La casa del hilo rojo Capítulo 54
99%

Capítulo 54

Querida Elena:

Te gustaría esta ciudad, con sus casas medievales de travesaños de madera y sus murallas y torres, que lo rodean todo. Parece una villa de cuento. Hoy fui a ver la casa de Alberto Durero, que se conserva tal y como él la dejó.

Marie fue a buscarnos a Clarita y a mí a la estación de tren y nos llevó directamente a la Cámara de Industria y de Comercio para llevar los papeles de Konrad.

Nos tomamos un chocolate en el famoso Café Hauptmarkt y luego a descansar.

Fue una pena pasar por allí porque me he dado cuenta de todas las cosas que faltan ahora en Alemania.

La gente casi no puede comprar nada en las tiendas ni en las panaderías, ni tan siquiera en un café famoso como ese.

Dice mi cuñada que llevan así varios años, con las tiendas vacías.

El Gobierno no hace otra cosa que imprimir dinero y el papel moneda no vale ya ni la tinta que usa para imprimirlo.

La barra de pan vale más de cien marcos, lo cual es de locos.

Núremberg es pequeña, pero acogedora (¿sabes que aquí también hay un San Lorenzo, como en Madrid?), a pesar de los niños descalzos y harapientos, y toda la pobreza. Menos mal que mi padre y Konrad se fueron a España en su día. Aquí las industrias están arruinadas.

He tenido algo de dolor durante el viaje, ese que no se me ha quitado del todo desde el nacimiento de Clarita (¡hace dieciocho años ya!), y he decidido hacer caso a mi doctor y pasarme por Múnich para una revisión.

La Frauenklinik sigue siendo la mejor clínica obstétrica del mundo, incluso en los tiempos actuales.

Los doctores tienen mucha experiencia. Ya te contaré en unas semanas cuando vuelva a España.

Tu amiga,

Julia

P. D.: Me alegro mucho de que nos reencontráramos y de tenerte como amiga.

* * *

Querida Elena:

Ojalá pudieras ver los carillones de Núremberg y Múnich.

Tienen hasta caballos y sus autómatas giran bailando, con las canciones del reloj.

Vine a Múnich por el dolor que tenía en el bajo vientre.

Me acompañó Clarita antes de irse, pero al final me han tenido que ingresar y poner en observación.

Espero que no sea nada, pero parece que los partos me dejaron alguna secuela.

No he querido decir nada a la familia, porque va a ser algo muy pequeño y no quiero preocuparlos.

Ayer estuve en el Jardín Inglés, que me recordó mucho al Retiro. El templete de Diana tiene algunas de las vistas más bellas de la ciudad.

Aquí tanto los hombres como las mujeres hacen mucho ejercicio.

En las calles hay muchos mutilados por la guerra.

Las mujeres hacen los trabajos que antes hacían los hombres, se habla de la Neue Frau (la nueva mujer, ¿te acuerdas?), que es como Clarita, fuerte, independiente y capaz de todo.

Sí, definitivamente, mi Klara es una Neue Frau.

También se han abierto algunos kabarett, donde la gente va a tocar y escuchar música de jazz, a veces gratis, para consolarse de sus penas.

En esos lugares los artistas se pintan de blanco y se recargan los ojos de maquillaje negro.

Dicen que hay unos chicos estupendos, los gemelos K.

de Magdeburgo y su banda de jazz, Der Orient-Hotel, que ya triunfaron en Berlín y ahora vienen a Múnich.

A lo mejor voy a verlos, pero temo que su espectáculo sea demasiado escandaloso porque provocan tanto a los hombres como a las mujeres.

Uno de ellos toca en segundo plano mientras que el otro se traviste y no lleva mucha ropa encima.

El país se ha vuelto licencioso en estos tiempos.

Quizá sea una reacción a tanta muerte. Alemania baila una gran danza macabra para intentar resurgir de sus cenizas. Solo espero que pronto lo haga.

No te puedes ni imaginar cómo está todo de caro, mi patria querida está arruinada.

Dicen que incluso van a tener que suspender el Oktoberfest porque no hay muniqués que pueda pagar un millón de marcos por una cerveza.

Este año los niños no podrán subirse a la rueda del diablo.

Hay tristeza y frustración por todas partes y no ha ayudado en nada cerrar los biergarten.

Y los palacios de la cerveza, que eran espléndidos, ahora están cerrados y se caen a pedazos porque las fábricas se han desmantelado.

Ya no se exporta y los barones no pueden mantenerlos.

Sus patios y las terrazas están llenos de polvo, suciedad y hojas.

No hay trabajo. A Konrad se le caería el alma a los pies si viniera.

Es muy triste la penuria que están sufriendo y, si no fuera por el dinero que enviamos desde España a la familia, no podrían comprar de nada.

Tu amiga,

Julia

* * *

Querida Elena:

Ya estoy ingresada en la Frauenklinik para la operación. No le he dicho nada ni a Marie, pero no creo que sea necesario, no quiero preocupar a nadie. He dejado todo pagado y, en cuanto me encuentre con fuerzas, volveré a Madrid tal y como tenía previsto, solo que un poco más tarde.

Me gustaría tener alguno de mis libros. He buscado en el cajón de la mesilla y solo había una copia de la Constitución de Weimar, de las que se entregan a los estudiantes cuando se gradúan, ¿te lo puedes creer?

La biblioteca es universitaria y casi todo lo que tienen son manuales de consulta.

Me aburro como una ostra, pero a veces puedo bajar al salón y tocar un poco el piano. Me acuerdo mucho de mi madre.

La clínica de mujeres es muy tranquila. Mi habitación da a la Maistrasse, pero cuando puedo salgo al jardín, que es precioso.

La fuente de piedra tiene grabada unas conchas muy bonitas y su sonido me tranquiliza.

Es pleno verano, aunque aquí en Alemania no hace tanto calor y las rosas aguantan.

Los parterres están a rebosar de ellas: blancas, amarillas y rojo carmesí.

Me dicen que esté pendiente de la hora, en el reloj de sol del mosaico de San Pedro o bajo las cúpulas bulbosas de bronce, pero siempre se me pasa dando paseos.

El interior de la clínica es muy frío, con poca luz, artificial, y unas columnas de mármol negro que me parecen horribles.

No creo que un hombre como Luis III las hubiera aprobado.

La operación es mañana y voy a pedir que me trasladen a una de esas habitaciones preciosas con balcón, adornadas con casetones bávaros y que dan a los jardines interiores.

Voy a ir ahora un rato a la capilla y me acostaré pronto, para estar descansada. Cuando llegue a Madrid nos tenemos que reunir con las dos Marías, Lejárraga y Goyri, ¿te acuerdas? Hace mucho que no nos vemos las cuatro y hay que ponerse al día de todo.

Siento que en los últimos años no hayamos estado tan unidas, pero recuperaremos el tiempo perdido.

Tu amiga,

Julia

* * *

Julia Loewe Hinton murió el 29 de julio de 1922 en la clínica para mujeres de Múnich, completamente sola y habiendo dejado pagados los costes de su tratamiento.

La administración alemana no consiguió dar con sus parientes hasta dos meses después, cuando lograron contactar con su cuñada, Marie Stauffer, que acudió en representación de su marido, Heinrich, a la citación de las autoridades.

Ella fue quien escribió a Konrad por carta y tuvo que resolver la cuestión sucesoria, respondiendo a numerosas preguntas acerca de su patrimonio y residencia.

Julia fue incinerada en el crematorio municipal de la ciudad y sus cenizas fueron trasladadas en una urna a Madrid, al igual que las escasas pertenencias que tenía consigo.

Tras la muerte de Julia, la familia abandonó su casa en la fábrica de Amaniel y se trasladó a un piso en el número 14 de la calle Galileo, donde la urna permaneció en el salón, bajo los retratos de sus suegros, hasta que Konrad falleció, en 1945, una vez acabada la Segunda Guerra Mundial.

Las cenizas de Julia fueron entonces trasladadas a un cojín, que se puso bajo su cabeza, de manera que descansaran juntos en el cementerio civil de Madrid.

Cuando se enteró de la muerte de su amiga, de la única persona que la había apoyado siempre de manera incondicional, Elena corrió a la parte trasera del taller y se encerró para gritar su dolor y su soledad íntima.

La ausencia de Julia la acompañaría siempre.

Pero tendría que seguir adelante con su vida y luchar por ser esa nueva mujer que tanto las había hecho soñar a ambas. Se lo debía.