La casa del hilo rojo Capítulo 51
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Capítulo 51

—He decidido dejar el Cuerpo, Elena. No puedo seguir siendo alabardero si tenemos esto.

En los últimos años, Isabel había hecho algunos viajes a Manila, ausentándose durante largas temporadas en que Sebastián y Elena podían estar juntos, siempre con discreción y manteniendo las casas separadas.

Sebastián había tenido dos hijos varones que iban y venían con su madre, pero sentía que, más allá de todo eso, no podía seguir sirviendo como alabardero real.

Le pesaba traicionar su código de honor.

—¿Y qué vas a hacer?

—Me han hablado de una naviera que está contratando a gente, la Compañía Santanderina de Navegación. Buscan a antiguos soldados o policías para ir en los barcos y proteger los cargamentos. Serán un par de viajes, nada más. Ir a Glasgow y volver, te lo prometo.

—¿A Glasgow? ¿Y no será peligroso con la guerra como está?

—Siendo un barco español, no. No pueden atacar a un país neutral… Además, lo que llevamos los españoles para allá suelen ser cebollas, naranjas, cosas así. ¿Para qué iban a atacar un barco lleno de fruta?

Mientras, en el edificio sede de la Prensa Española, Carlos Coppel ponía a punto un reloj monumental.

Esa misma semana hizo una gran oferta al Ministerio de Trabajo para un gran reloj de pared que él mismo suministró, colgó y reguló, durante toda una semana, «para asegurarme de que no se atrasa».

También acudió al mantenimiento del reloj astronómico del siglo XIX en el Con greso de los Diputados, una joya que no podía ponerse en manos de cualquiera y que requería de muchas horas de cuidadoso manejo, que se prolongaron durante otros tantos días.

Por todas las instituciones madrileñas y las casas privadas más influyentes se acordaron citas para desmontar relojes de pared, de sobremesa, de bolsillo e incluso de pulsera.

Cientos de piezas fueron desmontadas, aceitadas, engrasadas y vueltas a engrasar, limpiadas y abrillantadas.

Y cuando parecía que el proceso había terminado y que el reloj estaba listo para dejarlo funcionando y dar las horas… , todo volvía a comenzar.

Coppel ya estaba al tanto de la bolsa, la cámara de comercio, los grandes movimientos de compraventa, las inversiones. Y, especialmente, de todo aquello que tenía que ver con Inglaterra, con Francia o con Marruecos.

La actividad política y comercial no se detuvo durante las largas tardes en que Carlos Coppel cruzó puertas, recorrió pasillos, esperó con paciencia y escuchó muchas conversaciones.

Tomaba nota de todas.

Supo de los negocios de plomo, cobre y azufre. De Rio Tinto y Peñarroya. Los minerales salían por los puertos de Bilbao y de Santander, rumbo a su destino final en Inglaterra. De los puertos pasaban a las fábricas militares.

Era imprescindible cortar ese tráfico.

La Friedenskirche solo llevaba abierta cinco años, pero había llegado justo a tiempo para la comunidad evangélica alemana.

Con la guerra se había cerrado el gimnasio y se habían anulado los festejos en la embajada.

Muchos de los alemanes expatriados habían marchado a los frentes oriental y occidental.

Los que se quedaron no podían hacer otra cosa que calmar su angustia en la iglesia.

Heinrich estaba muy volcado con la comunidad y formaba parte de su junta directiva.

Hasta entonces, muchos de los hombres de negocios que integraban la iglesia habían evitado reunirse en público, por miedo a las represalias contra sus empresas, debido a la intolerancia religiosa.

Sin embargo, una vez que la guerra había estallado, era más importante que nunca estar unidos y dar refugio a los alemanes que venían de fuera, huyendo del desastre.

Heinrich se convirtió en consejero eclesiástico y donó el bordado dorado para la cortina del púlpito de la iglesia y el paño violeta que cubría el borde de este.

Julia pasaba allí mucho tiempo, junto con otras mujeres que habían visto partir a sus hermanos, maridos e hijos al frente.

Era una iglesia pequeña, medio escondida detrás de la casa parroquial para no llamar la atención, y a la que habían eliminado los dos campanarios que se habían proyectado, por lo mismo.

En un país tan católico no era bueno que se supiera que aquello existía.

Sin embargo, era tan discreta por fuera como opulenta por dentro.

El mismo káiser la había supervisado y había más de cien mil marcos en mosaicos neobizantinos, mármol gris, capiteles de piedra y sillería delicada, tallada con flores en los respaldos. Se había encargado en los tiempos de la Alemania más poderosa y rica.

El servicio religioso dio comienzo puntual, a las diez de la mañana, y el embajador alemán entró por su puerta privada y subió a su palco con el escudo de piedra imperial.

Allí le esperaba el relojero, Carlos Coppel.

Empezó a sonar el órgano de los servicios religiosos porque allí se cantaba mucho y eso ayudaba a calmar la angustia y la incertidumbre.

El sonido de las notas, retumbando contra los rosetones de las vidrieras, amortiguaba las conversaciones entre el relojero y el embajador:

—Sale el Peña Castillo con mineral de hierro desde Santander, rumbo a Glasgow. El 19 de este mes estará a unas treinta y tres millas al norte de Wolf Rock.

—Entendido. ¿Y qué hay de lo de Melilla?

—Me voy para allá con mi hijo. Espero poder pasar el dinero y las armas por la frontera. Vamos a montar una sucursal de relojes como tapadera.

—Si necesitas más dinero para eso o para el periódico, házmelo saber.

—Este es el último ejemplar.

Le entregó al embajador el número de Por la Patria y por la Verdad , y se marchó antes de que acabara el servicio.

Julia, desde los bancos, los vio salir y Coppel la saludó.

—Dale recuerdos a tu marido de mi parte.