Capítulo 52
Al principio se pensó que se había tratado de una mina, pero el Lloyd’s lo consideró como hundido por un submarino alemán. Veintiún hombres no volvieron a casa, y Sebastián estaba entre ellos.
Un mes después se celebró el funeral, sin el cuerpo de Sebastián, que no pudo ser recuperado. Isabel, la viuda, y sus dos hijos varones estuvieron en primera fila, mientras que Elena se quedó en las sombras, aguardando a una distancia prudencial, hasta que todo el mundo se fue.
Julia fue al funeral y esperó también a que no hubiera nadie más para acercarse y acompañar a Elena, pero ella se marchó en cuanto la vio llegar.
Aquello lo habían hecho los alemanes y todos eran, de algún modo, culpables.
Le dolía demasiado verlos, escucharlos hablar en su odiosa lengua y tener cualquier relación con ellos.
Dejó su trabajo en Loewe y empezó a ganar algo de dinero con lo que cosía en una zapatería cercana a su casa.
Hacia el final de la guerra, se enteró por los periódicos de que Juan Eduardo Aldamonte se había visto envuelto en negocios turbios, especulando y mezclándose en el contrabando con los alemanes.
Otros abogados, como Ricardo Riquer, en Cataluña, ya habían sido procesados por colaborar con Alemania, y Eduardo fue detenido en su casa y juzgado por violar la neutralidad del país.
Elena no perdió la ocasión de ir a verlo el día de su caída, cuando salió del tribunal esposado y escoltado por los guardias.
No le dijo nada. Simplemente, se situó en un lugar de su camino, donde pudiera verla bien, y le sostuvo la mirada con la cabeza bien alta.
Él, por su parte, solo pudo bajar la suya y clavarla en el suelo, en aquel día en que, por fin, conoció la vergüenza.
Con aquello, Elena cerró aquel capítulo de su vida y pudo volver a su piso en paz.
En cuanto a Julia, se alejó de ella. Más aún cuando salió en todos los periódicos que Carlos Coppel había sido identificado como espía y deportado a Alemania.
Los Coppel siempre habían sido buenos amigos del matrimonio Stauffer, debido a la conexión montañera de Konrad.
Comían y cenaban juntos… ¿Era posible que no lo supieran?
Cuanto más lejos estuviera de ellos, mucho mejor. Ellos habían sido los responsables últimos de la muerte de Sebastián. ¿Cómo podría perdonar eso?
Los años de la guerra fueron oscuros y solitarios para los alemanes expatriados.
Vivían sin llamar la atención, sin fiestas ni conciertos, reuniéndose en la discreta iglesia que parecía esconderse tras la casa parroquial.
Nada de árboles de Navidad. No se volvieron a tocar himnos ni a recitar rimas en el cumpleaños del káiser.
La cervecería alemana dejó de servir salchichas y chucrut.
Muchos de ellos, los que se habían resistido al principio, adoptaron definitivamente la versión en español de sus nombres.
Konrad, que ahora era Conrado, sufría por la fábrica de Mahou porque no le llegaba el lúpulo de Alemania ni podía reemplazar cubas, compresores de frío o cualquier otra pieza.
Los retrasos del ferrocarril eran frecuentes y los clientes no dejaban de reclamar por la mercancía que no llegaba.
Las fuentes de riqueza alemanas se habían paralizado y todos se preguntaban cuánto podría aguantar el país en su escalada bélica desenfrenada.
Mahou se vio obligada a abrir su propia maltería y cambió los tapones de corcho por las chapas, con lo cual la industria corchera se resintió. Los Coders tuvieron que cerrar la fábrica de Extremadura y volverse a Cataluña.
Algunos alemanes fueron llamados a filas y tuvieron que dejar España, como el director del Colegio Alemán, Herr Fromme, que cayó en el frente oriental.
Sin embargo, fueron muchos otros los que llegaron, sobre todo cuando terminó la guerra y Alemania quedó arrasada.
Familias enteras buscaron refugio en Madrid, se cambiaron los nombres de pila al llegar y coparon las cuotas de nuevos socios en el Club Alpino Español y, más adelante, en la Sociedad Peñalara.