Capítulo 42
—¿Y cómo pasó lo de Konrad?
De paseo por el Retiro con Julia, Elena le hizo la gran pregunta. No se explicaba cómo, en apenas ocho años, Julia había pasado de ser una niña, la hija mayor de otro industrial alemán, a ser una posible esposa a ojos del maestro cervecero. Una señora. La madre de sus futuros hijos.
Los primeros años ella intentó evitarlo.
No quería encontrárselos ni a él ni a los Coppel.
Todo apuntaba a que Konrad acabaría casándose con Georgina, una mujer de edad parecida y bien posicionada dentro de la comunidad.
Carlos Coppel empezó a acompañarle mucho más al monte, donde hablaban de sus puntos en común: la devoción al trabajo, la ingeniería y la ciencia.
Coppel era un hombre profundamente patriótico, para el que la nación alemana siempre merecía más.
—¿Por qué nosotros, que somos tan grandes, debemos conformarnos con las migajas coloniales?
¿Con un territorio tan exiguo y ridículo, en comparación con nuestros vecinos?
Francia e Inglaterra nos humillan, a la vez que nos temen.
¿Quién se atrevería a burlarse de un león?
¡Solo ellos, que son unos soberbios! Saben que ni siquiera unidos podrían hacer frente a la riqueza y el poder de Alemania y, sin embargo…
nos asfixian en los mapas. ¡Se ríen de la patria germana!
En los últimos años del siglo XIX , Alemania se había convertido en una nación próspera como pocas.
El negocio de la cerveza, Konrad podía verlo, era ejemplo de cómo se habían convertido en un imperio.
Los alemanes habían extendido sus tentáculos de tecnología por todas partes, hacia países menos desarrollados.
Habían fundado fábricas y habían establecido líneas comerciales que funcionaban como el río del dinero.
Konrad viajaba a Núremberg y compraba allí las materias primas, como el lúpulo, a sus propios familiares, padre y hermano, a través de la A.
Stauffer & Sohn en la Bahnhofstraße 13. Abraham, el padre, ya se había retirado, pero su hermano Heinrich seguía con el negocio.
También iba a Múnich a adquirir maquinaria.
Todo eso era dinero español que se quedaba en Alemania.
Y esto mismo era lo que hacían todas las familias alemanas de industriales y comerciantes desplazados: los Coppel con los relojes, los Knappe con los aparatos eléctricos.
De repente, Alemania tenía sucursales de progreso en todas partes, que actuaban como un flujo de dinero constante y alimentaban, aún más, su potencia industrial.
En Baviera no hacían más que construirse castillos neorrománticos como los de Luis II, al que tachaban de loco.
En Múnich, los barones de la cerveza levantaban palacios que nada tenían que envidiar a los clásicos, decorados con piezas de caza mayor, lámparas de araña y frescos de paisajes.
El dinero abundaba, la natalidad crecía, los artistas prosperaban. Era la orgía del progreso.
Todo era una fiesta que se hinchaba cada vez más, más fuerte, más rápido, más poderosa… Hasta que Alemania se convirtió en una nación de excesos que ya no podía contenerse a sí misma.
Era el tiempo del Segundo Imperio. Hacía falta extenderse mucho más, pero ¿hacia dónde?
Con el desastre español en Cuba y Filipinas, a los patriotas alemanes se les había abierto una puerta.
España estaba derrotada y sin fuerzas, y era el momento de comprar las islitas que les quedaban, desperdigadas por el Pacífico.
Migajas de su imperio colonial perdido que, para los alemanes, que no tenían nada, sonaban a gloria.
El embajador Radowitz y unos cuantos expatriados comprometidos, como Coppel, fueron a ver a la reina regente y germanófila, María Cristina de Habsburgo.
—Hay que aprovechar ahora, que todavía está en el poder y el pequeño Alfonso no puede decidir —había dicho Coppel—. Ella es nuestra aliada natural.
Todo había que hacerlo con mucho tiento.
Quince años antes, a Alemania se le había ocurrido declarar que ocuparían las Carolinas y los españoles de a pie casi reducen la embajada a cenizas.
Algunos manifestantes escalaron los balcones, arrancaron el escudo del Imperio y la bandera, y los quemaron, sin reparo, en plena Puerta del Sol.
El pueblo español era orgulloso y no se le podía tocar así la fibra.
Como la ocupación no era posible, Alemania decidió seguir otro camino.
España era pobre y débil y, si algo les sobraba a los germanos, era el dinero.
Pusieron sobre la mesa veinticinco millones de pesetas y aquí paz y después gloria.
El 12 de febrero de 1899 se acordó la venta de las Carolinas, las Marianas y Palaos.
Españoles y alemanes volvían a ser amigos.
—Para dar las gracias —le explicó Julia a Elena—, hace un año Alemania concedió al pequeño Alfonso las insignias de la Orden del Águila Negra.
Enviaron a palacio a los príncipes de Brunswick, con un gran séquito.
Fue nuestra ocasión de volver a encontrarnos, Konrad y yo.
Muchos de nosotros llegamos incluso a entrar en palacio y a recibir a nuestros compatriotas.
Nos guiaron los alabarderos reales, Elena. Y Sebastián estaba entre ellos.
Los alemanes creían haber hecho el negocio de su vida. Era lo que susurraban mientras se juntaban en los soportales de palacio para posar en las fotos.
—Le han dado a Alfonsito una cruz que puede valer, ¿cuánto? ¿Ochocientos marcos? —decía Coppel, en voz baja—. A cambio de la Micronesia entera. Catorce grandes islas, seis más pequeñas y hasta mil cuatrocientos atolones. A mí me parece una ganga.
De la corte se fueron directamente al restaurante Tournié, en la cercana calle Mayor, que decían que competía directamente con Lhardy. Allí celebraron el banquete de gala, un espléndido lunch .
Ya recuperados, marcharon al Salón Humber, sede del Colegio Alemán, en el 53 de la Carrera de San Jerónimo.
Allí, todo estaba preparado para la fiesta: se había encendido la calefacción por vapor de agua, para que los gimnastas que habían preparado sus números no pasaran frío.
Habían transformado el antiguo velódromo en un salón de baile, con sus colgaduras heráldicas, flores y figuras alegóricas.
Lo presidía un enorme busto del káiser y, a su alrededor, el orfeón alemán estaba listo para interpretar las canciones más alegres.
También se había dispuesto un pequeño escenario para dar los discursos de agradecimiento y dedicar rimas de elogio al emperador y la patria.
Aunque Julia no hubiera visto a Konrad durante aquellos años, no podía decirse lo mismo al contrario.
Durante el estreno de La Valquiria , casi un mes antes de la fiesta, él no había podido dejar de mirarla. Ni siquiera recordaba quién era quién en la ópera. Había salido confundiendo a las tres valquirias Brünnhilde, Gerhilde y Ortlinde, sin saber cuál era cuál.
Antes de aquello nunca había pisado el Teatro Real porque le parecía carísimo. Pero aquella vez había ido por no hacerle un feo a Alfredo Mahou, que había conseguido entradas para el palco.
Julia se había presentado en el teatro con un vestido granate hecho en Baviera y pendientes a juego.
—¿Quién es aquella mujer que está allí sentada?
—¿Es que no sabes quién es? —Sonrió Alfredo—. ¡Si la conoces desde que llegaste! Mira quién está a su lado…
Cuando reconoció a Heinrich y a Sofía cayó en la cuenta.
Aquella joven era Julia Loewe, más valquiria que todas las que estaban en el escenario cantando. Con su melena cayendo en bucles, como las cascadas de la Selva Negra de noche. Con sus ojos azules como el Rin bajo el sol de primavera. Se había convertido en una mujer deslumbrante.
Konrad Stauffer sabía mucho de química porque esa era su profesión. Pero el maestro cervecero no estaba preparado para un atropello como aquel, desde tan adentro. En su interior ya fermentaba el deseo, que llegaba destilado hasta su pensamiento. Idealista y caballeresco.
Se le vinieron a la cabeza todos los momentos de su histo ria con Julia.
La tienda de Florencio Rivas, el desaire de cuando le había soltado que su padre se dedicaba a vender frivolidades.
La corona de su cumpleaños, en el Plantío de los Infantes, que había dejado tirada por ahí.
La excursión y el pícnic de Cercedilla, cuando apenas se había fijado en ella, apenas una niña.
Se restregó los ojos, lamentándose por lo descortés e imbécil que había sido.
Y lo peor, que le había prometido que se pasaría por su taller, a encargarle una cartera, y llevaba años faltando a su palabra.
Entre la puesta a punto de la fábrica, las toneladas de trabajo diario, los constantes viajes a Alemania… No había tenido casi vida.
Y ahí estaba. Solo. Ni Georgina ni ninguna otra mujer había querido cargar con tanta soledad y ausencia. Porque él era un hombre que se despertaba respirando trabajo, comía trabajo y soñaba trabajo. Vivía en una fábrica, um Gottes willen! Durante el día y durante la noche.
Pero ahora estaba ya cerca de los cuarenta años y esa era una edad que no perdonaba a nadie, ya fuera alemán o español. Necesitaba parar. Si no, ¿para qué todo? ¿Merecería la pena haber vivido?
Miró a Alfredo Mahou, tan feliz a su lado, en el palco. Él tenía mujer y cuatro hijos, algunos ya adultos. Uno que no tenía que preocuparse ya del futuro. Envidió su fortuna.
Konrad era un hombre solitario, es verdad, pero hasta ese tipo de hombres buscan dejar un legado. Estaba seguro de que Julia Loewe podía dárselo.
Pasó el mes siguiente pensando en Julia y en cómo inventar excusas para verla.
A través de Alfredo invitó a los Loewe a la fábrica, pero solo consiguió que se pasara Enrique, siempre afable y sonriente, bonachón, junto a algunos amigos.
Aquel mes también tuvo que viajar y ya no tuvo más tiempo, hasta la noche de la comisión Brunswick.
Era la ocasión perfecta y no la dejaría escapar.
Nada más entrar en el Salón Humber, fue a buscarla.