La casa del hilo rojo Capítulo 40
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Capítulo 40

De nada sirvió que Julia se plantara en Mérida y, de allí, se trasladara al pueblo para ver de primera mano cómo se encontraba su amiga.

No podía conformarse con aquel telegrama, así, sin más.

Sin embargo, Elena se mostró inconmovible y no quiso dar explicaciones sobre lo que había pasado.

Se mostró fría ante su amiga. Algunas cosas debían quedar en familia.

—Vuelve conmigo a Madrid —insistió ella—. Podemos escribir a Sebastián, darle alguna explicación… Estoy segura de que él lo entenderá y perdonará.

—No tiene sentido, Julia. No hay perdón para esto.

—¿Es verdad lo que dicen? ¿Que tuviste un ataque de nervios y que no te viste capaz? No me lo creo. Esa no es la Elena que yo conozco…

Elena apartó la vista y no dijo nada. Un férreo silencio le agarraba la garganta.

«No digas nada —había insistido Justa—. O ya no podrás detenerlo».

—¿Qué te dijeron los Aldamonte? ¿Te amenazaron? Dicen que fuiste a verlos aquella noche. Dime la verdad, Elena.

—No. Nada de eso. Solo pusieron el carruaje.

Tuvo náuseas al decirlo, pero no se le permitía nada más.

—¿Dónde quedan tus sueños, Elena? ¿Tus ganas de seguir progresando en el taller, tus estudios, tus ilusiones?

—Nada de todo eso me importa ya…, solo quiero dejar que el tiempo pase y que este dolor disminuya un poco.

Respeta mi decisión, Julia. Por favor, no insistas.

Yo ya no soy la que llegó a Madrid hace dos años.

Ya no. —Un velo de tristeza cubría la mirada de Elena y Julia entendió que debía aceptarlo.

—De acuerdo. Pero quiero que sepas que siempre estaré ahí para ayudarte, si te hiciera falta. —Le tomó las manos—. Tengo que decirte algo más.

Elena se preparó para el golpe final, porque estaba segura de que aquello tenía que ver con el hombre que aún amaba por encima de todo.

—No sé si lo sabes, pero Sebastián se marchó a Filipinas después de… después de lo que pasó. Dicen que allí también hay alabarderos. Que es más fácil ascender.

Elena sonrió con tristeza. Al menos uno de los dos iba a cumplir sus sueños.

Julia y ella se despidieron con un abrazo y la promesa incierta de volver a verse algún día.

Cuando Elena sostuvo en sus brazos a su primer recién nacido, el primero que había logrado traer al mundo ella sola, comprendió mucho de lo que había intentado explicarle Justa a su llegada: «Lo que existe de verdad es esto que ves aquí: el hambre, los rastrojos del campo, la muerte agónica, los partos».

Durante esos años la había asistido muchas veces en los alumbramientos.

Algunos terminaban en una rotunda explosión de fluidos y vida, gritos y llantos, que al final eran de alivio y alegría.

En otros había desgarros, sangre, alguna lágrima, susurros y silencio.

La vida y la muerte se sucedían en cuestión de instantes.

Lo que parecía ir bien se torcía. Lo que parecía ir mal se enderezaba.

Entendió que la existencia no era más que eso, una lotería.

Que su propia tragedia no era más que uno de esos vuelcos, entre cientos y miles que sucedían a diario.

Vivió también muchas agonías. Partos que duraban uno o dos días.

Torturas interminables como una primera muerte antes de la definitiva.

El dolor se ensañaba con las primerizas, como un carnicero celestial que estuviera dispuesto a no dejar nada a esas que, nueve meses antes, no eran más que unas niñas.

Parecía que el parto las preparase para todas las pruebas atroces que, como madres, tendrían por delante.

Bautismos de fuego sin anestesia. Trincheras del nacimiento, de donde muchas salían tocadas, física o mentalmente, o con los pies por delante, en una caja de pino.

A Elena la salvaron tanto las supervivientes como las caídas en acto de servicio.

Con aquellas experiencias tan intensas su dolor se fue empequeñeciendo, convirtiéndose en una memoria de otra vida.

Acompañó a muchas en sus últimos sufrimientos, comunicó la fatalidad a numerosos maridos, lavó entrañas rotas, limpió con delicadeza los restos de los fetos cuando eran prematuros.

Y, por fin, un día, pasó de ser la asistente de Justa a conducir un primer parto con sus propias manos. Experimentó el triunfo de traer un nuevo ser al mundo, aunque no fuera suyo, y se sintió parte de algo mucho más grande que sí misma.

El puño de un bebé se agarró fuerte a su dedo, con toda la intención de vivir. Una madre exhausta le agradeció su apoyo con una mirada. Un cuerpo reventado empezó a sanar bajo sus dedos. Un marido orgulloso le dedicó una sonrisa.

La vida volvía a tener sentido.

Esos años la hicieron más sabia. Una vez cerradas sus propias heridas, había crecido por dentro y ya no se lamentaba por lo perdido, por Sebastián, por los hijos que podría haber tenido con él. Se sentía plena al ayudar a otras mujeres a tener los suyos.

Madrid le parecía ahora un sueño de otra vida. Por eso, le resultó tan extraño ver, de nuevo, la letra de Julia, cuando le llegó un sobre con un anuncio dentro:

El infrascrito, cónsul del Imperio alemán, hace saber: Que el súbdito de Baviera, B. Conrado Stauffer, maestro cervecero, domiciliado en Madrid, nacido en Núremberg el 25 de octubre de 1860, hijo del rentista Abraham Stauffer en Núremberg y de su difunta esposa Ana Bárbara Ruckert de Stauffer.

Y

La súbdita de Prusia D. Julia Josefina Loewe, domiciliada en Madrid, nacida en Madrid el 1 de octubre de 1875, hija del fabricante Juan Enrique Loewe, en Madrid, y de su difunta esposa Carlota Clara Hinton Loewe, desean contraer matrimonio con arreglo a las disposiciones de la Ley alemana de 4 de mayo de 1870, y ante el infrascrito funcionario.

Madrid, 20 de septiembre de 1900 Dr. Fritz Parl.

Me gustaría mucho que vinieras. Tu amiga siempre, Julia Loewe

Y firmaba con aquella J suya que parecía una clave de sol.

P. D. : Goyri se casó el 5 de mayo, con Ramón Menéndez Pidal, y Lejárraga lo hará en diciembre con aquel muchachito (¿te acuerdas?), Gregorio Martínez Sierra. ¡Lo conseguimos por los pelos!

Elena sonrió recordando aquella reunión que habían tenido las cuatro frente a la Asociación para la Enseñanza de la Mujer. Entonces eran solo unas jovencitas. «Para 1900, todas señoras». Y ahí estaban, las tres casadas. Y ella no…, pero tampoco le importaba.

Iría a acompañar a su amiga.

Era el momento de volver a Madrid, aunque solo fuera de visita.

Aquella tarde fue a buscar a Carmen a la salida de la fábrica, para explicarle que se marcharía unos días.

En aquellos años de convivencia Elena no había podido llegar hasta el corazón de su hermana, pero esta la veía como un alma en pena, derrotada y humillada por la vida. Eso hacía que aceptase su presencia.

Elena se la encontró discutiendo con un hombre, que la tenía sujeta por el brazo. Cuando él la vio llegar, soltó a Carmen y se marchó, desairado.

—¿Ese no era Jordi Coders? ¿El hijo de tu patrón?

Elena lo recordaba de cuando había acudido con Konrad, hacía ya años, a contratar los tapones para las botellas de Mahou.

Ahora ya no era ningún mozo, sino un hombre de veinticuatro años.

Llevaba barba y había desarrollado un cuerpo esbelto y fuerte, a base de remar en el Real Club de Regatas de Barcelona, de cuyo edificio flotante, amarrado en La Barceloneta, salía a entrenar hasta tres veces por semana.

Cada vez pasaba más tiempo en la capital catalana.

Carmen se cruzó de brazos.

—No es nadie. Solo un iluso.

—Pues asegúrate de no darle esperanza alguna. Porque con los poderosos tienes todas las de perder.

Elena lo decía con conocimiento de causa. No quería ver a su hermana mezclada con los de arriba. Si hubiera sido por ella, habría casado a Carmen con cualquier obrero de la fábrica.

Pero Carmen siempre parecía estar en llamas. Le gustaba ir por las noches a cantar a la taberna. Allí lidiaba con sus propios demonios.

—No necesito que te preocupes por mí —dijo, altiva, mientras se ponía en camino.

La fractura entre las dos hermanas nunca se había resuelto del todo. Carmen se defendía del afecto de Elena. Quería mantener la distancia. Hacerle ver que se podía volver a ir cuando quisiera porque no la necesitaba. Ella era independiente. Tenía un trabajo y una vida propia.

—Voy a ir a Madrid, a la boda de una amiga —anunció Elena.

—Tú puedes ir donde quieras. Como hago yo.

—¿Qué pasa, Carmen? ¿Por qué me tratas así?

—¿Cómo te trato?

—Mal. Como si prefirieras que no estuviera aquí.

—Bueno, cuando te fuiste Justa y yo nos las apañamos muy bien. Nos acostumbramos a estar sin ti. Pero puedes irte o puedes quedarte, que a mí me da igual.

—Yo no tuve la culpa de lo que le pasó a Mariana, te lo he dicho mil veces.

—No quiero hablar de eso.

—¡Pues deberíamos!

—¡Es que da igual! Tú pudiste elegir. ¡Yo no! Decidiste separarte de mí y prosperar tú. Dejarme atrás. Empezar tu nueva vida. ¡Lo entiendo! ¡Yo habría hecho lo mismo!

—¡Eso no fue así!

—Me voy para la taberna, que esta noche hay jaleo. Pásalo bien en la boda.

—¡Carmen!

Ella se alejó, levantando un brazo en señal de despedida, sin volver la vista atrás.

Elena negó con la cabeza.

—Algún día lo entenderás…

Se fue a casa, empaquetó sus cosas y salió hacia Mérida, para tomar el ferrocarril a Ciudad Real y luego a Madrid.

Era el año 1900 y tenía que ponerse al día.

Pablo Picasso organizaba su primera muestra de dibujos y pinturas, se celebraban las Segundas Olimpiadas de la Era Moderna y los expatriados alemanes de Madrid —los Loewe entre ellos— seguían con devoción las noticias del primer zepelín, que había atravesado el lago Constanza con cinco tripulantes.

También las seguían el káiser y sus generales del Segundo Reich.

La vida y la muerte daban un vuelco en cuestión de instantes.

En Calanda nacía Luis Buñuel; en Lyon, Antoine de Saint-Exupéry, y en Atlanta, Margaret Mitchell, que escribiría Lo que el viento se llevó .

En París, tras pasar por la cárcel y la ruina, bajo el seudónimo de Sebastián Melmoth, moría Oscar Wilde.

Todo fantasías. Todo mentira. ¿Dónde estaba el amor?

Elena se durmió en el tren y soñó con Sebastián.