La casa del hilo rojo Capítulo 53
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Capítulo 53

—Hace nada que tuvimos que enterrar también a Sofía —le dijo Julia a Nati—. Mi padre y mi hermano se han quedado viudos. Dicen que se van a mudar juntos.

Ambas estaban, como tantos años atrás, frente a una lápida, cuando ya casi todo el mundo había mostrado su respeto y se había marchado.

En un lateral se consolaban Enrique, marido de Ida, y Carlos Knappe, su hermano.

El segundo se había convertido en uno de los industriales más ricos de España.

No solo vendía aparatos eléctricos y se había encargado de electrificar comercios, como el de Loewe, sino que ya importaba equipos telefónicos, calefactores, radioterapia y medicina nuclear.

Ambos hombres parecían vulnerables ante el golpe de la muerte de Ida.

Había sido una enfermedad tan rápida… Se la había llevado en pocos días.

El cementerio civil del este era mucho más grande que el británico, menos acogedor y más frío. Lleno de calles de lápidas interminables. En un sitio así, cualquiera se sentía insignificante. El día era igual de gris.

—Hemos enterrado a tantos en los últimos años… —dijo Julia.

Los Stauffer habían padecido mucho en Alemania. Sus hermanos, sus cuñados… No había una sola familia alemana que no hubiera sufrido bajas en la guerra o hubiera perecido por la miseria posterior.

—Me gustaría ir a Núremberg, a ver a la familia de Conrado. Llevarles medicinas y algunas cosas básicas. Pero me da miedo ir y no reconocer… nada.

Nati le puso una mano en el hombro.

—Siempre has sido muy fuerte, Julia. Tu madre estaría orgullosa de ti.

A Julia se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Gracias, Nati. A veces siento su ausencia como un peso muy grande, aquí…, en el pecho. Me da la sensación de que nunca me he recuperado de su muerte. Siempre vuelve… con Sofía, con cada pérdida.

—Ven conmigo a la montaña. Allí, nada pesa tanto.

Julia dudó. Nunca había acompañado a Konrad, a él le gustaba andurrear solo, gozar del silencio de la sierra y de los paisajes que se veían desde las alturas.

—Hace poco que Paco y yo nos hicimos socios de número del Club Alpino. Muchos de los hombres suben para expiar sus pecados, he visto cómo rezan cuando llegan. Al bajar, lo hacen transformados. Nosotras subimos para aligerar las penas. Hagamos un grupo para nosotras.

Abandonaron el cementerio mientras la nieve caía y cubría las letras de las lápidas, hasta que todo el camposanto fue anónimo.

Nati y Julia lograron reunir a un buen grupo de mujeres que necesitaban subir a olvidarse de sus penas, a respirar y a inventarse unas vidas nuevas.

Mujeres alemanas que habían perdido en la guerra a padres, maridos e hijos.

Y mujeres españolas que habían enviudado o habían perdido niños, porque las gripes y las epidemias no entendían de nacionalidades.

Las acompañaba ya la joven Clarita, que tenía diecisiete años y había subido a veces a la montaña con su padre, y se había convertido en una deportista que nadaba, esquiaba y escalaba, y de la que toda la familia estaba orgullosa.

Había estado tan cerca de morir, después de su nacimiento, que el padre se había asegurado de hacerla crecer fuerte y robusta.

Cuando todo el grupo estuvo reunido y ya tenían fecha de salida, Julia fue en persona a entregar una última invitación.

Elena abrió la puerta de su piso y se la encontró en el umbral.

—Amiga mía, por favor, tienes que perdonarme de una vez. Este silencio y esta distancia no tienen sentido. Yo no sabía nada de lo que Coppel estaba haciendo. Tienes que creerme. Siento mucho lo que le pasó a Sebastián.

Habían hecho falta seis años para sanar, olvidar y perdonar. Viendo a Julia allí, en pie, pidiendo perdón por todos los suyos, Elena recordó cuando la había conocido, en su adolescencia, tan vulnerable y necesitada de apoyos.

Ahora, como entonces, brillaban más las cosas que tenían en común que aquellas que las separaban.

No la lengua ni la cultura ni la nacionalidad ni los bandos.

Sí la condición femenina, los sueños perdidos, los desvelos y las penas.

La pérdida de sus madres, Mariana y Clara.

La de su hermana, Carmen, y la de Ida, la cuñada de Julia. Tanto dolor…

Quizá había llegado la hora de aceptar el perdón.

Y de recuperar la amistad.

María de la Natividad Quindós y Villarroel, duquesa de la Conquista, fue quien lideró el ascenso a la montaña del grupo de mujeres, españolas y alemanas.

Incluía a viudas, madres sin hijos, hermanas sin hermanos e hijas sin madres, como Julia y Elena.

Era un día de primavera luminoso y partieron del refugio de Peñalara, en el Valle de la Fuenfría, un chalet que los montañeros alemanes acababan de construir para sus excursiones, a mil quinientos veinticinco metros de altitud.

Allí pasaron la noche, arropándose las unas a las otras en sus sacos de dormir.

Por la mañana, en silencio, tomaron la calzada romana XXIV, de piedras antiguas que habían sobrevivido a tantos siglos de desgaste.

Cruzaron una tras otra el puente pétreo del Descalzo, también romano, y comenzaron el ascenso por la montaña, dejando el río a mano izquierda.

Las mujeres ascendían entre los pinos, ayudándose unas a otras, sosteniéndose con la música del río de fondo y los cantos de los pájaros.

A medida que ascendían se sentían más fuertes y capaces, menos pesadas en el interior del pecho.

Era como si el aire helado de la montaña pudiera entrar en ellas y renovarlas por dentro.

Darles una nueva vida y un sentido más allá de la guerra y de la muerte.

Llegaron a la Ducha de los Alemanes —el antiguo Chorro del Árbol Viejo, donde Konrad y Coppel se habían bañado, tanto tiempo atrás— y se arrodillaron junto a sus chorros purificadores.

Allí, frente a los tejos centenarios, se lavaron el rostro y las manos, comieron y hablaron de sus familias y amigos, de aquellos que habían perdido.

Lloraron y volvieron a lavarse, para que la pequeña cascada de dos metros se llevara sus lágrimas.

Siguieron ascendiendo por el monte, entre los pinares y las rocas, por las imponentes laderas de la sierra. Cada vez más cerca de su objetivo, en la cumbre.

Aquellos parajes eran inmensos y salvajes, no se veía el final. Todo era naturaleza, árboles y piedra. En mitad del valle, las mujeres se sentían cada vez más libres, como una cadena de serranas valientes. Tan pequeñas y, a la vez, tan grandes.

Al llegar arriba del todo y contemplar el paisaje en derredor, infinito y solemne, Elena se sintió, por fin, como la Serrana de la Vera. Una mujer sin ataduras, que pertenecía solo a la tierra y al instinto, a sí misma. Liberada del pasado y en paz.

Fuerte y sin miedo, con una sabiduría suficiente para el lugar que le había tocado en el mundo. Dueña de su sombra y del espacio de tierra que pisaban sus pies.

—Me gustaría que volvieras a Loewe —le dijo Julia de repente.

Elena le dijo que sí, pero le pidió unos días para ir al pueblo, ya que sabía que Justa se estaba muriendo y, según le había dicho por carta, quería contarle algo importante.

—Tu hermana tuvo una niña, la hija ilegítima de un empresario que se marchó de vuelta a Barcelona hace años. Carmen andaba muy perdida en los últimos tiempos, debes saberlo. Y, cuando murió, y te pido perdón por lo que te voy a contar, decidí que lo mejor era darle la niña a la mujer del alcalde.

—¿Que hiciste qué, Justa? Pero ¿tú te has vuelto loca?

—Déjame hablar, por favor, que ya me quedan pocas fuerzas.

El padre de la pequeña era un hombre casado, un hombre con mucho poder…

Su relación con tu hermana fue turbia y muy violenta, te lo aseguro…

, y si yo no hacía algo, la pequeña podía correr peligro.

Y yo no quería perderla. Por eso, se la dejé a los alcaldes.

Estando con ellos, nadie se atrevería a hacerle nada.

La niña se llama Vera, y crece hermosa y sana en una buena casa.

Eso fue lo que Justa le confesó a Elena antes de morir.

Elena fue a ver a la niña, que se parecía mucho a Carmen y que, era obvio, no podía ser hija de la alcaldesa, que bien podría haber sido la abuela de la niña, más que la madre.

Se acercó a ella mientras estaba jugando en la calle, con otras niñas, y le mostró su medalla de san Crispín.

—¿Sabes que mi hermana tenía una igual? Mira, esta es la mía.

La pequeña le sonrió. Se la veía feliz en el pueblo, en ese entorno, y por mucho que fuera de su sangre, a Elena no le pareció justo alterar su vida.

En los años que siguieron, volvería de vez en cuando al pueblo y siempre que iba a verla le decía:

—Si alguna vez vienes a Madrid, ven a visitarme a la tienda de Loewe. Allí te estaré esperando.