La casa del hilo rojo Capítulo 38
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Capítulo 38

La víspera de la boda, a Elena le dieron las tantas en el taller, pues quería dejarlo todo a punto.

Que una novia saliera vestida y peinada de una pensión era algo deprimente, así que, a falta de más familia, acordó con Julia que se prepararía en el propio taller y que luego irían juntas a San Lorenzo.

Sus dos compañeras la habían ayudado cosiendo el velo, las medias y la lencería.

—Vete pronto a dormir, que la novia tiene que estar descansada… —insistía Julia—. Hazme caso, que de nada va a servir un vestido tan bonito si te caes de sueño y apareces demacrada y con los ojos hundidos. ¡Siempre dicen que lo mejor de una novia es su sonrisa!

—La sonrisa ya la tengo, mira. —Elena levantó la vista de la costura—. ¡Y esa ya no me la quita nadie!

—Bueno, yo me voy a casa. Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy. Pero lo mejor es que te vayas a dormir ya.

—Termino estos detallitos y me marcho. Y no te preocupes, que lo dejaré todo bien cerrado.

Estaba acabando de coser unas fundas para portar pañuelos, un detalle para sus invitados.

Al fin y al cabo, el taller había tenido su gran momento con los regalos de las bodas reales de Isabel II y la infanta María Luisa.

Aquellos estuches y monederos habían dado mucho que hablar ya en 1846, cuando el propio Loewe ni siquiera había llegado a España.

«No será una boda real, pero como si lo fuera», pensó Elena.

Por fin, dio la última puntada y se pudo levantar del banco a estirar la espalda, arqueándose hacia atrás con las manos en los riñones.

Al ver el vestido sobre el maniquí se acordó mucho de Mariana.

De todas las veces en que había insistido en que quería comprarle una cosedora, para que tuviera un trabajo propio y no necesitara casarse si no quería.

«Ya ves, mamá, al final tengo trabajo y me caso. Las dos cosas».

Se le llenaron los ojos de lágrimas al pensar que no estaría con ella el día de su boda.

Tampoco Carmen, que la consideraba una traidora.

¿Qué habría pasado si se hubieran cambiado las tornas?

Si ella hubiera crecido pensando que la madre solo tuvo un accidente y Carmen, en cambio, hubiese visto la pelea entre sus padres.

Habían vivido la muerte de Mariana de formas radicalmente opuestas y eso las había separado.

Acarició el pecho fruncido del traje y se dio cuenta de que le faltaba lo más importante: el alfiler con cabeza de perla de la mañanita. Se acarició en el rostro la vieja cicatriz que le había dejado, junto al ojo izquierdo.

Aquel alfiler de perla era la herencia de las mujeres de su familia, había pertenecido a su abuela, y el vestido de novia lo reclamaba a gritos. Debía recuperarlo, era su derecho.

Abandonó el taller y subió los dos pisos de escaleras con decisión, furiosa por la sensación de injusticia. Golpeó la aldaba de la puerta varias veces. Los Aldamonte tendrían que dárselo. Se lo debían.

Abrió la criada.

—¿Están los señores en casa?

La chica dejó a Elena esperando en la puerta y se dirigió al salón.

—Señor Eduardo. Está aquí la señorita Elena.

—Hágala pasar.

Eduardo estaba tumbado en el diván, leyendo un tratado legal. No cambió de postura ni interrumpió su tarea cuando Elena apareció en el umbral. La criada cerró la puerta y se fue al dormitorio, a preparar la ropa de cama.

—¿Y la señora Celia? Me gustaría saludarla —dijo Elena.

—Está tomando los baños.

Elena oyó el agua correr, por detrás de la puerta.

—¿Y el niño?

—Con su abuela.

—Vengo a por el alfiler que se me cayó… cuando me marché de esta casa.

Eduardo siguió pasando las páginas del tratado, sin prestarle atención.

—Está en la despensa. En una caja junto al resto de tus cosas. Nunca pasaste a recogerlas. Sírvete tú misma.

Elena esperó unos segundos y pensó en protestar.

Echarle en cara todo lo que había sucedido.

¡Pues claro que nunca había pasado a recogerlas!

¡Si había escapado de él como del demonio!

Pero para mover a Eduardo de su diván habría hecho falta una recua de mulas.

No pensaba quedarse en aquella casa ni un minuto más de lo necesario.

Se asomó a la despensa y prendió un quinqué. Le parecía que había transcurrido una década desde que durmiera allí, en lugar de solo dos años. Ahí estaba la cama improvisada, con sus rejas negras de hierro, contra la pared. Ahora la usaba la nueva criada.

«¿Dónde estará la caja?».

Revisó uno por uno todos los anaqueles, pasando el quinqué por delante de las mermeladas y las conservas de aceitunas, apartando las ristras de ajos y chorizos. No estaba entre las latas de atún de los ultramarinos ni con el cacao. Tampoco junto a los cestos de zanahorias y cebollas.

Dejó el quinqué en el suelo para apartar los sacos de legumbres con ambas manos, por si la hubieran ocultado sin querer al apilarlos.

Por último, se arrodilló en el suelo. Quizá estuviera debajo de la cama.

En ese instante sonó la puerta de la calle. Escuchó con atención. El chorro de agua, en la bañera, se había detenido. No supo exactamente por qué, pero una sensación de peligro la agitó por dentro.

Algo le decía que tenía que salir de allí cuanto antes.

Levantó la colcha de la cama y allí, debajo del somier, estaba la caja. La abrió y, a la escasa luz del quinqué, rebuscó entre las telas. Solo había ropa y, con tan poca luz, ni siquiera sabía si era la suya.

—¿Te ayudo?

Antes de que pudiera contestar, Eduardo ya estaba junto a ella, que seguía arrodillada. Sintió una debilidad que le recorría todo el cuerpo y la habitación oscura pareció estrecharse a su alrededor. Las piernas no le respondían. Se le quedó la mente en blanco.

Su cuerpo ya tenía mucha experiencia acumulada ante los hombres: el final de Mariana a manos de Prudencio, la encerrona de Prudencio en la iglesia, las miradas de Eduardo, el beso robado del dueño de la casa.

La anatomía la traicionó y siguió el camino mil veces recorrido.

El camino de la supervivencia, que era, una vez más, el de no hacer nada.

Abandonó la caja e intentó ponerse en pie, con voluntad quebradiza, pero él no la dejó.

Le cubrió la boca y la nariz con un paño empapado. El olor de los químicos saturó el aire. ¿Quién iba a pensar que aquel frasco que le habían dado los loqueros para calmar a Celia le iba a venir tan bien ahora?

Elena sintió que se asfixiaba e intentó revolverse, dándose la vuelta entre sus brazos.

—¡Ayuda! ¡Señora Celia!

Él le volvió a cubrir el rostro y se aproximó a su oído.

—Desde Santander no te va a oír. Se ha ido a tomar los baños, como te decía.

No tenía prisa. Sabía que el cloroformo necesitaba de bastante tiempo para hacer su efecto y someter a una persona. No había ninguna razón para apresurarse. Tenían toda la casa para ellos solos. Y toda la noche.

—La criada se ha ido a dormir a casa de su hermana. Tenía ganas de una noche libre. Has hecho feliz a una compañera.

Con sus últimas fuerzas, Elena logró empujar de una patada la tabla de planchar, que cayó al suelo con estrépito.

Un piso más abajo, Julia se preparaba para acostarse cuando le pareció escuchar que llamaban.

«¡Ayuda! ¡Señora Celia!». Esta criada nueva que tenían era un caso.

Muchas veces se aturullaba con los fuegos, se liaba con la plancha o incluso en una ocasión se le había desbordado una artesa y había dejado una mancha de humedad en el techo.

Después oyó un fuerte ruido, como si se hubiera caído algo. Decidió ir a echar un ojo, por si hacía falta llamar a un médico a aquellas horas de la noche. Uno nunca sabe.

Se echó un chal sobre los hombros y subió las escaleras. Golpeó el aldabón con suavidad, que no eran horas de andar molestando a nadie y lo mismo ya estaban acostados el señor o el niño.

—¿Todo bien? —le preguntó a Eduardo en cuanto este abrió la puerta.

—Buenas noches, señorita. Sí, sí, todo bien. Es que la criada se ha tomado la noche libre y se me ha caído un cacharro al suelo, en la cocina. —Sonrió.

Medio inconsciente, en la despensa, Elena quiso decir algo, pero fue imposible.

Era como si intentase hacerlo desde el otro lado del océano.

El sueño la separaba de Julia y la alejaba cada vez más.

Estaba al otro lado del pasillo y eso era como estar al otro lado de la vida.

Solo tenía fuerzas para seguir respirando, a través de aquel pañuelo que la adormecía con cada bocanada.

Julia se encogió de hombros y abandonó la puerta. Bajó al taller y comprobó que estuviera bien cerrado. Ay, Elena. Con los nervios de la boda se le había olvidado darle doble vuelta a la llave. Regresó al piso sonriendo, imaginando el estado mental de su amiga en una víspera tan emocionante.

Seguro que ella tampoco podía dormir.

—¿Te acuerdas de cómo lo imaginabas cuando estabas aquí? —dijo él.

El cloroformo era tan lento como una caída sin fin por un agujero dentro de la tierra. Una riada de palabras cenagosas la acompañaron en el viaje. Ya era un peso muerto, camino de lo inevitable.