Capítulo 49
—No voy a ir ni a una sola fiesta más del periódico.
Enrique llevaba solo un año de casado, pero ya sentía que Pilar le asfixiaba. Rodeada de periodistas, era una mujer acostumbrada a la vida social española y a tener una agenda completa.
—Es necesario, Enrique. En parte es por la familia, pero también por la firma. Hay que seguir haciendo contactos y que se hable bien de la tienda y del taller. Ya sabes lo importante que es…
—Somos alemanes, Pilar. Yo soy súbdito alemán y tú te convertiste en súbdita al hacerte mi esposa. Wir müssen bei der deutschen Gemeinde sein!
Ella apretó los labios, enojada. No llevaba tanto tiempo con Enrique como para dominar el idioma.
Escucharlo así era como una herramienta de exclusión contra ella.
Se sentía incómoda cuando se reunían con los alemanes, todos nativos o hijos de nativos…
y ella no podía entenderlos. ¿Por qué no podían quedar con los españoles?
¿Por qué tenían que seguir yendo a las detestables fiestas del Colegio Alemán, donde solo uno de ellos estaba a gusto?
¿Tendría que ir allí Enriquito? El bebé había llegado puntual, a los nueve meses justos de la boda.
—Enrique, vas a venir a la fiesta. Ya he confirmado nuestra presencia. No puedes dejarme ahora tirada… ¡Estará toda la gente de la parroquia!
Estaba ya peinada, maquillada y vestida con su aparatoso vestido de fiesta, tan abullonado y lleno de volantes y lazos. Llevaba un abanico de plumas de avestruz. Toda una señora.
Pilar era una española de pura cepa, de Vizcaya, para más señas, que llamaba la atención entre las alemanas y, por eso mismo, estas eran incapaces de reconocerla como una más.
Tenía el pelo y los ojos negros, un carácter fuerte, era expresiva y sabía imponerse.
Gritar, si hacía falta. Si a Enrique, que era más amable y relajado, le había gustado tanto era porque le equilibraba y, en buena medida, tenía todo lo que a él le faltaba.
Y estaban los contactos del periódico, claro. Había estado esforzándose y sacrificándose para que Loewe siguiera creciendo, dorándoles la píldora a los periodistas, organizando veladas, patrocinando y haciendo regalos. Y estaba más que harto.
«Y además tienes que venir a misa».
Pilar, al casarse, se había marcado dos misiones: ser buena esposa y convertir a su marido al catolicismo romano, una condición que se le había impuesto en la dispensa matrimonial para poder unirse a un protestante.
Desde el mismo día de la boda no había cejado en su empeño de intentar reconducir a Enrique «por el buen camino».
Ahora, tras más de un año bajo el yugo matrimonial, él empezaba a pensar que se había equivocado. Y que eso de que «los opuestos se atraen» podía estar muy bien para el noviazgo, la pasión o, incluso, las amantes…, pero no para compartir el mismo techo.
Había pasado de no poder vivir sin ella a no soportarla.
—Venga, vamos al coche. Haremos como tú quieras.
Le abrió la puerta del vehículo, dio instrucciones al chófer y se subió con ella, de punta en blanco, en la parte de atrás. Por eso, a Pilar le sorprendió tanto cuando, en lugar de parar en el lugar de la fiesta, lo hicieron en el piso de sus padres, en Echegaray 15, y subieron al cuarto.
—Aquí se la dejo.
Fernanda, la madre de Pilar, y Luis, el padre adoptivo, lo miraron atónitos.
—Pero ¿qué dices, hijo?
—Digo que me es imposible continuar la vida en común con su hija. Que no la soporto más.
Ambos estaban completamente atónitos.
—¿Y eso por qué?
—Por las faltas y deficiencias que tiene en su educación. Y de las cuales son ustedes responsables directos. Así que aquí se la dejo. Y yo me voy.
Pilar intentó detenerle.
—¿Pero es que te has vuelto loco?
—¡Si me he vuelto loco es por tu culpa! ¡Que me tienes harto!
Y salió dando un portazo. Era 24 de febrero y dos meses después ya le había puesto una demanda de divorcio, por cohabitación molesta y, para colmo, también por adulterio.
Enrique hizo la maleta y se marchó a pasar unos días a la finca de Villafreda, que Carlos Knappe había comprado en San Rafael, Segovia. Allí tenía terrenos de sobra y alojamiento para los invitados que desearan quedarse a dormir.
Aquel día era el primero de mayo, Maifest , y el palo Maibaum se veía desde la carretera.
Lo habían hecho podando y pelando el abeto de la Navidad anterior, que habían forrado de guirnaldas y cintas, y ahora los hijos de los invitados se cruzaban con ellas y bailaban a su alrededor, al ritmo de la música, mientras sus padres bebían vino y apfelwein .
Enrique sabía que su hermana Julia, su marido y las niñas estarían allí, lo mismo que Heinrich y Sofía.
Le daba la impresión de que se había distanciado por completo de su familia para abrazar a la de su suegro.
¿No debía ser al revés? ¿No tenía que ser la esposa la que se adaptara?
Así lo había hecho Julia, que se había marchado de casa para vivir con su marido en la fábrica e intentar ser una buena mujer y una buena madre.
Lo primero que le sorprendió fue ver nada menos que a Alfonso XIII en persona, el mismísimo rey de España, picando de las bandejas con canapés de espárrago blanco y trocitos de salchicha untada con mostaza. ¿Qué hacía allí el monarca?
Fue a saludarle —ahora que era proveedor real, la familia estaba en excelentes relaciones con palacio— y se lo encontró hablando con Carlos Coppel, el relojero, junto al embajador alemán, Radowitz, y bajo la atenta mirada del anfitrión, Knappe, que seguía la conversación en silencio.
—Su Majestad sabe que lo que pasó en Algeciras el año pasado es muy importante para nosotros —empezó el embajador—.
Respetamos que España y Francia hayan obtenido el Protectorado de Marruecos, pero debe entender que el apoyo británico a este acuerdo ha sido solo para perjudicarnos, para que no lo tuviéramos nosotros.
—Los ingleses solo quieren aislarnos. No podemos permitirlo —dijo Coppel.
—Seguimos teniendo intereses en la zona y corren rumores de que hubo un acercamiento en Cartagena. Cuando Su Majestad se reunió con Eduardo VII —siguió el embajador.
—Fue un encuentro informal —aseguró Alfonso—. Yo había estado en Londres dos años antes y era justo que me devolvieran la visita.
—No escuche a los ingleses. Alemania puede hacerle una oferta mejor —insistió el embajador, que sabía, por sus espías, que allí se habían cruzado mucho más que buenas palabras—.
Ya hemos sido aliados en el pasado. Hace nada les compramos las islas del Pacífico y ha visto que cumplimos muy bien.
Su Majestad sabe que queremos una base en Baleares…
—Tenemos mucho dinero disponible —aseguró Coppel.
Sebastián, como alabardero, guardaba su posición desde el dintel de la puerta, a escasa distancia del rey.
No creía probable que un embajador y un puñado de industriales fueran a hacerle nada a Alfonso, pero el acoso era evidente.
Aquellos alemanes parecían desesperados y no perdían ocasión de acercarse al monarca.
Demasiado cerca, para su gusto. No podía relajarse.
Julia se aproximó todo lo que pudo y le habló en confidencia:
—Tenemos que hablar…
—¿Cómo está Elena?
—Pues unos días mejor y otros peor. Le ha llegado una carta del pueblo. Su hermana ha muerto, una caída desde unas peñas. Está muy triste. Aunque no tenían una gran relación, era su única hermana —le susurró.
—Pobrecita mía. Pero ahora no puedo hacer más. El código de honor de los alabarderos…
—Es muy estricto, ya lo sé. Elena me lo repite todo el tiempo.
Él siguió firme, sin mover ni un rasgo de la expresión de su cara, como le correspondía.
—Isabel es muy desconfiada. Siempre está muy pendiente de lo que hago.
—No se me ocurre dónde podríais encontraros.
—Tendremos cuidado. Dile que la visitaré pronto.
—Eso le hará mucho bien.
Julia se separó de Sebastián, para no comprometerle ni interferir en su trabajo. Había visto, por fin, a su hermano Enrique al otro lado del salón.
Tomó una copa de sidra al vuelo de un camarero que llevaba una bandeja.
«¿No es esa Ida Knappe?».
Era imposible no ver a Ida, ya que se había puesto uno de aquellos vestidos tan innovadores, lisos y rectos, pero brillantes por los cristales cosidos y atrevidos por sus calados.
Su traje de corte clásico, tan griego, se alejaba de los volantes y perifollos del Romanticismo.
Ida parecía, otra vez, salida de un cuadro simbolista.
Delicada y genuina, una ninfa germánica.
Su único adorno era un colgante con un lazo de brillantes.
Julia no sabía cuánto tiempo llevaría Enrique hablando con ella, pero le dio la misma impresión de cuando habían cenado juntos, años atrás. La misma química entre ellos, los signos inequívocos de una fascinación mutua.
Solo que ahora Enrique llevaba un año casado y su suegro era el dueño de un periódico. Sería como un altavoz, en caso de un escándalo.
La pareja no se separó en toda la noche. Julia los vio en el jardín, en el salón, junto al palo de mayo… hasta que dejó de verlos.
No entendía que Enrique fuera tan indiscreto.
Ella había hecho su parte, sus sacrificios por la casa Loewe.
La había arropado en su momento, había tomado las riendas, había estudiado Comercio…
y luego se había hecho a un lado cuando se lo habían pedido.
Se había retirado del negocio para que él destacase.
Y ahora él no era capaz de hacer su parte.
En lugar de poner a los periódicos de su lado, que era lo que pretendía conseguir con su matrimonio, se los iba a volver en contra.
Alrededor de El Progreso Industrial y Mercantil se reunían todos los hombres de negocios de Madrid.
Desafiar de ese modo a su propietario era una temeridad.
Después de un par de horas de no verlos, comenzó a angustiarse.
—¿No habrás visto a mi hermano? —le preguntó a Carlos Knappe.
Él negó con la cabeza.
—¿Y a tu hermana?
—Hace ya un rato que no la veo. ¿Por qué?
Los buscó por el piso superior e incluso por las cocinas.
Y luego, a la carrera, por los jardines. ¿Habrían sido capaces de marcharse juntos sin decir nada?
Decidió entonces ir al aparcamiento, a hablar con el chófer.
—¡Aquí estáis! —Detuvo en seco su carrera.
Enrique tenía una maleta y la estaba cargando en el maletero del coche. Julia no daba crédito.
—¿Qué hacéis? ¿Qué es esto?
Ida bajó la cabeza y se metió despacio en el asiento trasero. Enrique cerró el maletero de un golpe.
—Nos vamos a Alemania. Juntos.
—¿Qué dices?
—Que me marcho y que no voy a volver, Julia. Haz con la empresa lo que te dé la gana.
Se metió en el coche y pidió al chófer que arrancara, camino de la estación de tren.
—¡Enrique! ¡Enrique, vuelve aquí!
Corrió sin aire, detrás de él, hasta caer rendida, de rodillas.
Justo entonces llegaron Heinrich y Sofía.
—¿Qué pasa, hija? ¿Por qué estás así?
—No pasa nada, papá.
Se levantó, se sacudió el vestido y se encaminó a la casa, arreglándose el moño, que se le había deshecho en la carrera.
—Yo me encargo de todo.