La casa del hilo rojo Capítulo 44
86%

Capítulo 44

El dinero no se gasta va de mano en mano y acaba por sedimentarse allí donde la mano que lo recoge siente menos necesidad de gastarlo

Si en seis días de la semana tengo el puño cerrado, el séptimo puedo abrir la mano, pero si en seis días tengo abierta la mano, el séptimo no tengo nada dentro del puño. *

Eran las palabras que Louise Coppel había enviado a Julia por carta y ahora ella entendía muchas cosas.

La demora en pasarse por el taller, las acusaciones de frivolidad al lujo, la resistencia a acudir a restaurantes.

Tenía que ir a verlo en persona y saber si este era un defecto de su carácter.

Si estaba a punto de firmar por una vida llena de privaciones junto a un hombre al que le pudiera la tacañería.

Konrad tenía que ganarse bien la vida, pues era maestro cervecero y prácticamente dirigía la fábrica.

¿Era de aquellos hombres que, incluso teniendo dinero, son incapaces de disfrutarlo?

Estaba bien privarse cuando no se tenía, eso estaba fuera de discusión, pero…

Camino de Amaniel, imaginó lo que sería de su vida ajustándose a un presupuesto ínfimo, privando a sus hijos de todo lo que no fuera imprescindible, viviendo con lo justo.

Con lo miserable, incluso. Tan malo era un hombre despilfarrador como uno que no tenía medida de lo que era vivir cómodo.

Julia no quería una existencia arrastrada.

Aquello podía hacerla sufrir muchísimo. Ella necesitaba mantener su estatus.

Una vida parecida a la que le había ofrecido su padre hasta ahora.

Al llegar a la fábrica, preguntó por él y salió a recibirla el mismo Alfredo Mahou.

—Me gustaría pedirle algo, y espero que no me considere una entrometida, pero… me gustaría ver las habitaciones de Konrad —dijo ella.

—¿Su cuarto dice?

—¿Es que solo tiene uno? ¿Con la de tiempo que lleva trabajando aquí?

—Él mismo insiste en que no necesita más…

—Pues me gustaría verlo.

—Bueno, es algo muy personal, pero van a estar casados en cuestión de días. Supongo que no le importará.

Cruzaron el patio principal, junto a la altísima chimenea de ladrillo rojo cuyos humos Julia respiraría el resto de su vida. La llevó a su cuarto y la dejó allí, mientras iba a buscar a Konrad a las calderas.

Era una habitación muy sobria, con un arcón de madera, maletas de piel bajo la cama y un escritorio recio.

En la pared destacaban dos retratos ovalados en sepia.

«¿Sus padres?», se preguntó Julia. A la izquierda, el de un hombre cano, con perilla y bigote, que se parecía mucho a Konrad.

A la derecha, el de una mujer morena, de media sonrisa y cejas como sorprendidas, peinada en un moño con raya en medio.

También había un pequeño cuadro al óleo y Julia se inclinó sobre él: Henning, 1890.

Solo tenía una década. Era un cuadro dentro de un cuadro: un perro mirando un lienzo donde aparecía el mismo hombre del retrato ovalado, el padre, seguramente, con bastón, pipa y un sombrero con plumas al estilo bávaro.

A su lado, un taburete con un krug de cerveza.

Sí, definitivamente, aquel era el señor Abraham Stauffer, y a sus pies tenía unos sacos de cebada, marcados con las letras A St y St y Cía.

También aparecían en el cuadro sus posesiones más preciadas: un rifle, una cabeza de ciervo y otros trofeos de caza.

Julia se acercó entonces al escritorio, donde estaban el pasaporte alemán de Konrad y un álbum de recortes dedicado a las hazañas de tiro del padre.

Ganadores del premio bávaro en el festival de tiro alemán de Fráncfort.

(Continúa.) Disco de pie Rin: Abraham Stauffer, propietario de una cervecería en Núremberg, (1 Stutzen, W.

200 fl.); Enrique Mehring de Núremberg (1 docena de cucharas de plata, 1 cuchara sopera y 2 cucharas de verduras, L. 145 fl.).

Julia sonrió. Era de 1862, cuando Konrad tenía dos años. Stauffer había ganado un rifle nuevo, Stutzen, por doscientos florines. El álbum estaba lleno de noticias como aquella.

Al lado estaban los boletines de notas de la escuela.

Informe anual sobre K. Bayer, Realgymnasium y reformatorio de Núremberg .

Konrad Stauffer, hijo del dueño de una cervecería, brauereibesitzer .

Del 1 al 4, siendo el 1 la nota más alta, tenía un 3 en Religión, 2-3 en Latín, 3-2 en Alemán, 3-2 en Cálculo.

A Julia la conmovió que se hubiera traído esas cosas desde tan lejos.

En ese momento apareció Konrad.

—Hola, Julia. ¿Qué haces por aquí? ¿Te gusta mi habitación? —le dijo con un guiño.

—Discúlpame, querido, sentía mucha curiosidad por conocer la guarida del lobo —le contestó con coquetería. Luego, señaló uno de los retratos—. ¿Es este tu padre?

—Así es.

—¿Y tu madre?

—Sí.

Konrad se metió las manos en los bolsillos y se sentó en la cama.

—¿Y siempre habéis sido cerveceros? —Señaló el cuadro de Henning.

—El padre de mi madre era el que tenía la fábrica… Hans Ruckert. Él mismo entró como maestro cervecero. Cuando el dueño de la fábrica se murió, se quedó con la fábrica y la viuda.

—Dos por uno, entonces.

—Mi padre llegó también de fuera y se casó con mi madre, y siguió con la fábrica, que después delegó en mi hermano mayor…

—Ha sido una vocación de varias generaciones, entonces. —Sonrió ella—. Está muy bien que la fábrica pasara de padres a hijos.

—Sí. El problema es que yo ya no voy a poder pasarla a mis hijos ni a nadie —dijo él, amargo.

—¿Y eso?

—Porque ya no existe.

A Julia se le encogió el corazón al verlo así de abatido.

—¿Por qué?

—Mi hermano mayor, Jean, la destrozó.

Ella lo tomó de las manos, expectante por esa parte de la historia de su prometido de la que nada sabía.

—Cuéntame qué pasó.

—La fábrica iba muy bien, con mi padre en la cerveza y mi madre haciendo las cuentas.

Pero mi padre se cansó de llevarla. Quería participar en los concursos de tiro.

Cazar, ir a las monterías… Mi hermano Jean lo tuvo todo en la vida.

Había ido a la guerra de 1870 porque era artillero, y lo habían educado en Suiza, por lo que se creía mejor que todos nosotros.

Estaba obsesionado con exportar, corría riesgos sin pies ni cabeza.

Dilapidaba el dinero. Se marchó de casa y montó el negocio por su cuenta, pero fracasó.

Tuvimos que pedir tres hipotecas sobre la fábrica y recurrir a judíos para los préstamos.

Yo hice lo que pude, solo tenía veinte años, pero me puse enfermo de tifoideas y para cuando me recuperé…

Perdimos la fábrica, lo perdimos todo. A mi madre la echaron de su casa, donde había pasado toda su vida.

—Lo siento mucho, Konrad.

Por eso, había aprendido a trabajar de sol a sol y a ahorrar hasta la última peseta. Peor que nacer pobre es nacer rico y ver cómo la fortuna familiar se echa a perder.

—Cuando llegué a la edad adulta, ya solo heredé las deudas.

Por eso me vine a España. Para intentar ayudar a mi familia.

Todo lo que he ganado estos años se lo he ido enviando a ellos.

Para que mi madre recuperara su casa. Para que mis hermanos pudieran estudiar y mis hermanas no tuvieran que casarse mal.

Para ayudar incluso a Jean, que está en la ruina.

—¿Y cuántos hermanos sois?

—Siete, conmigo.

Julia ya lo entendía todo. No es que Konrad fuera un agarrado que no sabía emplear el dinero. Es que lo estaba empleando en mantener a nueve personas. Era un hombre familiar, noble y generoso con los suyos.

—Eres una buena persona, Konrad.

—Al principio lo enviaba todo a Alemania, pero ahora ya se han recuperado.

He conseguido meter a mi hermano Heinrich en el negocio.

Le compro lúpulo para Mahou. Ahora podemos empezar a ahorrar para nosotros, Julia.

Para nuestra propia casa —le dijo, tomándola de las manos y envolviéndola en una mirada cálida y cómplice.

Esa misma tarde, víspera de la boda, llegó de Londres la tía Hinton, hermana de Carlota Clara. Al fin se vieron en persona y ella le dio las preciadas cartas.

—Te resumo lo que pone en ellas, Julia, y luego podrás leerlas con calma, ahora que ya eres una mujer adulta y puedes entender lo que ella vivió: tu madre estaba muy sola.

A eso se enfrenta la mujer cuyo marido vive para el trabajo.

Los hombres emprende dores, los empresarios…

, para ellos el trabajo es lo primero. Se lo exige todo.

Deben luchar por hacerse camino y su gran amor es su empresa.

Heinrich es así y, por lo que me dices, Konrad también.

Está ausente, porque viaja. Tiene mucha responsabilidad.

Y tú, como tu madre, deberás prepararte para lo que te espera y hacer tu propia vida sin contar mucho con él.

A veces estará y a veces no. Y no puedes esperarle siempre.

Esa noche Julia leyó las cartas y adivinó entre líneas la voz de su madre, una mujer que deseaba compañía y amor, y en cambio…

solo pudo soñar con ello. Una vida de soledad.

Fantaseando con amores pasados, de adolescencia, o proyectando amores futuros, que nunca serían reales.

Y, en el presente, vacío e hijos. Y más fantasmas, amores imaginarios, ilusiones que no podían ser. Enamorándose de hombres hechos de aire.

Ya conocía a Konrad Stauffer, porque conocía a Heinrich Loewe. Y lo aceptó.

Ya estaba preparada para casarse, para ser como Clara en todo.

Orgullosa del vínculo que la unía a ella, pese a su ausencia.

Convencida de que, como ella, y a pesar de todos los problemas, podría ser la esposa que Konrad deseaba y amaba.

Y segura de que, a diferencia de su madre, ella llenaría su vida de sentido porque, además de los hijos, tendría el negocio familiar, que tan bien había capitaneado mientras su padre estuvo convaleciente.

Junto a las firmas de la boda, Julia y Konrad lacraron su futuro con sus sellos personales, los que les regaló la familia. En plata, con mango de nácar rosa para ella, blanco para él.

En sus miradas, la promesa de un amor eterno y de una complicidad sin fin.

* Citado de Los pozos de la nieve , de Berta Vias Mahou (Acantilado, 2008). Tomado del manuscrito original de Konrad Stauffer.