La casa del hilo rojo Capítulo 48
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Capítulo 48

Elena se despertó en una habitación tan sencilla que parecía la de alguien que acabara de mudarse.

Apenas una lámpara, un escritorio y una silla…

A través de la ventana, que tenía los visillos recogidos, se veía la bandera del cuartel de alabarderos colgando del balcón principal. Estaba en el edificio de enfrente.

Las sábanas eran recias, algo ásperas, pero olían a jabón. Sobre la mesilla de noche había un vaso de agua y un saquito con semillas de lavanda, que perfumaba el lugar. No era la habitación de un hospital.

Se intentó incorporar y reprimió un quejido de dolor porque aún le dolía todo el cuerpo. Llevaba puesta su ropa, la blusa de manga corta y la falda larga de primavera. Pese a lo inaudible de su queja, Sebastián apareció enseguida bajo la puerta.

—Ya te has despertado…

Ella logró sentarse en la cama.

—Deja que te ayude.

Se acercó a la cabecera y le colocó la almohada, para que estuviera cómoda. Luego, dio la vuelta a la silla del escritorio y se sentó.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?

—Bueno, esas son dos preguntas…

—¿Y los reyes?

Sebastián asintió.

—Los reyes están a salvo y en palacio. No han sufrido heridas. La bomba ha matado a veintiocho personas… Eso de momento, porque algunas están en el hospital.

—¿Sabes si Julia está bien?

—No sé nada.

—¿Y cómo he llegado hasta aquí?

—Perdiste el conocimiento. No podía dejarte en la calle.

Unas horas antes, entre la niebla, Sebastián había tenido que tomar una de las decisiones más difíciles de su vida: abandonar su puesto, el que había jurado junto al rey, o dejar a Elena entre los escombros, a merced de cualquiera.

Fue su compañero alabardero el que lo empujó hacia ella cuando lo vio paralizado.

Los reyes ya estaban seguros, en el interior del carruaje de respeto, y los caballos habían empezado a andar.

Sebastián, angustiado, veía marcharse a sus compañeros, pero no podía dejar así a Elena, no tan cerca de la misma calle del cuartel.

Desde allí se veía incluso la bandera colgando.

Así que la tomó en brazos y, abriéndose paso por entre el humo y la gente despavorida, recorrió los pocos metros que los separaban del edificio.

Allí la dejó, con mucho cuidado, en el suelo, a cargo del portero.

«Volveré a buscarla», dijo.

Se subió a un caballo que traía un soldado del Wad-Ras, al que habían encargado reunir a los desbocados, y salió al galope hacia palacio.

—Después te traje aquí.

Ella asintió, dándole las gracias en silencio.

—¿Es una de las dependencias del cuartel?

—Este es mi piso, Elena.

Ella se turbó solo de pensarlo. ¿Qué iba a decir su mujer?

—Entonces lo mejor será que me vaya a casa.

—Como quieras. Pero no hay prisa.

—Será lo mejor —repitió.

—Te dejo que te arregles tranquila.

Sebastián se fue hacia la cocina y Elena se levantó despacio y puso los pies descalzos sobre las losas.

Fue hasta el baño, donde una de las baldas estaba llena de objetos de aseo claramente femeninos.

Agua de violetas, polvos, abanicos… La mujer de Sebas tián quizá habría ido al mercado.

Se mantendría lejos de la zona del atentado, por precaución.

Elena no podía sentirse más fuera de lugar.

Recordó las facciones de aquella muchacha mestiza que había visto hacía ya años del brazo de Sebastián, por delante del cuartel.

Sus ojos penetrantes, tan oscuros y algo rasgados hacia arriba, sus pies diminutos y su figura estrecha.

La ilusión de cualquier mujer filipina, decían los opinadores de los periódicos, era casarse con un castila como Sebastián.

Eso las volvía, a ojos de sus compatriotas, auténticas aristócratas.

Se lavó la cara y se empezó a recoger el moño.

—Es posible que aún haya cascotes y policía en la calle. No han podido tampoco restablecer el tranvía.

Ella vio a Sebastián a través del espejo y se dio la vuelta.

—Entonces a tu mujer le costará llegar hasta aquí.

—En realidad sí, porque está bastante lejos. En Filipinas, con su familia. Se marchó la primavera del año pasado.

Elena se detuvo y dejó de peinarse. Ambos estaban ya muy cerca.

—¿Y sabes cuándo volverá?

Él negó con la cabeza y ella intentó quitarle importancia. Tenía que ser muy doloroso para él que una mujer lo hubiera abandonado por segunda vez.

—Quizá echaba de menos las islas… y a su gente. —Elena quiso quitarle hierro a la situación.

—Eso… o sospechaba que su marido seguía pensando en otra mujer —murmuró él, levantando la vista hacia ella.

Elena cerró los ojos, abrumada por el peso de esa certeza mutua. Todo el amor guardado caía ahora sobre ellos, a plomo. Todo aquellos años de dolor, de incomprensión, de tristeza infinita y sueños rotos.

Se besaron con pasión y el vértigo de la existencia los llevó hasta la cama de matrimonio. Sobre ella estaba tendido el uniforme de alabardero, que fue arrastrado al suelo cuando desplazaron las mantas.

Él seguía siendo un hombre casado, pero ambos tenían una noche de bodas pendiente que no podían perdonarse. A Sebastián aún le dolía el pasado, pero estaba dispuesto a no hacer preguntas.

—Desde que te vi el año pasado, en palacio… —susurró—, ya no he podido pararlo. Yo…

Ella lo besó para que no dijera nada más. Se deshicieron de sus ropas y se fundieron en un abrazo. Elena rodeó con las piernas el cuerpo del soldado. Cuando él entró en ella, les pareció que era imposible consumirse tanto y seguir vivos.

Se amaron despacio, disfrutando de cada rincón de la piel del otro.

Descubriéndose de nuevo. Habían estado a punto de morir en la calle y aquello era como volver a nacer, entre suspiros y lamentos de amor enterrado y antiguo, que al resurgir seguía brillando intacto, porque no se había gastado.

Igual de fuerte que entonces. Las horas se hicieron largas en el fuego maduro de sus cuerpos.

No sabían cuánto duraría. Quizá un día, un mes, ¿quién podía saberlo?

Se dieron todo lo que se habían guardado durante el año de noviazgo, de desearse y de proyectar una vida juntos, y en los años de deseo secreto que siguieron después.

Celos, silencio, frustración… transformados en abrazos, caricias, besos interminables y embates de placer que los hacían caer rendidos.

No se decían que se amaban, porque ya lo decían sus cuerpos.

Cuando él le besaba con devoción, muy despacio, los pechos, el vientre, los muslos.

Tan amada y tan breve, tan fugitiva. Cuando tomaba conciencia de que se le había escapado de entre los brazos el mismo día de la boda, renacía en él un arranque posesivo y la tomaba aún más fuerte y con más ganas, y ella se quejaba contra su cuello, sin poder reprimir más el placer.

Pero también había momentos de abrazos tranquilos, de descubrimiento mutuo.

Soplos sobre la piel y susurros. De rendición al otro.

¿Cuánto amor podía gastarse en una sola noche? El de toda una vida.

Pero al día siguiente, cuando amanecieron el uno en brazos del otro, comprobaron que no era suficiente y que aquello no era un final sino un principio.

Elena dejó su piso y alquiló otro junto al de Sebastián, ya que, siendo él casado, tendrían que mantener su amor en secreto.

Durante el día, él se marchaba al cuartel o a palacio y ella, a ponerse tras el mostrador de Loewe.

Por las noches, cada uno entraba por la puerta de su piso.

Sebastián no tardó en hacer obra —a los vecinos les dijo que estaba renovando la cocina— y abrir una pequeña puerta, escondida tras un armario, por la que conectaban ambas casas.

La mayoría de las veces era ella la que cruzaba el umbral y hacían el amor con desesperación y entrega, como si cada noche fuera la última.

Nadie entre los vecinos podía sospechar que, tras aquellas paredes, la cama era una hoguera y que allí se estaban haciendo promesas sin palabras, que no sabían si podrían cumplirse o no.

Para siempre se había convertido en para ahora , y se servían la inmortalidad entre las sábanas y la devoraban a sorbos y a tragos largos y ardientes.

Sebastián nunca preguntó por qué ella le había dejado para marcharse al pueblo y ella tampoco trató de explicarse. Estaban demasiado ocupados agotando el presente como para ocuparse del pasado o del futuro.

Transcurrieron seis meses, en un delirio prohibido y mutuo, y el pasado no volvió, pero sí el futuro. Isabel Florentino de Mendoza llegó una mañana con su sombrilla y su traje de viajar, y tomó posesión de su casa como si nunca se hubiera ido.

Fue la noche en que nació Marile, la segunda niña de Julia. Y también Vera, la hija ilegítima que Carmen tuvo con el hijo de su patrón, Jordi.

La puerta secreta del armario fue tapiada a los tres días.