Capítulo 38 #2
—¿No te acuerdas? —insistió—. Cómo me mirabas la primera vez que me viste, con cuánto deseo…
, y aquel día que me quité la camisa para lavarla.
Te quedaste allí plantada, como esperando el resto.
¡No lo niegues! Porque yo me acuerdo de todo.
Si hasta nos besamos, Elena, aquí mismo, junto a esta cama.
Y luego estuvo el último día, claro. La forma en que me tocaste y cómo me pediste que fuéramos a la cama, ¿es que ya no te acuerdas?
No se le puede hacer eso a un hombre y luego salir corriendo, ¿sabes?
Ese tipo de cosas tienen consecuencias. ¿Sabes que hablé con tu confesor?
El tal padre Andrés se ve que conoce a tu familia desde hace mucho…
¿Qué pensarían de ti si supieran cómo provocaste a un hombre casado una y otra vez?
Le estuve ayudando con un problemilla legal que tuvo con las limosnas y, bueno, digamos que aceptó contarme un par de cosas.
Por lo visto hubo muchos pensamientos impuros y algún que otro acto mientras vivías aquí.
¿Pensabas mucho en mí esos días? Solo tendrías que habérmelo pedido.
A Elena aún no se le había ido del todo la cabeza cuando él la liberó del paño y le dio la vuelta.
La habitación, medio en sombras medio iluminada por la extraña luz que procedía del quinqué del suelo, parecía dar vueltas a su alrededor.
Los muebles, la comida almacenada, la cama a su lado, las ristras de viandas que se balanceaban, colgando del techo, y los manojos de hierbas aromáticas…
Todo parecía fantasmal y gigantesco por efecto de las sombras, que se alargaban hacia arriba.
—¿Sabes lo que en realidad creo? Que te gustó tanto cuidar de Angelito que quieres uno para ti.
Elena todavía sintió el aire de la noche cuando le abrió el vestido y le subió las enaguas. Fue su último recuerdo consciente, el de la piel erizándose al contacto con la nada.
Despertó, ya avanzado el día, en un carruaje que la había llevado traqueteando toda la noche y que estaba cerrado con llave desde fuera.
La luz del día la cegaba. Le dolía la cabeza y tenía el cuerpo entero molido del camino y de haber estado recostada en los asientos.
Dio unos golpes en la parte anterior para que el cochero la oyera.
El hombre detuvo el carruaje y se bajó. Abrió la llave y la portezuela.
—¿Qué pasa?
A Elena parecía que la hubieran atropellado.
Tenía el pelo desgreñado y la cara abotargada.
Le dolía el cuerpo entero, sobre todo entre las piernas.
¿Qué le había pasado? Entonces, como una pesadilla, irrumpió en su mente el recuerdo de lo ocurrido la noche anterior.
No quería permitirse siquiera imaginarlo.
—¿Dónde estamos?
—Hemos pasado Ciudad Real.
Se asomó a la intemperie del camino, poseída por el vértigo. Estaban en medio de la nada. Solo piedras, polvo amarillo y árboles esqueléticos desahuciados por el otoño, sin nada que ofrecer.
—¿Qué hora es?
Apenas le salía la voz por el nudo que tenía en la garganta. Un puño le comprimía la boca del estómago y sentía un hormigueo recorriéndole el cuerpo.
—Pasado el mediodía.
—¿Y adónde vamos?
—Supongo que ya lo sabe. A su pueblo. Tengo orden de dejarla en la misma puerta.
–¿En la puerta de dónde? Oiga, quiero salir de aquí, déjeme —empezó a gritar desesperada. Pero el hombre la ignoró y dejó que se desgañitara hasta quedarse sin voz.
Llegaron dos días después a la casa, después de un trayecto desolador en el cual Elena solo pudo alimentar sus ganas de morirse porque la comida que le daban no le entraba. Bebió agua de una bota y solo pudo bajarse del carro un par de veces a orinar. Le escocía cada una de ellas.
Cuando llegó al pueblo ya le daba igual vivir, morir o permanecer en el camino para siempre.
¿Por dónde iba a tirar ahora su vida? Juan Eduardo había conseguido devolverla adonde pertenecía, como si hubiera sido la extensión del brazo de Prudencio, que nunca había querido que se fuese de allí y había intentado que volviera por la fuerza.
Tenía razón en todo lo que le había reprochado.
No podía culparle. Él era un hombre y ella había intentado burlarlo, invocando a la Serrana.
Las mujeres rebeldes no existían más que en los cuentos.
No estaban hechas para la vida real, donde siempre tenían las de perder.
La mujer no puede jugar a ser astuta. La astucia le está prohibida, puesto que a una mujer solo se le permite gritar o resistirse hasta que la derrotan o la matan.
La peor mujer es la que trampea o engaña, aunque sea para librarse del mal.
Todo le había ocurrido por pasarse de lista.
Y ahora, si pedía ayuda, ¿quién iba a creerse nada?
En el pueblo no era bien recibida, era consciente de ello, y ya se había encargado Prudencio de dejarla como una mala hija que había preferido escapar a quedarse cuidando de su padre, viudo, y de su hermana pequeña.
El conductor le abrió la puerta y la dejó en el umbral de la granja, tal y como había prometido.
El carruaje se alejó y Elena se cubrió con los brazos.
Recordaba breves momentos de la noche anterior en que había entreabierto los ojos, en el suelo, ramalazos de conciencia.
La sensación de estar encerrada en su cuerpo, como si fuera un ataúd.
Los besos de él en sus pechos, las manos en las caderas, agarradas con fuerza para embestirla una y otra vez.
Su carne entre los muslos. Sintió un pinchazo muy dentro mientras caminaba y estuvo a punto de caerse.
Supo que Eduardo la había forzado hasta cansarse.
Sus manos intentaron ocultarla en vano de toda la vergüenza y tropezaron con el alfiler de perla. Lo llevaba prendido en el escote.
Justa salió de la casa y se sorprendió de verla allí, en aquel estado.
Elena se recogió las faldas. Sin un espejo no podía saber cómo se veía desde fuera, qué delataba su aspecto.
Llegaba humillada ante su peor enemiga y encima tenía que soportar su ayuda, como Mariana en el día del parto de Carmen.
No podía odiarse más a sí misma por haber acabado en esa situación. Todo era culpa suya.
Siguió avanzando como pudo y se tragó el orgullo. Ya era demasiado tarde para lavarse o para hacer nada. Solo le quedaba esperar el mes entero y rezar a todos los santos que supiera. Llegó a la puerta de la casa como si hubiera sobrevivido a un incendio.
—¿Dónde está Carmen? —le preguntó a Justa con un hilo de voz muy frágil.
—En tu boda.