Capítulo 47
EL PROGRESO INDUSTRIAL Y MERCANTIL
Tan solemne acto tuvo lugar en el local que ocupa EL PROGRESO INDUSTRIAL Y MERCANTIL, en cuyos espaciosos salones pudimos admirar, días anteriores, el elegante trousseau de la novia e infinidad de regalos con que los amigos han obsequiado a los recién casados, apadrinados por el laborioso y honrado fabricante D.
E. Leowe, padre del novio, y la distinguida dama, señora de Galiano, madre de la desposada.
Ofició de párroco el capellán mayor del Cuerpo Eclesiástico del Ejército, licenciado D.
Juan de la Rubia Domínguez, que al efecto se trasladó a esta Corte; y fue presenciado por el testigo Excmo.
Sr. D. Benito Pérez Galdós, entre otros.
Verificados los esponsales, los padrinos obsequiaron a los convidados con un delicado almuerzo en el Restaurat Inglés, a cuya mesa consiguieron sentar a unos cien comensales.
—Todo pasó tan deprisa que no supieron ni escribir bien el nombre de la familia. —Resopló Julia—. A partir de entonces somos los Leowe. Y comemos en restaurates . Ya ves tú…
Elena sonrió y cerró el periódico de la crónica, que Julia le había prestado mientras hacían tiempo en el balcón alquilado en plena calle Mayor.
Habían pasado ya cinco meses y esa mañana se casaban los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia.
Familia y amigos se habían agolpado en los balcones de uno de los industriales alemanes para ver pasar la comitiva, que recorrería todo Alcalá hasta Sol y desde allí a palacio.
Elena había tenido suerte, puesto que el palco se cotizaba a más de dos mil pesetas, pero los Loewe estaban invitados.
Desde la concesión del privilegio real, ambos reyes se habían pasado muchas veces por la tienda. Habían encargado marcos de écrasé rosas, bolsos, saquitos para su coche, estuches para sus joyas… Los regalos no habían dejado de crecer y, con la boda, todavía más. Igual que en los viejos tiempos.
En ese momento se oyó la salva de veintiún cañonazos, que retumbó por las calles madrileñas.
—Ya deben de estar saliendo de San Jerónimo… —dijo Elena.
—Yo sé que a ti, en realidad, ver a los reyes te da igual. Que estás aquí por otra persona.
A Elena se le cambió la cara cuando lo oyó. Era una mezcla de sonrisa ilusionada y tristeza profunda en los ojos. El vivo retrato de la melancolía y de lo que no pudo ser.
—¿Todavía piensas en él? —dijo Julia.
—A veces…
—Bueno, ya aparecerá alguien. No te preocupes.
Elena se apoyó sobre el balcón. Lo cierto era que, a pesar del tiempo transcurrido, no podía evitar vivir anclada a ese sueño de amor imposible. Estaba claro que él no quería tener ya nada que ver con ella y, además, era un hombre casado. Así estaban las cosas, y lo mejor era aceptarlas.
Madrid estaba a rebosar de gente. Algunos llevaban allí desde las seis de la mañana, habían tenido que cortar el tranvía para que no arrollase a los madrileños y, a ambos lados de las calles, se agolpaban hasta tres filas de sillitas plegables de madera, de a peseta. Era peor que en una procesión.
—¡Oye! ¡A ti también hay que traerte una silla! —exclamó Elena.
—No hace falta. Estoy bien…
Julia estaba embarazada otra vez. Lo había anunciado hacía poco, al alcanzar los tres meses.
Le daba la impresión de que el tiempo pasaba demasiado deprisa desde que había tenido a Clarita.
Había estado tan absorta, tan pendiente de que no se le muriera en aquellos meses…
, que no había hecho otra cosa más que cuidarla.
Era la primera vez que pisaba el taller desde el nacimiento.
La vida se le escapaba a toda velocidad ahora que era madre y cuando miraba el calendario sentía vértigo. Embarazada, otra vez…
—¡Mira! ¡Ya vienen! —Elena señaló la comitiva.
Los monarcas iban en la carroza de «Los dos Mundos», la tercera de las tres principales.
En la primera iban las madres de los novios, el infante Don Carlos y su hijo, y la segunda, de respeto, estaba vacía.
La de los reyes era una berlina pesada, tirada por multitud de caballos blancos empenachados y rodeada de su cuerpo de alabarderos reales, a caballo.
Julia fue la primera en meter la mano en su cesta y arrojar los pétalos.
Habían traído varias bolsas de tela, para asegurarse de que tenían bastantes.
Otras gentes lanzaban flores sueltas, o incluso ramos enteros, por lo que las calles de Madrid pronto se vieron alfombradas de todos los colores.
Los floristas de la capital habían hecho su agosto.
En la fachada de enfrente había un hombre con un ramo enorme, exagerado.
—¡Hay que ver qué fervor! —le señaló Julia—. Aquel se ha dejado por lo menos el sueldo de un mes en flores. Ni que fueran a darle un puesto en la Corte…
Pero Elena estaba más pendiente de los alabarderos, buscando los rasgos de Sebastián entre ellos. Sin embargo, por más que se asomaba, diferenciarlos desde tan alto era difícil.
—¿Por qué no bajas, anda? —le propuso Julia—. Que si te sigues inclinando, al final te vas a caer…
—¿No te importa?
—¡Pues claro que no! ¡Corre a verle! Conmigo no tienes por qué disimular —le dijo guiñándole un ojo con picardía.
Elena se retiró del balcón y se lanzó hacia la puerta para bajar los tramos de escalones a toda velocidad, del segundo piso y luego del primero. No sabía si iban más deprisa los taconeos sobre la madera hueca o los latidos de su corazón.
En el balcón, Julia no conseguía quitarle ojo a aquel tipo del ramo enorme, de casi un metro de alto, que tenía que abarcar con ambos brazos.
Era casi más un manojo de plantas que un ramo de flores al uso.
¿No se daba cuenta de que algo tan grande podía hacer daño a alguien?
A la gente se le iba la cabeza con las muestras de fervor monárquico.
Y el tipo parecía intranquilo. No feliz y exaltado como el resto.
En el momento en que pasaba la carroza de «Los dos Mundos», el individuo lanzó con todas sus fuerzas el ramo, que cayó con mucho más peso del normal. Cuando golpeó los cables del tranvía ya se habían deshecho las plantas, revelando las entrañas metálicas de la bomba.
Julia se sujetó el vientre con ambas manos y se echó por instinto para atrás. Aguantó la respiración.
Elena alcanzó por fin la pesada puerta del edificio. Al abrirla, un torrente de luz inundó el portal y le siguió una explosión como un trueno, que retumbó en la tierra y en las casas de alrededor. La onda expansiva la empujó de nuevo hacia dentro del edificio.
La tiró hasta el final las escaleras, donde se golpeó con el borde.
La fachada y la propia puerta, que quedó desgarrada de sus goznes, le habían salvado la vida.
Por el umbral, ahora sin puerta, seguía colándose la luz, mezclada con una columna de humo negro y espeso. Elena se levantó, dolorida, y lo alcanzó, tambaleándose hasta el umbral. El humo se le metió en el cuerpo y se le agarró a la garganta. Sabía acre y le impedía respirar. Empezó a toser.
Las sillitas habían saltado por los aires, destrozando los cuerpos de los asistentes, que yacían muertos o malheridos, lanzando gritos sordos que nadie podía oír, a causa de los pitidos que la explosión causaba en los oídos.
Justo enfrente estaba tirada, en mitad de la calle, boca abajo, una mujer que extendía sus brazos hacia el portal, desesperada por refugiarse. Era el caso contrario al de Elena.
El suelo de flores estaba ahora regado de sangre. Los soldados de infantería llamaban al orden y la calma. La gente corría frenética, en avalancha, temiendo que hubiera más explosiones.
—Sebastián… ¡Sebastián! —lo llamó Elena.
En mitad de la niebla corrían caballos fantasma, sin jinete, desbocados.
La Escolta Real había descabalgado para proteger a los reyes con sus cuerpos, dejando a la deriva a los animales, que coceaban como locos, relinchaban sobre dos patas y herían a cualquiera que se les acercase.
Los alabarderos estaban ayudando a los reyes a dejar su carroza y a cambiarse a la de respeto, que no tenía daños.
En ese instante Sebastián, bien porque la hubiera oído o bien porque Elena era la única figura aún en pie entre tantos muertos, miró en su dirección.
—Elena…
Ella lo leyó en sus labios, antes de caer de rodillas y desmayarse.