Capítulo 55
Aunque Elena había pasado mucho tiempo en el mostrador de Loewe y cara al público, siempre acababa volviendo a la parte de atrás del taller, al trabajo con la piel, la cola y la costura con el hilo de cera.
Las mismas herramientas con las que había empezado a ganarse la vida cuando solo era una niña, en el pueblo.
Había aprendido que negar la biografía de uno era nadar a contracorriente, algo mucho más difícil que aceptarse, sacar lo mejor del pasado y reconducirlo hacia algo bueno en la vida.
Negar la propia biografía era vivir sin raíces.
Y las raíces tarde o temprano había que redescubrirlas, limpiarlas y hacerlas fuertes para lograr crecer.
Muy atrás se habían quedado las malas experiencias, Prudencio en el pueblo o Juan Eduardo en Ave María.
Solo se quedaba con lo bueno del trabajo con las manos, el valor de cada pieza, la solidez de la piel curtida y la honestidad de las puntadas.
Lo que significaba Loewe y el trabajo que hacía allí.
Era algo que le daba raíces profundas y antiguas, y la mantenía firmemente unida a un legado familiar y de amistad.
Escogió para la pieza un cuero especial, de un pardo rojizo, y troqueló las piezas.
Con una fileteadora le marcó los bordes, con el punzón señaló los agujeros por el lado de la flor.
Por el lado de la carnaza untó la cola con una espátula muy pequeña, a suaves pasadas, con un mimo extremo.
Apretó las piezas entre sí para que pegaran bien.
El olor tan familiar de la cola no la molestaba, al contrario: la tranquilizaba.
También el sonido del martillo sobre los tenedores que abrirían los agujeros en forma de rombo, allí donde tendría que coser.
Escogió un hilo encerado de color rojo como la sangre.
Le pareció apropiado. Afuera Madrid despertaba con el rugido de los coches.
Una ciudad moderna y vibrante, que había entrado de lleno en el siglo xx.
Reforzada tras una Gran Guerra que había dejado tras de sí mucha desolación, pero no para los españoles, que se habían beneficiado ante uno y otro bando.
Preparó las dos agujas, grandes y fuertes, y cerró los hilos con nudos por ambos lados. Fue cosiendo las puntadas a un lado y a otro de la piel, alternativamente, tirando y tensando bien los hilos. Haciendo un dibujo de zigzag, hasta que quedó impecable.
Cuando le puso al bolsito las hebillas de oro viejo llamaron a la puerta.
El bolso estaba listo y Elena lo cogió y se lo llevó a la muchacha, que la esperaba en la puerta, con su maleta en la mano, recién llegada de Extremadura.
—Hola, Vera, te estaba esperando. Empiezas hoy mismo.
Le entregó su regalo, un auténtico bolso de Loewe, y la chica sonrió. Era la misma sonrisa de Carmen.
Se abrazaron y, alrededor de sus cuellos, las medallas de los hermanos patrones de la piel, san Crispín y san Crispiniano, por fin volvieron a estar juntas.