Capítulo 43
Sebastián llevaba ya cuatro años en España y no podía evitar, cada vez que se ponía el sol, acordarse de Manila.
Los primeros días, recién llegado a las islas, fueron los peores.
Tras lo sucedido con Elena y habiendo perdido de manera tan cruel sus planes de futuro y su valor a ojos de la sociedad («Si le han dejado, por algo será»), no le quedaban demasiadas salidas.
Decían que en el servicio de ultramar se ascendía más rápido, que no tantos querían irse tan lejos, al Pacífico.
Que allí llegaría antes a sargento, el primer paso para hacerse alabardero.
Cuando el sol se hundía en el mar y soplaba la brisa cálida entre los palmerales se acordaba de nuevo de su malogrado noviazgo.
Ninguna explicación. Una traición de última hora. Una reacción incomprensible que había destrozado todo aquello en lo que una vez creyó.
Ya en Manila, pasaba las tardes en el puerto, contemplando los antiguos galeones desmoronarse como lo habían hecho sus sueños.
A veces repasaba su historia con Elena y no acababa de entender por qué se había empeñado tanto con ella.
Si desde el principio, nada había sido fácil.
Siempre había algún obstáculo. Se había aferrado a aquella primera intuición, a los momentos especiales del principio, nada más verla, y a la afinidad que había sentido luego, al besarla en el carruaje.
El noviazgo había sido maravilloso, eso no lo podía negar.
Las charlas durante los paseos, las risas y las tonterías.
Pero al final… no había sido más que una ilusión.
Se había engañado pensando que ella le quería.
Cuando le asaltaban estos pensamientos, intentaba volcarse por completo en su deber.
Formaba muy rígido junto a la Infantería de Marina, para rendir honores a la bandera, de uniforme y con la mano derecha en el primer tiempo de saludo.
La tela rojigualda bajaba por el asta, resonaba un cañonazo y la vida se apagaba en ese instante.
Llegaban el toque de oración, los murmullos del ángelus.
Por toda la isla cerraban comercios, almacenes y oficinas y todo el mundo regresaba a casa.
Todos menos él, que regresaba al cuartel.
El perfume de las especias llenaba la noche.
Las muchachas filipinas pasaban junto a los soldados, saludando, con sus cestos llenos de fruta en la cabeza. Sonriendo a cambio de unas vanas palabras.
Él se iba al Palacio de Malacañán, al servicio del capitán general, que era el representante de la reina en aquella tierra extraña.
Los primeros años estuvo de lancero para su escolta oficial, ya fuera en la garita, ya cerrando la comitiva de su landó de paseo.
El cuarto año, por fin, hubo una baja en el zaguanete de alabarderos que guardaba el vestíbulo de la Capitanía.
¿Iban a esperar a que enviaran a uno de Madrid?
Ni soñarlo. El viaje podía tardar meses por mar.
¿Y quién era el más alto de los que allí podían sustituirle?
Sebastián se saltó unos años en la cadena de mando y pasó a ser alabardero de la noche a la mañana.
Solo por la altura. Y porque estaba en el sitio adecuado en el momento justo.
Allí, bajo una estatua del dios Marte, dio cumplimiento a su sueño de niño. Se dejó el bigote y la perilla reglamentarios y se dispuso a portar la alabarda, noble arma que había sido danesa y suiza antes que española, hasta que lo retirasen del Ejército.
Elena llegó al Relevo Solemne de la Guardia Real con media hora de antelación y, a pesar de todo, tuvo que agolparse de puntillas entre la multitud para poder ver algo a través de las rejas.
Eran muchísimos los madrileños que deseaban ver los destellos en el peto de los coraceros y los llorones de oca blanca que llevaban en los cascos y que se levantaban al trote del caballo.
Se le encogió el corazón en cuanto empezó a desfilar el pasacalles y salió la bandera coronela, y no dejó de estar en tensión hasta que acabaron las maniobras.
Al ser el día de Santa Bárbara, patrona de la artillería, se detonaron hasta cuatro cañones que le sacudieron el pecho.
La onda expansiva la notó en las rejas y debajo de los pies.
Más que escucharse, se sentían por todo el cuerpo.
Durante casi una hora estuvo esperando la salida de los alabarderos mientras entraban y salían los cuerpos y se cambiaban los centinelas… Y, al fin, cuatro miembros se presentaron junto a las columnas de la fachada. Sebastián era uno de ellos.
Con perilla, con bigote… Lo habría reconocido en cualquier circunstancia porque el rostro amado no se olvida fácilmente, y menos cuando se ha tenido tan cerca, durante un noviazgo feliz y cargado de promesas.
Sí, era el mismo hombre que la había impresionado en el hipódromo y con el que tantas veces había paseado por la calle de Alcalá.
El mismo que le había pedido matrimonio en un Palacio de Cristal lleno de flores.
En ese momento Elena se sobresaltó, porque, cerca de Sebastián, había un criado con librea que la miraba fijamente, con tanto dolor y resentimiento que casi lo sintió en su cuerpo. Era su padre, el criado. La había reconocido.
Ella desvió la mirada, con vergüenza. Abandonó la reja y se fue hacia atrás, a refugiarse entre la multitud. Esperaría a que el Relevo terminase. Si tenía suerte, Sebastián estaría también de salida y acudiría a descansar al cuartel.
Esperó con paciencia tras una farola y, por fin, cuando ya la gente hacía rato que se había dispersado y estaba de vuelta a sus quehaceres, Sebastián salió por las puertas con uno de sus compañeros.
Iban riendo, divertidos, cuando cruzaron la calle y se desviaron por un sendero rodeado de hierba y protegido por un muro, un paso elevado que ofrecía unas excelentes vistas de palacio.
Elena los siguió a distancia por el terreno curvo manchado de luz y sombra, pues hacía un día espléndido, de un cielo azul inabarcable, y la luz se colaba por entre las hojas amarillas de los árboles.
A ratos quedaba cegada por el sol mientras los seguía y, en esos momentos, temía que Sebastián se diera la vuelta y la viera.
Entonces tendría que enfrentarse a la conversación que llevaba años demorando.
Ambos alabarderos alcanzaron las callejuelas que llevaban a San Nicolás.
Allí estaba el cuartel, con sus peculiares ventanas de rejas que imitaban una fila de alabardas.
Elena conocía el lugar, de haber ido a buscar a Sebastián, cuando apenas se conocían, con la excusa de ser una comercial de Loewe.
¡Cuánto tiempo había pasado! La bandera española ondeaba, como siempre, bajo el escudo de la fachada, y en el dintel rezaba, en letras orgullosas y mayúsculas, el TODO POR LA PATRIA.
Elena decidió que era la hora de la verdad. Había seguido a Sebastián a distancia y ahora le observaba tras una esquina de piedra, pero si entraba en el cuartel sería mucho más difícil reclamarle y hablar con él. Tenía que disculparse, en la medida de lo posible…
Avanzó por la acera, apretando ambas manos sobre el pecho, aspirando fuerte el aire y reuniendo todas las fuerzas de las que era capaz.
Pero entonces llegó una mujer muy bien vestida que se detuvo ante la puerta, junto a ambos soldados. Estuvo hablando con los dos y luego el compañero se despidió y entró en el cuartel.
Sebastián tomó a la recién llegada del brazo y empezaron a hablar, mientras se alejaban, camino de los jardines de la Plaza de Oriente.
Se besaron, antes de que Elena los perdiera de vista.
La mujer era filipina.