Capítulo 46
Un miembro de palacio salió a anunciarla:
—Doña María de la Natividad Quindós y Villarroel, dama de la reina, duquesa de la Conquista y marquesa de San Saturnino, grande de España.
Nati apretó las manos de Julia.
—No te preocupes, que esto es solo una formalidad. Tanto la reina María Cristina como el rey ya han visto lo que sois capaces de hacer. Todo va a salir bien.
Desapareció entre los cortinajes color vino, que recogían los alzapaños dorados. Al otro lado estaba el Salón del Trono.
Elena estaba nerviosa. Habían sido años de trabajo arduo para llegar hasta allí.
Tras subir la escalera de palacio, la primera sala era la de los alabarderos y habían pasado justo por la puerta, antes de desviarse a la izquierda, a la Sala de Grandes.
La separaban solo unos metros de Sebastián…
Estaba sentada sobre un banco forrado de damasco, con patas sobredoradas, contra la pared. Quizá… quizá al otro lado de la pared…
A Enrique también le podían los nervios.
Se mesaba el bigote una y otra vez, procurando que mantuviera su forma curva hacia arriba.
Con el extremo derecho procuraba taparse una verruga que, todavía entonces, le hacía sentirse incómodo.
Se ajustaba todo el rato las gafas, que se le escurrían por la nariz sudorosa, y se estiraba hacia abajo las puntas del chaleco, lo que hacía tinti near las medallas que colgaban de su cadena.
Entre sus manos tenía la última tarjeta de visita, cuyos ejemplares había recogido aquella misma mañana:
Fábrica de artículos de piel E. Loewe. Príncipe, 39 (al lado de San Ignacio). Teléfono: 1810. Man spricht Deutsch. On parle français. English spoken. Casa fundada en 1846.
Tan agitado estaba Enrique como quieta Julia. Solo mantenía baja la vista, sobre las manos cruzadas en el regazo.
Elena no podía estar más preocupada por ella. El embarazo la había cambiado por completo, haciendo que ganara peso y agotándola a nivel físico y mental. Había tenido que pasar mucho tiempo encerrada en su casa, en reposo. Pero peor aún había sido el parto.
Hacía solo cuatro meses que Klara Sofía Stauffer Loewe había venido al mundo, durante una noche atroz de tormenta que la había tomado sin piedad contra los canalones del hospital.
Allí, entre golpes metálicos, Julia había dado a luz a una niña prematura y minúscula, de piel casi traslúcida, que había sido desahuciada desde que vio la luz artificial de la lámpara.
El médico dejó claro que no sobreviviría.
Es más, Julia, llorando sobre la almohada, tuvo complicaciones graves que la iban a perseguir toda la vida.
Si la pequeña Klara sobrevivió fue solo porque Konrad no se dio por vencido y la envolvió parte por parte en algodón mullido y vendas.
Ambos llevaban cuatro meses sin pegar ojo, ocupándose de aquella niña cristalina que podía romperse en cualquier momento, con un soplo de aire, con el suspiro de una infección.
Al bañarla se daban cuenta de que tenían a su cargo una niña en miniatura, que necesitaba una bandejita besuguera, más que una ba ñera de bebé.
Konrad se propuso que, si sobrevivía, la haría fuerte.
La llevaría con él al monte para que aquel cuerpo no se viera en peligro nunca más.
Por eso, se convirtió luego en un portento físico, capaz de ganar medallas, competir en natación, alpinismo y esquí…
y asistir incluso a unos Juegos Olímpicos.
Pero por aquel entonces Julia solo veía a una hija minúscula cuya vida pendía de un hilo. De la que no podía encariñarse demasiado, porque no sabía qué día sería el último. «Mi pequeña Clärchen».
El lacayo de palacio regresó a anunciarles.
—Julia y Enrique Loewe Hinton, de la casa Loewe, en Príncipe, 39.
Ambos se levantaron a la vez.
—Es la hora —susurró Julia a Elena.
El momento era solemne. Aquel por el que tanto habían trabajado esos años.
Julia hizo un asentimiento, pero no fue para Elena, pues miraba más allá, hacia la puerta que daba a la escalera. En el marco, alabarda en mano, se había presentado Sebastián.
—Tienes que hablar con él —fue lo último que le dijo, antes de caminar con Enrique hacia el Salón del Trono.
Sebastián se acercó hasta quedar a su altura. Estaba impecable con su uniforme y la alabarda le daba un aspecto imponente, como de guerrero de otra época. Era un arma tan decorativa como funcional. Todo en él desprendía apostura y protocolo.
El silencio era abrumador. Les llegaban de lejos los ecos de la conversación del rey y los hermanos Loewe, pero más aún se oía el tictac del reloj barroco en la mesilla de mármol. El rojo vino intenso de las paredes se les echaba encima. Los enormes lienzos en ambas paredes eran excesivos.
Sebastián seguía en pie, junto a ella, que estaba sentada. Dudaba. No sabía cómo decir, sin levantar la voz, que un alabardero de servicio no tiene permiso para sentarse.
Ella se dio cuenta y se levantó para ponerse a su altura.
Debían hablar en susurros, para no perturbar la ceremonia, que tenía lugar en el salón contiguo. No había ninguna puerta. El espacio estaba abierto.
—¿Cómo estás? —empezó ella, con la mirada baja, pues no se atrevía aún a mirarle a los ojos.
—Pues ya me ves. Conseguí ascender.
—Me alegro de que así fuera.
—En Filipinas fue más fácil. Y también conseguir esposa.
Ella siguió con la vista baja, avergonzada. Ya esperaba aquel golpe, pero no por ello fue menos doloroso.
—Sabía que estabas casado. Por eso no te he buscado todos estos años.
Habían pasado ya cinco desde la boda de Julia.
—Por eso no te busqué yo tampoco.
—¿Sabías que estaba aquí?
Sebastián asintió muy levemente, como hacen los militares que llevan gorro.
—Mi padre me lo dijo.
El anciano la había reconocido en la plaza de la Armería. Recordó su mirada de dolor y resentimiento.
—Siento mucho lo que pasó. Lo que os hice… a ti y a tu familia.
En ese instante se quebró y cerró los ojos para que no se le vieran las lágrimas.
Sebastián volvió a asentir.
—Fue imperdonable. Ocurrió algo superior a mis fuerzas, y no fui capaz… Lo siento tanto —siguió ella con los ojos cerrados.
—Ya no importa, Elena. Ahora somos otras personas.
Sebastián salió de nuevo a la escalera, para volver a la sala de alabarderos, porque los Loewe cruzaban otra vez bajo el dintel. Enrique llevaba en las manos el papel triunfal, sellado y enrollado:
Intendencia General de la Real Casa y Patrimonio S.M. el Rey Don Alfonso XII
Atendiendo a lo solicitado por D. Enrique Loewe se ha dignado por Real orden de esta fecha concederle los honores de Proveedorde la Real Casa y el uso del escudo de las Armas Reales en las facturas y etiquetas de la fábrica de artículos de piel que tiene en esta Corte.
Y en cumplimiento de lo mandado por S.M expido el presente que firmo en el Real Palacio de Madrid a 24 de febrero de 1905.
Al salir, a Enrique le estaban esperando su novia, Pilar Alonso, y su futuro suegro, el director del periódico El Progreso Industrial y Mercantil , para publicar la excelente noticia. Todos irían a celebrarlo a un buen restaurante y empezarían esa misma noche a pensar en boda.
—¿Qué tal ha ido? —le preguntó Julia a Elena.
—Bien… bien —dijo ella—. Hemos hablado y me he disculpado. Ahora ya estamos en paz.
Julia apretó los labios, nada convencida de la respuesta, pero sabiendo que ya era poco lo que se podía hacer.
Tras conseguir aquel gran logro de llegar a ser proveedores reales, Heinrich se retiró del negocio y Enrique cumplió su sueño de abrir una tienda a pie de calle, de venta al por menor. También acuñaron el lema que ya les acompañaría siempre: Loewe, fiel a la piel .
Tras el mostrador, Elena seguía pensando en las últimas palabras de Sebastián: «Ahora somos otras personas». Para ella no eran reales.
Porque a ella, con todo lo que había sentido al verle, le parecía que seguían siendo exactamente las mismas.