Capítulo 45
Tras la boda y antes de volver al pueblo, Elena se pasó por Loewe para ayudar a Julia a recoger sus cosas. Era la última hora de la tarde y ya había anochecido.
Al llegar frente a su fachada de la calle del Príncipe, se dio cuenta de lo grandioso que se había hecho el sueño de la familia. El trabajo de tantos años brillaba con luz propia.
El taller ocupaba el edificio completo a la derecha de San Ignacio de Loyola, los tres pisos, de cinco balcones cada uno.
Dos hermosas farolas curvas, de hierro modernista, colgaban de la fachada a ambos lados del cartel: FÁbrICA DE ARTÍCULOS DE PIEL.
En el segundo balcón podía leerse E. Loewe , flanqueado por dos tapices colgantes de heráldica alemana.
La sobriedad y elegancia contrastaban con el estilo neorrománico de la iglesia contigua.
En el interior, más allá de la sobria recepción, hasta cinco operarios se reunían alrededor de una lámpara de gas.
Cinco hombres de mediana edad, con bigotes morenos y frondosos, vestidos de traje, camisa y corbata y cubiertos con batas, con alguna manchada de barniz, cola, pintura, taninos.
El olor del cuero y los químicos era tan fuerte que, incluso en aquella época del año, mantenían los amplios ventanales abiertos.
Los hombres operaban sobre un bolso encima de una mesa de madera recia, cubierta de reglas e instrumental de medición, que se iban pasando por turnos.
Ante ellos tenían abiertos los maletines y estuches con toda clase de herramientas finísimas, desplegadas como en una sala de hospital.
Todas ellas clasificadas y sujetas por tiras de cuero a sus respectivos maletines.
El espacio de trabajo era impecable. Ni un solo compás, punzón, cuchilla o carrete fuera de su sitio.
En el centro de la mesa estaba la caja elevada de la cola, con cinco brochas asomando como cinco cucharas de madera en torno a un guiso.
¿Y la criatura, doctores? Goza de exquisita salud.
Aquí lo tiene: es un precioso bolsito de piel de antílope, con boquilla de concha y cierre de marfil.
A esa hora solo quedaban aquellos cinco operarios, que se habían quedado a terminar un encargo, y a los que Elena no conocía. La sala de las costureras ya estaba desierta, con las máquinas de coser paradas y en silencio, los hierros negros de sus pies como arbustos mágicos en la oscuridad.
En los anaqueles del gran almacén se apilaban los clasificadores etiquetados que contenían tarjeteros, petacas, billeteros, joyeros y cestos de costura, estuches de todo tipo, maletines de oficios, maletas para viajar. Allí era donde Julia guardaba sus cosas de soltera.
—Ahora que te has casado y que Enrique está de vuelta, ya no hace falta que vengas —había dicho Heinrich—. Has trabajado mucho, Julia. Te has ganado tu descanso de la casa Loewe, ahora tienes tu propia casa que atender.
Julia lo entendía, pero no se lo esperaba, la verdad.
Ella había pensado que podría seguir trabajando al frente del taller, aunque su hermano hubiera ya vuelto del extranjero.
Se sintió algo triste y desconcertada, pero tuvo que aceptarlo, pues su padre era la máxima autoridad en la familia y en la empresa.
Sin embargo, lo vivió como un duelo. Debía dejar la casa familiar y la empresa, todo a la vez, y marcharse con su marido a un piso provisional, hasta que terminaran las obras y se pudieran mudar a la fábrica de cerveza. Le costó tiempo aceptarlo.
Enrique había vuelto con todos sus estudios terminados, con sus prácticas en fábricas alemanas, listo para tomar el mando.
—¿Qué pasará con la línea de artículos para mujeres? —quiso saber Julia.
—Seguiremos con ella, claro. Si son rentables…
—¿Y las clientas con las que yo trataba?
—No te preocupes de eso, Julia. Tú disfruta de tu luna de miel y de tu vida de casada…
Ante aquellas palabras ella solo podía agachar la cabeza. No había forma de expresar lo que de verdad sentía.
—¿Y a quién pondrás al otro lado del mostrador?
Y Enrique le daba la callada por respuesta.
Julia abrió la caja y Elena se dispuso a pasarle los papeles.
Todos los apuntes de Comercio y sus exámenes prácticos de contabilidad estaban en el papel de cuadrícula minúscula que se había traído de la Asociación, por si le hacía falta consultarlos.
Le pasó su título de Comercio, enmarcado en la pared, su foto con el birrete negro y la toga, con el diploma enrollado en la mano y la mano en la mejilla, como una pensadora de la antigüedad.
Metió también el álbum de recortes de Nellie Bly, que había reconstruido con el tiempo.
El libro de La vuelta al mundo en ochenta días , que se ponía a leer cuando no había clientes y las horas se hacían largas.
Decidió dejar la planta junto al mostrador.
—No sé aún a quién va a poner Enrique en mi lugar, y eso es lo que más me preocupa. Tiene que ser alguien de confianza, que conozca bien el taller… Me da que quiere contratar a un caballero, como antes. Recuperar nuestra cara más tradicional.
—Podríais hacer una selección. El taller es un sueño. Cualquiera querría trabajar aquí —apuntó Elena.
Julia la tomó de las manos, como hacía tantos años, cuando se conocieron, y la miró a los ojos. Una idea le rondaba por la cabeza, una decisión que le permitiría seguir unida de algún modo al negocio que ella había cuidado con esmero todos esos años.
—¿Y por qué no te quedas tú?
De nuevo la encrucijada del destino se presentaba ante Elena.
—¿Yo? ¿Estás segura?
—¡Claro que sí! Sería… sería como si yo misma siguiera aquí. Como si me hubiera acabado de ir. Así me puedes ir contando cómo va todo y yo… yo podría seguir vinculada al negocio a través de ti. Dar ideas, proponer cosas. Por favor, dime que sí, creo que sería la mejor solución.
—No sé… Es que no sé qué decir…
«¿Y qué pasa si me encuentro con Sebastián?». «¿Y qué dirá Carmen?». Había venido para un par de días y ahora ya no iba a regresar al pueblo…
—Di que sí y ya está.
Elena respiró hondo. Tenía que recuperar su vida.
Luchar por algo mejor, a pesar de todos los problemas, de los palos en las ruedas que el destino se había empeñado en ponerle.
Lucharía, por supuesto que lucharía. Carmen ya no la necesitaba y, de hecho, estaba segura de que era escaso el afecto que sentía por ella.
Además, su hermana tenía a Justa, y también sus amoríos en el pueblo, de los que prefería no saber demasiado.
Sí, se había ganado el derecho a recuperarse.
No le debía nada a nadie, solo a sí misma.
Y asintió.
—De acuerdo, cuenta conmigo.
Julia se echó a sus brazos de alegría. Se iría de allí, pero no del todo.