Capítulo 50
Elena viajó hasta el pueblo para visitar la tumba de su hermana, ya que no llegó a tiempo para el entierro.
En el camposanto, el mismo que albergaba los restos de sus padres, su historia personal de dolor e incomprensión, sintió el peso de la orfandad, la ausencia absoluta de su familia, que la muerte le había quitado.
Ahora estaba sola en el mundo, aunque tuviera cerca a Sebastián.
Justa la observaba desde la distancia. Había decidido callarse lo que sabía: que Elena no estaba sola, que tenía una sobrina llamada Vera, hija ilegítima de un catalán, y que tras la muerte de Carmen había sido adoptada por el alcalde del pueblo y su mujer.
Justa les debía demasiados favores y, en ese turbio trato, la que había salido perdiendo, una vez más, era Elena.
—Dile a tu hermano que no pienso darle al niño.
Pilar se presentó directamente en la tienda de Loewe, que era donde más daño sabía que podía hacer, acompañada de un periodista de su padre.
Vestía de forma muy modesta, puesto que se había declarado pobre para no arruinarse en juicios y debía aparentar que no tenía nada y que dependía de la pensión de alimentos —treinta duros mensuales— que le había exigido a Enrique por vía judicial para sobrevivir.
—Los juicios que está montando desde Alemania son monstruosos. ¡Todo mentiras! Yo no tengo nada con Trujillo. Es él quien se ha enamorado de otra. No sé cómo tú, que eres mujer, puedes apoyar que me reclame a Enriquito.
Julia se mantuvo firme en su puesto, que había vuelto a ser tras el mostrador, junto a Elena.
Desde el día siguiente a la marcha de Enrique, hacía ya tres años, había vuelto a la primera fila del negocio.
El patriarca estaba retirado y solo ella podía dar la cara y tomar las decisiones que su hermano le iba dictando desde Alemania.
Pero una cosa era plantarse ante los clientes y otra muy distinta hacerlo ante Pilar.
—No pienso ceder en los alimentos ni darle al niño. Y no voy a darle tampoco el divorcio. El nuestro fue un matrimonio canónico. Esto que ha hecho tu hermano no se hace. ¡No se hace!
Julia aguantó los gritos y la humillación delante de los clientes, sin decir una palabra. El periodista tomaba nota de todo y cualquier declaración podía hundirles todavía más.
—No voy a conformarme, Julia. Os voy a reclamar todo lo que pueda y a hundir vuestra reputación. No sois más que unos herejes que os reís de la Iglesia y de sus sacramentos. Nadie en España querrá nada con vosotros. Os voy a partir en dos.
Y, dicho esto, le lanzó los papeles del abogado sobre la mesa y salió por la puerta.
Julia se sentó y se llevó la mano a la frente. Pilar tenía razón. Los reyes no admitirían como proveedor real a quien tenía semejante mancha moral en su expediente. Alfonso debía estar de lado del matrimonio y de la Iglesia.
Elena acudió a consolarla y a ponerle la mano en el hombro.
—No te preocupes, Julia. Tu hermano tiene al mejor abogado.
—Dice que nos va a partir en dos, pero ya estamos partidos.
Porque la mitad de Loewe estaba en Madrid y la otra en Darmstadt, y era muy difícil dirigir un negocio de aquella manera.
Esa misma tarde le envió un telegrama:
Debes volver y retomar tu trabajo y a tu familia. Regresa con Pilar. Los clientes están nerviosos. Te necesitamos.
La respuesta no se hizo de rogar:
No voy a volver hasta que me haya divorciado y casado con Ida.
Julia no sabía cómo iba a llevar las riendas de la fábrica con dos niñas pequeñas. Clarita tenía cuatro años y Marile, solo dos.
Para los alemanes, Enrique y Pilar estaban oficialmente divorciados. Ella era la única culpable, le habían tumbado todos sus recursos y la habían condenado a costas.
Pero para los españoles, Enrique había abandonado sus santos deberes y estaban tan casados como el primer día.
—Si pone un pie en España, lo acusaré de bigamia, de escándalo público y de adulterio, por ese orden —los amenazó Pilar.
Enrique anunció en los periódicos su compromiso el 1 de diciembre de 1911 y volvió a Madrid a finales de año junto a su nueva mujer, Ida Martha Knappe.
Y Pilar, por su parte, cumplió todas sus amenazas.
My dear Julia:
Lamento mucho todo lo que me cuentas sobre la situación de Enrique.
No me puedo imaginar lo difícil que está siendo todo para ti, soportando a la prensa, los juicios, y criando a las pequeñas…
Esperemos que las cosas se aclaren pronto y tu hermano pueda regresar a sus responsabilidades, al frente de la empresa.
Tu padre está ya muy mayor para tantos disgustos.
Debo decirte que aquí, en Londres, se dicen cosas terribles de los alemanes.
Los llaman prepotentes y militaristas, dicen que son crueles con sus colonias.
Que la ambición los ciega y que el káiser Guillermo está loco y busca reconvertir sus fábricas hacia el armamento pesado.
Que son «como los hunos de Atila», según sus propias palabras.
Un auténtico monstruo de acero y carbón.
¡Tengo tanto miedo! Hemos visto en los periódicos las fotos de los zepelines.
Solo Dios sabe de lo que son capaces. ¿Y si llegan hasta nuestras costas?
También dicen que tienen más barcos que nosotros…
Ay, temo mucho por nuestros compatriotas.
¿Has leído «La invasión de 1910», de William Le Queux? Es aterradora.
Ojalá nada de esto fuera verdad. Clara se habría muerto de la tristeza.
Tened mucho cuidado, Julia. Los espías están por todas partes.
Yours sincerely,
Tu tía Hinton
—Por el artículo 486, que concierne a la bigamia, aquel que contraiga un segundo o ulterior matrimonio sin estar legítimamente liberado de las ataduras del matrimonio anterior será castigado con pena de prisión mayor.
—El abogado leyó el caso a los hermanos Loewe, que se habían reunido en su despacho—.
Por el 455 de escándalo público puede ir desde el arresto en su grado máximo hasta prisión correccional en su grado mínimo y a la culpa pública.
O por el 452 se castiga la convivencia, constituida por la unión del señor Loewe y la mujer Knappe.
—Déjenos solos, por favor —pidió Julia.
Estaba agotada. Llevaba años lidiando con aquello y ahora, en el primer trimestre de su tercer embarazo, sentía que ya no tenía fuerzas para más.
—Son absurdos. Imbéciles —protestó Enrique—. Todo el tiempo y dinero que me han hecho perder con esto…
—¡Puedes ir a la cárcel, Enrique! Dice Nati que perderíamos el favor real de inmediato… Nos lo van a quitar todo. ¿Qué va a decir nuestro padre? ¿No podrías haberte quedado con Pilar?
—¡No! ¡No podía! ¡Y no empieces otra vez con eso! Estoy en mi derecho. ¡Soy ciudadano alemán! Y Pilar también se hizo alemana al casarse conmigo. ¡No sé qué tienen que opinar los tribunales españoles de lo que yo haga con mi vida!
—¡Ay, Enrique! Esto está siendo eterno…
—Ahora ya estoy aquí. Yo me ocuparé de todo y tú podrás descansar.
Julia llevaba luchando toda la vida a brazo partido por el taller. Y ahora veía cómo todo se desmoronaba.
—¿Cómo están las cosas por Alemania?
—No voy a engañarte, Julia. Nos estamos preparando para la guerra.
—Dios mío… La tía Hinton está tan angustiada…
—Nosotros somos alemanes, no ingleses.
Ella se llevó las manos a las sienes, frotándoselas como si así pudiera resolver el rompecabezas de su identidad, que ahora amenazaba con desgarrarse.
—¿Lo somos, Enrique? ¡Porque yo ya no sé ni qué somos! ¡No lo sé! Tenemos un apellido alemán y uno británico, pero nacimos aquí, en Madrid. ¿Quiénes somos? ¿Cómo debemos llamarnos? ¿Mi hija es Klara, con K, o Clara, con C? ¿Mi marido es Konrad o Conrado? ¿Qué debemos hacer para mantenernos a salvo?
Enrique se sentó junto a ella y la abrazó.
—No lo sé… Pero todo irá bien, ya lo verás.
El juicio de Enrique por los delitos contra el matrimonio seguiría abierto hasta 1915.
Para entonces, la Gran Guerra ya había estallado.