Capítulo 42 #2
—Quiero encargar una cartera para mí en su taller. ¿Qué me recomienda?
Julia se sorprendió de verle y de que le soltara aquello a bocajarro, sin presentaciones. Dejó de atender a los ejercicios de gimnasia, que seguían en el escenario.
Konrad casi no había cambiado. Pelo cortado a cepillo, pajarita, un traje sobrio. Estoico, alto y delgado. Fuerte de subir montañas. Esa vez tenía un brillo de decisión en los ojos.
— Guten tag, herr Stauffer . Algo sencillo y de calidad. Sin adornos. Que lo mejor esté por dentro, y no por fuera —le recomendó con una sonrisa.
—Seguramente eso me describe. Debo decir que, en su caso, lo mejor está por dentro y por fuera también. Porque no hay una mujer como usted en este salón.
Julia arqueó las cejas y se quedó con la boca medio abierta por la sorpresa. No se esperaba una respuesta así después de tantos años sin verlo.
Konrad era emprendedor y negociante, como Heinrich.
Directo. Poseía la seguridad que ella tanto admiraba en su padre, la de los hombres que saben abrirse camino.
Pero ella ya no era una adolescente. Prefería poner distancia antes de que la presión en el pecho pudiera con ella.
No iba a hacerse falsas ilusiones otra vez.
—Venga a verme al taller mañana y pondremos en marcha el encargo, ¿le parece?
—Eso haré, desde luego. Pero además le pediré que en esta fiesta me reserve el vals. No se vaya porque la buscaré. Tengo algo para usted.
El resto de la velada, Julia estuvo inquieta. Procuró no buscar a Konrad con la mirada, intentando calmar las pulsaciones, aunque era inevitable pensar en sus palabras. Después de una hora agónica, por fin sonaron los primeros acordes de Strauss.
Konrad la tomó de la mano y la condujo al centro de la pista de baile, la ciñó de la cintura y empezaron a acompasarse.
Ambos bailaron con mucha seriedad, conscientes de su momento vital y de que aquello no era un simple baile, sino una oportunidad de las que aparecen pocas veces en la vida.
Detrás de aquellos pasos menudos, un, dos, tres, un, dos, tres, había una propuesta rocosa…
Era un sueño sentirse tan ligero por fuera y tan pesado por dentro.
Cada uno había tenido tiempo de meditarlo: Julia en su adolescencia. Todo lo que le gustaba de Konrad seguía allí. Él en el último mes de frustración y anhelo, con la imagen de la valquiria palpitando por todo su cuerpo. Como si el rojo del vestido de ella se le hubiera colado en la sangre.
Ahora ambos bailaban y, en el cruce de miradas, parecían lanzarse el desafío de una vida. Poniendo términos, trazando planes… Imaginándose más fuertes en plural que en singular.
Capaces de subir altas montañas.
El vals terminó y él le besó la mano, sin apartarle la mirada.
— Dankeschön —susurró ella.
— Schwer ist zu tragen das unglück, aber schwerer das glück. Le he traído esto de mis viajes.
Konrad le entregó un pañuelo y luego se marchó.
Julia guardó el pañuelo en su bolso y, solo cuando llegó a casa y lo desdobló, se dio cuenta de que en su interior había una edelweiss alpina. Un pedacito de Baviera. A buen seguro la había cortado él mismo en sus excursiones al monte.
Se quedó pensando en lo último que le había dicho, una cita de Hölderlin: «Difícil es soportar la desgracia, pero mucho más difícil es soportar la felicidad».
En aquel momento no estaba segura de lo que quería decir, pero luego lo entendió muchas veces, durante su matrimonio.
Konrad cumplió su promesa. Acudió a la fábrica de Loewe a encargar su cartera.
Y, cuando la recogió, encargó también un estuche de anteojos.
Y luego, cuando lo recogió, encargó uno para el tabaco de pipa.
Y después un tarjetero que no necesitaba.
Y en cada visita acudía más tarde y alargaba más la conversación, hasta que consiguió llevarse a Julia fuera del local y más allá del horario laboral.
—Ahora que ya he visto sus nuevas creaciones, deje que le muestre las mías.
Llevó a Julia a la fábrica de Mahou en Amaniel, donde estaba formando un biergarten al estilo muniqués.
—Hemos sacado la cerveza al aire libre. A ver si así los españoles se acostumbran.
Allí, vieron una obra de teatro y se tomaron seis cañas de Pilsen Múnich, sujetas en una chapa rectangular con asas, acompañadas de almendras y aceitunas machacadas. Julia se acabó una y Konrad cinco.
—¿Qué le parece la fábrica? —se atrevió a preguntar él.
—Pues muy acogedora.
Con esas palabras, él supo que Julia era la mujer de su vida.
Tras la velada, ella propuso ir a un restaurante de lujo, pero Konrad insistió en que estaba lleno y en que para qué gastar en esas cosas, cuando lo importante era la buena compañía.
Estuvieron saliendo durante seis meses, dando largos paseos por la calle Mayor, asistiendo a las funciones del Teatro Español y a los cercanos salones del Hotel Rusia, donde Konrad, asustado, se refugiaba por una peseta en el cuello de Julia, cada vez que el tren de los hermanos Lumière amenazaba con saltar de la pantalla de cine.
Le pidió matrimonio durante el eclipse de sol del 28 de mayo.
Lo hizo al amparo de las lentes especiales que habían comprado para verlo en Refrescos Ingleses, donde Konrad también había adquirido, en secreto, una botella de Codorniu que llevaba escondida en una bolsa de papel.
Estaba seguro de que ella le diría que sí.
Lo tenía hablado con los señores Loewe y ambos estaban encantados.
Sin embargo, ese mismo verano, el compromiso se hizo público y a Julia le llegó una misteriosa carta de Louise Coppel.
Estimada Fräulein Loewe:
Debe saber que Konrad y Georgina se escribieron durante un tiempo.En una de sus cartas él le contó la historia de su familia y le dijo las palabras que aquí le adjunto.Creo que es bueno que las conozca, para que sepa con qué tipo de hombre se casa y así decida por sí misma.
Con todo el afecto,
Louise Coppel
En el sobre había otro papel.
Mientras, en la fábrica de cerveza, Konrad recibía otra carta, firmada por el marido, Carlos Coppel.
Estimado Herr Stauffer:
Es importante que hagamos lo posible, desde nuestra privilegiada posición, para influir en la reina estos dos años que le quedan de regencia y ayudar así a nuestro amado káiser.
Para cuando se corone a Alfonso se renovará el tratado de la Triple Alianza entre Alemania, Austria-Hungría e Italia. España debe sumarse a sus hermanos mediterráneos y estar en esa mesa.
Es necesario tentarla para que apoye a nuestro excelso Reich, en cualquier conflicto que esté por venir.
Su compatriota,
Carlos Coppel
—Y así fue como nos reencontramos y nos comprometimos —recapituló Julia—. El contenido de aquella carta me dio que pensar, pero lo he asumido, como tantas cosas. De ningún hombre debe esperarse la perfección…
Suspiró y aquello fue todo lo que le contó a Elena sobre ese tema.
—A pesar de todo, estoy esperando la llegada de la tía Hinton, de Londres, para pedirle consejo.
Me ha asegurado que esta vez me entregará las cartas de mi madre.
Se las he pedido durante años y, la verdad, me ha molestado un poco que no haya parado de ponerme excusas para demorar ese momento.
Pero ahora dice que al fin soy adulta como para entenderlo, ahora que me enfrento a mi propio matrimonio.
Suspiró, pensando en lo mucho que a Carlota Clara le habría gustado verla casarse. Seguía haciéndole tanta falta, a pesar del tiempo transcurrido desde su prematura desaparición…
—¿Y tú? —Se limpió una lágrima antes de que cayera. No podía dejar que la melancolía empañara aquellos días—. ¿Qué harás toda la semana? ¿Aprovecharás para volver a Ave María? ¿Visitarás San Lorenzo?
A Elena le recorrió el cuerpo una oleada de malos recuerdos solo de escuchar el nombre de aquellos lugares, a los que no pensaba acercarse en ningún caso.
No. Estaría poco tiempo en Madrid y no podía perder la oportunidad de ver a Sebastián, ahora que sabía que había vuelto de Manila. Ya lo sospechaba, pues el desastre del 98 había afectado a todos los militares de ultramar. Sebastián no iba a ser una excepción.
El Relevo Solemne en el Palacio Real era a las doce de la mañana y no faltaría. Tenía la esperanza de encontrarlo allí. Se presentaría como una madrileña más, confundida entre la multitud.
Tenía que hablar con él, como fuera.
Si en algún momento las palabras han servido de algo, tenían que servir ahora para pedirle perdón.