramos, aunque no llueve dentro.
Huele a desinfectante, sal, lavanda y algo nuevo: sopa.
Una casa antigua bajo la institución.
Mikel habla por la radio.
—Control, informe.
Luego una voz que no es del operador:
—No hay control cuando todos los niños han salido al recreo.
Mikel apaga la radio.
—Perfecto —murmura.
—Lo está llevando bien —digo.
—Estoy a dos minutos de romper algo.
—Eso también puede ser terapéutico.
Insausti nos adelanta.
—Pabellón C primero.
—No —digo.
—Hay pacientes abiertos.
—Y mucho personal. Arriaga sabe sedar, si por fin encuentra algo útil que hacer con su carrera. La primera casa está en el ala infantil.
—No voy a abandonar pacientes en riesgo.
—No le pido abandonarlos. Le digo que todo esto viene de donde Carmen nos mandó.
Mikel mira el corredor que no debería estar ahí.
—Tiene sentido.
Insausti le lanza una mirada.
—¿Usted también?
—Doctora, llevo años siguiendo puertas que sí estaban en los planos. No parece que hayamos avanzado mucho.
Insausti no contesta.
Clara señala hacia la puerta azul.
—Por ahí.
—¿Por qué? —pregunta Insausti.
—Porque huele a mi colegio.
Eso, en esta casa, es indicación suficiente.
Abrimos la puerta azul.
Detrás está el ala infantil.
Pero no la abandonada que vimos antes.
No del todo.
El pasillo conserva las paredes desconchadas, las aulas cerradas, el mural del sol con algunas caras raspadas. Pero ahora hay luz al fondo. Luz cálida. Amarilla. Como de una tarde vieja. Se oyen pasos pequeños corriendo. Risas de niños. Una pelota botando.
Mikel cierra los ojos un instante.
—No me gusta.
—Eso significa que vamos bien —digo.
—O que vamos fatal.
—En esta casa las dos cosas se parecen mucho.
La pelota aparece desde una puerta lateral.
Bota una vez.
Rueda hasta mis pies.
Ninguno se agacha.
Desde el fondo del corredor, una voz infantil dice:
—Si no juegas, pierdes.
—No hemos venido a jugar —responde Insausti.
La voz se ríe.
—Eso dijeron todos los mayores.
La sala de juegos está abierta.
Dentro ya no hay solo juguetes rotos. Hay una mesa servida con tazas pequeñas, platos de porcelana, una tetera humeante, muñecas sentadas en sillas infantiles y, en la pizarra, una frase escrita con tiza blanca:
LA PRIMERA CASA NO CURABA. ESCONDÍA.
Debajo hay un dibujo.
Y una mujer tumbada en el agua.
Clara se acerca a la pizarra.
—Esto no estaba.
—No —dice Mikel.
Insausti permanece en el umbral.
—Esa historia no tiene relevancia clínica.
Casi me río.
—Doctora, con cariño: la relevancia clínica acaba de escaparse por una puerta azul que no existía.
En el centro de la mesa hay una caja de música.
No la tocamos.
La caja se abre sola.
Una melodía infantil empieza a sonar.
La pizarra cambia.
No se borra.
La tiza se mueve sola.
Una línea bajo el dibujo de la niña.
Luego un nombre.
INES.
La niña original.
El primer Paciente 0.
La melodía se vuelve más lenta.
La puerta del armario de juguetes se abre.
Dentro no hay juguetes.
Hay una escalera.
—No —dice Insausti.
—Sí —digo.
—No sabemos adónde lleva.
—Eso parece una ventaja.
Mikel mira la abertura.
—No cabemos todos.
La escalera es estrecha, casi infantil. Mikel tendría problemas para bajar. Insausti también podría, pero con dificultad. Clara y yo, quizá.
—Voy yo —dice Clara.
—No —responde Mikel de inmediato.
Ella le mira.
—No me lo ordenes.
—No te lo ordeno. Te lo pido.
—Eso es peor.
Mikel se calla.
Clara mira la escalera.
—Mi madre me llamaba desde aquí.
—Puede ser una trampa —dice Insausti.
—Todo aquí es una trampa —responde Clara—. Algunas además contienen respuestas.
La joven se agacha.
Yo la detengo.
—No sola.
—Usted no cabe mejor que yo.
—No pienso caber. Pienso insistir.
Mikel pone una mano en mi hombro.
—Adrián.
—No.
—Esta vez sí déjeme sujetar algo antes de que caiga.
Hay una súplica en su voz.
Y algo más.
La necesidad de no llegar tarde otra vez.
Más de lo que quisiera.
—Está bien —digo.
Mikel coge una cuerda de uno de los armarios del aula. No pregunto por qué hay una cuerda allí. Ya no tengo ánimo para indignarme por la decoración. La ata a una pata metálica de una estantería empotrada y luego alrededor de la cintura de Clara.
—Si tiramos dos veces, subes —dice.
—Si tiro yo dos veces, subís vosotros —responde ella.
—Clara.
—No soy paciente, Mikel.
—Lo sé.
—No soy una niña.
—También.
—Entonces no me hables como si estuviera a punto de romperme.
Mikel la mira.
—Todos estamos a punto de rompernos.
Clara no responde.
Quizá porque es verdad.
La luz de su linterna desaparece poco a poco por la escalera.
La caja de música sigue sonando.
No es la pelota.
Es mi corazón.
—¿Qué hay? —pregunta Mikel hacia abajo.
No hay respuesta.
—Clara.
La cuerda se tensa.
Todos nos inclinamos.
Mikel empieza a tirar de inmediato.
La cuerda sube con resistencia.
—¡Clara! —grita.
Tira más fuerte.
La cuerda asciende, áspera, mojada.
Pero no trae a Clara.
Trae una muñeca.
Una muñeca antigua, empapada, con el pelo oscuro pegado a la cara y los ojos marrones pintados de forma torpe.
Alrededor de su cuello hay una cinta.
En la cinta, una frase:
LOS ADULTOS SIEMPRE LLEGAN TARDE.
Mikel suelta la cuerda como si quemara.
—Clara.
Desde abajo, por fin, llega la voz de la joven.
—Estoy bien.
—¡Sube! —grita Mikel.
—No puedo.
—¿Por qué?
Luego Clara dice:
—Porque aquí abajo hay una puerta con mi nombre.
Mikel se queda helado.
Yo miro a Insausti.
La directora está pálida.
—No la abras —dice.
Pero Clara no la oye.
O no quiere.
Desde abajo llega el sonido de un pomo girando.
Y entonces todas las puertas del ala infantil se abren a la vez.