Capítulo 39
El cuartel era un hervidero aquella mañana y los alabarderos estaban felices de que uno de los suyos, aun siendo tan solo un aspirante, fuera a pasar por el altar.
—Así que es la moza costurera…
—¡Pero de un taller de lujo!
—De esos que trabajan para los nobles.
—Una vez estuvo aquí, con un muestrario de cueros, buscando al Bastianín…
—Verás como ahora duermes mejor por las noches.
—O mucho peor, que eso depende del temperamento de la doña.
Sebastián no cabía en sí de felicidad. A su padre le habían dado el día de permiso y él mismo le había dejado el uniforme a su hijo, le había afeitado y le había cortado el pelo, y le había abrillantado las botas.
—Deje, padre, si yo mismo sé hacer todo eso, que usted me enseñó…
—Si estuviera aquí tu madre, le gustaría hacerlo a ella.
Para rematar, le regaló una medalla al mérito que le había entregado un amigo alabardero, el día de su retiro, en premio a tantos años de servicio. Alguien que no había tenido hijos y que esperaba que algún joven pudiera lucirla algún día.
—Seguro que la llevarás muchos más días. En los desfiles. Cuando seas alabardero de verdad.
Así salieron en un carruaje desde el Palacio Real y así entraron por la puerta de San Lorenzo: Sebastián, su padre y dos compañeros más, que harían de testigos. Cuando entraron en la nave aún estaban saliendo los fieles de la última misa.
Mientras, en el taller, Julia estaba perdiendo la paciencia.
¿Por qué no llegaba Elena? ¿Dónde se había metido?
Llena de angustia, fue a buscarla a la pensión, dejando en guardia a la peluquera, por si aparecía.
Alertó a la dueña en el portal y esta recurrió a su llave maestra para abrir la habitación.
—Seguro que se ha dormido. Las novias muchas veces no consiguen pegar ojo hasta el amanecer y claro…
Pero allí no había nadie.
—No parece que haya dormido aquí —dijo Julia, muy extrañada.
La joven entró en la habitación y vio que todas las pertenencias de su amiga seguían allí.
—Tampoco se ha llevado nada.
Al volver al taller su desesperación aumentó. El traje blanco, impecable, parecía increparla desde el maniquí.
Julia miró su reloj Coppel, el más preciso de la ciudad, pura eficiencia alemana.
—Es la hora. Tengo que ir a la iglesia para avisar a Sebastián.
Fue corriendo los diez minutos que la separaban del lugar, con los botines golpeando sobre los adoquines a un ritmo endiablado, sudando dentro de su traje de invitada, con el moño deshecho y los cabellos pegados a la frente y a las sienes por el sofoco.
«Algo muy grave ha tenido que pasarle, Dios mío, pero ¿qué? ¿Y dónde puede estar?».
Al entrar en la iglesia se encontró con que todo el mundo estaba ya en los bancos, el cura en el altar, junto a Sebastián, con el portero de la finca hablándole en voz baja.
Los invitados cuchicheaban entre ellos y se movían entre los bancos. Uno de los soldados se mordía las uñas, otro daba golpecitos con la punta de las botas contra el reclinatorio. Las dos obreras compañeras de Elena negaron con la cabeza al ver a Julia, pues su expresión lo decía todo.
Julia se dio cuenta de que la catástrofe ya se había puesto en marcha, estaba sucediendo delante de sus ojos.
Todo se escapaba a su control y la iglesia le pareció demasiado grande para las personas que allí había, demasiado amenazante.
Las estatuas de los santos sufrientes, la Virgen muda.
La decepción tenía el peso de lo solemne.
En la bancada izquierda, junto a las dos invitadas de Elena, había una muchacha envuelta en un chal a la que Julia no conocía.
En ese momento, el portero del edificio se encogió de hombros y entregó un papel a Sebastián. Entonces él apenas dijo: «Vámonos» a los hombres de su bancada y se marchó por el pasillo.
Julia intentó detenerle:
—¡Sebastián, espera! ¡No te vayas así! ¡Tenemos que saber qué ha pasado!
Él la apartó con la mano y siguió su camino a zancadas. Julia retrocedió unos pasos.
—Vamos a esperar un poco…
Él negó con la cabeza y le entregó el papel. Su mirada estaba velada por las lágrimas.
—Se ha ido. Así que adiós. Esto no se lo podré perdonar nunca. Nunca.
Y siguió su camino. A su lado, un anciano de ojos llorosos trataba de seguirle el paso.
Julia miró el papel. Allí estaba la dirección de Elena, en el pueblo. Era su letra. Corrió junto al portero.
—Ahora mismo me explica usted qué ha pasado.
—Parece que se ha vuelto a su casa, en Extremadura.
El señor Aldamonte llamó a mi puerta de madrugada y me pidió que fuera a buscar a su cochero.
Por lo visto, la señorita Elena había tenido un ataque de nervios, lo habitual en tantas novias, y pidió ayuda a sus anteriores patrones.
Que solo quería volver a casa, que, por favor, la ayudaran.
Que no se veía capaz de casarse, que había sido un error.
—Eso es absurdo. No tiene ningún sentido. Me habría pedido ayuda a mí, sin duda.
—Yo no sé más. Fui a buscar al cochero, como me pidieron, le mostré la dirección y le acompañé en el coche hasta el portal.
Me fui a dormir porque eran las tantas y ya bastante trabaja uno durante el día.
Con las prisas acabé con el papel en el bolsillo y esta mañana, cuando las obreras han venido a la casa para ver a la novia, me he ofrecido a acompañarlas.
Que digo yo que el muchacho merecía una explicación, al menos.
Julia estaba desconcertada. No le parecía posible que Elena hubiera tenido una reacción como esa por los nervios de la boda o por unas dudas de última hora. Además, era su amiga, podría haber subido a casa para hablar con ella. ¿Y ahora qué? Tenía que hablar con Sebastián.
Esa misma tarde se pasó por el cuartel y supo que el joven estaba recogiendo sus pertenencias, de muy mal humor y sin ganas de hablar ni de recibir a nadie. No quiso recibirla.
—¿Adónde va? —preguntó Julia a su padre, al que pudo localizar al cabo de un rato.
—Pues a donde nadie lo conozca, que es lo único que se puede hacer en estos casos. En un solo día me he quedado sin nuera y sin hijo —le dijo el buen hombre, compungido y triste.
—Voy a mandar un telegrama a casa de Elena hoy mismo, al pueblo. Para saber si de verdad está allí. Que no se marche todavía, por favor. Denme algo de tiempo.
A la mañana siguiente, Julia ya tenía noticias de Justa:
Elena aquí. Llegó bien. Volverá el mes que viene.
Pero ese telegrama no decía toda la verdad, porque lo mismo se quedaría un mes o se quedaría nueve.
Justa le había dejado muy claro a Elena que nadie debía enterarse de lo sucedido. Estaba su honra en juego y bastante tenían en aquella casa.
—Como se corra la voz ya no encuentras marido nunca.
Ni ese novio que te echaste ni ningún otro.
Porque a los hombres les gusta ser los primeros en todo y, cuando le pasa algo de esto a la mujer, la repudian y ya no les interesa.
No quieren ni tocarla. Mejor quédate tranquila aquí, hasta que sepamos si llevas un niño dentro o no.
Las lágrimas de Elena, cuya tristeza amenazaba con quebrarla definitivamente, no conmovieron a Justa, que le ofreció una habitación en su propia casa y le dijo que comiera algo y tratara de dormir.
En vista de que la boda ya no iba a celebrarse, los pocos invitados se habían ido y solo se había quedado Carmen, que no tenía prisa ni lugar adonde ir.
Su tren para Ciudad Real y Badajoz no salía hasta el día siguiente.
El padre Andrés, consciente del desamparo de la chica, la hizo pasar al despacho parroquial.
—Ay, niña, todo esto es terrible. Pero no te extrañes. Debo decirte que las mujeres de tu familia nunca han tenido muy buena fama, que tu abuela estaba poseída, yo mismo participé en su exorcismo, así que ya veremos qué pasa.
—¿Qué me quiere usted decir, padre? —quiso saber, Carmen, que empezaba a enterarse de cosas que le habían llegado a medias.
—Verás, Carmen, tu abuela era una mujer extraviada y no conseguimos hacer nada por ella.
Su casa se llenó de demonios y, por lo que sé, esos mismos demonios acosaban también a tu padre, Prudencio.
No me extrañaría que Elena también estuviera manifestando cosas parecidas.
De ahí su incapacidad de celebrar un sacramento como el del matrimonio.
A Carmen no le daban miedo los curas. Era el tipo de mujer que confiaba más en las armas del diablo que en las de Dios. Pero sí que sabía algo: a los fanáticos era mejor seguirles la corriente.
—Es posible que volviera a casa para huir del pecado. Quizá haya sentido la llamada del Señor y quiera dedicar su vida a él —improvisó.
El padre Andrés arrugó la cara. ¿Elena monja? No lograba imaginarlo.
—Del pecado ya intentamos apartarla tu padre y yo, cuando aún no estaba prometida ni pensaba en casarse. Entonces sí que su alma corría peligro. Pero lo que pasa entre el esposo y la esposa está bien visto a los ojos de Dios.
—A pesar de todo, hay que reconocer que la vía de la abstinencia es superior a todas.
—¿Y tú has pensado en tomar los hábitos, Carmen?
—Es posible —dijo muy seria—. ¿Quién sabe, padre? Los caminos del Señor son inescrutables.
—Con eso seguro que podrías enderezar tu linaje y compensar el mal de tu abuela.
—Seguro que sí. Aunque de momento deberé seguir en espera de la llamada.
Poco sabía el padre Andrés que a Carmen en el pueblo se la consideraba poco menos que una serpiente, que se había colado en la fábrica, en el cortijo y en los sueños de los Coders.
—Si al final no traes nada al mundo —dijo Justa—, el trabajo te mantendrá esa cabeza ocupada, para que no pienses, y así te ganas el sustento. Y si traes algo, te llevaré conmigo a los partos y así, cuando te llegue el tuyo, ya le habrás perdido el miedo.
Elena se estremecía solo de pensar que su vientre albergara a un hijo de Juan Eduardo. La cháchara de la mujer se le hacía insoportable, solo quería dormir, dormir y no despertarse nunca.
Justa vio su cara pálida e intentó cambiar de tema.
—¿Sabes una cosa? Tu padre me dijo que vio al Lagarto de las Peñas antes de morir.
Decía que había caído en el cepo a causa del Lagarto, ya ves qué tontería.
En un cepo de cazador enorme, que podía ser hasta para un oso…
Lo del Lagarto viene porque un indiano se trajo un lagarto americano, un caimán, que le llaman allí.
Unos dicen que fue fray Tomás Ortiz, obispo electo de Santa Marta.
Esto me lo contaron en un parto que se hizo largo porque en esos momentos a los hombres les da la cagalera y se ponen a hablarte de todo su árbol de familia.
No se sabe si el bicho llegó ya muerto a los pies del Cristo de la Agonía, como una especie de dragón de San Jorge vencido. O si había un huevo y lo criaron.
Elena escuchaba en silencio, entumecida por dentro.
Realizaba las tareas del campo desde la mañana a la noche, pero tan desapasionada que a Justa le parecía estar hablando sola.
Elena comía, bebía, dormía…, pero no expresaba nada.
Como si se hubiera vaciado de sí misma. La habían reducido a un animal humano y ahí seguía.
Sin historia. Sin memoria. Ya no tenía un empleo como costurera en Loewe ni se llamaba Elena siquiera. Solo era una mujer desesperada.
—Si hubiera traído un huevo no sería suficiente.
Ya has visto lo que hace falta para traer crías al mundo.
Eso lo he visto yo demasiadas veces —siguió Justa—, por eso me he cuidado de no tener ninguna.
A tu padre lo tuve que mantener muy a raya, claro que sí, por eso estaba tan emperrado, porque los hombres siempre quieren lo que no pueden tener.
Es lo que te ha pasado a ti. Por eso digo que, para que hoy hubiera lagartos, tendrían que haber traído varios y dejarlos que se mezclaran entre sí.
Como has visto, todo es mentira. El Lagarto, la Serrana, los fantasmas esos que son una pareja de viejos y se aparecen cabalgando jun tos.
No son más que cuentos. Lo que existe de verdad es esto que ves aquí: el hambre, los rastrojos del campo, la muerte agónica, los partos.
Y a veces los dos últimos van juntos. Y no se puede hacer nada.
El niño viene mal y viene muerto. O viene mal y no hay como sacarlo.
O viene bien, pero la madre sigue pariendo y sigue sangrando mucho después de echarlo y ya está, eso es todo.
¿Dónde están ahí los seres mágicos? ¿Dónde está Dios?
¿Dónde está el amor? Todo fantasías. Es todo mentira.
La muerte iguala el mundo entero, pero por abajo.
Entonces, de repente, tras toda una mañana faenando en el campo, casi exhausta, Elena sintió el flujo de sangre bajándole por las piernas y suspiró aliviada. La muerte, esa vez, actuaba para bien.
Quiso dar gracias al cielo, pero ya no pudo. Para entonces el mundo se había desmitificado del todo y solo vio una intemperie de piedras y polvo a su alrededor. Un cielo plomizo que ya no albergaba, solo existía.
Pensó en quedarse algo más de tiempo en el pueblo, para intentar volver a ser la persona que era. No se sentía con fuerzas para volver a Madrid, al menos de momento. Muchas cosas habían muerto dentro de ella y ahora sentía que ya no era nadie.
Pero cuando Julia fue a verla y le dijo que Sebastián se había ido a Manila, ese algo más de tiempo se convirtió en ocho años.