La casa del hilo rojo Capítulo 41
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Capítulo 41

Llegó a Madrid a media tarde, cuando ya no había luz.

Sin embargo, la ciudad se había vuelto poderosa en su ausencia y ahora se imponía a los ciclos naturales.

Estaba a rebosar de bombillas y de luz artificial.

¡Los madrileños se iban a quedar ciegos!

Parecía que el cielo hubiera bajado con todas sus estrellas para encender fachadas, edificios públicos, aceras y comercios.

Era tan deslumbrante que parecía un milagro.

La estación de Delicias ya era una caja mágica de hierro y cristal que lanzaba destellos en cada cuadrícula de vidrio.

Madrid parecía, por algún ingenio, gozar de un sol permanente. ¿Se dormía alguna vez en la ciudad?

La propia estación tenía una actividad frenética, del todo inusual a esa hora.

Era un hormiguero que nunca descansaba. Había gente en la fonda, cenando sin ninguna prisa, o leyendo el periódico en las salas de descanso, como si estuvieran allí mejor que en su casa; recorriendo arriba y abajo los pasillos, con prisas, como si las horas de actividad fueran insuficientes; de charla en el vestíbulo…

Aún estaban abiertos el despacho de fabricación de billetes, el de conductores y guardafrenos y también la lampistería.

En la aduana seguían revisando los paquetes del tren de mercancías.

La cola se amontonaba en el taller de telégrafos.

A Elena la humedad de la estación se le metió en los huesos. Su aliento formaba nubes de vapor. Al menos habían instalado chimeneas y el vapor de las locomotoras ya no se acumulaba, negro, sobre los techos.

Salió del edificio, buscó el tranvía y fue directa al Círculo Alemán, donde Julia le había dicho que pasaba los días preparando la fiesta.

Estaba todo el mundo en la calle, llenando las aceras y satu rando el tráfico.

Parecía claro que los madrileños podían vivir dos vidas en lugar de una sola, sin la inseguridad que provocaban las tinieblas.

Con todo lo que la ciudad ofrecía —cafés y teatros, bailes y salones, veladas y museos y, por supuesto, el Casino— ya no existía razón para irse a casa.

El Ateneo y el Círculo de Bellas Artes no cerraban nunca o casi nunca, y servían de refugio a desvelados poetas y a filósofos demasiado preocupados por la existencia como para dormir.

—¡Ya estás aquí! ¡Si todavía queda una semana!

Julia se recogió las faldas y atravesó corriendo el salón, a golpe de botín, hasta abrazar a Elena. Se apretaron la una contra la otra, como si quisieran compensar esos ocho años de ausencia.

—¡Estás igual! —exclamó Julia, mirando a su amiga.

—¡Y tú también! Bueno, no. Tú estás más guapa.

—Mañana nos reunimos otra vez todo el grupo. ¡Con las dos Marías!

Elena reparó entonces en el trousseau de novia, un precioso vestido con todos sus complementos. Como era la costumbre, se exhibía en mitad del salón para que la comunidad alemana lo disfrutara durante los días anteriores y pusiera a sus pies los regalos de boda.

Sintió una punzada al verlo, tras recordar su propia boda, tan malograda. Aquel vestido que había quedado intacto y abandonado en el taller de Loewe, y que nadie nunca se había puesto.

—Es preciosísimo, Julia. Vas a estar maravillosa.

Era un vestido de raso blanco, con una silueta clásica muy a la moda: reloj de arena, con la parte superior holgada, cayendo suelto desde el pecho para no marcarlo, y abundantes encajes de guipur en la parte superior.

—Me hace tanta ilusión…

—Y el salón es realmente espectacular. ¡Va a ser una boda de ensueño!

Ya estaba casi todo listo para la fiesta.

No solo se habían dispuesto decenas de ramos naturales, sino también las famosas flores y ramaje artificial de celuloide con que Carlos Knappe decoraba todos los enlaces de la comunidad.

Había traído flámulas alemanas, escudos germánicos y, por supuesto, sus famosas iluminaciones con alegorías.

Porque Carlos Knappe era el rey de las luces en Madrid.

Traía las iluminaciones, las letras eléctricas y los anuncios directamente de París, y no había carnaval, Navidad, boda, teatro o empresa que no lo contrataran para su alumbrado.

Le pedían presupuestos hasta en los funerales.

Siendo tan amigo de los Loewe, estaba claro que a la boda de su hija no le iban a faltar bombillas.

Julia tomó las manos a su amiga. Como cuando habían coincidido en el hipódromo y ella había saltado sin dudarlo al carruaje para acompañarla a casa.

—¿Y qué tal en el pueblo? ¿Todo bien?

—Todo muy bien. He dejado a Justa y a Carmen aguantándose mutuamente. ¿Y en tu casa?

«¿Sabes algo más de Sebastián?».

—En mi casa todo fenomenal. Pero con muchas ganas ya de irme y de tener la mía propia, si te soy sincera.

—El casado casa quiere…

—Llevo ya una década entendiéndome con Sofía. Y ahora que encima ha vuelto mi hermano del internado… —Señaló a Enrique, al otro lado del salón. Con veintiún años estaba hecho un hombre. Él las saludó con la mano mientras repasaba unas cuentas—. La casa es grande, pero…

—¡Debe de ser increíble! ¡Y en plena calle del Príncipe!

—Sí. Está muy bien. Aunque muy céntrica también, dema siado ruido por las noches. Prefiero estar algo más apartada.

—¿Y dónde vas a vivir?

—En Alberto Aguilera. La fábrica siempre está en obras y se ha vuelto muy incómoda. Argüelles es buen barrio. Están allí todos los nobles… y además estaré cerca de Nati, que vive en San Bernardo. Ahora es también marquesa y duquesa. Y dama de la reina.

—¿En serio? Debe de ser muy influyente.

—Es muy grande de España, sí. Y la escuchan en palacio.

Aquel había sido el gran problema cuando se conocieron.

Con Julia llorando, abatida, con solo catorce años.

Impotente ante una sociedad que se le escapaba y cuyos caprichos no podía controlar.

Incapaz de defender la casa comercial de su familia, en un momento en que había perdido a su madre y casi también a su padre.

Ahora todo había cambiado. Se sentía capaz de comerse el mundo. Las cosas, finalmente, iban por la buena dirección. Y era el momento de asaltar de nuevo la posición palaciega: la casa Loewe tenía que ser proveedora de la realeza. Ese era su objetivo.

— Guten Abend. ¡Esto cada vez se parece más a una boda de las mías!

Carlos Knappe acababa de entrar por la puerta, con su porte aristocrático, repasándose el largo bigote negro, enroscado hacia arriba. Tenía una constitución muy fina, principesca, pero estaba fuerte porque era director y presidente de todas las asociaciones gimnásticas y ciclistas posibles.

A su lado caminaba una muchacha de ojos claros y cabello rubio, corto y ondulado, sujeto por una cinta. Vestía una túnica calada y recta, muy sencilla.

—Esta es mi hermana, Ida. Acaba de llegar de Prettin.

Ida era una mujer etérea que no parecía de este mundo. Vestía avanzada a su tiempo, con un aire casi griego, que a los otros alemanes les parecía indudablemente ario. Como una doncella que se saliera del marco de un cuadro simbolista para caminar entre los vivos. Solo tenía diecinueve años.

Elena se marchó a casa de Julia, a descansar del viaje, y los hermanos Loewe y Knappe se fueron a cenar. Pero mucho después de acabar, cuando Carlos y Julia ya se habían retirado, Enrique e Ida continuaron de charla en los cafés.

Hablaron de la espectacular Neue Pinakothek de Múnich, de su arquitectura tan rotunda y pura, tan inspirada en lo dórico, y de sus frescos mitológicos. De los pintores de la Sezession .

—Usted me recuerda a esas mujeres de los retratos de Franz von Stuck.

Y tenía razón, porque se les parecía. Era como una elfa, delicada y ligera.

Ida venía a España para la boda y después se marcharía a Prettin. Julia siempre se arrepentiría de haberla invitado a su enlace.

Justo cuando todo se estaba alineando, no podía ni imaginar que aquella muchacha rompería la casa Loewe por la mitad y que casi la haría desaparecer.